Archivo mensual: octubre 2010

Doce años luchando

De la serie: Felicitaciones y parabienes

Hoy hace doce años se presentaba en sociedad mi querida Asociación de Internautas, aunque yo sólo hace más o menos nueve que pertenezco formalmente a la misma, si bien seguí su trayectoria y me adherí a sus propuestas no desde el primer momento sino incluso antes, cuando la AI no existía y no era sino una entente entre diversos grupos que luchaban por la tarifa plana, que promovieron la primera huelga de Internet en España y que, a la postre, constituyeron el embrión de la Asociación.

Es un cumpleaños muy especial, sobre todo porque ha habido quien ha desplegado ímprobos esfuerzos para evitar que se llegara a él (y a unos cuantos antes que él). No lo ha conseguido: que se joda.

Celebramos este cumpleaños con una sensación agridulce: el logro de la tarifa plana (primero ondulada, en el verano del 2000), sin duda el éxito más notorio -que no el primero- de la AI, está ahora en candelero cuando tenemos que volver a luchar nuevamente por la tarifa plana puesta en cuestión por las telecos; inicialmente, para Internet móvil, después… ya veremos. Y tenemos por delante la gran batalla de la ley Sinde que, como dije ayer, no pinta bien. Pero vamos a librarla con entusiasmo y sin cuartel, de eso puede estar seguro todo el mundo.

Pero hay un logro de la Asociación de Internautas que pasa desapercibido… por su propia naturaleza. Hace doce años, diez, ocho, estábamos prácticamente solos. Luchamos por la tarifa plana, luchamos contra el canon y contra los inmensos poderes que se parapetaban detrás de cada uno de estos problemas… y estábamos nosotros prácticamente solos. Con grandes esfuerzos, logramos irnos introduciendo en los medios de comunicación y hoy, la Asociación de Internautas es un indudable referente, pero es un colectivo más -de primera fila, desde luego- dentro de un macrocosmos formado por la práctica totalidad de la ciudadanía digital que, pese a la pertinaz e ignorante reticencia de la polvorienta (no como el Institut d’Estudis Catalans, que sí supo, en su día, ver esa realidad), ha asumido como genérico nuestro nombre fundacional y se honra -y nos honra- denominándose «internautas» y que creo que ha sido nuestra verdadera gran obra, la que nos hará pasar por siempre a la historia de la Internet española: haber edificado ese verdadero tejido social en red.

Un tejido social que ha adquirido vida y autonomía propia, lleno de individuos independientes y de distintos colectivos; no todos en nuestra línea, es verdad: la Asociación de Internautas tiene discrepantes en red. ¿Y qué? ¿Quién pretendió nunca que hubiera una sola voz, una sola línea? Si la ciudadanía es plural, es normal que en red también lo sea. El propio colectivo de socios de la AI es plural. Lo importante -y eso sí que existe- es que frente a la agresión bestial contra nuestros derechos esenciales -no los de los socios de la AI, no los de todos los internautas: los de los ciudadanos mismos- se hable con una sola voz. Una sola voz que los politicastros que sufrimos, en su vergonzosa venalidad, en su corrupción sin límite, en su servilismo a intereses bochornosos, en redonda traición y fraude alevoso a los ciudadanos que les pusieron ahí, intentan ignorar. Pero la red es cruel y todo lo evidencia: como radios de una rueda, todos, desde todos los puntos de la circunferencia, confluimos en la defensa de lo básico. Y un día confluiremos también en la presentación de una factura con un cargo muy doloroso. El que dude, verá. Tardará más o menos, pero verá.

Los que intentaron hacer desaparecer a la Asociación de Internautas no lo consiguieron ni lo conseguirán. Pero, aunque lo hubieran conseguido, hubieran llegado ya tarde: el universo civil en red existe, es ya irreversible y… está contra ellos. A sangre y fuego. Han sido arrojados a las profundidades más nauseabundas de la charca del odio de los ciudadanos. Y ahí seguirán por mucho tiempo.

Amén.

El fin de la libertad

De la serie: Correo ordinario

La constatación de que la brutalidad nacionalista -vasca, en este caso- condena a España entera a pasar por la ley Sinde (Vía Asociación de Internautas) sin resistencia parlamentaria posible (para la que ya no había, de inicio, muchas ganas, las cosas como son), produce, en primer lugar, la desazón, ya habitual, derivada de la traición sistemática de los políticos a los ciudadanos. En definitiva, el PNV también ha traicionado a los propios vascos, pese a la cuquería -falsa- de hacerse traspasar la competencia de persecución de infracciones en materia de propiedad intelectual: todos sabemos -y los vascos sobre todo- que el PNV va a ser cómplice absoluto del apropiacionismo y que su persecución a los derechos de los ciudadanos va a ser aún más sanguinaria -si cabe- que la procedente de la atrocidad estatal.

Pero, en segundo lugar, a mí me invade un sentimiento parecido al que se expresa con aquella frase pseudo-histórica de la madre de Boabdil: «Llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre». Lo grave y lo paradójico, en todo caso, es que esta frase la estamos pronunciando contra nosotros mismos los que hemos defendido estas libertades cívicas, mientras el resto de ciudadanos se limitaba, a lo sumo, a responder encuestas en plan delenda est $GAE. Como, evidentemente, no ha habido seguimiento suficiente como para provocar un fuerte movimiento electoral contra los politicastros cómplices de las multinacionales del ocio, como no ha habido una verdadera movilización ciudadana contra el oprobio apropiacionista, más allá de movimientos ocasionalmente de cierta entidad (nunca realmente masivos) en la red, pequeñas -por no decir ínfimas– manifestaciones en la calle (en la más importante de ellas, la Asociación de Internautas conseguimos llenar una pequeña placita; llenarla, sí, pero pequeña), como ha sido absolutamente imposible persuadir a la gente de que realice boicots que resultarían durísimos para el apropiacionismo (no asistir a conciertos, no comprar discos, vaciar las salas de cine), pero que apenas modificarían nuestro estilo de vida y, últimamente, como lo más incisivo que se ha hecho ha sido el famoso ataque DDoS que constituyó una verdadera estupidez porque pese a conseguir su objetivo material -hundir durante un montón de horas la página de la $GAE y, secundaria y casualmente, las del Ministerio de Cultura y la de Promu$icae- no consiguió ningún otro, porque a la $GAE, Internet y su página le importan un rábano, fue como querer hundir barcos abriendo fuego contra un aeropuerto; como las cosas no han pasado de ahí, pues ahí tenemos los resultados. Vamos a ser apiolados sin remisión.

Lo sarcástico de la situación es que la mayoría de los que van a ser sus víctimas no son conscientes -en su preocupación por el conejo de Belén Esteban- de lo que les va a caer encima. Porque lo que les va a caer encima no va a ser la imposibilidad de descargarse contenidos gratis de la red; o, dicho de otro modo, esto va a ser lo de menos. Es más, es posible que precisamente esto, parar el P2P, sea lo que el apropiacionismo no va a conseguir, más que nada por imposibilidad tecnológica, pero va a ser lo único que no va a conseguir. A partir de ahí, damas, caballeros y militares sin graduación, prepárense para la censura, prepárense para la discriminación de contenidos en la red, prepárense para un aumento general de precios y de costes de un sinfín de productos básicos de telecomunicación que supondrá un encarecimiento de los demás productos y un nuevo retroceso en la competitividad de nuestras empresas.

Eso por no hablar de otras consecuencias aún más dramáticas que a nosotros -ricos, imbéciles y sobrados- no nos van a afectar demasiado (¿o quizá no muy a la larga sí?), pero que va a significar muchísimos miles de muertos en países pobres gracias al sistema apropiacionista implantado por ACTA. La propiedad intelectual como crimen contra la Humanidad; pero, al igual que los demás crímenes contra la Humanidad (Hitler, Stalin) todo sucede con la Humanidad mirando hacia otro lado y sólo se reacciona a toro pasado y a un montón de millones de cadáveres incinerados.

No sé si podríamos parar la ley Sinde aunque nos movilizáramos; habría de ser una movilización ciertamente masiva, y aún así. Ya dije el otro día que en el PSOE ya andan en plan de perdidos al río y pararle los pies al apropiacionismo puede ser un paliativo de la catástrofe electoral que les espera, pero difícilmente puede evitar la catástrofe en sí misma. Es mejor seguir agachando la testuz ante el sector del ocio y hacer méritos para un empleo si los muebles salvados de la quema no le alcanzan a uno. Por tanto, la aparentemente inevitable derrota socialista nos ha dejado desprovistos de la única arma de la que disponíamos: cuando tenían razonables esperanzas de pasar la reválida electoral eran más cuidadosos; el voto internauta, valorado por la propia Moncloa, según parece, en unos tres millones de papeletas, hubiera podido llegar a ser incluso decisivo si las previsiones hubieran arrojado un resultado ajustado. Hoy, en cambio, aunque la tendencia pueda llegar a invertirse , está claro que esa inversión -si llega a darse- está lejos de ser inminente y la ley Sinde será aprobada con los votos de PSOE, PNV y CC -y con cómodas abstenciones y hasta inoperantes votos negativos por parte de una oposición que, en su conjunto y con ínfimas excepciones, tenía pocas ganas de oponerse a ella- y su reglamento -el que, entre otras cosas, creará la comisión de control a la medida del gusto y ganas de la industria y de las sociedades de gestión- se pergeñará durante el invierno para empezar inmediatamente a depredar nuestros derechos, en abril de 2011.

¿Quiere esto decir que ya podemos coger el portante e irnos a casa? No, en absoluto. Muchos gurús de la red están convencidos de que toda esa normativa no va a conseguir los resultados apetecidos pero eso es algo que, aunque razonable -es ciertamente muy difícil ponerle límites a la tecnología, que es mucho más rápida inventando que el enemigo prohibiendo-, está de hecho por ver. Pero, en todo caso, las descargas a mí me preocupan poco. Personalmente, su mierda de música no la quiero ni gratis y vale lo mismo para el 90 por 100 de la producción cinematográfica extranjera (100 por 100 en el caso español) así, que, en lo que a mis intereses personales respecta y en lo que a las descargas se refiere, la ley Sinde se me hace un higo. A los que les importen las descargas -con la honrosísima excepción de los escasos miles de internautas que verdaderamente lucharon por el derecho a la copia privada en red-, jódanse y aplíquense lo dicho en el segundo y tercer párrafo anteriores. Pero el problema, y lo veremos enseguida, probablemente en el propio 2011, no van a ser las descargas (que quizá, encima, puedan seguir como hasta ahora) sino la censura que va a permitir la ley Sinde, que se va a cebar sobre la red, a la que quieren acallar como sea. Artículos como este mismo que estáis leyendo ahora, no sé si van a ser posibles en el verano o el otoño de 2011 (cabe esperar -aunque quizá ilusoriamente- unos meses de carencia para disimular el verdadero objeto de la maniobra). Censura que va a caer sobre los discrepantes y que va a caer sobre los que le revientan el negocio a la prensa del papel no a base de supuestas piraterías sino, simplemente, creando medios mucho mejores, más seguidos, más competitivos, mayoritariamente gratuitos para el usuario y de muchísima mayor calidad periodística (supuesto y no admitido que los medios de papel tengan, a fecha de hoy, alguna). No quieren más campañas internautas en la red. Ni otras campañas que no son internautas.

A la vesanía del falso socialismo del PSOE le ha tocado la cruda lotería histórica de reimplantar la censura en España, pero no nos engañemos: cualquier que hubiera estado en el poder aquí y ahora y que hubiera podido ejercerlo en idénticamente cómodas circunstancias, hubiera hecho exactamente lo mismo. No nos dejemos engañar por los cantos de sirena de Esteban González Pons, al que el PP envía para tomarnos el pelo a los internautas: Rajoy será, si llega a gobernar, exactamente igual de implacable que Zapatero y, además, exactamente por las mismas razones: la voz de su amo (ya que hablamos, entre otras cosas, de discográficas). Lo que me lleva a una afirmación que no es la primera vez que hago en este blog: nuestro problema -ya no el de los internautas, sino el de todos los españoles y quizá el de todos los europeos- no es de partidos, no es que gobierne este o el otro; nuestro problema es el sistema, que ha sido corrompido hasta sus raíces más profundas incluso en las no muy abundantes partes del mismo que se gestaron originariamente limpias. Mal asunto, porque si no estamos por la labor ya no de frenar en seco una ley Sinde sino de siquiera oponerle trabas serias a una reforma social que nos va a joder la vida laboral (si vida va a poder llamarse) y que nos va a suprimir la jubilación (porque se empieza suprimiendo una jubilación digna y se acaba, a no mucho tardar, suprimiendo incluso la indigna, peor aún presionaremos para algo tan complicado y de tan difícil alternativa (no: no basta con proclamar la Tercera República: puede ser tan corrupta como la monarquía, si no se edifica bien) como una rforma o, mejor, un cambio radical en el sistema. Nos esperan muy malos tiempos en todos los ámbitos. Y no consuela nada, pero nada en absoluto, pensar que los de nuestros hijos serán aún peores. Y encima por nuestra culpa.

Una última dedicatoria. Seguramente habrá algunos nacionalistas vascos -no sé si muchos o pocos, pero los habrá, y quizá incluso acompañados de algunos catalanes- que estarán celebrando el puntapié que el PNV le ha propinado al desarrollo tecnológico español. A ver cuánto tiempo tardarán en darse cuenta de que, por poco que les guste, siguen estando en España; y que, aún no estando en España (hipotéticamente, claro), el panorama será absolutamente idéntico si queda en manos del PNV; y que, por tanto, ese puntapié se lo han propinado también en sus propios cojones.

So gilipollas.

Está todo dicho

Los hombres de la bomba

De la serie: Pequeños bocaditos

«Abadía Digital» dedica uno de sus post de hoy al bombardeo nuclear sobre Hiroshima y a alguno de sus protagonistas. Efectivamente, se refiere a Robert Lewis, copiloto del aparato y a su controvertida anotación «My God, what have we done?» (Dios mío ¿qué hemos hecho?). Luego iré sobre esa anotación y explicaré lo que tiene de controvertida.

Es muy curioso que, cuando se habla de los protagonistas del lanzamiento de la bomba atómica se busca en ellos una vida de arrepentimiento y penitencia, como si fuera imposible que un señor lanzara una bomba atómica y se quedara, dentro de lo que cabe, tan fresco. Siempre se quiere exponer la -supuesta- historia de una tripulación torturada por los remordimientos ante la enormidad del hecho. Y si alguien no aparentaba los debidos y cristianos remordimientos, la bestia victoriana que tan bien describiera Wolfe, hacía que el interfecto se parapetara bajo la inexcusabilidad de las órdenes recibidas, de la disciplina militar en tiempo de guerra.

Nada de eso.

Hace cosa de tres años cayó en mis manos un libro interesantísimo y muy bien documentado de Gordon Thomas y Max Morgan-Witts (Ediciones B, Barcelona 2005) titulado Enola Gay en el que se relata toda la historia de la primera bomba atómica desde el 1 de septiembre de 1944 hasta aquel histórico 6 de agosto de 1945. Muy detallado, muy pormenorizado.

Y nada más empezar, ya desmiente el primer mito: el entonces aún teniente coronel Paul Tibbets no recibe una orden terminante prácticamente al pie del avión. Once meses antes del lanzamiento, a Tibbets se le ofrece una misión. La gente suele creer que los ejércitos funcionan a todos los niveles y en todas las circunstancias como en la mili: llega el sargento, ordena y manda y no hay más que hablar. Bueno, pues no. Con frecuencia, y sobre todo cuanto más delicado es el cometido a encomendar, los ejércitos funcionan como las empresas: encargan la misión -el proyecto, se diría en la vida civil- al más capacitado; si éste es renuente a realizarla, se le encarga a otro porque las misiones delicadas requieren que su ejecutor las vea, que crea en ellas, y es mucho mejor un ejecutor menos capacitado -dentro de unos mínimos, o, mejor, de unos máximos, claro- pero más entusiasmado que el originariamente designado si éste no cree en el proyecto -la misión- y la lleva a término no maquinalmente pero sin aquel puntillo y aquella meticulosidad del que tiene fe en sí mismo y en lo que hace. A Tibbets se le ofreció una misión técnicamente muy compleja y militarmente muy difícil, y se le encomendó porque, además de ser un acreditado piloto de combate y un hombre con una muy sólida formación en ingeniería, tenía justificada fama de ser meticuloso hasta extremos inauditos y perfeccionista hasta la exageración. Además, tenía ambición personal y cuando digo personal no me refiero a la del trepa sino al hecho de plantearse a sí mismo desafíos tremendos para darse la satisfacción de superarlos. Con este perfil, no debe sorprender que cuando se le ofreció a Tibbets la misión de seleccionar un equipo, entrenarlo y preparar la operación destinada a lanzar una bomba atómica sobre una ciudad de Japón (en aquel momento no estaba decidida), aceptó entusiasmado. Con serio entusiasmo: la misión tenía sus riesgos y éstos no estaban precisamente en Japón. Pero esa ya sería otra historia.

Con ese mismo entusiasmo se puso a trabajar y con ese mismo entusiasmo removió cielos y tierra, Roma con Santiago cuando, en una determinada fase del proyecto, a principios de 1945, parecía que los políticos retrocedían sobre la decisión de lanzar la bomba atómica. La inminente victoria en Europa y unos contactos en Suiza con una facción japonesa proclive al armisticio parecieron detener el proyecto. No fue Tibbets quien lo salvó, evidentemente, pero sí que puso el máximo interés, todo su esfuerzo y toda su no menguada inteligencia en que el programa siguiera adelante.

Luchó -y, como es notorio, venció finalmente- contra la decisión del general Curtis LeMay de obligarle a quedarse en tierra durante el bombardeo propiamente dicho y no sólo logró embarcarse en el Enola Gay (seleccionado por él personalmente bajo estrictos criterios en la propia fábrica de Boeing) sino que, no conforme su calidad de comandante de la misión, se situó en los mandos de la izquierda, es decir, tomó también el mando del aparato. Cosa, por cierto -y aquí vamos al principio-, que escoció a Robert Lewis, quien ya contaba con las mieles de pasar a la historia como piloto del Enola Gay y tuvo que conformarse con el secundario asiento de la derecha, el del primer oficial o co-piloto.

Después de la guerra y hasta su muerte a finales de 2007 a los 92 años, siempre manifestó su orgullo por haber dirigido esa misión y por haberlo hecho con pleno éxito, y nunca jamás se escudó en la obediencia debida para justificar lo que él nunca quiso justificar y no justificó, aunque algunos le hayan atribuido la resignación del a la orden. Es radicalmente falso. Tanto es así que algunas intervenciones públicas de Tibbets cabrearon a los japoneses en diversas ocasiones.

De toda su tripulación (un total de diez, sin contar a Tibbets) nadie dio la nota especialmente. Salvo Robert Lewis, que intentó vivir del cuento, los demás miembros tuvieron una vida feliz, relajada y larga (salvo dos, que murieron en 1953 y en 1967, los demás prácticamente alcanzaron los años 90 -la mayoría, sobradamente- y alguno podría vivir aún). Sólo dos tripulantes experimentaron posteriormente una cierta desazón, pero su intensidad no llegó a amargarles la vida, que llevaron adelante tranquilamente procurando olvidar, sin mayor drama, el episodio.

Hablemos -brevemente porque tampoco la historia da para más- de Lewis y de su famosa frase. Es cierto que fue escrita en su diario y fue escrita tal como consta… pero a toro pasado. Sin embargo, en las grabaciones sonoras que se pidió que hicieran los tripulantes del Enola Gay a los pocos momentos de haber visto la detonación nuclear sobre Hiroshima, Lewis dijo: «¡Dios! ¡Mira cómo sube ese hijo de perra!», según atestiguaron varios tripulantes. Todo parece indicar que Lewis quiso recuperar el nivel histórico (¿o histriónico?) que había perdido al perder el puesto de piloto montando el numerito del soldado-arrepentido-adiós-a-las-armas.

Otro día quizá exponga mis ideas sobre si fue procedente o no -en la mentalidad de la época- lanzar la bomba. Que sobre eso también hay mucho que hablar desde el libre pensamiento (que no siempre, por supuesto, es el correcto).

Ahí nos vemos.

Cambiando de casa

De la serie: Anuncios y varios

En estos próximos días, es posible que «El Incordio» haga cosas raras: que no haya manera de conectarse, que aún habiendo conexión se vean cosas estrambóticas, y demás bizarrerías propias de eso de la güés. De la güés y de lo manazas que es uno, que mucho fardar, mucho fardar, mucho ir de tecnoguay, y por una simple migración de servidor lía un cipostio que te cagas. De servidor, el blog, y de parking el dominio.

Bueno. Confío en que el lunes por la mañana todo amanecerá perfectamente normalizado.

Y unos días más adelante, procederé al cambio de hoja de estilos, lo que también traerá el merder correspondiente, ni que decir tiene… Yo no creo en meigas, pero estas cosas, cagüenlapus, las carga el diablo. Bueno, me queda elegir la hoja de estilos concreta entre cuatro finalistas y luego ponerle el amueblamiento mínimo como para empezar a publicar en ella. El mobiliario completo ya se irá poniendo sobre la marcha.

Pero, bueno, si no pasa nada, de eso os enteraréis de golpe, cuando os conectéis a la cosa esta y ¡ooooooooh! la veáis con su vestidito nuevo. Eso sí, faltan días todavía. De momento deja que arregle lo de la migración.

Por cierto, supongo que ya sabéis por qué la llaman migración ¿no? Porque la palabra mierda ya estaba ocupada.

😉

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