El fin de la libertad

De la serie: Correo ordinario

La constatación de que la brutalidad nacionalista -vasca, en este caso- condena a España entera a pasar por la ley Sinde (Vía Asociación de Internautas) sin resistencia parlamentaria posible (para la que ya no había, de inicio, muchas ganas, las cosas como son), produce, en primer lugar, la desazón, ya habitual, derivada de la traición sistemática de los políticos a los ciudadanos. En definitiva, el PNV también ha traicionado a los propios vascos, pese a la cuquería -falsa- de hacerse traspasar la competencia de persecución de infracciones en materia de propiedad intelectual: todos sabemos -y los vascos sobre todo- que el PNV va a ser cómplice absoluto del apropiacionismo y que su persecución a los derechos de los ciudadanos va a ser aún más sanguinaria -si cabe- que la procedente de la atrocidad estatal.

Pero, en segundo lugar, a mí me invade un sentimiento parecido al que se expresa con aquella frase pseudo-histórica de la madre de Boabdil: «Llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre». Lo grave y lo paradójico, en todo caso, es que esta frase la estamos pronunciando contra nosotros mismos los que hemos defendido estas libertades cívicas, mientras el resto de ciudadanos se limitaba, a lo sumo, a responder encuestas en plan delenda est $GAE. Como, evidentemente, no ha habido seguimiento suficiente como para provocar un fuerte movimiento electoral contra los politicastros cómplices de las multinacionales del ocio, como no ha habido una verdadera movilización ciudadana contra el oprobio apropiacionista, más allá de movimientos ocasionalmente de cierta entidad (nunca realmente masivos) en la red, pequeñas -por no decir ínfimas– manifestaciones en la calle (en la más importante de ellas, la Asociación de Internautas conseguimos llenar una pequeña placita; llenarla, sí, pero pequeña), como ha sido absolutamente imposible persuadir a la gente de que realice boicots que resultarían durísimos para el apropiacionismo (no asistir a conciertos, no comprar discos, vaciar las salas de cine), pero que apenas modificarían nuestro estilo de vida y, últimamente, como lo más incisivo que se ha hecho ha sido el famoso ataque DDoS que constituyó una verdadera estupidez porque pese a conseguir su objetivo material -hundir durante un montón de horas la página de la $GAE y, secundaria y casualmente, las del Ministerio de Cultura y la de Promu$icae- no consiguió ningún otro, porque a la $GAE, Internet y su página le importan un rábano, fue como querer hundir barcos abriendo fuego contra un aeropuerto; como las cosas no han pasado de ahí, pues ahí tenemos los resultados. Vamos a ser apiolados sin remisión.

Lo sarcástico de la situación es que la mayoría de los que van a ser sus víctimas no son conscientes -en su preocupación por el conejo de Belén Esteban- de lo que les va a caer encima. Porque lo que les va a caer encima no va a ser la imposibilidad de descargarse contenidos gratis de la red; o, dicho de otro modo, esto va a ser lo de menos. Es más, es posible que precisamente esto, parar el P2P, sea lo que el apropiacionismo no va a conseguir, más que nada por imposibilidad tecnológica, pero va a ser lo único que no va a conseguir. A partir de ahí, damas, caballeros y militares sin graduación, prepárense para la censura, prepárense para la discriminación de contenidos en la red, prepárense para un aumento general de precios y de costes de un sinfín de productos básicos de telecomunicación que supondrá un encarecimiento de los demás productos y un nuevo retroceso en la competitividad de nuestras empresas.

Eso por no hablar de otras consecuencias aún más dramáticas que a nosotros -ricos, imbéciles y sobrados- no nos van a afectar demasiado (¿o quizá no muy a la larga sí?), pero que va a significar muchísimos miles de muertos en países pobres gracias al sistema apropiacionista implantado por ACTA. La propiedad intelectual como crimen contra la Humanidad; pero, al igual que los demás crímenes contra la Humanidad (Hitler, Stalin) todo sucede con la Humanidad mirando hacia otro lado y sólo se reacciona a toro pasado y a un montón de millones de cadáveres incinerados.

No sé si podríamos parar la ley Sinde aunque nos movilizáramos; habría de ser una movilización ciertamente masiva, y aún así. Ya dije el otro día que en el PSOE ya andan en plan de perdidos al río y pararle los pies al apropiacionismo puede ser un paliativo de la catástrofe electoral que les espera, pero difícilmente puede evitar la catástrofe en sí misma. Es mejor seguir agachando la testuz ante el sector del ocio y hacer méritos para un empleo si los muebles salvados de la quema no le alcanzan a uno. Por tanto, la aparentemente inevitable derrota socialista nos ha dejado desprovistos de la única arma de la que disponíamos: cuando tenían razonables esperanzas de pasar la reválida electoral eran más cuidadosos; el voto internauta, valorado por la propia Moncloa, según parece, en unos tres millones de papeletas, hubiera podido llegar a ser incluso decisivo si las previsiones hubieran arrojado un resultado ajustado. Hoy, en cambio, aunque la tendencia pueda llegar a invertirse , está claro que esa inversión -si llega a darse- está lejos de ser inminente y la ley Sinde será aprobada con los votos de PSOE, PNV y CC -y con cómodas abstenciones y hasta inoperantes votos negativos por parte de una oposición que, en su conjunto y con ínfimas excepciones, tenía pocas ganas de oponerse a ella- y su reglamento -el que, entre otras cosas, creará la comisión de control a la medida del gusto y ganas de la industria y de las sociedades de gestión- se pergeñará durante el invierno para empezar inmediatamente a depredar nuestros derechos, en abril de 2011.

¿Quiere esto decir que ya podemos coger el portante e irnos a casa? No, en absoluto. Muchos gurús de la red están convencidos de que toda esa normativa no va a conseguir los resultados apetecidos pero eso es algo que, aunque razonable -es ciertamente muy difícil ponerle límites a la tecnología, que es mucho más rápida inventando que el enemigo prohibiendo-, está de hecho por ver. Pero, en todo caso, las descargas a mí me preocupan poco. Personalmente, su mierda de música no la quiero ni gratis y vale lo mismo para el 90 por 100 de la producción cinematográfica extranjera (100 por 100 en el caso español) así, que, en lo que a mis intereses personales respecta y en lo que a las descargas se refiere, la ley Sinde se me hace un higo. A los que les importen las descargas -con la honrosísima excepción de los escasos miles de internautas que verdaderamente lucharon por el derecho a la copia privada en red-, jódanse y aplíquense lo dicho en el segundo y tercer párrafo anteriores. Pero el problema, y lo veremos enseguida, probablemente en el propio 2011, no van a ser las descargas (que quizá, encima, puedan seguir como hasta ahora) sino la censura que va a permitir la ley Sinde, que se va a cebar sobre la red, a la que quieren acallar como sea. Artículos como este mismo que estáis leyendo ahora, no sé si van a ser posibles en el verano o el otoño de 2011 (cabe esperar -aunque quizá ilusoriamente- unos meses de carencia para disimular el verdadero objeto de la maniobra). Censura que va a caer sobre los discrepantes y que va a caer sobre los que le revientan el negocio a la prensa del papel no a base de supuestas piraterías sino, simplemente, creando medios mucho mejores, más seguidos, más competitivos, mayoritariamente gratuitos para el usuario y de muchísima mayor calidad periodística (supuesto y no admitido que los medios de papel tengan, a fecha de hoy, alguna). No quieren más campañas internautas en la red. Ni otras campañas que no son internautas.

A la vesanía del falso socialismo del PSOE le ha tocado la cruda lotería histórica de reimplantar la censura en España, pero no nos engañemos: cualquier que hubiera estado en el poder aquí y ahora y que hubiera podido ejercerlo en idénticamente cómodas circunstancias, hubiera hecho exactamente lo mismo. No nos dejemos engañar por los cantos de sirena de Esteban González Pons, al que el PP envía para tomarnos el pelo a los internautas: Rajoy será, si llega a gobernar, exactamente igual de implacable que Zapatero y, además, exactamente por las mismas razones: la voz de su amo (ya que hablamos, entre otras cosas, de discográficas). Lo que me lleva a una afirmación que no es la primera vez que hago en este blog: nuestro problema -ya no el de los internautas, sino el de todos los españoles y quizá el de todos los europeos- no es de partidos, no es que gobierne este o el otro; nuestro problema es el sistema, que ha sido corrompido hasta sus raíces más profundas incluso en las no muy abundantes partes del mismo que se gestaron originariamente limpias. Mal asunto, porque si no estamos por la labor ya no de frenar en seco una ley Sinde sino de siquiera oponerle trabas serias a una reforma social que nos va a joder la vida laboral (si vida va a poder llamarse) y que nos va a suprimir la jubilación (porque se empieza suprimiendo una jubilación digna y se acaba, a no mucho tardar, suprimiendo incluso la indigna, peor aún presionaremos para algo tan complicado y de tan difícil alternativa (no: no basta con proclamar la Tercera República: puede ser tan corrupta como la monarquía, si no se edifica bien) como una rforma o, mejor, un cambio radical en el sistema. Nos esperan muy malos tiempos en todos los ámbitos. Y no consuela nada, pero nada en absoluto, pensar que los de nuestros hijos serán aún peores. Y encima por nuestra culpa.

Una última dedicatoria. Seguramente habrá algunos nacionalistas vascos -no sé si muchos o pocos, pero los habrá, y quizá incluso acompañados de algunos catalanes- que estarán celebrando el puntapié que el PNV le ha propinado al desarrollo tecnológico español. A ver cuánto tiempo tardarán en darse cuenta de que, por poco que les guste, siguen estando en España; y que, aún no estando en España (hipotéticamente, claro), el panorama será absolutamente idéntico si queda en manos del PNV; y que, por tanto, ese puntapié se lo han propinado también en sus propios cojones.

So gilipollas.

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