Un problema de escenario

De la serie: Correo ordinario

Me está dando la impresión de que se está oficiando una especie de ceremonia de la confusión alrededor de la Red y de la política. Me está dando la impresión de que alguien (y alguien puede ser un pequeño colectivo -real o fruto de la ciberparanoia- o puede ser un estado de opinión-percepción más o menos general) está pretendiendo que Internet puede ser la revolución, una pretensión que puede caer en el terreno abonado de mucho cobardazo y mucho culo plúmbeo de los que creen que de verdad puede cambiarse el mundo sólo dándole a la tecla.

De pronto, parece que Twitter sea poco menos que el tren blindado de Lenin, Wikileaks un arma de destrucción masiva y Anonymous el asalto al Palacio de Invierno: el frenazo a la ley Biden-Sinde, la revuelta de Túnez… parecería que todas las convulsiones de estos últimos tiempos -y más concretamente de estas últimas semanas- han sido realizadas a golpe de tecleo. Y no. Va a ser que no. A menos que alguien me demuestre que los más de sesenta muertos en las calles de Túnez y los parece que sobre cuarenta en el motín de la prisión también tunecina (que habrá que ver si no han sido ejecutados por las buenas), han fallecido de una sobredosis de megabytes.

La Red es una revolución, es verdad; una revolución probablemente industrial y posiblemente también social, pero social en aquella acepción referida más bien a usos y costumbres, antes que a la estructura de clases. Pero no es la revolución. La Red, las tecnologías en general, pueden llevar -seguramente llevarán- a cambios importantes en nuestra calidad de vida; en algunos aspectos, ya lo han hecho. Ya hay negocios y actividades profesionales a los que las TIC han dejado obsoletas (intenta, por ejemplo, encontrar a alguien que te arregle una máquina de escribir) y la proliferación de la informática y la telemática han cambiado (o deberían haber cambiado, y no miro a nadie ¿eh, administraciones públicas?) los procesos de trabajo. Estos cambios son palpables en hechos como que en España -por poner el ejemplo próximo, pero en absoluto único- el número de teléfonos móviles es superior -bastante superior- al número de habitantes o que, también en España, la telefonía convencional, la fija, la cableada, sólo se sigue instalando por ser necesaria para Internet (y solamente donde es necesaria para Internet): veremos que ocurrirá cuando la telefonía móvil suministre conexiones eficientes a precios asequibles.

Todo eso y muchísimo más, porque esto de la Red está en sus comienzos.

Pero tomad buena nota, por favor: Internet, por sí sola, no va a cambiar las estructuras políticas, sociales ni económicas en ninguna parte. Al contrario: la globalización -de la que Internet es, por cierto, un factor decisivo- ha radicalizado las estructuras de l’ancien régime occidental.

Es cierto que toda la guerra contra la Ley Biden-Sinde se ha motorizado desde Internet y que desde Internet le hemos propinado severos disgustos al enemigo. Pero habría que considerar una cuestión: cuando desde la Red se organiza una rebelión -digámoslo así- como la de aquel domingo 19 de diciembre, en realidad la Red no obra por sí misma ningún resultado: sirve -que no es poco- como ágil medio de comunicación entre los revoltosos y, sobre todo, para ponerles muy de relieve a los políticos una situación de cabreo general. Pero los políticos a lo que temen realmente es a las urnas (con comicios cercanos, ojo) y/o a la calle. Lo demás, la Red, las encuestas y tal, no son más que indicios de lo que les puede pasar. Son, pues, instrumentos útiles para los ciudadanos, pero no son el arma definitiva, ni mucho menos. La prueba es que la guerra de la Ley Biden-Sinde la vamos a perder. Hemos ganado una batalla, a lo mejor hasta ganamos otra -que ya lo dudo-, pero la guerra la perdemos seguro una vez ellos hayan construido la gran patraña que edificará el acuerdo con el que nos apiolarán. Si hay algún iluso que crea otra cosa, en un mes y medio tendrá la constatación de su ingenuidad. Y esa guerra la vamos a perder porque solamente la estamos librando en Red. En la calle perdemos por goleada. Manifestaciones de treinta personas ante el Ministerio de Cultura… Ridículo. Y la prueba de que nos tienen un miedo cerval es la cantidad de furgones policiales que apostan cerca de los lugares de convocatoria; no las tienen todas consigo, temen que el día menos pensado, y por sorpresa, demos la campanada. Ojalá, aunque lo dudo.

La leyenda urbana en boga estos días pretende que lo de Túnez se ha armado desde Twitter. Bueno, aunque así fuera, aunque Twitter, efectivamente, hubiera sido el canal de comunicación de la trama popular -que parece ser que no, que lo ha sido más bien el teléfono móvil- no ha sido utilizando Twitter como se ha derrocado al gobierno -y, parecer ser, al régimen- sino saliendo a la calle cóctel molotov en mano y dejando por el camino sesenta vidas (o más: las cifras, como siempre suele suceder, son confusas). Esa sí es la manera de hacer revoluciones (y aún así, el resultado no está garantizado: la historia está llena de ejemplos de rebeliones fracasadas y ahogadas en sangre o triunfantes y vueltas del revés por los sinvergüenzas y los aggiotistas de siempre). No pretendo, por supuesto, que en España se llegue a estos extremos (la situación no está -de momento- como para ello) pero sí poner de relieve el valor de la calle. El mundo aún no se ha digitalizado lo suficiente como para que las manifestaciones vía Twitter se tengan en cuenta como tales. ¿Se llegará a ello algún día? No lo sé, quizá sí. Pero ese día no es el de hoy ni será el de pasado mañana. La calle sigue siendo fundamental aquí y ahora y las estrambóticas teorías sobre el poder de la red, más allá de su valor -inmenso- como ágora y como canal de comunicación, sólo sirven de pretexto para los cobardes y para los perezosos.

Sobre Anonymous guardo sentimientos contradictorios. Por una parte, estoy de acuerdo con los que opinan que querer impedir que se cierren páginas a base de cerrarlas es un peligroso y tóxico contrasentido; además, ahora, en la normativa española, podría ser un delito. Digo podría porque la descripción del tipo delictivo en el código penal y la morfología de los ataques DDoS no sé si encajan bien y ahí habremos de esperar a ver cómo se materializa la compleja y confusa psicología forense española. Por otra parte, no puede negarse que, en una situación de guerra, privar de comunicaciones al enemigo equivale a cegarle y enmudecerle y, sin perjuicio de las consideraciones anteriores, hay que convenir que tácticamente puede constituir una ventaja. Lo que no significa que tumbar la página del Senado o de la embajada norteamericana sea, hic et nunc, operativo; pero sí pudo serlo (repito pudo) hacer esto mismo en Túnez estos últimos días.

Los indudables avances que han supuesto las TIC y muy especialmente Internet, no deben hacernos olvidar que vivimos aún -y por mucho tiempo- en una sociedad analógica en la que la calle sigue siendo la que manda. Por más que Internet se esté comiendo a la prensa tradicional, ésta sigue siendo imprescindible si queremos que una convocatoria en la calle funcione. Hace apenas algunas horas, leía una queja cuyo autor se dolía de que los periódicos que están divulgando la noticia de que las concentraciones de este fin de semana contra la Ley Biden-Sinde apenas habían sido seguidas por unas pocas docenas de personas, son los mismos medios que no divulgaron la convocatoria. Con esto, está dicho todo: la Red mata muertos que, aunque no gocen de buena salud, siguen incordiando a modo.

Desengañémonos: hay que bajar a la calle. Esa maravillosa Arcadia de la revolución a teclazo limpio quizá -y sólo quizá– pueda ser posible dentro de unos cuantos años; no sé cuántos, pero sé de buen seguro que no serán ni el 2012 ni el 2013. Por supuesto, no el 2011. El que se crea un esforzado cosaco del soviet internauta porque anda jugando al anonymous Robin Hood contribuyendo al cierre de páginas web de aquellos a quienes les importa un comino la web, o porque se pasa el día aporreando la Blackberry o el HTC enviando twiteos, es un panoli, cuando no algo peor: un vago o un cagón. Un apoltronado botarate que cree que las cosas se consiguen sin esfuerzo y sin sacrificio. Pues tengo malas noticias, so pisacharcos: la revolución no te la vas a poder bajar del P2P. Te la vas a tener que ganar.

El ejemplo no está en los apoltronados que el domingo 19 de diciembre pillaron un rebote porque tuvieron que tragar TDT al estar cerradas todas las páginas de streaming cinematográfico gratuito. El ejemplo está en los estudiantes barceloneses que hace dos o tres años protestaron contra el Plan de Bolonia montando una manifestación con ingente participación, estableciendo trama de intoxicación que llenó de humo de colores a los servicios de Información de los Mossos d’Esquadra, lo que les llevó a cerrar una parte de la ciudad mientras las decenas de miles de manifestantes fueron por otra, desguarnecida policialmente, con lo cual, la manifestación tuvo un efecto doble; además, tuvieron la lucidez y la inteligencia de causar ni el más pequeño daño, siendo notorio, como lo fue, que podrían haber incendiado barrios enteros impunemente. Fueron, a la postre, derrotados (tampoco se gana una guerra en una sola batalla), pero señalaron muy bien el camino y enseñaron a sembrar el pánico en las filas del enemigo. Pero en la calle. Internet y los móviles fueron el instrumento, fueron las transmisiones, pero la batalla se libró en la calle. Y la ganaron.

Las convocatorias en la calle que están efectuando los partidos Pirata y otros grupos, deben seguir. Sí, deben seguir: fracaso tras fracaso -cuantos sean necesarios- hasta el día en que, de tanto aporrear las teclas del piano, se acierte con la música correcta y se monte un pollo bueno. Pacífico, naturalmente, pero bueno. Ese día reiremos a mandíbula batiente leyendo la prensa de árboles muertos y disfrutaremos con el pánico de los políticos y la frustración del enemigo.

Ese día sí que, de verdad, estaremos empezando a ganar la guerra.

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