Requiem en Sinde menor

De la serie: Los jueves, paella

En mi entrada de ayer, dedicada a la victoria ciudadana sobre la ley Sinde, decía que mi alegría se veía empañada por el hecho de que la inmensa presión cívica que se generó a partir del domingo no se debió fundamentalmente a una rebelión ciudadana contra un intento de coartar la libertad de expresión en red imponiendo una censura encubierta con el pretexto de la propiedad intelectual, sino a una sacudida de contrariedad ante el peligro de ver impedidas las descargas o el acceso gratuito a contenidos protegidos por derechos de autor. Y, en ese hilo, me lamentaba de que esa ira social, tan fácil e ígnea cuando se toca lo lúdico -recordaba también el caso de los controladores que habían fastidiado un puente- no se diera también cuando se toca lo sustancial: recortes salariales, recortes en las pensiones, recortes en otros derechos sociales (recorte en las indemnizaciones por despido, mayor facilidad para éste, etc.) y varias putadas más asimismo de mayor cuantía.

Resulta que, en paralelo -no sé si mucho antes o mucho después: yo no lo había leído- Ignacio Escolar había escrito en el mismo tenor y ello suscitó críticas, críticas, entre otras muchas, de varios amigos míos -amigos de verdad- a los que tengo metidos como tales en Facebook, los cuales también hicieron su crítica negativa a mi hilo (mucho más respetuosa, afortunadamente: mucha gente se preguntaba qué se había fumado Escolar) aportando algunas consideraciones que son dignas de ser tenidas en cuenta.

La más generalizada es que la gente, o mucha gente, se niega a seguir los designios de unos sindicatos tenidos por nada representativos o, incluso, vendidos, como CCOO y UGT.

Está claro que, ciertamente, CCOO y UGT han defraudado masivamente a los trabajadores. Cuando la ya tan cacareada transición, se fabricó a su medida un sistema sindical tan conveniente como inoperante que ha conseguido desmovilizar a los trabajadores del activismo sindical, primero, y del voto sindical, después. Ver las cifras de afiliación -sindicato por sindicato o en general, da lo mismo- y constatar los porcentajes de participación en las elecciones sindicales (que lleva a la necesaria conclusión de que en ellas sólo votamos los afiliados sindicales y probablemente no todos) produce verdadera vergüenza. Propia y ajena. Pero eso, a CCOO y a UGT no sólo les da igual sino que ya les está bien: mientras participe la gente necesaria que les permita perpetuarse en su medro, aunque sea con la pelín incómoda compañía de otros sindicatos de tamaño ínfimo reducidos a la inoperancia por un sistema de financiación que les reserva prácticamente la calderilla (y a veces, ni eso). Y dicho sea sin perjuicio de que las críticas, esas mismas críticas, pero reducidas a la proporción microscópica correspondiente, puedan dirigirse, en todo o en parte, a todos los demás sindicatos (sin excluir ni siquiera al mío, ojo). En definitiva, la estructura sindical se ha edificado al modo de los partidos políticos pero, encima, sin parlamentos y sin diarios de sesiones, con lo que el apaño, el trapicheo, la trampa, la traición y el pasteleo están servidos con mayor facilidad aún que en el ámbito de los partidos políticos (como si la corrupción de los partidos políticos fuese poca).

Bien, todo eso es verdad, es así, pero me da la impresión de que no constituye explicación suficiente para el fenómeno absentista reivindicativo de los españoles. Cuando uno está quemado, cuando a uno lo están puteando, cuando a uno le están obligando a hacer más horas de las que le pagan cuando uno ve que le abaratan el despido , cuando a uno le reducen el sueldo por el morro, cuando a uno le recortan la pensión o cuando a uno le hacen las cuatrocientas mil putadas que nos están haciendo a todos, si uno es normal, uno se lanza a donde sea a entonar el cagontó a las buenas o a las malas, convoque CCOO o convoque Perico de los Palotes.

Cuando en la pasada primavera se convocó una huelga de funcionarios, yo no la consideré necesaria y, más aún, la creí inoportuna, pero, por encima del hecho de que mi sindicato, CSI-F, había sido uno de los convocantes, daba igual, se había convocado una huelga y cuando se convoca una huelga se sigue y se acabó. Porque si no lo hacemos así, dejamos de ser trabajadores para pasar a ser unos mierdas. Y como no lo hacemos así, nuestra condición de mierdas prevalece sobre la de trabajadores. Después, en septiembre, se convocó una huelga general. Esta no la convocó mi sindicato por no sé qué porquerieces de desacuerdo con los convocantes (los sempiternos CCOO y UGT) pero, por otra parte, yo estaba tan convencido de su necesidad como de su fracaso. La seguí. Iba a ser un fracaso y mi sindicato se desmarcaba, pero yo seguí la huelga porque cuando se convoca una huelga se sigue. Y punto. Y cuidado: no estoy hablando de obligar a nadie a hacer huelga, eso es una brutalidad y es indigno, pero sí propugno el seguimiento de una huelga como un principio ético que deberíamos tener todos los trabajadores. Porque si no vamos todos a una, aunque convoque el papa de Roma, y aún ante el error o la inconveniencia en la convocatoria, estaremos -como efectivamente estamos- en la mierda más pestilente.

Pero a todas estas consideraciones no llegan la mayoría de los españoles, ni para aceptarlas ni para debatirlas. Se toman atajos muchísimo antes. El más clásico es este que estamos analizando ahora mismo: como CCOO y UGT son unos sinvergüenzas, paso de todo (¡porque no voy a hacerles yo, San Yo Bendito, el caldo gordo!) y sigo a lo mío.

Apuntaba en mi artículo de ayer otras causas u otros pretextos. Hablé de la cobardía, del miedo. Del miedo como pretexto o del miedo quizá real pero autogenerado. En los veinte años que llevo en la función pública, jamás he visto que se le efectuara a nadie, ni colectiva ni individualmente, la menor admonición, ni expresa ni insinuada, para que no se adhiriera a una huelga o a cualquier tipo de reivindicación. Y digo más aún: de todos los jefes que he tenido, sólo a uno de ellos le supongo la falta de moralidad y de escrúpulos como para incurrir en esa conducta (que, por otra parte, es delictiva) y aún así no le pillé nunca en esas, ni supe jamás que la hubiera seguido, y ni siquiera llegué a conocer en ningún momento el menor indicio que me permitiera tan sólo sospecharlo. Y estas cosas en un centro de trabajo, se saben. Bien, pues a pesar de todo, cada vez que se ha planteado una reivindicación -huelga o de otro tipo- siempre, siempre, siempre, han aparecido unos cuantos -y no siempre interinos- pretextando miedo a represalias ¡Funcionarios de carrera! A partir de ahí, me imagino lo que debe ocurrir en la empresa privada (ante la complacencia del patrono o de cualquier tipo de jefe, que no necesita jugársela: le basta dejar que el miedo autogenerado se retroalimente). Y en los casos de contratos temporales, no sé de nadie a quien le hayan renovado el contrato por haberse portado bien y no haber hecho huelga: a la hora de la palmancia, no hay clases ni historial que valgan, todos a la puta calle y que pase el grupo de parias siguiente.

Otro atajo o pretexto para soslayar la participación en reivindicaciones laborales es lo que yo llamo clasismo quiero-y-no-puedo. Este curioso mecanismo es el que lleva a un pringado cualquiera -quizá ubicado un gradito o dos por encima del común de pringados, pero siempre dentro de la clase de tropa- a creerse por encima de esas cosas que sólo son propias de gente de boina, camiseta imperio y moreno paleta, cosas de gente baja. Él no, él pertenece a una casta superior que no hace marranadas: ni come con los dedos, ni sorbe la sopa, ni eructa, ni hace huelgas. Es como una caricatura patética de lo que en su día fue una caricatura graciosa: Tito B. Diagonal.

Después está el vago, el perezoso (si es que los casos anteriores no responden, además de a la cobardía, a la pereza misma). El perezoso es el que siempre tiene la excusa determinista: no vamos a conseguir nada, no vamos a cambiar nada, es perder el tiempo (y, a veces, claro, el día de sueldo, que por ahí les duele también a algunos).

Eso sí: en todos los casos, se acogen como una ninfómana a un Apolo a todos los beneficios conseguidos por los demás compañeros que han superado la grima que les producen CCOO y UGT, que han superado el miedo -tenerlo es humano, eso nadie lo discute- y que saben que sólo de la acción y de la asunción de riesgos se obtienen beneficios. También los cagones suelen integrar mayoritariamente un grupo no poco despreciable: los que reclaman como si les fuera debida una acción en las que ellos no están dispuestos a participar y que no tienen ninguna intención de mojarse apoyando. Se les conoce fácilmente cuando, ante un abuso empresarial o ante cualquier contrariedad laboral exclaman indignados algo así como: «¿Y qué hacen los sindicatos?». Eso es: los sindicatos como ente prestador de servicios en vez de un ámbito de servicio (que no es exactamente lo mismo), de una unión solidaria de trabajadores hacia cuyos fines arrima el hombro todo el mundo. Huelga decir que este grupito, además de no hacer nada, ni siquiera está afiliado a uno o a otro y, en la práctica totalidad de sus integrantes, ni siquiera vota en las elecciones sindicales.

Es verdad que tras el abstencionismo reivindicativo puede haber, como ayer me objetaba en Facebook algún amigo -una amiga, concretamente, creo recordar-, una razón táctica cuidadosamente meditada, o una causa ideológica sin que ninguno de estos casos guarde relación alguna con los anteriores. Aunque pueda parecer increíble, hay trabajadores (trabajadores de verdad, señores con nómina y ficha a las ocho) ultraliberales convencidos; yo no lo entiendo, pero existen, conozco a alguno; por tanto hay que admitir la posibilidad de una objeción ideológica honesta, no basada en cobardías, ni en perezas, ni en sobrancias. Pero lo que sí está claro es que hablamos de un caso aislado y ciertamente excepcional. También es posible que un trabajador ideológicamente normal y corriente -en tanto que tal trabajador asalariado- concluya que tal reivindicación no es justa o no es conveniente o no procede y que, por tanto, él no la sigue. Es otra postura respetable que se distingue fácilmente de la de los otros piernas: no es sistemática; incluso en el caso de un crítico recalcitrante, forzosamente se dan ocasiones en las que participa de la protesta, de la reivindicación o de la huelga al no encontrar motivos descalificatorios de suficiente entidad. Finalmente, también puede darse un supuesto de juego sucio pero que no tiene nada que ver con los casos anteriores: cuando un sindicato o grupo de ellos decide hacerle la zancadilla al otro actuando al revés de lo que el otro propugna; pasa más de una vez y es una perfecta mierda, pero no se trata del abstencionismo cagón que motiva esta paella de hoy.

No hace muchos días, en esta misma bitácora, comentaba cómo me río sarcástico cada vez que recuerdo aquellos libros de texto de las épocas de Paco que describían al español como un pueblo aguerrido e indómito, cuando en mi propia experiencia no conozco -salvo a los que dejamos allá por las Américas heredando las virtudes de la raza- pueblo más moralmente miserable, más insolidario, más egoísta, más torticero, más perezoso y más canalla que el español (y que ninguna autonomía se atreva a desmarcarse, porque ahí van todas empaquetadas,de la primera a la última). Y que cuando, por fin, explota, no se convierte en un pueblo guerrero sino en una caterva de asesinos parricidas.

Un pueblo al que, ya ves tú, se le puede comprar al precio de un disco de Alejandro Sanz descargado de balde.

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Comentarios

  • Anónima  On 24/12/2010 at .

    Javier, estoy totalmente de acuerdo contigo. Bueno… me gustaría matizar alguna cosa. Que no conozcas ningún jefe que te despida o que no te renueve el contrato (cuando lo hay y es q ahí es donde quiero llegar)no quiere decir que no los haya. De hecho es algo típico con lo que amenazan los negreros de hostelería (o como no ir a trabajar en noche vieja, sin cobrar más por ser un día especial). Eso sí… te lo dejan caer como él que no quiere la cosa.
    En fin… soy estudiante y ya con una edad como para sacarme una perrillas por mi cuenta en vacaciones. Pero cuando soy una trabajadora, como bien dices tú, más q eso soy una mierdecilla (pero es la opción q me queda a ser un completo parásito en casa. Lo cual me convierte en medio parásito, medio mierdecilla -.-)
    En lo poco que he trabajado creo no haberme encontrado huelga (el verano pasado no encontré nada)Pero tb puede uno solidarizarse no pisando un bar ese día (y así no dar pie a que aparezcan esquiroles)
    Pero estoy de acuerdo con tú artículo. No entiendo como la gente no se ha echado a la calle con el tema de la jubilación y la progresiva privatización de la sanidad.
    Por otro lado tampoco se ha visto gran movilización de los ciudadanos para evitar la ley sinde (esperamos q se movilicien los sindicatos o los políticos -.-).
    Los “Anonymous” españoles no pertenecen a ningún sindicato. A ver si me explico… creo q está surgiendo una nueva forma de protesta y que su medio es la red. Tiene sentido pues q lo primero que defiendan sea este lugar. Q gracias a él, he podido encontrar tu artículo.
    Los políticos han demostrado que les importa poco que salgamos a la calle. Pero creo que echan un poco más “el peo” cuando se les vienen abajo sus páginas webs (todavía no entiendo por qué. En serio! Será porque es novedad?)
    P.D. Con lo del comentario del disco de alejando sanz de balde me he reído mucho. Pero es una simplificación del tema.

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