Caca de país

De la serie: Correo ordinario

Anoche me filtraban por teléfono y por correo electrónico la última gracia del Gobierno de la que hoy se hace eco La Información (Vía Enrique Dans). La cosa, para el que no quiera cansarse leyendo, es que la ley Sinde será aprobada en Comisión, mediante una inusual técnica parlamentaria que otorga a dicha comisión competencia legislativa plena, lo que significa que de la Comisión pasará directamente al Senado, sin escala en el Pleno del Congreso. Ni más ni menos que lo que Dans califica, con mucha precisión, de puerta trasera. Es que no se trata de otra cosa.

La ley Sinde, como todo el mundo sabe ya a estas alturas, es un escandalazo, Un escandalazo intrínseco, al meter de matute en el grueso de una norma dedicada a la reforma de las estructuras económicas -o cosa así- una disposición adicional que no tiene prácticamente nada que ver con el resto del articulado y del enunciado de la norma (economía sostenible).

Constituyó un escandalazo social y viene constituyéndolo desde que se conoció, es decir, desde hace un año, en que un manifiesto nacido en la Red provocó una grandísima polémica dentro y fuera de ella. Desde entonces, cada vez que ha salido a relucir el menor detalle sobre esa famosa disposición, ha habido follón; también dentro y fuera de la Red.

No hace mucho, un nuevo escándalo: sabíamos, gracias al Cablegate -las filtraciones documentales divulgadas por Wikileaks- que la ley Sinde había sido redactada al dictado de la embajada norteamericana.

Y ahora, esta última… ¿o penúltima? Todo recuerda, desde luego, a las sucias maniobras que llevó a cabo el apropiacionismo para intentar colar las patentes de software en la Comisión europea. Parece que este Gobierno aprende rápido a hacer todo tipo de trampas. Lástima que no tenga la misma capacidad de aprendizaje para llevar a cabo iniciativas que respondan a las necesidades y a los intereses de los ciudadanos, en vez de las del embajador yanqui, las de las majors norteamericanas y las de la gentecilla de la farándula local.

A mí me entran a veces estados de lo que podríamos llamar depresión activista; tengo períodos ciclotímicos y, de un día para otro, pasaría de coger el cóctel Molotov por el cuello de la botella a dejarlo y mandarlo todo a la puta mierda. No tanto porque nos las den todas en el mismo carrillo, sino porque les sale gratis. Eso es lo que verdaderamente me corrompe las entrañas. Que sean unos sinvergüenzas y/o unos vendidos, unos traidorzuelos de menor cuantía que entreguen al mejor postor -que tampoco tiene que pujar mucho, para esa chusma- los intereses de los ciudadanos que les pusieron donde están, es algo que, en este país, casi viene en el guión y cuando te dedicas a luchar por los derechos cívicos en cualquier ámbito (el tecnológico, el vecinal, el cultural -el cultural de verdad, no el de los caraduras que todos sabemos-, etc.) ya sabes que te constituyes en una especie de paria recolector de derrotas y que las pocas victorias que se logran, se asumen tras una desproporcionada cantidad de esfuerzos, de tiempo y, a veces, incluso de medios; victorias pírricas, para entendernos. Eso, podríamos decir, son gajes del oficio. Lo que cuesta digerir es trabajar tanto y aguantar tantas hostias… en medio de la indiferencia ciudadana, que sólo parece capaz de indignarse cuando le revientan un puente por una huelga de controladores, mientras traga tranquilamente recortes salariales, recortes de pensiones, recortes de libertad de expresión, recortes de derechos laborales, recortes de calidad educativa y sanitaria, recortes, en fin -e inmensos-, de futuro mismo. Aquí fracasa incluso la más justificada de las huelgas generales.

La conclusión ha de ser, necesariamente, que se merecen todo lo que nos pase.

Y no es que el activismo digital no haya hecho cosas: se han hecho manifiestos -uno grande y dos o tres mil imitaciones más o menos afortunadas-, se han remitido firmas masivamente -descarada e impunemente ignoradas por los politicastros a los que hemos regalado injusta e injustificadamente una poltrona parlamentaria-, la blogosfera no ha parado de echar vapor, se han escrito artículos de prensa, se ha protestado en conferencias y actos académicos… Pero toda la potencia activista se desmorona en la toma de tierra de la abulia ciudadana.

Abulia que no es casual, claro. Durante treinta años se ha estado construyendo muy cuidadosa y estudiadamente un estado de ciudadanía apática fomentado desde los planes educativos mismos que han alejado de los alumnos toda actitud crítica hacia la información que reciben y hacia el entorno que les rodea. La propia Universidad, uno de los vectores antifranquistas más temido por el propio régimen, apenas llegó, como tal vector crítico, más allá que el propio postfranquismo y pasó a ser un establo borreguero sin que, por otra parte, tanta supuesta dedicación al estudio diera a la sociedad mejores titulados; al contrario. Y, bueno, a partir de la caída de la democracia marxista, el liberalismo se ha subido a una moto en la que lleva de paquete al rojerío -ahora socialdemócrata converso-, desde la que siembra el miedo y, a través de él, impone una opresión de sistemática privación de derechos en todos los ámbitos, con la ciudadanía muerta de miedo, incapaz de la menor respuesta.

Cuando estoy en esta fase depresiva, pronuncio el esto quisísteis y esto tenéis, y me dispongo a tomarme un whisky en el porche con la esperanza de poder contemplar el aplastamiento de un buen montón de capullos antes de que mi propia casa me convierta en tortilla cayéndome encima cuando me corresponda. Pero miro a mis hijas. Ellas no tendrán una esperanza de futuro como pude tener yo, serán simplemente esclavas a semestres alternos de una sucesión de hijos de la gran puta intitulados empresarios; no tendrán ni siquiera una pensión de jubilación que defender, porque a ellas no les llegará siquiera ese derecho ni como simple enunciado; no tendrán más acceso a la sanidad que el que se puedan pagar y mientras se lo puedan pagar. Les espera una vida de mierda a la que yo me siento culpable de haberlas arrojado. Nuestra generación, una generación de sobrados, de cobardes, de imbéciles y de analfabetos, una generación de pobres sacos de guano, de vulgares cagatintas venidos a más, hemos privado a nuestros hijos, en nuestra dejadez, en nuestro miedo gallináceo, en nuestra molicie de oropel, de unos derechos y de un futuro que hemos podido disfrutar nosotros no por nuestro propio mérito -pobres mierdosos deudores de todo y acreedores de nada- sino por la lucha y el sacrificio de nuestros padres.

Nos merecemos, sí, a Zapatero, a Rajoy, a la Sinde y al resto de la banda, incluyendo al embajador americano. Nos merecemos que nos puteen al máximo y nos merecemos vivir acogotados por el miedo (miedo, no pocas veces, creado por nosotros mismos, pobre gentuza infrahumana capaz de autoflagelarse para que el verdugo no se canse).

Nos lo merecemos, sí, pero mis hijas no lo merecen; quizá las tuyas, los tuyos, tampoco, pero tú sabrás. Por eso seguiré ahí, aún sabiendo que me van a enterrar en la misma mierda que a tanto gilipollas. Lo que ya paso de hacer como ciudadano -simplemente porque mis conciudadanos no se merecen ni un minuto de molestia, que los jodan- tengo que seguir haciéndolo como padre. Enterrado en mierda, sí, pero moriré de pie.

Vae victis!

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Comentarios

  • Anónimo  On 15/12/2010 at .

    Moriremos de pie pero con dignidad…

  • Anónimo  On 16/12/2010 at .

    Más claro no se puede decir.

  • Arnau Fuentes  On 16/12/2010 at .

    Toma ya. Sin palabras, porque no hay más que añadir.

  • Anónimo  On 21/12/2010 at .

    Todo es verdad, que más puede decirse. Y es verdad que nos lo merecemos, algunos más que otros. Estan cavando nuestras fosas y aunque no lo saben y les llegara mas tarde, las de ellos tambien.

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