Graffitis, toros y Tura

De la serie: Los jueves, paella

Una de las [pen]últimas barbaridades del achuntamén barcelonés tiene que ver con los graffitis. En Barcelona, como en tantas otras ciudades y pueblos de la geografía [yo diría que] mundial, vivimos el tormento de los jodidos graffitis, es decir el resultado de una gamberrada, generalmente juvenil, que consiste en poner las paredes perdidas a golpes de spray de pintura.

En mi memoria, el graffiti es antiguo: la típica pintada en las paredes exigiendo esto y lo otro, tan propia de épocas de déficit -o de privación total- de libertad de expresión. Viva esto, muera lo otro, libertad para Fulano o adversarios al paredón, solía ser la argumentación habitual. Incluso llegué a ver un graffiti en cierto modo recursivo: «Las paredes estarán limpias cuando los presos en la calle»; y otro de anarquismo dietético: «Produce, consume y calla: medio mundo se muere de hambre, y el otro medio, por adelgazar». Allá por los últimos años 70, creo más o menos recordar, aunque este último pudo verse en la calle Lepant, cerca de la ronda del Guinardó, hasta hace no mucho.

Los avances en materia de libertad de expresión y, sobre todo, en estos últimos años, la proliferación de Internet, la quintaesencia de ese derecho humano, acabaron con las pintadas.

¿Acabaron? No. Las pintadas de protesta acabaron -aunque ocasionalmente hayan podido observarse, en circunstancias puntuales, leves rebrotes-, pero surgieron otras formas menos justificadas de andar poniendo la ciudad perdida: por un lado -esto empezó allá en los ochenta y tantos-, surgió una corriente de tarados mentales que se dedicó a enguarrar las paredes con garabatos sin sentido, como arabescos de pesadilla analfabeta, que sembraron por doquier; incluso después, los hijos de la grandísima puta inventaron una variante aún en boga hoy en día: en vez de pintura, utilizar una punta de material duro para rayar, con idénticas marranadas, los cristales de los vehículos de transporte público. Pero, por otro lado, surgió también el graffiti como arte urbano, y ahí hablamos de una cosita ya más elaborada, más creativa, de distintos estilos, que van desde el hiperrealismo hasta el manga, pero utilizando el spray a modo de aerógrafo y llegando a conseguir en algunos casos texturas más que interesantes. En esta última especialidad hay, como en todo, de todo: marranetes que ilustran como el culo y tíos (es un decir: a veces son equipos enteros y ni en lo colectivo ni en lo individual faltan mujeres) que, realmente, es un desperdicio que estén expresándose en la calle, cuando deberían poder acceder a circuitos más refinados. Por desgracia, ya vamos sabiendo -a nuestras expensas- cómo funciona el mundo cultureta, en el que hay verdaderos cerdos ganando millonadas, mientras que artistas de altísimo nivel andan, como quien dice, tocando en el metro (y no es por culpa de las descargas).

Al achuntamén -casi es ocioso decirlo- no le gusta ninguna de ambas especies. Incluso en su manifestación más elevada, esto del graffiti hace demasiado bronx y pega poco con la imagen chupiguay del Paraguay que se quiere ofrecer de este infecto parque de atracciones. No: se ve que a los japos y a los tocinos de los cruceros esto de los graffitis no les parece lo suficiente cool y, por tanto, hay que evitar la proliferación del fenómeno a toda costa.

Pero si los grises no pudieron evitar que el antifranquismo llenara las paredes de consignas y de cagontós, menos aún, siento decirlo, van a evitar los guindillas de la Guàrdia Urbana -que, si de día no se les ve (más que multando coches mal estacionados, siempre que no molesten), de noche poco menos que se acuartelan- que la ciudad se llene de arte -o más o menos- en spray, con lo cual, los comerciantes ven sus puertas metálicas hechas un asco. Esto ya es irritante en condiciones normales; mucho más lo es cuando nuestro probo tendero se gastó la pasta haciéndose pintar con todo esmero la señal y el logo de su empresita comercial.

Los comerciantes, no obstante, son gente realista y enseguida llegaron a la más vieja de las consignas estratégicas: si no puedes con él, únete a él. Se dieron cuenta, por ejemplo, de que en la cofradía del spray hay una cierta etiqueta, unas normas éticas implícitas pero seguidas por todos; una de esas normas -de la que se ven algunas infracciones, pero pocas- consiste en no chafar nunca una pintada ajena (siempre que no sea ideológica, claro). Nuestros buenos botiguers sumaron dos y dos y pensaron que una pintada controlada podría ser visualmente soportable y vacunaría contra otras pintadas de gusto aún peor, así que se pusieron a contratar graffiteros para que les pintaran las persianas metálicas.

Todos contentos, pues. El comerciante buscaba a algún graffitero un poco manitas, que le hacía con la puerta un trabajo prestosillo; el artista, además de disfrutar como becerro en prado verde pintando con la tranquilidad que da el consentimiento del dueño, levantaba unos euritos de propi; y la puerta ya quedaba cual la de israelita en Pascua: como pintada de sangre de cordero para que pasara de largo el ángel exterminador.

¿Todos? No señor: al achuntamén no le gusta la fórmula, y unos tíos que están en algo administrativo denominado (¡cágate!) paisaje urbano (una de las grandes falacias arquitectónicas: la pretensión de que «paisaje» y «urbano» no son términos antitéticos sino inherentes), pusieron el grito en el cielo: los japos y los tocinos van a creer que están en Harlem. ¡Ah, no! De eso nada…

Por tanto, metodología Hereu: represión y leña al mono, que es de goma. Esa práctica -en definitiva, tan tolerante, tan transversal, tan dialogante y tan tan, pero se ve que la tolerancia no vale si no hay moro- debe ser condenada. Y no en términos morales sino en términos de ordenanza municipal: 600 eurazos de multa, a repartir entre el comerciante y el graffitero.

Hombre, sería comprensible esta medida si el graffiti de mutuo acuerdo se intentara llevar a cabo en un edificio catalogado, pero, para los del paisaje urbano, un puerta gris y llena de pintarrajeos en una calle cutre, estrecha y sucia, es mucho más tolerable que una bienintencionada y más o menos afortunada obra de expresión artística, llena de color y tal.

No me corren las horas esperando a que llegue mayo…

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Como todas las mañanas, mi mujer me acompaña en coche hasta las proximidades del trabajo (es un coche bien aprovechado: transporta, en diferentes subidas y bajadas, a seis personas cada mañana) y siempre sintonizamos Radio Nacional porque nos gusta mucho oir la efeméride del día a cargo de Nieves Concostrina, que es una cachonda mental.

La efeméride de hoy la conocía, pero sólo a medias. El papa Pío V promulgó en 1567 una bula que prohibía bajo pena de excomunión perpetua la asistencia a los toros (y negaba a los toreros que murieran de servicio el entierro en tierra sagrada). Resulta que la tal bula llevaba un cerrojo, porque disponía su propia irrevocabilidad. Como ya en aquella época los lobbys tenían un peso y un qué, le apretaron las clavijas a Felipe II, el cual obtuvo de un papa más amable, Clemente VIII una cierta suavización de la bula en cuestión, cosa que sucedió en tal día como hoy, 13 de enero, pero de 1596; atenuación, no obstante, que no acabó con la excomunión. Yo sabía lo de Pío V y algo había oído de Clemente VIII, pero no sabía lo de que la excomunión no había sido levantada.

Lo grande es que el Vaticano confirmó ¡¡en 1989!! la vigencia de la bula y, por ende, de su pena, cosa que debería angustiar -y, por lo visto, no angustia- a muchísimo personal de la afición taurina, mayormente católico.

Yo me he precipitado a los cajones a ver si, por una de aquellas casualidades, conservo alguna entrada antigua, pero no: me voy a tener que rascar el bolsillo otra vez.

Lo digo porque esta podría ser la solución para tanto apóstata que no logra ni a tiros de militante de la FAI que le den de baja en el registro eclesiástico, por más que haga inventos: ni escritura notarial, ni Ley de Protección de Datos, ni hostias -nunca mejor dicho- en vinagre. Gracias a Pío V -y pese a que el Clemente casi nos fastidia la jugada-, la baja en el registro eclesiástico debería ser fulminante, bastando para ello adjuntar a la solicitud la correspondiente entrada a una corrida de toros, haciendo notar al ordinario del lugar -destinatario de la cosa- que el solicitante es reo de excomunión de conformidad con lo dispuesto en la vigente bula De salutis gregis dominici, que es la que dispone la cosa.

Esto, bien traído por los activistas taurinos, podría dar lugar a un repunte importante de la asistencia a los cosos. Incluso cavilo que en Cataluña podría revertirse la situación y la presión de los colectivos ateístas podría llevar incluso a derogar -por el mismo procedimiento mediante el que se promulgó- la ley que prohibe las corridas de toros a partir del 1 de enero de 2012, porque en Cataluña se da la mayor concentración de ateos de toda España. Lo único malo es que Balañá igual especula aún más y por si las entradas fueran a estar baratas en la Monumental barcelonesa -cada corrida de este año será, casi sin exageración, histórica, y cada localidad costará poco menos que un coño de parienta-, habrá que atracar un furgón blindado para pagar la entrada de una andanada de sol. Bueno, siempre cabe la posibilidad de ir a los toros en Zaragoza, Castellón o Nîmes, porque todos excomulgan lo mismo y la entrada es más asequible.

Lamento, eso sí, la desazón de los aficionados católicos, pero lo suyo también tiene, si lo desean, fácil remedio: de una excomunión puede absolver el Papa. Un montón de papeleo, una cantidad acojonante de burocracia y un saco de pasta como para impresionar a un director de sucursal del Santander, eso sí; la justicia eclesiástica es de las más onerosas del mundo y una excomunión es un mayor cuantía de los buenos.

Pero, de todos modos, al lado de lo que cuesta una entrada medianeja para una corrida normal (y sin necesidad de que medie Balañá)… ¿qué es un simple saco de pasta? Y que piensen que, gracias a él, volverán al amor de Dios. Que no debería ser poco.

Y es lo que los aficionados hemos dicho toda la vida (incluso desde antes de la excomunión): con este ganao, no hay nada que hacer…

Y cada año es peor.

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Volvemos, volvemos corriendo a Barcelona porque la Tura -Montserrat Tura, la consellera de Interior durante el primer tripartit (el maragalliano) y de Justicia durante el segundo- va a presentarse a las primarias sociatas con el encargo -casi más que la intención- de sacar de ahí a Hereu antes de lo irremediable (sobre todo si Hereu se queda). Hereu se ha encastillado con sus bravos: no nos moverán, el alcázar no se rinde… esas cosas.

Pero lo cierto es que no hacen falta encuestas para darse cuenta de que las ganas que le tenemos los barceloneses a Hereu rozan lo homicida y de que como él sea el candidato a alcalde, lo de mayo va a ser como el hundimiento del Titanic. Porque, si se presenta Hereu, el PSC no va a perder las elecciones, no: se va a hundir tanto que van a tenr que poner en marha una tuneladora para ir a recogerlo.

No es que, aún sin Hereu, el PSC tenga perspectivas muy halagüeñas: el socialismo -no solamente el catalán: sobre todo, el español en conjunto- tiene la moral tan baja -y con tanta razón- que apenas se atreve a suplicar a todos los dioses en pos de una derrota dulce.

Tura, indudablemente, es persona -no sé si será la única, pero es una de las posibles- que puede conseguir esa derrota pero menos que pueda permitir -y creo que este es el objeto de la maniobra- una sociovergència decentita, en abierto o bajo mano (como ahora mismo, en la Generalitat), aunque con predominio, evidentemente, de CiU, que parece que lleva todas las de ganar (más que nada, porque no hay otro que pueda hacerlo: ni el PP ni los de la rasta están en condiciones).

Porque las derrotas suaves son la única esperanza del socialismo español. Si Barcelona y Sevilla se pierden, pero se pierden en condiciones, pueden salvarse aún algunos muebles. Si, en cambio, la derrota en los dos buques insignia es estrepitosa, añadida al derrumbamiento del mapa autonómico y municipal en general, Zap tendría que adelantar su cantado anuncio de no presentarse a las elecciones de 2012 e iniciar inmediatamente el proceso interno en el PSOE para que esas elecciones no fueran el culmen del apocalipsis; y aún tendría que hacerlo en medio de un vocerío -que esta vez iría mucho más allá del PP- y de unas imponentes presiones -a ver qué nos cuenta entonces WikiLeaks- que le exigirían liquidar la legislatura y avanzar las elecciones. Aquella aparente boutade que largó Toxo a finales de noviembre, en el sentido de que 2011 puede ser mucho más electoral de lo ya previsto, cobra, desde esta perspectiva, visos de verosimilitud.

Lo que hay que ver ahora es lo que hace la militancia socialista barcelonesa. La cúpula local -la beautiful– apuesta por Hereu, no sé si por convicción o por un acto de numantina resistencia o desesperada supervivencia. ¿Qué harán las bases? No tengo ni puñetera idea porque, de todos los socialistas que conozco, ninguno sé quién es, no sé si me explico, y por lo tanto no tengo fuentes de primera mano que me cuenten qué pasa allí dentro.

De un mdo u otro, pues, estaremos entretenidos mientras esperamos al 29 de mayo.

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Bueno, pues ahí va la primera paella del año. No será la última, por supuesto, pero espero poder servir en el 2011 unas 45, que es una cifra realista en un año normal (siete pinchazos entre vacaciones e imprevistos). Lo que hace falta es que 2011 sea un año normal. Ya veremos.

Disfrutemos, pues, este presente de arroz y lo que sea sonará. En principio, pues, quedamos para el próximo jueves, que será el día 20.

Toquemos madera…

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Comentarios

  • Juanga  On 13/01/2011 at .

    Mi humilde opinión sobre los grafitis y en general cualquier pintada: quien los hace solo busca reconocimiento -en la pandilla, qué dibujo más chulo; en que su mensaje sea recibido por más de una persona, ahí queda eso…-.

    Incluso sucede con Internet: cuántos blogs hay con 4 visitas… La calle, el transporte público… parece garantizarles a algunos unas cuantas “visitas” más 😉

  • Jordi  On 14/01/2011 at .

    Sobre la posible debacle sociata en Barcelona, añádale la pérdida más que probable del control de la Diputación de Barcelona, ese organismo público que nadie sabe exactamente para que c… sirve pero que mueve una pasta gansa en recursos públicos y que durante décadas ha sido de exclusiva “propiedad” del PSC.

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