Tecnófobos

De la serie: Correo ordinario

Es recurrente que, cuando viene el mal tiempo, el mal tiempo de verdad, y las tormentas de nieve cierran aeropuertos, colapsan carreteras, aíslan pueblos enteros y paralizan ciudades, aparecen unos individuos intitulados de distintas maneras -periodistas, filósofos, tertulianos…- que con indisimulado alborozo celebran, más que lamentan, que las fuerzas de la naturaleza hayan podido con la tecnología y se explayan sobre una presunta prepotencia tecnológica del ser humano que se ve humillada al verse arrollada por la tormenta, el ciclón, la borrasca o la erupción del volcán. Tanta tecnología, se regodean, y ahí la tienes, inservible y amontonada como chatarra en un aeropuerto cuyas pistas están con tres palmos de nieve.

Sin necesidad de tanta catástrofe, ese género de gilipollas, en versión menor, suele darse en nuestro entorno personal y familiar en el imbécil que se alboroza cuando el GPS del coche nos mete por un sitio raro o cuando no acabamos de encontrar la forma de reservar habitaciones a través de Internet en un determinado hotel. El pisacharcos en cuestión, entonces, se llena de júbilo cerril: «Tanto tontón, tanto tontón, y mira a dónde hemos ido a parar» o bien aquello de «Tanta Internet, tanta Internet y ni para reservar un hotel para el fin de semana sirve». Si a ese berzotas le recuerdas que cuando no había GPS también te metías en jardines de tres pares y, además, acababas por no saber dónde estabas ni cómo salir (cosa que con el GPS no ocurre por definición) o le desafías a que trinque las páginas amarillas (en papel), busque el hotel y haga la reserva (sobre todo como sea domingo y el hotel exija un pago a cuenta) o le digas que hay hoteles -que los hay- y muchos otros comerciantes o prestadores de diversos servicios que aún no están en Internet -allá ellos- y que en Internet puede encontrarse todo… con tal de que esté (y que esté o no, no depende de uno ni del TCP/IP), recibes por respuesta una mueca despectiva.

Tengo un amigo -culto, tercer ciclo universitario, una élite en su especialidad- que se niega a tocar un ordenador porque -dice él- no hace sonetos. Mi pregunta sobre si los hace la máquina de escribir (que él aún usa tan anacrónica como intensivamente) nunca obtiene respuesta y, naturalmente, yo no me quedo esperando a ver si la máquina de escribir hace sonetos y si los hace bonitos. Sonetos ya es capaz de hacerlos cualquier ordenador debidamente programado; bonitos, con el tiempo, también llegará a hacerlos. Que no es lo deseable ni lo que se pretende -la creatividad, para las personas- pero la tecnología no es, en absoluto, nada incapaz para el desafío poético. Además, él usa también ordenadores, y se lo digo: cuando enciendes el televisor, estás poniendo en marcha un microprocesador, lo mismo que cuando usas la lavadora, arrancas en coche y, casi en general, cada vez que conectas a la corriente eléctrica algo que no sea la lámpara. Por lo demás, usa también ordenadores en el sentido convencional del término: tiene que hacerlo para meter en la correspondiente base de datos las notas de sus alumnos y lo hace -aunque teclee otro- cuando le pide a su mujer, con resignado hastío, que le envíe a Fulano un mensaje de correo electrónico diciendo tal cosa, ya que no hay manera de que se ponga al teléfono (teléfono que es también un ordenador, y más si es un móvil, aunque sea de gama baja).

Es la venganza del tecnoanalfabeto. Venganza estéril, por supuesto: puede darte, hasta cierto punto, un mal rato o ponerte, también hasta cierto punto, de mal humor, pero la mayoría de las veces, no te matas: por más sarcasmos que vierta, él habrá de volver a someterse al dictado de lo tecnológico tanto si le gusta como si no.

En realidad, todos sabemos que la naturaleza es invencible y nadie pretende otra cosa. Es lo que el tecnoanalfabeto no entiende: un avión no deroga la ley de la gravedad, simplemente, la contrarresta usando tecnología para aprovechar o generar otros parámetros físicos. Cuando un avión se cae, no es la naturaleza que se venga, es la práctica humana de la ingeniería la que ha fallado (ingeniería, sí, pero humana). Lo que la tecnología pretende hacer no es modificar la naturaleza sino paliar sus consecuencias en tanto que éstas sean inconvenientes o peligrosas. Muchos de los cretinos del primer párrafo parecen no darse cuenta de que pueden divulgar sus estupideces a los cuatro vientos gracias a la tecnología, que el suelo del sexto piso en el que se hallan se sostiene gracias a la tecnología y que con unas mínimas de dos o tres bajo cero (dos positivos en el momento en que hablan) no sufren una severa hipotermia gracias a un sistema de calefacción que aún en lo más rudimentario es pura tecnología. Porque cuando se habla de tecnología, todo el mundo piensa en microcircuitos, ignorante -porque los tecnófobos son, por definición, ignorantes, por más alto que sea su grado académico- de que una simple estufa de leña es también tecnología. Y en un momento histórico determinado, fue tecnología avanzada, fue una forma de optimizar el uso de recursos obteniendo más calor con menos leña, tan avanzado y con tan idéntico propósito como lo son hoy los sistemas de inyección electrónica de los motores de automóvil.

No me explico qué extraño mecanismo psicológico es este de la tecnofobia o del tecnoescepticismo, llámalo como quieras. Porque puedo comprender -hasta cierto punto- el neoludismo, al admitir que la tecnología cambia sistemas de producción y ello determina la obsolescencia de empresas, profesiones, objetos, servicios, y siempre hay quien se aterroriza ante ello al verse como primer afectado; y el neoludismo sigue existiendo pese a que la historia demuestra con tozuda insistencia que cada vez que una tecnologia determina el final de un ámbito de actividad es para abrir otro que precisa de aún más gente que se ocupe de él. Pero, así y todo, puedo comprenderlo: el conservadurismo parece implantado en la genética humana. Pero no entiendo este acobardamiento tecnológico en personas a las que la tecnología odiada no sólo no les va a cambiar su forma de ganarse la vida sino que va a hacer que esa forma de ganarse la vida sea más cómoda, menos penosa y más productiva.

Decía Felipe II que él no mandó a la Invencible a luchar contra los elementos. La tecnología tampoco lo hace, pero es evidente que palía sus consecuencias. No hay [hoy] tecnología que pueda evitar una gran nevada pero, dada ésta, sí la hay que puede abrir carreteras en horas -y no en días o semanas- o que puede conseguir que un pueblo aislado sea una población inmovilizada, pero no incomunicada, ni hambrienta, ni congelada. El aeropuerto hoy cerrado, en pocos días -cuando no en pocas horas- volverá a abrir, y esos aviones, que eran como cachalotes inmovilizados junto a una terminal o un hangar, volverán a volar y mucha gente volverá a experimentar esa sensación de milagro, que la cotidianidad no ha logrado aún borrar, esa suerte de pasmo que aún se siente uno cuando desayuna y cena en Barcelona y, entre ambas comidas, ha ido a Oviedo, ha visitado a un amigo, ha almorzado con él, ha pronunciado una conferencia y ha regresado. No hace tantos años -muy pocos, de hecho- cuando uno estaba fuera de casa o fuera de la oficina, estaba prácticamente ilocalizable. Yo aún recuerdo cuando, al emprender mis rutas a pie, avisaba a la familia de que llamaría -desde un teléfono público- cada X días o que, por si las moscas, cada día estaría atento, en la emisión de las doce del mediodía, al servicio de socorro de Radio Nacional de España: tales admoniciones, hoy, harían partir de risa a mis hijas; pero hace no mucho más de quince escasos años, eran de lo más normal y cotidiano. Ir a la montaña en solitario sigue siendo, hoy día, una imprudencia, pero armado de un GPS y un teléfono móvil, lo es algo menos.

Y con ello no agoto -ni lo pretendo- la relación de beneficios capitales que la tecnología nos ha deparado; por ello, ni siquiera toco los de orden cultural o simplemente lúdico. Son, por otra parte, más que evidentes.

Yo, cuando veo un aeropuerto cerrado por causas meteorológicas, lo miro con aquella resignación ante lo inevitable del que sabe que un día u otro, por más que avance la medicina, habrá de morir. Pienso, en todo caso, que la medicina logrará que viva más y que viva mejor. Y que si ningún fanático religioso con bata blanca lo impide, cuando llegue el momento, cascaré dignamente y no retorciéndome como un perro.

Mientras tanto, aunque ocasionalmente estén cerrados o aunque sistemáticamente acabemos cascando, que no dejen de construirse aeropuertos y que no deje de haber médicos.

Y a los tecnoescépticos, que les den por el culo con un microprocesador.

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