Monthly Archives: diciembre 2010

Tecnófobos

De la serie: Correo ordinario

Es recurrente que, cuando viene el mal tiempo, el mal tiempo de verdad, y las tormentas de nieve cierran aeropuertos, colapsan carreteras, aíslan pueblos enteros y paralizan ciudades, aparecen unos individuos intitulados de distintas maneras -periodistas, filósofos, tertulianos…- que con indisimulado alborozo celebran, más que lamentan, que las fuerzas de la naturaleza hayan podido con la tecnología y se explayan sobre una presunta prepotencia tecnológica del ser humano que se ve humillada al verse arrollada por la tormenta, el ciclón, la borrasca o la erupción del volcán. Tanta tecnología, se regodean, y ahí la tienes, inservible y amontonada como chatarra en un aeropuerto cuyas pistas están con tres palmos de nieve.

Sin necesidad de tanta catástrofe, ese género de gilipollas, en versión menor, suele darse en nuestro entorno personal y familiar en el imbécil que se alboroza cuando el GPS del coche nos mete por un sitio raro o cuando no acabamos de encontrar la forma de reservar habitaciones a través de Internet en un determinado hotel. El pisacharcos en cuestión, entonces, se llena de júbilo cerril: «Tanto tontón, tanto tontón, y mira a dónde hemos ido a parar» o bien aquello de «Tanta Internet, tanta Internet y ni para reservar un hotel para el fin de semana sirve». Si a ese berzotas le recuerdas que cuando no había GPS también te metías en jardines de tres pares y, además, acababas por no saber dónde estabas ni cómo salir (cosa que con el GPS no ocurre por definición) o le desafías a que trinque las páginas amarillas (en papel), busque el hotel y haga la reserva (sobre todo como sea domingo y el hotel exija un pago a cuenta) o le digas que hay hoteles -que los hay- y muchos otros comerciantes o prestadores de diversos servicios que aún no están en Internet -allá ellos- y que en Internet puede encontrarse todo… con tal de que esté (y que esté o no, no depende de uno ni del TCP/IP), recibes por respuesta una mueca despectiva.

Tengo un amigo -culto, tercer ciclo universitario, una élite en su especialidad- que se niega a tocar un ordenador porque -dice él- no hace sonetos. Mi pregunta sobre si los hace la máquina de escribir (que él aún usa tan anacrónica como intensivamente) nunca obtiene respuesta y, naturalmente, yo no me quedo esperando a ver si la máquina de escribir hace sonetos y si los hace bonitos. Sonetos ya es capaz de hacerlos cualquier ordenador debidamente programado; bonitos, con el tiempo, también llegará a hacerlos. Que no es lo deseable ni lo que se pretende -la creatividad, para las personas- pero la tecnología no es, en absoluto, nada incapaz para el desafío poético. Además, él usa también ordenadores, y se lo digo: cuando enciendes el televisor, estás poniendo en marcha un microprocesador, lo mismo que cuando usas la lavadora, arrancas en coche y, casi en general, cada vez que conectas a la corriente eléctrica algo que no sea la lámpara. Por lo demás, usa también ordenadores en el sentido convencional del término: tiene que hacerlo para meter en la correspondiente base de datos las notas de sus alumnos y lo hace -aunque teclee otro- cuando le pide a su mujer, con resignado hastío, que le envíe a Fulano un mensaje de correo electrónico diciendo tal cosa, ya que no hay manera de que se ponga al teléfono (teléfono que es también un ordenador, y más si es un móvil, aunque sea de gama baja).

Es la venganza del tecnoanalfabeto. Venganza estéril, por supuesto: puede darte, hasta cierto punto, un mal rato o ponerte, también hasta cierto punto, de mal humor, pero la mayoría de las veces, no te matas: por más sarcasmos que vierta, él habrá de volver a someterse al dictado de lo tecnológico tanto si le gusta como si no.

En realidad, todos sabemos que la naturaleza es invencible y nadie pretende otra cosa. Es lo que el tecnoanalfabeto no entiende: un avión no deroga la ley de la gravedad, simplemente, la contrarresta usando tecnología para aprovechar o generar otros parámetros físicos. Cuando un avión se cae, no es la naturaleza que se venga, es la práctica humana de la ingeniería la que ha fallado (ingeniería, sí, pero humana). Lo que la tecnología pretende hacer no es modificar la naturaleza sino paliar sus consecuencias en tanto que éstas sean inconvenientes o peligrosas. Muchos de los cretinos del primer párrafo parecen no darse cuenta de que pueden divulgar sus estupideces a los cuatro vientos gracias a la tecnología, que el suelo del sexto piso en el que se hallan se sostiene gracias a la tecnología y que con unas mínimas de dos o tres bajo cero (dos positivos en el momento en que hablan) no sufren una severa hipotermia gracias a un sistema de calefacción que aún en lo más rudimentario es pura tecnología. Porque cuando se habla de tecnología, todo el mundo piensa en microcircuitos, ignorante -porque los tecnófobos son, por definición, ignorantes, por más alto que sea su grado académico- de que una simple estufa de leña es también tecnología. Y en un momento histórico determinado, fue tecnología avanzada, fue una forma de optimizar el uso de recursos obteniendo más calor con menos leña, tan avanzado y con tan idéntico propósito como lo son hoy los sistemas de inyección electrónica de los motores de automóvil.

No me explico qué extraño mecanismo psicológico es este de la tecnofobia o del tecnoescepticismo, llámalo como quieras. Porque puedo comprender -hasta cierto punto- el neoludismo, al admitir que la tecnología cambia sistemas de producción y ello determina la obsolescencia de empresas, profesiones, objetos, servicios, y siempre hay quien se aterroriza ante ello al verse como primer afectado; y el neoludismo sigue existiendo pese a que la historia demuestra con tozuda insistencia que cada vez que una tecnologia determina el final de un ámbito de actividad es para abrir otro que precisa de aún más gente que se ocupe de él. Pero, así y todo, puedo comprenderlo: el conservadurismo parece implantado en la genética humana. Pero no entiendo este acobardamiento tecnológico en personas a las que la tecnología odiada no sólo no les va a cambiar su forma de ganarse la vida sino que va a hacer que esa forma de ganarse la vida sea más cómoda, menos penosa y más productiva.

Decía Felipe II que él no mandó a la Invencible a luchar contra los elementos. La tecnología tampoco lo hace, pero es evidente que palía sus consecuencias. No hay [hoy] tecnología que pueda evitar una gran nevada pero, dada ésta, sí la hay que puede abrir carreteras en horas -y no en días o semanas- o que puede conseguir que un pueblo aislado sea una población inmovilizada, pero no incomunicada, ni hambrienta, ni congelada. El aeropuerto hoy cerrado, en pocos días -cuando no en pocas horas- volverá a abrir, y esos aviones, que eran como cachalotes inmovilizados junto a una terminal o un hangar, volverán a volar y mucha gente volverá a experimentar esa sensación de milagro, que la cotidianidad no ha logrado aún borrar, esa suerte de pasmo que aún se siente uno cuando desayuna y cena en Barcelona y, entre ambas comidas, ha ido a Oviedo, ha visitado a un amigo, ha almorzado con él, ha pronunciado una conferencia y ha regresado. No hace tantos años -muy pocos, de hecho- cuando uno estaba fuera de casa o fuera de la oficina, estaba prácticamente ilocalizable. Yo aún recuerdo cuando, al emprender mis rutas a pie, avisaba a la familia de que llamaría -desde un teléfono público- cada X días o que, por si las moscas, cada día estaría atento, en la emisión de las doce del mediodía, al servicio de socorro de Radio Nacional de España: tales admoniciones, hoy, harían partir de risa a mis hijas; pero hace no mucho más de quince escasos años, eran de lo más normal y cotidiano. Ir a la montaña en solitario sigue siendo, hoy día, una imprudencia, pero armado de un GPS y un teléfono móvil, lo es algo menos.

Y con ello no agoto -ni lo pretendo- la relación de beneficios capitales que la tecnología nos ha deparado; por ello, ni siquiera toco los de orden cultural o simplemente lúdico. Son, por otra parte, más que evidentes.

Yo, cuando veo un aeropuerto cerrado por causas meteorológicas, lo miro con aquella resignación ante lo inevitable del que sabe que un día u otro, por más que avance la medicina, habrá de morir. Pienso, en todo caso, que la medicina logrará que viva más y que viva mejor. Y que si ningún fanático religioso con bata blanca lo impide, cuando llegue el momento, cascaré dignamente y no retorciéndome como un perro.

Mientras tanto, aunque ocasionalmente estén cerrados o aunque sistemáticamente acabemos cascando, que no dejen de construirse aeropuertos y que no deje de haber médicos.

Y a los tecnoescépticos, que les den por el culo con un microprocesador.

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Requiem en Sinde menor

De la serie: Los jueves, paella

En mi entrada de ayer, dedicada a la victoria ciudadana sobre la ley Sinde, decía que mi alegría se veía empañada por el hecho de que la inmensa presión cívica que se generó a partir del domingo no se debió fundamentalmente a una rebelión ciudadana contra un intento de coartar la libertad de expresión en red imponiendo una censura encubierta con el pretexto de la propiedad intelectual, sino a una sacudida de contrariedad ante el peligro de ver impedidas las descargas o el acceso gratuito a contenidos protegidos por derechos de autor. Y, en ese hilo, me lamentaba de que esa ira social, tan fácil e ígnea cuando se toca lo lúdico -recordaba también el caso de los controladores que habían fastidiado un puente- no se diera también cuando se toca lo sustancial: recortes salariales, recortes en las pensiones, recortes en otros derechos sociales (recorte en las indemnizaciones por despido, mayor facilidad para éste, etc.) y varias putadas más asimismo de mayor cuantía.

Resulta que, en paralelo -no sé si mucho antes o mucho después: yo no lo había leído- Ignacio Escolar había escrito en el mismo tenor y ello suscitó críticas, críticas, entre otras muchas, de varios amigos míos -amigos de verdad- a los que tengo metidos como tales en Facebook, los cuales también hicieron su crítica negativa a mi hilo (mucho más respetuosa, afortunadamente: mucha gente se preguntaba qué se había fumado Escolar) aportando algunas consideraciones que son dignas de ser tenidas en cuenta.

La más generalizada es que la gente, o mucha gente, se niega a seguir los designios de unos sindicatos tenidos por nada representativos o, incluso, vendidos, como CCOO y UGT.

Está claro que, ciertamente, CCOO y UGT han defraudado masivamente a los trabajadores. Cuando la ya tan cacareada transición, se fabricó a su medida un sistema sindical tan conveniente como inoperante que ha conseguido desmovilizar a los trabajadores del activismo sindical, primero, y del voto sindical, después. Ver las cifras de afiliación -sindicato por sindicato o en general, da lo mismo- y constatar los porcentajes de participación en las elecciones sindicales (que lleva a la necesaria conclusión de que en ellas sólo votamos los afiliados sindicales y probablemente no todos) produce verdadera vergüenza. Propia y ajena. Pero eso, a CCOO y a UGT no sólo les da igual sino que ya les está bien: mientras participe la gente necesaria que les permita perpetuarse en su medro, aunque sea con la pelín incómoda compañía de otros sindicatos de tamaño ínfimo reducidos a la inoperancia por un sistema de financiación que les reserva prácticamente la calderilla (y a veces, ni eso). Y dicho sea sin perjuicio de que las críticas, esas mismas críticas, pero reducidas a la proporción microscópica correspondiente, puedan dirigirse, en todo o en parte, a todos los demás sindicatos (sin excluir ni siquiera al mío, ojo). En definitiva, la estructura sindical se ha edificado al modo de los partidos políticos pero, encima, sin parlamentos y sin diarios de sesiones, con lo que el apaño, el trapicheo, la trampa, la traición y el pasteleo están servidos con mayor facilidad aún que en el ámbito de los partidos políticos (como si la corrupción de los partidos políticos fuese poca).

Bien, todo eso es verdad, es así, pero me da la impresión de que no constituye explicación suficiente para el fenómeno absentista reivindicativo de los españoles. Cuando uno está quemado, cuando a uno lo están puteando, cuando a uno le están obligando a hacer más horas de las que le pagan cuando uno ve que le abaratan el despido , cuando a uno le reducen el sueldo por el morro, cuando a uno le recortan la pensión o cuando a uno le hacen las cuatrocientas mil putadas que nos están haciendo a todos, si uno es normal, uno se lanza a donde sea a entonar el cagontó a las buenas o a las malas, convoque CCOO o convoque Perico de los Palotes.

Cuando en la pasada primavera se convocó una huelga de funcionarios, yo no la consideré necesaria y, más aún, la creí inoportuna, pero, por encima del hecho de que mi sindicato, CSI-F, había sido uno de los convocantes, daba igual, se había convocado una huelga y cuando se convoca una huelga se sigue y se acabó. Porque si no lo hacemos así, dejamos de ser trabajadores para pasar a ser unos mierdas. Y como no lo hacemos así, nuestra condición de mierdas prevalece sobre la de trabajadores. Después, en septiembre, se convocó una huelga general. Esta no la convocó mi sindicato por no sé qué porquerieces de desacuerdo con los convocantes (los sempiternos CCOO y UGT) pero, por otra parte, yo estaba tan convencido de su necesidad como de su fracaso. La seguí. Iba a ser un fracaso y mi sindicato se desmarcaba, pero yo seguí la huelga porque cuando se convoca una huelga se sigue. Y punto. Y cuidado: no estoy hablando de obligar a nadie a hacer huelga, eso es una brutalidad y es indigno, pero sí propugno el seguimiento de una huelga como un principio ético que deberíamos tener todos los trabajadores. Porque si no vamos todos a una, aunque convoque el papa de Roma, y aún ante el error o la inconveniencia en la convocatoria, estaremos -como efectivamente estamos- en la mierda más pestilente.

Pero a todas estas consideraciones no llegan la mayoría de los españoles, ni para aceptarlas ni para debatirlas. Se toman atajos muchísimo antes. El más clásico es este que estamos analizando ahora mismo: como CCOO y UGT son unos sinvergüenzas, paso de todo (¡porque no voy a hacerles yo, San Yo Bendito, el caldo gordo!) y sigo a lo mío.

Apuntaba en mi artículo de ayer otras causas u otros pretextos. Hablé de la cobardía, del miedo. Del miedo como pretexto o del miedo quizá real pero autogenerado. En los veinte años que llevo en la función pública, jamás he visto que se le efectuara a nadie, ni colectiva ni individualmente, la menor admonición, ni expresa ni insinuada, para que no se adhiriera a una huelga o a cualquier tipo de reivindicación. Y digo más aún: de todos los jefes que he tenido, sólo a uno de ellos le supongo la falta de moralidad y de escrúpulos como para incurrir en esa conducta (que, por otra parte, es delictiva) y aún así no le pillé nunca en esas, ni supe jamás que la hubiera seguido, y ni siquiera llegué a conocer en ningún momento el menor indicio que me permitiera tan sólo sospecharlo. Y estas cosas en un centro de trabajo, se saben. Bien, pues a pesar de todo, cada vez que se ha planteado una reivindicación -huelga o de otro tipo- siempre, siempre, siempre, han aparecido unos cuantos -y no siempre interinos- pretextando miedo a represalias ¡Funcionarios de carrera! A partir de ahí, me imagino lo que debe ocurrir en la empresa privada (ante la complacencia del patrono o de cualquier tipo de jefe, que no necesita jugársela: le basta dejar que el miedo autogenerado se retroalimente). Y en los casos de contratos temporales, no sé de nadie a quien le hayan renovado el contrato por haberse portado bien y no haber hecho huelga: a la hora de la palmancia, no hay clases ni historial que valgan, todos a la puta calle y que pase el grupo de parias siguiente.

Otro atajo o pretexto para soslayar la participación en reivindicaciones laborales es lo que yo llamo clasismo quiero-y-no-puedo. Este curioso mecanismo es el que lleva a un pringado cualquiera -quizá ubicado un gradito o dos por encima del común de pringados, pero siempre dentro de la clase de tropa- a creerse por encima de esas cosas que sólo son propias de gente de boina, camiseta imperio y moreno paleta, cosas de gente baja. Él no, él pertenece a una casta superior que no hace marranadas: ni come con los dedos, ni sorbe la sopa, ni eructa, ni hace huelgas. Es como una caricatura patética de lo que en su día fue una caricatura graciosa: Tito B. Diagonal.

Después está el vago, el perezoso (si es que los casos anteriores no responden, además de a la cobardía, a la pereza misma). El perezoso es el que siempre tiene la excusa determinista: no vamos a conseguir nada, no vamos a cambiar nada, es perder el tiempo (y, a veces, claro, el día de sueldo, que por ahí les duele también a algunos).

Eso sí: en todos los casos, se acogen como una ninfómana a un Apolo a todos los beneficios conseguidos por los demás compañeros que han superado la grima que les producen CCOO y UGT, que han superado el miedo -tenerlo es humano, eso nadie lo discute- y que saben que sólo de la acción y de la asunción de riesgos se obtienen beneficios. También los cagones suelen integrar mayoritariamente un grupo no poco despreciable: los que reclaman como si les fuera debida una acción en las que ellos no están dispuestos a participar y que no tienen ninguna intención de mojarse apoyando. Se les conoce fácilmente cuando, ante un abuso empresarial o ante cualquier contrariedad laboral exclaman indignados algo así como: «¿Y qué hacen los sindicatos?». Eso es: los sindicatos como ente prestador de servicios en vez de un ámbito de servicio (que no es exactamente lo mismo), de una unión solidaria de trabajadores hacia cuyos fines arrima el hombro todo el mundo. Huelga decir que este grupito, además de no hacer nada, ni siquiera está afiliado a uno o a otro y, en la práctica totalidad de sus integrantes, ni siquiera vota en las elecciones sindicales.

Es verdad que tras el abstencionismo reivindicativo puede haber, como ayer me objetaba en Facebook algún amigo -una amiga, concretamente, creo recordar-, una razón táctica cuidadosamente meditada, o una causa ideológica sin que ninguno de estos casos guarde relación alguna con los anteriores. Aunque pueda parecer increíble, hay trabajadores (trabajadores de verdad, señores con nómina y ficha a las ocho) ultraliberales convencidos; yo no lo entiendo, pero existen, conozco a alguno; por tanto hay que admitir la posibilidad de una objeción ideológica honesta, no basada en cobardías, ni en perezas, ni en sobrancias. Pero lo que sí está claro es que hablamos de un caso aislado y ciertamente excepcional. También es posible que un trabajador ideológicamente normal y corriente -en tanto que tal trabajador asalariado- concluya que tal reivindicación no es justa o no es conveniente o no procede y que, por tanto, él no la sigue. Es otra postura respetable que se distingue fácilmente de la de los otros piernas: no es sistemática; incluso en el caso de un crítico recalcitrante, forzosamente se dan ocasiones en las que participa de la protesta, de la reivindicación o de la huelga al no encontrar motivos descalificatorios de suficiente entidad. Finalmente, también puede darse un supuesto de juego sucio pero que no tiene nada que ver con los casos anteriores: cuando un sindicato o grupo de ellos decide hacerle la zancadilla al otro actuando al revés de lo que el otro propugna; pasa más de una vez y es una perfecta mierda, pero no se trata del abstencionismo cagón que motiva esta paella de hoy.

No hace muchos días, en esta misma bitácora, comentaba cómo me río sarcástico cada vez que recuerdo aquellos libros de texto de las épocas de Paco que describían al español como un pueblo aguerrido e indómito, cuando en mi propia experiencia no conozco -salvo a los que dejamos allá por las Américas heredando las virtudes de la raza- pueblo más moralmente miserable, más insolidario, más egoísta, más torticero, más perezoso y más canalla que el español (y que ninguna autonomía se atreva a desmarcarse, porque ahí van todas empaquetadas,de la primera a la última). Y que cuando, por fin, explota, no se convierte en un pueblo guerrero sino en una caterva de asesinos parricidas.

Un pueblo al que, ya ves tú, se le puede comprar al precio de un disco de Alejandro Sanz descargado de balde.

Leysindazo

De la serie: Correo ordinario

Digerida la cena, asimilado el copazo celebratorio, sosegados los ánimos, es hora de valorar. El campo de batalla queda ahí, desierto y silencioso después del estrépito, de los gritos y de las explosiones. Hemos ganado -después diré quién- y lo hemos celebrado, pero ahora viene la parte fea incluso en la victoria: hay que recoger a los heridos, enterrar a los muertos, vomitar la mezcla de desayuno mal digerido y de exceso de adrenalina expulsado, recuperar el equipo que hemos dejado por ahí tirado, ver qué podemos pillar de lo que ha abandonado el enemigo y constatar que los pequeños rasguños que hemos sufrido van a requerir bastantes puntos de sutura y alguno que otro algo de cirugía plástica para disimular la cicatriz hasta donde sea posible; también aprenderemos, posiblemente, que la heroica herida en el hombro de las películas, es una lesión gravísima que puede jodernos un pulmón y afectarnos a importantes tendones cuya disfunción podría dejarnos hecha polvo la movilidad en el brazo.

Así que después del grito de júbilo, de la borrachera de pólvora y de coñac del malo (el famoso saltaparapetos), viene la depresión y el trabajo sucio, el de doblar el lomo, el que da asquito. Todo ello mientras los generales estudian en la tienda del estado mayor cómo ha quedado la situación geopolítica después de la contienda.

Repasemos pues. Como casi todo en la vida, hay cosas positivas y cosas negativas y hay que ser -o hacerse, trabajo intelectual mediante- consciente de todas ellas. Estas son las que veo yo.

En lo positivo

Una clara victoria ciudadana. Aquí no hay nadie, absolutamente nadie, ni persona individual ni ente colectivo, que pueda capitalizar este triunfo: todos a una, cada cual en su rol, en su blog, en su página, desde su individualidad o arrimando el hombro desde cualquiera de las ya varias organizaciones que la Red española ha generado en su propia autodefensa -que hay que reconocer como indudablemente eficaz- hemos conseguido movilizar a la entera ciudadanía, que ha sido la verdadera y clara autora del éxito. Ni siquiera el legítimo orgullo que podemos sentir en la Asociación de Internautas al recordar aquello de y pensar que esto lo empezamos nosotros, cuatro pringaos con un burrito, puede ocultar ni mermar en absoluto la atribución generalizada e impersonificable de esta victoria.

De ello se deriva no menos claramente que cuando la ciudadanía se pone en pie y se moviliza, se consiguen resultados. Sirva esta conclusión no sólo para el ámbito en el que se han obtenido sino para todos los ámbitos en general. Para cualquier ámbito. Si nos movemos, vencemos. A condición, claro está, de que nos movamos todos, de que no haya sobrados cuya alcurnia y rancio abolengo esté por encima de eso de reivindicar cosas o perezosos de los de «¡pero si no vamos a conseguir nada!» o cobardes que no corren riesgos aunque luego no vacilen en aprovecharse de los frutos cosechados por quienes se han jugado la piel (o en lamentarse de que no haya frutos y clamar a ver qué hacen los que, a su parecer, no han hecho nada y deberían -también a su parecer- haberlo hecho).

También es positivo, naturalmente, el resultado intrínseco del logro: nos hemos quitado de enmedio un peligro enorme para la Red. Sabemos -más allá de la demagogia apropiacionista- que el verdadero problema de la ley Sinde no eran las supuestas «páginas de descarga» (a las que la propia disposición final segunda, por otra parte, no hacía referencia alguna) sino el uso -prácticamente seguro- que se hubiera hecho para desactivar el activismo en Red muchísimo más allá del tema de los autores, de la industria del ocio y del resto de la cagarela que sirve, en realidad, de pantalla para ocultar lo otro. Esto ya lo teníamos muy claro desde hacía muchísimo tiempo, desde que empezó esta guerra, va ya para ocho años (que se dice pronto), pero los documentos de WikiLeaks han aportado las pruebas que [prácticamente no] hacían falta.

Y ya que hablamos de eso, en la parte puramente sensorial y lúdica, también me he divertido mucho imaginándome la cara del embajador yanqui poniéndole un cable a la secretaria de Estado diciéndole que la hemos cagado, tía María, «grit cagueichon misis Clinton». Y si queréis más risas, imagináos las caras de Zap, de Rubalcaba y de la Sinde cuando el embajador los llame a capítulo, aficionados, manazas, trapaceros, en qué tómbola os ha tocado a vosotros el carnet, so flautas… No, me parece que en esa reunión con el embajador no va a haber precisamente bombones Ferrero Rocher 😉

En lo negativo

Me queda un sabor amargo sobre lo que es este país. En España, la sociedad en peso se cabrea y se moviliza si les intentas joder un puente o si intentas impedirles que se descarguen música y cine by the face, pero se queda tan ancha, incapaz de reaccionar, si les das un tijeretazo gordo a las pensiones o a los derechos laborales. Es verdaderamente alucinante y es indicativo de lo poco que hemos cambiado desde que Cadalso escribió sus famosas «Cartas marruecas» (y desde mucho antes).

Porque, seamos claros: ayer nos movilizamos centenares y más centenares de miles de ciudadanos (¿quizá millones?), pero sólo unos pocos de esos miles luchábamos por la libertad de expresión, por la libre circulación de la información en la Red (y a muchos, quizá a la mayoría de esos pocos miles, las descargas nos importaban -nos importan- una mierda), contra la censura y contra un modelo Berlusconi de Red; la inmensa mayoría se puso como una hidra porque querían impedir que se descargaran contenidos por las buenas. La prueba es clara: aunque en la Red había rebomborio contra la ley Sinde -hace un año que lo hay- la inmensa mayoría de ciudadanos (en Red y, desde luego, fuera de ella) pasaban del mambo, hasta que, el domingo, los de las páginas en cuestión tuvieron la genial (repito sin sarcasmo alguno: genial) idea de cerrarlas, de cerrarlas todos logrando que centenares de miles de ciudadanos montaran en cólera ante el importante y trascendental atentado de habérseles jodido la tarde del domingo que ellos se prometían felices gozando en streaming -porque descargar, lo que se dice descargar, ya se descarga muchísimo menos que antes- de las últimas novedades cinematográficas o discográficas (que ya son ganas).

También me pareció sumamente negativa -para variar- la actitud de los políticos. El espectáculo que contemplamos ayer fue deprimente, bochornoso e indignante. Porque supongo que nadie se cree que el PP o el PNV o CiU se alzaron en defensa de los ciudadanos contra la abominación socialista. Nada de eso. Si el PP hubiera estado en el lugar del PSOE, el PP hubiera hecho exactamente lo mismo que el PSOE y el PSOE exactamente lo mismo que el PP. PNV y CiU trabajaron en pro de sus respectivos lobbyes locales y la sublevación ciudadana puso la mercancía -el voto a favor de la ley Sinde– a un precio que el PSOE no pudo pagar. Me pregunto qué precio sería ese, porque estoy absolutamente convencido de que el PSOE estaba dispuesto a pagar muchísimo por ese voto favorable. No nos vayamos a dejar engañar por esa gente, cuidado…

Otro hecho negativo: los derrotados. Evidentemente, no producen ninguna pena ni simpatía los Olcese, los Bautista o los Alejandro Sanz, por razones más que obvias. Pero ayer por la noche hubo gente trabajadora y honrada que se quedó con un palmo de narices. Injustificadamente porque, como estamos hartos de decir, la ley Sinde no hubiera solucionado ninguno de sus problemas, porque los problemas de la inmensa mayoría de ellos no tienen que ver con las descargas (supuesto -y en absoluto admitido- que la ley Sinde tuviera como objetivo esencial terminar con las descargas) sino con una estructura totalmente oligárquica del mundo de la producción artística y de la edición, y eso es algo que ni provocó Internet ni iba a arreglarlo la disposición de la LES que ayer mordió el polvo. Pero, de alguna manera, se les vendió que la ley Sinde era su única salida posible y ellos lo creyeron. En esa creencia -que puede ser un error, pero no un delito- ayer sufrieron un golpe moral durísimo e inmerecido que desde aquí lamento. Era necesario propinárselo pero, desde esta perspectiva de la situación, nuestra victoria lo es mucho menos y, consecuentemente, no me produce ni placer, ni alegría, ni gozo alguno.

En conclusión

Esto no puede seguir así. No puede seguir así pero, ojo, tampoco está en manos de los activistas ciudadanos en Red su arreglo o, mejor dicho, la iniciativa de su arreglo.

Ya he dicho muchas veces -y no soy, ni mucho menos, el único- que esta guerra entre los autores y los ciudadanos no puede prolongarse. Los pueblos no pueden andar a palos con sus poetas y el hecho de que estemos así podría explicar muchas cosas negativas que nos están pasando. Sin poetas no hay movilización, sin poetas no se activa la imaginación necesaria que hace surgir los liderazgos que llevan a los pueblos a lo más alto, a la paz, a la prosperidad. Ya fue dicho que a los pueblos sólo los movían los poetas. Lo que sucede es que esa imagen del poeta como autor de esa lírica del pueblo triunfando de sus miserias tampoco tiene nada que ver con el cantachifle acaudalado esclavo del sistema y cebado por lo que, en definitiva, no es sino una industria como cualquier otra, exactamente igual que la que fabrica cojinetes a bolas. Que no me vengan con tonterías culturales porque la cultura es, en el fondo, obra de pueblos, no de la Metro Goldwyn Mayer.

Los ciudadanos tenemos que entrar en diálogo con los autores y esto es cada vez más urgente. Pero un diálogo entre ciudadanos y autores no equivale a una negociación entre sinvergüenzas repartiéndose un pastel. Porque lo primero que tiene que quedar claro es que el pastel, el que se ha realizado con esa receta que todos conocemos, se acaba, y cuando ya no queden ni las migajas, habrá que cocinar otro distinto: puede empezar a cocinarse cuando aún queda algo del otro o podemos esperar a que se acabe el viejo y entonces pasaremos hambre mientras se cocina el nuevo. Si el hambre ha de ser, en definitiva, el motor que lleve al nuevo pastel, es algo que está en el tejado de los autores -de los autores, no de quienes dicen representarlos-, no de los ciudadanos, porque los que tienen que decidir su modelo de negocio son los que venden, no los que compran. Ya sé que eso de modelo de negocio les suena fatal -porque así se lo han inculcado los que tienen mucho que perder con ese cambio de modelo, que no son precisamente ellos, los autores de a pie- pero es que realmente se trata de eso y no de otra cosa. Cuanto antes lo comprendan, antes entraremos en el verdadero camino de la solución.

Mientras tanto, hay una pelota en el tejado de los políticos. Mala pelota, pues, y mal tejado; pero es lo que hay. Los políticos pueden hacer ahora una de dos cosas: la que es de temer o la que es deseable.

La que es de temer es que maniobren, que bailen como monos al son de los lobbys, y que intenten reproducir la ley Sinde en el Senado el próximo 18 de febrero -que es cuando toca, según parece- a través d euna maniobra más o menos sucia, más o menos solapada. Más bien más, en ese caso; o que intenten cambiar de táctica y lo hagan de otra manera, pero perseveren en la vía de la represión y de la criminalización y, sobre todo, en el intento de controlar la Red con el pretexto, ya putrefacto, de las descargas. Pero lo más probable es que intenten un senadazo. Y no nos engañemos: puede que lo consigan; el mercado es elástico y los precios cambian o cambia el poder adquisitivo y lo que no pudo comprarse hoy quizá pueda adquirirse mañana. Afrontaremos entonces otra realidad: la de unos autores que se quedarán exactamente igual -sólo que, además, y entonces sí, malditos de toda la ciudadanía- y una red tremendamente expuesta a berlusconazos, que es, realmente, lo que se pretende.

Lo que sería deseable es que hicieran bien su trabajo y su verdadero papel y lideraran ese acuerdo entre ciudadanos y autores -que, en definitiva, también son ciudadanos- y que lo guiaran desde la neutralidad por el camino de lo posible y de lo satisfactorio. Yo no sé si el embajador yanqui se lo agradecería o si Olcese estaría muy contento o muy cabreado (sospecho que esto último), pero cumplirían con su más noble cometido, ese que hace tanto tiempo que han olvidado: servir, servir a su pueblo, servir a su gente, servir a sus ciudadanos, a su país. Servir a España, coño.

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Ahí dejo la cosa, de momento. Hay mucho más que hablar. Hay que hablar de cultura digital y de su proyección sobre políticos, administraciones públicas, jueces, ciudadanos, también. Hay que hablar de Cultura de la grande, de cómo lo hacemos para que todos los ciudadanos puedan acceder a ella sin zanjas económicas y que los autores –todos los autores, no solamente los privilegiados por la industria- puedan vivir dignamente de su trabajo y puedan disfrutar de todos los beneficios del estado del bienestar -si todavía aguanta- como cualesquiera otros ciudadanos.

Aquí está mi mano para ese diálogo entre gente decente. Y lo que es más importante: no es sólo mi mano, ni mucho menos (pobre de mi, que soy un simple mindundi); es la mano de millones de ciudadanos que adoran a quien compone para ellos, rueda para ellos, escribe para ellos. Que adoramos a quienes nos acompañan poniendo belleza en el duro camino del progreso y de nuestra vida.

¿Nos vemos ahí?

Perdiendo el tiempo

De la serie: Correo ordinario

Acabo de enviar a Josep Sánchez Llibre, representante de CiU en la Comisión de Economía y Hacienda del Congreso de los Diputados, el siguiente mensaje de correo electrónico:

Senyor,

En el transcurs de la proppassada campanya electoral per a les eleccions al Parlament de Catalunya, el mitjà digital «Nación Red» va plantejar un qüestionari. Un dels qui va tenir l’amabilitat de respondre’l va ser Artur Mas (http://www.nacionred.com/tag/La-Nacio-Red-tambe-te-una-pregunta-per-a-voste). Permeteu-me que us transcrigui una pregunta i la seva resposta:

Pregunta Carlos Sánchez Almeida:

«Si Vd. o su partido es injuriado, calumniado o amenazado en una web de Internet, sólo un Juez puede ordenar el cierre cautelar de la página, dentro del correspondiente procedimiento judicial. Si así sucede en delitos contra la libertad o el honor ¿considera posible que en materia de un derecho no fundamental, como es la propiedad intelectual, la propuesta de cierre de la web pueda ser aprobada por una comisión administrativa? ¿Cuál será el voto de su partido en lo que se refiere a la Ley Sinde (Disposición Final Segunda del Proyecto de Ley de Economía Sostenible), que incide directamente sobre la libertad de expresión en Internet?»

Respon Artur Mas:

«Creemos que cualquier acción en relación con los derechos debe obtener la tutela judicial efectiva, es uno de los principios de cualquier estado democrático»

Entenc que, en coherència amb el missatge de CiU expressat pel seu principal dirigent com a representant de la coalició, el proper dia 21 de desembre harieu de votar negativament la «Ley de Economía Sostenible» o demanar la seva esmena en conseqüència, per tal de que desapareixi la disposició addicional primera -coneguda com a -Ley Sinde»- pel seu tarannà liberticida i clarament antidemocràtic. A tot això hem d’afegir, a més, que aquesta disposició s’ha inclòs d’una manera barruera i artificiosa en un texte legal redactat per a d’altres finalitats, per pressions -conegudes recentment- de l’ambaixada nord-americana, la qual ha imposat inclús la tipologia de tramitació parlamentària. No crec que a cap català li agradi veure CiU implicada en una maniobra tan bruta i prepotent, la submissió a la qual ens permetria endevinar el futur d’altres submissions de les quals CiU pretén -o això propugna- lliurar-nos.

Gràcies per la vostra atenció i espero una actuació parlamentària en conseqüència.

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Traduzco el texto en catalán:

El en transcurso de la reciente campaña electoral para las elecciones al Parlament de Catalunya, el medio digital «Nación Red» planteó un cuestionario. Uno de los que tuvo la amabilidad de responderlo fue Artur Mas. Permítame que le transcriba una pregunta y su respuesta:

[…]

Entiendo que, en coherencia con el mensaje de CiU expresado por su principal dirigente como representante de la coalición, el próximo día 21 de diciembre había de votar usted negativamente la Ley de Economía Sostenible o pedir su enmienda en consecuencia, a fin de que desaparezca la disposición adicional primera -conocida como «Ley Sinde»- por su carácter liberticida y claramente antidemocrático. A todo ello, hay que añadir, además, que esta disposición ha sido incluida de una manera trapacera y artificiosa en un texto legal redactado para otros fines, por presiones -conocidas recientemente- de la embajada norteamericana, la cual ha impuesto incluso la tipología del trámite parlamentario. No creo que a ningún catalán le guste ver a CiU implicada en una maniobra tan sucia y prepotente, la sumisión a la cual nos permitiría adivinar el futuro de otras sumisiones de las cuales CiU pretende -o eso propugna- liberarnos.

Gracias por su atención y espero una actuación parlamentaria en consecuencia.

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No servirá para nada, todos lo sabemos, pero había que hacerlo.

Clareando el panorama, sí…

De la serie: Los jueves, paella

La desmoralización cunde por doquier: están a punto de recortarnos las pensiones, se está -ya- recortando el gasto social brutalmente, Cáritas y las ONG decentes -que no son todas y, me temo, tampoco muchas- no dan abasto para acoger o incluso alimentar básicamente a gente en número creciente, EREs incesantes… y se nos dice que esto no es nada, que esperemos a que llegue la que se nos viene encima. Los salarios cayeros hace seis meses en el sector publico (porque en el privado, se pierde la cuenta, lo de mileurista acaba pareciendo una gracia, pero no tiene ninguna).También nos enteramos de que nuestra deuda pública no es, en realidad, tan importante, que la que sí está por las nubes es la privada; los bancos no paran de tragar dinero público -algunos para prejubilar a miles y miles de trabajadores con poco más de cincuenta años- pero no sueltan un duro para financiar a la economía productiva. Desahucios en creciente y espantoso número, con miles de personas descubriendo que la pérdida de su vivienda ni siquiera sirve para cancelar la deuda hipotecaria, que se quedan en la calle para apenas aminorarla en un 20, un 30 o, con suerte (¡qué suerte!), en un 40 por 100: el resto, queda ahí, criando intereses de demora, de tal forma que en pocos años -en poquísimos- volverán a deber lo mismo que cuando compraron el piso, sólo que sin piso. Una guasa.

Pero después… Viene un puente y los aeropuertos están abarrotados (y no precisamente de gente que vuelve, a casa vuelve, por Navidad); viene otro y las agencias de viaje, los hoteles, las estaciones de esquí, cuelgan el no hay billetes. Los gadgets de todo tipo se venden como rosquillas… incluso gentes que se diría militantes del mileurismo puro y duro llevan smartphones de los que las compañías no regalan completamente y por los que hay que aflojar entre 200 y 600 euros, además de suscribir una tarifa de conexión telefónica y de datos de caballo. Yo he visto -personalmente, en mi trabajo- este mismo año a la gente lanzándose como loca a comprar un coche sólo porque entre Gobierno central y autonómico le subvencionan -que ya manda huevos- entre mil y dos mil euros del precio… de un precio que, en su caso más tirado, no baja de los doce mil (y os aseguro que muy poca gente compraba a ese precio: la mayoría iba muy hacia arriba). Oigo por la radio que los cuatrocientos y pico euros a los parados que han agotado el subsidio sólo se darán -si se llegan a volver a dar- a los que se comprometan a reciclarse, a seguir cursos de formación, y yo me pregunto… ¿es que los hay que no siguen cursos de reciclaje y formación desde el primer momento de cobro del subsidio, es que hay parados que se tumban a la bartola mientras dura la prestación (o bien se echan al monte de la economía sumergida y, entonces sí, la suma de los dos ingresos explica algunos -por lo menos algunos- smartphones o carteles de no hay billetes)? Pues me dicen que sí, que la cosa funciona así.

Ayer decía que somos una sociedad de mierda y lo reitero: nos la están metiendo doblada, por todas partes, en todos los ámbitos, y el único hecho capaz de generar indignación es que los controladores nos fastidien un puente. Me pregunto hoy, además, si somos irresponsables, a la vista de lo que antecede. Y me respondo que sí: irresponsables, si vivimos por encima de lo que tenemos; insolidarios, si, pudiendo, no nos cortamos un poquito, como los sobrados que el otro día se dejaron no sé cuantísimos millones de euros en las tiendas del paseo de Gràcia en una especie de noche blanca comercial en la arteria más lujosa de la ciudad. Que de todo habría: irresponsables e insolidarios. Cuando no de ambas cosas.

La pobreza es siempre mala (además, obviamente, de injusta), pero es difícil concebir nada más lacerante cuando se sufre en medio de la opulencia, es algo así como un suplicio de Tántalo. No sé cuánto tiempo se puede aguantar en una situación extrema mientras los vecinos rebosan abarrotados de lo superfluo, pero más tarde o más temprano, esto lleva a la explosión. Ayer hubo uno que ya explotó en Olot y, no seamos falsarios, muchos, muchísimos, pensamos que si todo el mundo en su situación hiciera lo mismo, otro gallo nos cantara. Una idea salvaje, sí, pero cuando las circunstancias llegan a los extremos, las ideas salvajes se cotidianizan.

La que tarde o temprano se liará, será muy, muy gorda.

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Yo imagino que en el puente de mando del socialismo catalán se va de susto en susto si es que, más probablemente, no se vive en una situación de horror permanente. Tras la catástrofe electoral en las elecciones al Parlament, ahora viene la que se avecina en las municipales, en las que, salvo sorpresas, está cantado y bailado que los sociatas van a ir a la oposición, esto es, a la puta calle.

La pérdida de Barcelona sería un baldón para el socialismo catalán, y un desastre para el socialismo español, sobre todo si ese desastre viene acompañado de otro: la pérdida de la alcaldía de Sevilla. Por eso, en el PSC hay verdadero pánico, por más que las previsiones en el resto del territorio catalán, siendo malas, no parece que vayan a ser tan apocalípticas, y por eso lo que se intenta con Barcelona, dando por inevitable el paso a la oposición, es que se sufra una derrota dulce.

Esto de las derrotas dulces es algo a lo que los sociatas están muy acostumbrados, conscientes de tener un suelo electoral muy elevado. Pero esta vez están pasando cosas, porque esta vez el socialismo ha tocado cosas que hasta hoy eran tenidas por intocables: la irretroactividad de los salarios públicos (ya de por sí tan bajos) y lo consagrado del sistema de pensiones. En definitiva, el tijeretazo al estado del bienestar, histórico en todos sus aspectos, ha derrumbado la poca imagen izquierdista que le quedaba a esa socialdemocracia de juguete completo juguete Comansi, con lo cual, el temor a una derecha que no iba a gobernar peor en términos sociales se está diluyendo incluso entre capas acérrimas del socialismo o, si se quiere, del voto preso por el miedo: el de los jubilados. El suelo electoral socialista puede llegar, esta vez, muy abajo. Y eso sic stantibus rebus. Todavía no hemos visto -que veremos- meterle mano al sistema sanitario y también al sistema educativo (aunque este último no le importa a nadie tres cojones salvo como pretexto para hostigar a Zapatero).

Si hemos de ser sinceros, en Barcelona la cosa ha ido mal, pero no tanto. Aunque se percibe un importante recorte social, la realidad es que lo que ha ocurrido es que las necesidades han crecido muchísimo y brutalmente y los recursos muy poco. Además, la situación financiera de la ciudad es de las menos malas de España, incluso está en el grupo de las más saneadas entre las grandes ciudades europeas. Claro que tan esplendorosa gestión económica lo ha sido a costa de muchos agujeros por tapar, siendo clamorosos, entre ellos, los del personal muncipal, que anda a la greña -y con toda su razón- cada dos por tres. Precisamente ayer la montaron los bomberos, en una imagen de protesta casi cotidiana.

El problema de Barcelona es otro; el problema de Barcelona es el de un modelo de ciudad que los barceloneses odiamos y ese odio, con los años, se ha ido convirtiendo en un rencor fuertemente arraigado en la sociedad barcelonesa. El odio empezó dirigido hacia Clos, pero la Barcelona odiosa empezó ya con el propio Maragall cuya olimpiada -dejando aparte el éxito organizativo de los juegos propiamente dichos- fue una merienda de negros, que supo vestirse mediáticamente como el gran cambio de Barcelona y que lo fue, sin duda, pero muy lejos -al contrario de lo mediáticamente establecido como axioma- de los cambios a que dieron lugar las exposiciones Universal de 1888 e Internacional de 1929 (sobre todo, la primera). En realidad, tras la organización olímpica se estaba montando el modelo marca BCN, un modelo que desahuciaba a los propios habitantes de la ciudad para cederla al guirismo más asqueroso, tanto en sus versiones muchapástez tan afectos a los hoteleros de Gaspart, como en su facción crucero. Para convertir a Barcelona, en definitiva, en un gran parque temático en el que los barceloneses no somos sino los empleados de las instalaciones… y más bien mileuristas.

Esta imagen es la que representa hoy Hereu porque es Hereu quien más ha hecho por ella y es por ello, probablemente, el alcalde más odiado de los últimos tiempos. Los barceloneses no perdimos la oportunidad -en cuanto la tuvimos- de atizarle un buen puñetazo utilizando el referendum que montó -encima con trampa- para que los parias votáramos si nos inclinábamos por su Diagonal de mierda o por su mierda de Diagonal. Ese referendum equivalió a cantarle a la cara, en público y a voces, las verdades del barquero. Obviamente, desde entonces no levanta cabeza.

Aparte de mil pequeñas -o no tan pequeñas pero, en todo caso, menores- torpezas en la gestión de problemas concretos, como en las Ramblas, donde no da pie con bola entre una gamberrería que es incapaz de vencer, la huida de los barceloneses, que ha dejado esa vía sin duende, la metedura de pata de la reja del mercado de la Boquería, y la más reciente, la guarrada de las pajarerías, que se está ventilando esta semana y que acaba en una catástrofe que, con la que está cayendo, nos ha costado a los barceloneses más de un cuaro de millón de euros… de momento y para empezar (como los pajareros vayan a juicio y ganen -como es de temer-, las indemnizaciones serán de caballo). También hoy mismo nos enteramos que ha desperdiciado ciento cincuenta mil euros en la promoción del dominio .bcn que el ICANN acaba de tumbarle.

La necesidad de contar con otras fuerzas al gobernar en minoría, ha metido en el consistorio a los caganatas de IC, los excomunistas de la señorita Pepis, que también la han montado buena con sus gilipolleces y han desgraciado completamente el Raval, llevando su política buenrollítica con la inmigración -con lo peor de la inmigración: el aislacionismo islámico, fundamentalmente indostánico- a la expulsión de sus habitantes originarios y a que los barceloneses lo conozcamos ahora como Ravalpindi.

Ahora, Hereu ha puesto en pie de guerra a su taifa barcelonesa y en el PSC tienen un problema: con Hereu, el desastre electoral está prácticamente asegurado -con lo que nos divertimos atizándole en la Diagonal, no vamos a dejar pasar la ocasión de hundirlo en la más mísera mierda en las próximas elecciones-, pero si Montilla quiere darle el puntapié -como cada vez deja entrever menos disimuladamente- va a haber un conflicto interno de proporciones importantes. Lo cierto es que sin Hereu (y sin ninguo de sus secuaces sustituyéndole) la derrota dulce sería bastante viable y quizá… Porque mucho voto a CiU va a ser, en realidad un voto antiHereu: si éste, su corte y lo que representa se esfuman y el PSC presenta como candidato a alguien limpio… No sé qué pasaría, pero seguro que a CiU no le gustaría nada.

No: para CiU, mejor Hereu.

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Bueno, pues hasta aquí esta breve paella que no me atrevo a decir que resucita pero que, bueno, es lo que hay. Mantener vivo «El Incordio» me está costando muchísimo, pero más me cuesta aún lanzar por la borda un trabajo de casi siete años. Lo cierto es que entre que mis complicaciones personales me están fastidiando, más que el tiempo, el humor, y que -esperemos que sea temporal- estoy en fase socio-depresiva, tal como explicaba ayer (en realidad anteayer, porque esta paella aparecerá en viernes, más que nada porque ya estaba escrita y tampoco la voy a tirar), no sabéis el esfuerzo que me cuesta ponerme a escribir.

Pero mientras pueda, lo haré. Más que nada por lo que decía ayer (bueno, ejem, anteayer) ya no de morir de pie -demasiado dramático, para una realidad tan asquerosa- sino de que me cubran de mierda de pie.

Necesitarán mucha más mierda (aunque les sobre)

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