Hedor de corrupción

De la serie: Correo ordinario

No es Ignasi Guardans un hombre de quien me fíe mucho. Aparte de su simple existencia y de su condición de nieto de Cambó, no supe prácticamente de él hasta que, siendo diputado europeo, montó aquel número en el aeropuerto de Barcelona -tan aplaudido incluso por mí mismo- que derivó a sus instancias -entre otras- en que la lista de artículos prohibidos en los embarques aeroportuarios fuera pública so pena de nulidad. No fue una gran cosa -los controles en los aeropuertos siguen siendo inútiles, aberrantes, insultantes, humillantes, vejatorios y encabronantes-, pero siempre es un arma, aunque sea de pequeño calibre, que oponerle al segurata que se pone borde y provocar con ello la intervención de los guardias civiles que están por allí tutelando a los privados y que, después precisamente de lo de Guardans, ya están muy reciclados en materia del delito de prevaricación. Aplausos pues, aunque, con posterioridad, conociendo más al personaje, me dio la impresión de que la motivación de todo el asunto fue más el a mí me la habéis hecho, pues a mí me la vais a pagar, que no reprocho -cuando menos aplicada al caso concreto- pero que sospecho de intencionalidad alejada del servicio al ciudadano.

Esta sospecha se confirmó cuando en el Parlamento europeo, en el famoso caso de las enmiendas torpedo al paquete Telecom, Guardans se alineó con el apropiacionismo en contra de la ciudadanía y votó a favor de resoluciones restrictivas de derechos fundamentales que, afortunadamente, fueron rechazadas por mayoría. Y no sólo había votado a favor, sino que había realizado insistentes actividades de lobbying en pro de las mismas.

Casi inmediatamente después, Guardans, excluido de las listas de candidatos para la siguiente legislatura del Europarlamento, abandonaba Convergència i Unió y era premiado por el apropiacionismo galopante -galopante, porque cabalgaba, y aún cabalga, sobre la Sinde- con la Dirección General de Cinematografía, obviamente la joya de la corona de la ministra.

Y un año y medio después, la propia Sinde lo pone de patitas en la calle. ¿Por qué? Según fuentes apócrifas presuntamente próximas a la desgraciadamente aún ministra, porque el amigo Guardans es muy suyo y muy dado al vedetismo y a hacer lo que le da la gana. Bueno, no es una explicación que descuadre mucho con la personalidad de nuestro héroe, al menos hasta donde puede ser públicamente conocido. Pero Guardans tiene otra versión. Y una versión que, conociendo el paño que gastan ambas partes, tampoco parece en absoluto descabellada. Es más: tiendo a crérmela. Insisto en la poca fiabilidad de Guardans y menos cuando está contrariado, pero su versión de los hechos es del todo verosímil.

Porque no sólo confirma nuestras mucho más que sospechas de que el sector de la industria del ocio controla a gusto y ganas la acción de gobierno, sino que describe ese control en una actitud prepotente, grosera y chulesca, actitud que constituye una constante en el sector (recordemos, sin ir más lejos, al señor Sánchez ese representante que las sociedades de gestión han echado a los leones, empleando en primera persona el verbo «legislar», sin cortarse un pelo y en directo en un medio público). Que Guardans diga que «el móvil de la ministra sólo lo tiene la gente del cine» o que «me ha tocado ser el responsable de un área a la que pertenece, de la que procede y a la que volverá la persona que me daba las instrucciones» (siendo lo último, además, más que obvio), da mucho que pensar. Y pensar mal, claro. O cosas como «en el caso del cine uno está permanentemente vigilado por los propios destinatarios de las ayudas públicas, que acaban decidiendo, como se acaba de demostrar, quién conviene que esté allí y quién no conviene que esté allí» o bien «en el caso del cine uno está permanentemente vigilado por los propios destinatarios de las ayudas públicas, que acaban decidiendo, como se acaba de demostrar, quién conviene que esté allí y quién no conviene que esté allí».

La mala baba del cesado, evidentemente; un síndrome habitual que, en alguien como Guardans, no podía ser menos que superlativo. Sin embargo, los hechos -antiguos y constantes- le dan la razón. Guardans simplemente pone firma a una descripción cuyos hechos venimos constatando los ciudadanos desde hace muchos años.

Ayer leía en la bitácora de Enrique Dans una entrada que hace relativamente poco tiempo hubiera calificado de inusualmente dura, pero en las últimas semanas el adverbio inusualmente se cae. Y no es que Enrique Dans haya experimentado un cambio de personalidad que le haya llevado de un discurso académico y estudiado a un registro broncas casi más propio de esta página que de la genuinamente suya, es que según se van sucediendo los acontecimientos, la situación se va haciendo más y más insostenible, más y más intolerable. Dans habla -y yo lo suscribo- de un estado de corrupción generalizada y endémica en materia de propiedad intelectual y en materia de nuevas tecnologías, hasta el punto de afectar -Dans dixit y yo sigo suscribiendo- al mismísimo sentido común. La perfecta incardinación de los hechos que describe Guardans en esta misma y exacta línea hace completamente creíbles sus sapos y culebras.

La sentencia del pasado jueves mediante la que el Tribunal europeo de justicia derrumbaba un importante pedazo del canon por copia privada, inmediatamente seguida por el comentario de una ministra asegurando que iba a hacer unos pequeños retoques y por los afectados, diciendo sin ambages que iban a estudiar la fórmula para que todo quedara como está, ha tenido indignante continuidad en la intención de las entidades de gestión de negarse a devolver lo indebidamente percibido. Cosa que conseguirán o no, porque como estamos en una materia en la que la razón y el derecho -como ciencia- no cuentan absolutamente para nada, todo es perfectamente posible, pero esa simple fórmula de resistencia donde debiera haber, cuando menos, el reconocimiento de una equivocación (y eso que, de equivocación, nada: todo cuanto rodea al canon está recubierto de una espesísima capa de mala fe por parte de las entidades recaudadoras), un propósito de enmienda. Pero nada de eso: un chulesco e intolerable «legislaremos» y una alucinante pretensión de retener lo injustamente apropiado. No había justo título en la recaudación y sigue sin haberlo en la retención: pero ellos se empecinan. Son los amos y basta. ¡Pues claro que hasta un Dans pierde la paciencia!

La única pregunta es cuándo la perderán -pero en serio- los ciudadanos. En lo que se refiere al consentimiento, la unanimidad es prácticamente absoluta: todo el mundo, con excepciones en cantidad -y en calidad- despreciables, abomina del apropiacionismo. Se trata ahora de ver cuándo impondremos esa voluntad reiteradamente manifestada y a través de qué medios. Pero algo hay que hacer, porque esta situación no se sostiene.

Las cosas han cambiado y la digitalización ha vuelto del revés la relación entre los creadores -entre quienes lo son verdaderamente, no hablo de vividores- y sus seguidores. Hace pocos días, uno de estos tíos, que nos llamaba «cabritos» con todas las letras (luego lloran porque se sienten insultados, hay que joderse) decía que si no nos gusta el precio, no compráramos. Como siempre, lo entienden todo al reves: la realidad digital -y legisla lo que quieras con el asentimiento rebuznatorio de los corruptos- es «si no te gusta el mercado, no plantes el tenderete». Así de fácil: te dedicas a otra cosa.

Pero, bueno, estos van a la suya y eso puede no justificarse ni disculparse, pero sí comprenderse: les van en ello pingües beneficios y montañas de privilegios. Con quien hay que ajustar cuentas de verdad, a quienes hay que apretar la tuerca hasta ponerlos al borde de la asfixia es a los políticos. A todos ellos. Porque ahí está la clave. O les pasamos una factura carísima por su venalidad, por su corrupción, por su entrega -ellos sabrán a cambio de qué treinta monedas- a los enemigos de la ciudadanía, o preparémonos nosotros a pagar facturas ingentes.

Esto es una guerra, y en las guerras o se mata o se muere. No hay más tu tía.

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Comentarios

  • Ryouga  On 30/10/2010 at .

    Es increíble la desvergüenza de esos tipos, pero mírelo de otro modo es la típica repuesta del que después de recibir una paliza aun murmura …esto no quedara así.

    Es la rabia del vencido ,que se revuelve pensando en la cantidad de dinero que devuelva o no dejara de poder robar impunemente, a mi la alegría de la resolución de la UE aun no me la quita.

    😉

  • Flatline  On 01/11/2010 at .

    Javier, no caigas en su juego!
    Ni el del pollo frito, que pervierte los derechos de autor para vivir del cuento, ni en el del payaso dans que tan solo busca una meta fácil y populista (fácil porque el 99% de la gente que habla contra los derechos de autor jamás se ha leído la ley ni tiene ni idea de lo que pone).

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