Resaca de una copa sucia

De la serie: Correo ordinario

Bien, pues ya la tenemos aquí. Resulta que esta partida de frustrados a los que pareció poco una transición que ellos no sudaron -desde ningún punto de vista-, que decían que se quedó corta y que había que suplir sus carencias, le acaban de dar un palo a la libertad de expresión que, propinado en 1977, hubiera generado manifestaciones multitudinarias. Un primer dato, pues, para el signo de los tiempos: en esta ocasión no se han generado manifestaciones multitudinarias y así nos luce el pelo.

El segundo dato es el PP. El PP se ha pasado la legislatura echando arena a los cojinetes del PSOE; en muchas cosas con razón; en otras con mucha menos; y en muchas más, impidiendo consensos políticos en materias en las que los ciudadanos necesitábamos precisamente consenso y no puñaladas traperas. Y mira por dónde, el PP sí que puede llegar a acuerdos con el odiado enemigo en materia de propiedad intelectual (que no es, en realidad, de propiedad intelectual, sino, simplemente de crear un instrumento que les permita la censura, redondamente, presas del pánico ante el hecho de que la Red no podía ser controlada como lo son los medios convecionales por sus grupos editoriales). Segundo dato, pues, para el signo de estos tiempos: la corrupción política, en niveles verdaderamente de lodo cenagoso, mucho más extendida, mucho más grave y aún mucho más preocupante que la económica (que no es manca) lleva a una verdadera crisis de sistema, más o menos clara, más o menos larvada. Pero que esto no funciona y que no funciona por causa del hatajo de sinvergüenzas de las maquinarias de los partidos que se han apropiado de la democracia y la han hurtado a los ciudadanos, es algo que está claro hasta para el más lerdo. Luego, con sus ronquidos tocinescos y sus lágrimas de cocodrilo se lamentan por la desafección, que le llaman… para olvidarse al día siguiente de una cita electoral. Como, total, la ley electoral se la mangonearon a su antojo y mientras ésta no cambie -que no cambiará- no perderán el control del chiringuito así se abstenga el 80 por 100 del censo electoral, a los ciudadanos que les den por el mismísimo culo y a vivir, que son dos días.

Quedamos, pues, a la expectativa de ver qué pasa con la Ley Biden-Sinde, sin perjuicio de que tengamos claras unas cuantas cosas.

La primera, que las descargas no van a cesar, y menos si es la ley de mierda esa la que ha de detenerlas. Si cierran las doscientas páginas que [no se cree nadie que] han motivado la promulgación de la ley (por cierto, que no está promulgada aún: aunque el pescado está vendido, tiene que pasar por la votación en el Senado y volver al Congreso), la gente seguirá descargando al modo artesanal o, más probablemente, acudiendo a otras páginas alojadas en servidores extranjeros fuera de las zarpas de la gente de Olcese. Así que nada de nada. Y ellos tienen que saberlo, con lo que queda claro que lo de las doscientas webs no es más que un pretexto bastante burdo.

En segundo lugar, cabe esperar a ver la eficacia de la porquería legal esta que han hecho en su verdadera función de implantar la censura en la Red. Evidentemente es inconstitucional: de segundo de ESO para arriba, no lo duda nadie. Lo que ocurre es que para que el Tribunal Constitucional se cargue la mierda esa de ley (si se la carga, porque ya sabemos de qué pie cojea el Tribunal Constitucional y todos sus miembros tienen la deuda de su nombramiento a cualquiera de los tres o cuatro partidos que les han puesto ahí, partidos todos, como es notorio, conchabados para lo de la Ley Biden-Sinde), bien, para cuando se cargue la mierda esa, decía, habrán pasado vete a saber cuántos años y habrá causado vete a saber cuánto daño: en represalias efectivas sobre selectas víctimas en las que dar un escarmiento y en miedo generalizado por ese escarmiento. Volvemos, pues, a los más simpáticos y gratos tiempos de Franco. Cosa que no sorprende viendo la calaña de los del chanchullo.

La tercera cuestión, que enlaza con la primera, es que dentro de poco -o de nada- volveremos a tener a los cantachifles y demás farándula quejándose de las descargas que no cesan. Implícitamente, lo que dirán es: «os ayudamos para que impusiérais vuestra ley de censura y ahora tenéis que ayudarnos vosotros imponiendo una ley que de verdad detenga lo de las descargas». Y detrás, justo detrás, el embajador yanqui, agitándoles la zanahoria mientras ventea el palo (que ya amaga desde hace días) de que hay que perseguir penalmente al usuario. Que es el obvio siguiente paso. Y es un paso que vendrá. La propia Ley Biden-Sinde servirá de pretexto: «pusimos en marcha -dirán- un instrumento benigno y de buen rollito para ver si os autorregulábais con el tema de la piratería; habéis seguid erre que erre y, pues, dado que por las buenas no hay nada que hacer con vosotros, habrá que ir a las malas. Y ya tendremos las descargas en el Código penal. Y a ver con cuánto tiempo de prisión y con qué indemnizaciones. Y, por supuesto, estaremos indefensos, incluso en Red, porque ahí estará la norma que se pactó anoche para hacer callar a los líderes discrepantes más peligrosos, caracterizados y acérrimos.

Este tercer punto seguramente será objeto de discrepancia: no, hombre, a tanto no llegarán. Pues llegarán, al tiempo. Y llegarán por lo de siempre: porque por lacerante, por traidor, por sinvergüenza, por brutal que sea lo que nos endiñan, siempre acaba saliéndoles gratis. Este es el problema que no tienen ellos y que tenemos nosotros. Ahora mismo, ya hay mucha gente encogiéndose de hombros diciendo que el mal ya está hecho y queriéndose creer -y, en algún caso de gilipollez extrema, creyéndose de verdad- que por fin van a intervenir los jueces y que nos van a proteger. Añade a todos estos los sobrados de siempre, los culogordos de la revolución a teclado limpio y los otros gilipollas, los de yo me descargo mientras pueda y cuando no pueda ya veremos, y ya tienes configurada la tranquilidad en la superficie de las aguas que tanto gusta a los cabrones.

Habrá, sí, rebomborio, quizá ocasionalmente enérgico, por parte de los no creo que lleguemos ni a diez mil que nos dedicamos a la bronca con constancia diaria; y habrá algún coletazo del cuartito de millón que, bueno, de firmar manifiestos no pasa pero que a eso, siquiera, sí que llega. Y tal día hará un año. Y hasta la próxima. Que, como digo, llegará.

¿Cuándo me he equivocado yo haciendo pronósticos en este sentido? Jamás. Soy desconocedor de muchísimas cosas; de muchísimas. De tantas, que hasta las hay que desconozco que las desconozco, fíjate. Pero entre todas estas no está, en absoluto, la sociología de un país a cuyo paisanaje desprecio cada día más, aún a riesgo de verme salpicado -o plenamente alcanzado- por el gargajo. Sentir envidia por los ciudadanos franceses es, tristemente, normal; sentir envidia por los griegos, ya lo es menos. Pero tener que sentir envidia incluso de los tunecinos, ya es para abrirse las venas cívicas. Y eso, en España, es una constante histórica. Léanse los clásicos. Somos un pueblo de mierda, sin más matización (y, como dije en otra ocasión, que no se le ocurra excluirse a ninguna comunidad autónoma).

Me entero, como colofón de toda esta novela negra, de que Álex de la Iglesia, el director de la Academia del Cine, va a dimitir después de la gala de los premios Goya. Bueno, bien, perderá la ocasión de llegar a ministro, porque ocupa un puesto que es un claro trampolín para ello. Pero, bueno, también debo decir que lo veré mucho más claro cuando esa dimisión sea efectiva, porque a mí, con el relente que sufrimos, me cuesta pensar que, de aquí a allá, no vayan a convencerlo, hombre, Álex, con la falta que le haces al mundo del cine, no te cabrees, caramba, no te dejes llevar por un berrinche, no te dejes influir por los pendejos electrónicos. No olvido que, después de su encuentro de la conciliación con los internautas, estuvo en una cena siniestra de contenidos terroríficos, que hubiera sido absolutamente secreta de no haber habido, a la hora de repartir invitaciones, una confusión entre un padre y un hijo que le salió ideológicamente rana y que, aterrorizado, pió lo sucedido en el aquelarre. Y luego vuelta a tuitear comprensión y buen rollito. A Álex de la Iglesia lo pongo en el anaquel de la duda. No me atrevo a pensar directamente tanto como que nos está haciendo la cama, como que es un submarino que está haciendo de agent provocateur, pero, por más que miro, no logro verlo claro. Su dimisión, si se materializa, despejará muchas dudas. Y si no se materializase, por lo que fuera, me lo despejará absolutamente todo.

En cualquier caso, nos esperan tiempos negros, muy negros.

Pero sépase y asúmase: por culpa entera y exclusivamente nuestra

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  • By Alejandro… magno « El Incordio on 27/01/2011 at .

    […] unos días, anteayer, decía en esta misma bitácora, refiriéndome a la fastuosa decision de Álex de la Iglesia: «lo veré mucho más claro cuando […]

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