Si, «bwana»

De la serie: Correo ordinario

Como podréis comprender -y muchos, además, compartir- sigo con muchísimo interés -y alguna ansiedad- el caso Wikileaks. Porque, a estas horas, de lo único que estoy convencido es que va a haber un antes y un después de Wikileaks. Lo que empezó como una historia de hackers, cabreante para el poder, especialmente el norteamericano, pero no excesivamente inquietante, se ha convertido para el establishment en un problema muy grave. En un problema quizá dirimente a plazo medio o largo.

La hegemonía imperial norteamericana es, a fecha de hoy, incontestable -y el propio Wikileaks lo demuestra-, pero todo imperio empieza su decadencia con lo que, al principio, no son más que contrariedades. La guerra de Vietnam demostró que un país podía ser derrotado en una guerra utilizando de forma exclusiva la política (de hecho, manu militari, ni el Vietcong ni Vietnam del Norte se comieron un rosco jamás, aunque una o dos veces estuvieron cerca de ganar alguna batalla) y haciéndolo, además, desde el seno de la sociedad que iba a ser derrotada. Un país que sacrificó gustoso a centenares de miles de sus hijos para ganar aplastantemente la guerra que le iba a entregar, finalmente, el dominio omnímodo de medio mundo, torció el gesto y absorbió un cierto trauma en Corea, pero no pudo con la reacción interna ante el goteo de muertos, hasta un total que superaba largamente los cincuenta mil, más un número aún hoy desconocido de prisioneros (vilmente abandonados a su suerte) y de desaparecidos, en los que ignominiosamente fueron incluidos los anteriores. Necesitó veinte años para levantar cabeza militar en la primera guerra de Irak, en la que lanzó un tremendo arsenal tecnológico contra un ejército numeroso y brutal, pero primitivo, virtualmente desarmado ante armas de precisión casi quirúrgica, guerra en la que, además, se ensayó -con pleno éxito- una brutal censura de prensa. Se nos ha dicho que en la primera de Irak no hubo apenas bajas occidentales, pero los medios de comnicación no pudieron estar ni donde quisieron ni cuando quisieron, y la orden era nada de fotos de bolsas de plástico negras.

La segunda guerra de Irak y la de Afganistán, van camino del fiasco absoluto, paliado por esa misma censura mediática pero ya no en fase de ensayo sino de ejecución sin contemplaciones. Realmente nadie supo lo que pasaba allí… hasta que la extensión y generalización de las TIC cambiaron las tornas. Démonos cuenta de que no se trata de la intrínseca tecnología (de hecho, estamos usando tecnologías ya existentes hace veinte años) sino de su generalización: el teléfono móvil, por ejemplo, no es más que un aparato de radio de alta frecuencia; la diferencia tecnológica con un producto parecido en los años noventa es su tamaño y (ahora) su cobertura, pero apenas más. Lo decisivo es que tecnologías muy complejas y otrora muy costosas, se han popularizado tremendamente, hasta la práctica saturación, en el mundo desarrollado, y una nada desdeñable implantación en el otro. Por no dejar el teléfono móvil, en África, el continente más deprimido del planeta (y deprimido en serio: hambrunas, epidemias, catástrofes…), el número de usuarios se cuenta por millones.

De modo que un montón de gente, en otros tiempos muy fácil de controlar (pensemos en los soldados, sin ir más lejos), accede a unas comunicaciones extendidas, sencillas y baratas: todo el mundo tiene móvil, ese móvil, en la mayoría de los casos, es capaz de obtener imágenes fotográficas y de vídeo y si el propio móvil no puede conectarse a Internet y enviar esos contenidos por correo electrónico, es casi más fácil hallar un ordenador conectado que una cafetera exprés. Como consecuencia, empieza a filtrarse información indeseada (mejor dicho: lo indeseado era la filtración en sí misma) y nos enteramos, a modo de hecho aislado, de que el ejército colonial norteamericano está haciendo barbaridades en Abú Graib, la ominosa prisión en la que Saddam Hussein cometió numerosas bestialidades y cuyo durísimo régimen -incluidas las propias brutalidades- no cambió con el cambio de dueño.

Wikileaks es un paso adelante en el mundo de la filtración: la sistematiza, la procesa en un entorno seguro -añadiendo con ello, hasta cierto importante punto, garantías de anonimato para los elementos que filtran la información- y la divulga, también asegurando su llegada al gran público.

Esta actividad ha dado lugar a una persecución: detención del fundador y gerente de Wikileaks, Julian Assange, con pretextos absolutamente imbéciles y claramente prefabricados, derrumbamiento tecnológico de la web de Wikiliaks privándola de alojamiento e incluso de DNS, y cerco económico obligando a los intermediarios de pagos a cerrar las cuentas de la organización.

Y… el imperio fracasa.

Pese a que se tiran una semana diciendo que su detención es inminente y que ya lo tienen perfectamente localizado (pero a la espera de unos tecnicismos que se reproducen como amebas, según toda apariencia), no consiguen echarle el guante a Assange hasta que éste se entrega. Se entrega, claro, acompañado de sus abogados, con toda su información perfectamente protegida e inasequible y hasta se permite divulgar un seguro de vida, un archivo que cualquier internauta puede bajarse y guardar en su disco duro, y que sólo puede abrirse con una clave que será divulgada si a Assange… le pasa algo. No sé qué es más temible, si la información que efectivamente contiene ese archivo o la amenaza de desvelarla.

Intentan eliminar la web de Wikileaks y se levantan centenares de mirrors.

Intentan asfixiarle económicamente cerrándole el acceso a sus intermediarios financieros y, a las pocas horas, éstos reculan, sucumbiendo al derrumbe de sus estructuras en red laminadas bajo ataques DDoS masivos.

Lo que estamos viviendo -espero que no resulte exagerado, pero yo lo veo así- es el Armaggedon de la Red, la batalla definitiva y final entre el bien y el mal. Lo que se está debatiendo ahora mismo es si el imperio puede dominar la Red o si todos los recursos que pueda articular contra sus enemigos se estrellan contra el muro de la solidaridad internauta. Los Estados Unidos pueden verse puestos ante una medida absolutamente imposible: cegar la red, apagarla. Pero, con ello, verían hundido su propio comercio, verían derrumbarse una parte importantísima de su propio PIB y verían la caída de sus empresas más potentes y estelares. No, imposible.

Pero el desarrollo de la batalla es interesante a rabiar, por más que no seamos -no soy, obviamente- neutrales en ella, en el resultado apetecido.

Me queda la duda de España, un país piojoso habitado por sobrados en el que se considera que toda acción, toda resistencia, toda reivindicación, es cosa de pringados. Bien, lo vamos a pagar dentro de un mes y medio con nuestras pensiones, tanto culpables como inocentes, pero está por ver, además, el coste cívico en libertades. Vamos a ver para qué sirve la constatación, más allá de toda duda, de que la ley Sinde es una pura y simple imposición yanqui, vamos a ver para qué sirve saber que nuestro Gobierno está completa e incondicionalmente entregado a los norteamericanos, incluyendo actitudes individuales que flirtean -si es que francamente no traspasan- con la línea fronteriza de la prevaricación o quizá, incluso, de la traición misma. No me hago ilusiones: un pueblo que ha aplaudido un estado de alarma inaudito en toda la historia de la -llamémosle- democracia, un pueblo que ha aplaudido la militarización de un colectivo que -falto de reflejos y algo atontado- ha sido material y más que vulgarmente echado a los leones, solamente para enjuagar su inquina envidiosa y su contrariedad, un pueblo, en definitiva, que está pasando olímpicamente de las muy serias acusaciones -prácticamente pruebas- de Wikileaks sobre diversas abominaciones (Couso, vuelos de la CIA, Guantánamo, ley Sinde…), reducidas en los telediarios a breves reseñas para llenar medio minuto antes de los deportes, y sin que apenas nadie fuera de la Red diga esta boca es mía, es un pueblo que no merece ninguna confianza y que, efectivamente, no se merece más que males. Ojalá me equivoque, pero sospecho que nos tragaremos la ley Sinde con patatas… con patatas fritas de las que pagan royalties a Matutano (PepsiCo).

Por eso digo que tengo mucha curiosidad por ver en qué acaba esto. Sobre todo en lo que respecta a España, país siempre fácil y asequible para la sodomía. Y por eso digo que, en lo que respecta a nosotros, soy muy pesimista. Respecto al resto del mundo, aún no sé qué pensar; soy ya mayorcito para creer en revoluciones.

Aunque las pretenda, por pura vergüenza torera.

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Comentarios

  • Ryouga  On 10/12/2010 at .

    Pues yo después de ver la mejor representación de los dos minutos de odio de 1984 en la tv para crucificar a los controladores, sin un minuto para que pudieran exponer su punto de vista me temo que la ley sinde se instaurara entre aplausos ,millones de analfabetos aborregados celebrando el regreso de la censura, mientras por los medios la campaña de desprestigio y mentiras nos acusa de ladrones, pederastas ,terroristas y quien sabe de que mas.

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