Los hombres de la bomba

De la serie: Pequeños bocaditos

«Abadía Digital» dedica uno de sus post de hoy al bombardeo nuclear sobre Hiroshima y a alguno de sus protagonistas. Efectivamente, se refiere a Robert Lewis, copiloto del aparato y a su controvertida anotación «My God, what have we done?» (Dios mío ¿qué hemos hecho?). Luego iré sobre esa anotación y explicaré lo que tiene de controvertida.

Es muy curioso que, cuando se habla de los protagonistas del lanzamiento de la bomba atómica se busca en ellos una vida de arrepentimiento y penitencia, como si fuera imposible que un señor lanzara una bomba atómica y se quedara, dentro de lo que cabe, tan fresco. Siempre se quiere exponer la -supuesta- historia de una tripulación torturada por los remordimientos ante la enormidad del hecho. Y si alguien no aparentaba los debidos y cristianos remordimientos, la bestia victoriana que tan bien describiera Wolfe, hacía que el interfecto se parapetara bajo la inexcusabilidad de las órdenes recibidas, de la disciplina militar en tiempo de guerra.

Nada de eso.

Hace cosa de tres años cayó en mis manos un libro interesantísimo y muy bien documentado de Gordon Thomas y Max Morgan-Witts (Ediciones B, Barcelona 2005) titulado Enola Gay en el que se relata toda la historia de la primera bomba atómica desde el 1 de septiembre de 1944 hasta aquel histórico 6 de agosto de 1945. Muy detallado, muy pormenorizado.

Y nada más empezar, ya desmiente el primer mito: el entonces aún teniente coronel Paul Tibbets no recibe una orden terminante prácticamente al pie del avión. Once meses antes del lanzamiento, a Tibbets se le ofrece una misión. La gente suele creer que los ejércitos funcionan a todos los niveles y en todas las circunstancias como en la mili: llega el sargento, ordena y manda y no hay más que hablar. Bueno, pues no. Con frecuencia, y sobre todo cuanto más delicado es el cometido a encomendar, los ejércitos funcionan como las empresas: encargan la misión -el proyecto, se diría en la vida civil- al más capacitado; si éste es renuente a realizarla, se le encarga a otro porque las misiones delicadas requieren que su ejecutor las vea, que crea en ellas, y es mucho mejor un ejecutor menos capacitado -dentro de unos mínimos, o, mejor, de unos máximos, claro- pero más entusiasmado que el originariamente designado si éste no cree en el proyecto -la misión- y la lleva a término no maquinalmente pero sin aquel puntillo y aquella meticulosidad del que tiene fe en sí mismo y en lo que hace. A Tibbets se le ofreció una misión técnicamente muy compleja y militarmente muy difícil, y se le encomendó porque, además de ser un acreditado piloto de combate y un hombre con una muy sólida formación en ingeniería, tenía justificada fama de ser meticuloso hasta extremos inauditos y perfeccionista hasta la exageración. Además, tenía ambición personal y cuando digo personal no me refiero a la del trepa sino al hecho de plantearse a sí mismo desafíos tremendos para darse la satisfacción de superarlos. Con este perfil, no debe sorprender que cuando se le ofreció a Tibbets la misión de seleccionar un equipo, entrenarlo y preparar la operación destinada a lanzar una bomba atómica sobre una ciudad de Japón (en aquel momento no estaba decidida), aceptó entusiasmado. Con serio entusiasmo: la misión tenía sus riesgos y éstos no estaban precisamente en Japón. Pero esa ya sería otra historia.

Con ese mismo entusiasmo se puso a trabajar y con ese mismo entusiasmo removió cielos y tierra, Roma con Santiago cuando, en una determinada fase del proyecto, a principios de 1945, parecía que los políticos retrocedían sobre la decisión de lanzar la bomba atómica. La inminente victoria en Europa y unos contactos en Suiza con una facción japonesa proclive al armisticio parecieron detener el proyecto. No fue Tibbets quien lo salvó, evidentemente, pero sí que puso el máximo interés, todo su esfuerzo y toda su no menguada inteligencia en que el programa siguiera adelante.

Luchó -y, como es notorio, venció finalmente- contra la decisión del general Curtis LeMay de obligarle a quedarse en tierra durante el bombardeo propiamente dicho y no sólo logró embarcarse en el Enola Gay (seleccionado por él personalmente bajo estrictos criterios en la propia fábrica de Boeing) sino que, no conforme su calidad de comandante de la misión, se situó en los mandos de la izquierda, es decir, tomó también el mando del aparato. Cosa, por cierto -y aquí vamos al principio-, que escoció a Robert Lewis, quien ya contaba con las mieles de pasar a la historia como piloto del Enola Gay y tuvo que conformarse con el secundario asiento de la derecha, el del primer oficial o co-piloto.

Después de la guerra y hasta su muerte a finales de 2007 a los 92 años, siempre manifestó su orgullo por haber dirigido esa misión y por haberlo hecho con pleno éxito, y nunca jamás se escudó en la obediencia debida para justificar lo que él nunca quiso justificar y no justificó, aunque algunos le hayan atribuido la resignación del a la orden. Es radicalmente falso. Tanto es así que algunas intervenciones públicas de Tibbets cabrearon a los japoneses en diversas ocasiones.

De toda su tripulación (un total de diez, sin contar a Tibbets) nadie dio la nota especialmente. Salvo Robert Lewis, que intentó vivir del cuento, los demás miembros tuvieron una vida feliz, relajada y larga (salvo dos, que murieron en 1953 y en 1967, los demás prácticamente alcanzaron los años 90 -la mayoría, sobradamente- y alguno podría vivir aún). Sólo dos tripulantes experimentaron posteriormente una cierta desazón, pero su intensidad no llegó a amargarles la vida, que llevaron adelante tranquilamente procurando olvidar, sin mayor drama, el episodio.

Hablemos -brevemente porque tampoco la historia da para más- de Lewis y de su famosa frase. Es cierto que fue escrita en su diario y fue escrita tal como consta… pero a toro pasado. Sin embargo, en las grabaciones sonoras que se pidió que hicieran los tripulantes del Enola Gay a los pocos momentos de haber visto la detonación nuclear sobre Hiroshima, Lewis dijo: «¡Dios! ¡Mira cómo sube ese hijo de perra!», según atestiguaron varios tripulantes. Todo parece indicar que Lewis quiso recuperar el nivel histórico (¿o histriónico?) que había perdido al perder el puesto de piloto montando el numerito del soldado-arrepentido-adiós-a-las-armas.

Otro día quizá exponga mis ideas sobre si fue procedente o no -en la mentalidad de la época- lanzar la bomba. Que sobre eso también hay mucho que hablar desde el libre pensamiento (que no siempre, por supuesto, es el correcto).

Ahí nos vemos.

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Comentarios

  • Jordi  On 15/10/2010 at .

    Pocos días antes de los bombardeos atómicos, la USAF había, literalmente, borrado del mapa a Tokio y provocado una matanza de civiles mucho más sanguinaria que las de Hiroshima y Nagasaki juntas. Hay una tónica general en las tripulaciones de bombarderos de la II Guerra Mundial, fueran del bando que fueran: la noción de que tenían una misión que habían de cumplirla y la abstracción casi aséptica de las consecuencias terribles sobre la población civil de sus acciones militares. Y el caso de las atrocidades del ejército alemán en el frente del Este dan para comer aparte.

  • Ryouga  On 16/10/2010 at .

    Hace poco tiempo he leído en un suplemento dominical (no recuerdo cual) la historia de uno de los tripulantes que vivió acosado por los remordimientos, escribió cartas pidiendo perdón a victimas japonesas y paso por varios manicomios, me gusta ver que a pesar de estar entrenados para obedecer y matar aun queda en algunos moralidad suficiente como para que el hecho de matar a decenas de miles de mujeres,ancianos y niños indefensos en una ciudad si valor militar alguno no les deje indiferentes.

  • Javier Cuchí  On 16/10/2010 at .

    Querido Ryouga:

    «una ciudad si[n] valor militar alguno»

    Por eso decía que otro día hablaré de las demás cuestiones, porque algunas tienen su miga. Esta a la que aludes, amigo mío, es una de ellas. Porque lo del nulo valor militar de HIroshima es otra leyenda urbana: HIroshima tenía un altísimo valor militar por la cantidad y naturaleza de las fuerzas acantonadas en ella.

    Es verdad que ese no fue el motivo principal de su elección; como en su día explicaré, había tres ciudades finalistas y a Hiroshima le tocó esa lotería por diversas razones, entre ellas una tan prosaica (aunque no para los aviadores) como la meteorológica. La decisión se tomó pocas horas antes del despegue.

    Pero era una ciudad que constituía un claro objetivo militar.

    La persona del manicomio a la que aludes no pertenecía a la tripulación del Enola Gay sino a uno de sus aviones de acompañamiento, cuya misión era complementar la acción principal aportando observaciones y mediciones sobre la explosión y, eventualmente, supliendo problemas, averías o carencias del Enola Gay, como algún fallo en sus aparatos o cosa similar. Se llamaba Claude Eatherly y toda la historia del internamiento psiquiátrico fue un intento de convertirlo en un Dreyfus norteamericano, intento al que personajes como el mismísimo Bertrand Russell no fueron ajenos.

    En realidad, Eatherly dejó las Fuerzas Aéreas en 1947 «con la reputación de ser un jugador y un borracho entre aquellos que lo conocían bien» (Op. Cit.). Al poco, se cargó su matrimonio y llegó a perpetrar un atraco con un arma de juguete (sin llevarse un duro, encima). Como consecuencia de ello, fue ingresado en un psquiátrico y fue allí donde comenzó a fabricarse su propia leyenda de arrepentido, jaleado por Günther Anders, quien aprovechó la correspondencia que sostuvo con Eatherly para escribir su conocida obra Más allá de los límites de la conciencia.

    Esta es la historia de los remordimientos de Eatherly.

    Gracias, Ryouga, como siempre, por estar ahí, siguiendo «El Incordio» y aportándole valor con tus habituales comentarios.

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