Gratis… o no

De la serie: Correo ordinario

Ayer me llamaron de TV3-Televisió de Catalunya para entrevistarme sobre posibles modelos de negocio en el entorno digital. Accedí, pese a dos inconvenientes: el primero -y así se lo dije- que no esperaran que les expusiera modelos de negocio concretos porque, de conocerlos, estaría explotándolos y levantando una pasta en vez de andar explicándolos por ahí, de modo que lo que haría sería enunciar principios generales comúnmente aceptados en el mundo internauta; y el segundo -este me lo callé- derivado del hecho de que se trataba de una entrevista grabada. Lo de las grabaciones para televisión es una brasa bestial: te entretienen un montón enorme de tiempo (ayer, tres cuartos de hora, tres, de material grabado) para luego utilizar una ínfima parte de ello (ayer, tres o cuatro segundos de reloj). Lo que hacen las cadenas de televisión con el tiempo de la gente -supongo que porque les sale gratis- es, sencillamente, vergonzoso. Algún día, los mindundis mediáticos que entregamos por la cara tiempo televisivo en pro de la causa -de la que sea- deberíamos formar un sindicato o algo.

Lo que sí tienen de útiles estas cosas es que te obligan a reflexionar y a documentarte sobre cuestiones de las que se supone que sabes un huevo (y no siempre es así, al menos, inicialmente) y, sobre todo, que te inducen a una sistematización, siquiera mental, del argumentario. Y en eso estuve ayer por la tarde, tiempo que hay que añadir al de la grabación propiamente dicha.

La cosa, desde luego, no es fácil: explicarle a la gente cómo se pueden hacer negocios en la red y en qué se diferencian de los negocios comunes, los presenciales, cuando uno no es precisamente un Enrique Dans es tarea asaz ardua. Afortunada o desgraciadamente, para una cadena televisiva la información tiene poca importancia y lo que interesa es que lo que se hable sea útil para el espectáculo al que, con el pretexto de cualquier acontecimiento, llaman noticia. Por tanto, no hay que meterse en honduras demasiado profundas, entre otras cosas porque, aunque se intente, o te harán callar, o te pedirán redondamente que hables en cristiano (eso suelen hacerlo más bien en los directos) o, simplemente, pasarán de lo que has dicho, cuando es una grabación. Así que ayer empleé mis mejores recursos expresivos para intentar desmontar falacias al estilo Olcese, empezando por la favorita del personajillo en cuestión: que en España no se ponen en red contenidos digitales de pago porque la piratería arruina cualquier proyecto de negocio.

Lo que Olcese plantea -arrimando, obviamente, el ascua a su sardina- es la clásica pescadilla que se muerde la cola. Si hay piratería no habrá en Red descargas comerciales (no, no voy a decir legales: legales lo son todas); pero si dejara de haber piratería, tampoco habría descargas comerciales: ¿para qué, con lo ricamente que vivían -y pretenden seguir viviendo- con el negocio analógico? La pescadilla de Olcese se convierte, pues, en una falacia. Y, además, en una falacia bastante burda. Y es que los berlusconianos no dan más de sí, pobres…

Las mentes simples -o las de los que creen que los simples lo somos los demás- claman con la pregunta cuya respuesta ellos creen que cae por su peso: ¿cómo puede competirse contra lo gratuito?

Y entonces es cuando me voy a la ya manoseadísima metáfora del agua y los aguadores. ¿Qué pasó con los aguadores? Ya es hasta cansino: que cuando vino el agua corriente, perdieron su negocio. Solemos quedarnos aquí, para ejemplarizar los negocios a los que la tecnología o el todo gratis deja obsoletos. Evidentemente: ¿cómo podía el aguador competir con un suministro abundante de agua, como el que se obtenía de las fuentes públicas? Sin embargo, la gratuidad del agua de la fuente no significó que no pudiera hacerse negocio con el agua: primero vino el suministro domiciliario, que nunca fue gratuito. La excusa era que el agua seguía siendo gratis, pero había que pagar el servicio, que tiene, evidentemente, un coste (es lo que siguen diciendo ahora). De un modo u otro, por tener agua en casa había que pagar. Y la gente pagó. Pagó porque el plus de comodidad que suponía el tener el agua necesaria en la medida necesaria, sin tener que bajar a la fuente -a veces lejana- cada dos por tres justificaba -a los ojos del pagano, no de ningún tercero- ese pago. Las ventajas añadidas al agua corriente en domicilio -como, por ejemplo, el agua caliente- y la subsiguiente comodidad de disponer a precios que, poco a poco, fueron haciéndose más asequibles, de instalaciones sanitarias completas -la economía de escala ¿le suena eso a alguien?-, fueron haciendo imprescindible ese suministro y su pago. Ahí tenemos un claro ejemplo de cómo puede hacérsele, y con éxito, la competencia a lo gratuito. Pero… ¿acabó aquí el negocio del agua? Parecería que sí. El suministro de agua potable en cada domicilio, con el plus añadido de su saneamiento bioquímico en el centro de distribución, llevarían a que la gente pudiera beber con toda confianza el agua del grifo; un motivo más que abonaba la rentabilización del suministro domiciliario de agua. Así, pues, cabe ya pensar que no puede hacerse más negocio con el agua. Ya está: por el mismo precio tenemos agua para nuestra higiene y la de nuestra casa, y agua para beber. ¿Qué más podemos apetecer y, sobre todo, que estemos dispuestos a pagar? Nada ¿verdad? Es lo lógico ¿no? ¿Le preguntamos a gente como Fontvella o Nestlé -entre otros muchísimos- por la imposibilidad de hacer aún más negocio con el agua?

La conclusión casi la calco de las palabras que Enrique Dans ha repetido hasta la extenuación: cualquier cosa puede venderse, aún contra un equivalente gratuito, con la única condición de que a cambio del dinero que se paga por el bien se entregue algún tipo de valor añadido. La habilidad del comerciante está -y ahí sí que yo ya no puedo dar consejos, porque el comercio es una profesión como cualquier otra y se tiene oficio o no se tiene- en encontrar la relación óptima entre el valor añadido que él puede ofrecer y el precio que por el mismo el cliente estaría dispuesto a dar.

Por tanto, puede venderse música y cine y cualquier contenido, y puede ser un gran negocio, por más que ese contenido pueda hallarse gratuitamente: basta con buscar un valor que ese contenido no tenga en su componente gratuito (calidad, asequibilidad, disponibilidad, inmediatez, comodidad, etc.) y cobrar por él. Alguna vez ya he dicho que soy cliente habitual de Deustche Grammophon (igual me dejo ahí entre cien y doscientos euros al año) y eso que la práctica totalidad de los contenidos que compro puedo hallarlos en el P2P. Por no hablar de otros ejemplos -por cacareados, no por menos ciertos- como Spotify o iTunes en los que compran otros [muchísimos] usuarios. ¿Por qué compro, por qué compramos, entonces? ¿Soy tonto, somos tontos, o es Olcese el que se lo hace?

Lo que ocurre es algo bien distinto. Olcese -o lo que él representa- tenían un monopolio. Un monopolio comercial, pero -lo que es muchísimo más grave- un monopolio cultural. La poderosísima industria norteamericana del ocio había funcionado hasta hoy prácticamente sin competencia comercial; vaya, sin competencia digna de mención. Pero había -y todavía hay- otra cosa: esa misma industria norteamericana, en interés propio o de vete a saber qué terceros, impone ideología, dicta lo que es políticamente correcto y lo que no lo es, establece con tanta sutileza como incontestable autoritarismo qué se debe pensar, cómo se debe vivir, a qué estímulos hay que reaccionar, de qué manera y en qué proporción. WikiLeaks ha determinado que estos asertos no son simples paranoias de progre antiyanqui, sino realidades ahora probadas. Pero cuando no había WikiLeaks, yo siempre proponía al discrepante de buena fe el siguiente ejercicio: leer primero «El libro de la selva» de Rudyard Kipling y, una vez termnado, visionar -aunque no sea por primera vez, pero sí inmediatamente- la versión que de ese libro hizo Walt Disney. Y confrontar valores. La respuesta cae por su peso. Absolutamente.

Y ese es el monopolio que temen perder. El económico puede compensarse. Es verdad que el negocio digital no será tan redondo como el analógico (¿o sí?), es verdad que será -es- un mercado mucho más abierto cuya entrada en el cual no requiere de una capitalización tan potente como el analógico, pero seguirá ofreciendo posibilidades de levantar grandes cifras (¿le preguntamos a Google por esa posibilidad, a ver qué opina?). Lo que sí es posible es que el monopolio ideológico se derrumbe o, cuando menos, quede muy tocado. Sin el cine impartiendo lo que es politicamente correcto, la música dirigiendo sentimientos y sensibilidades en la dirección adecuada o los libros y periódicos implantando doctrina de pensamiento único, muchas cosas van a ser tremendamente más difíciles para aquellos que han tomado el mundo al asalto y se lo han apropiado por las buenas. Vuelvo a remitirme a WikiLeaks, como sustantivo, pero también como símbolo de ese nuevo mercado abierto… también en lo ideológico.

Que la Sinde no explique tonterías: si lo que se pretendía era cerrar doscientas páginas, hubiera sido más rápido y más económico (en términos, incluso de dinero, de rentabilidad monetaria) comprarlas. Nadie con dos dedos de frente puede creer que se ha montado la movida que se ha montado -embajador americano incluido-, que se han corrido los inmensos riesgos políticos que se han corrido, para cerrar doscientas puñeteras páginas. Hay algo más. Y ese algo más no puede ser sino el efectivo control de la Red en su integridad como paso previo y necesario para lanzarse al negocio digital… en las mismas condiciones políticas, ideológicas y, desde luego, comerciales, que el analógico.

Esto -y mucho más- es lo que ayer expliqué yo ante las cámaras de TV3.

Al final, por si alguien quiere saberlo, aparecí en pantalla durante el telediario diciendo que si a la gente se le ofrece un producto fácilmente accesible (en términos de navegación), de superior calidad a lo que puede encontrar gratuitamente y a un precio adecuado, la gente compra sin duda alguna. Tres cuartos de hora conferenciando, para que cortaran esta obviedad. Yo no sé cómo llaman al tío que selecciona los contenidos, pero mi opinión sobre su profesionalidad -en todas las cadenas, no sólo en TV3- es pobre, pobre, pobre… U otra cosa peor si el problema -como me temo- no es precisamente de profesionalidad.

Menos mal que nos queda Internet. Hoy por hoy.

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Comentarios

  • Juanga  On 11/01/2011 at .

    Me encanta que hayas expuesto el tema del monopolio. Es como son las cosas. Un buen meneo anti-trust haría falta en este país… pero no caerá esa breva!

  • Juan P. Clemente  On 13/01/2011 at .

    Saludos, Javier, aquí de pesao. Disculpa la molestia. Tema modelo de negocio: desde mi punto de vista es 1 silla con 2 patas, en la pata A tenemos bitácoras y tiendas virtuales y en los 2 casos hay plantillas PHP + MySQL que vienen incluidas por defecto en Apache, gratis y aptas pero además hay el modelo WordPress, donde rompió fuego The New Yorker metiendo toda su colección histórica y osCommerce en cuanto a tiendas virtuales (todas). En ambos casos una vez instaladas (hay servidores gratis, apenas es 1 partición y además como han nacido defendiéndose de Windows son prácticamente invulnerables) no hay ni que saber programación para manejarse. Bueno pues además en el tema contabilidad y financiero hay algo que se llama Bulmages que está desarrollando 4 módulos: contabilidad (balances y cuentas de resultados) facturación, nóminas y TPV por terminal punto de venta, parece que impulso de Tomeu Borrás, catalán, y ya muy desarrollados los 2 primeros módulos, siempre gratis. Da la casualidad que sobre WordPress, tanto Windows como Adobe que habían desarrollado modelos propios, en 2010 abandonaron y adoptaron también WordPress que se ha impuesto como standard. Estamos hablando siempre de software libre, gratis, muy útil y sólo hay que saber un poquito de programación y otro poquito de contabilidad. Más o menos le propuse a Joserra que me dejara el acceso a la base de datos MySQL y con eso yo podrían montar todas las plantillas de estas que me diera la gana donde quisiera. No me dejó y además trasteando estuve unos días fuera de juego (como el Incordio ahora en la web de internautas.org, que no deja de ser otra de esas plantillas) pero contacté con Joserra y no sé si lo arregló o se arregló. Tu blog es plantilla WordPress pero también El País, The New Yorker, etc.

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