Maniobras de ciudadanía

De la serie: Correo ordinario

Bueno, pues anoche estuve, como estaba previsto y aquí mismo anuncié, en el programa Àgora de TV3, la cadena autonómica catalana. Vais a permitirme, para empezar, el farde y mole de decir que Àgora es el programa de debate de más alto nivel de la cadena y posiblemente de todo el panorama televisivo español -sobre todo desde que la teleporquería se cargó a CNN+ alevosamente-, a reserva de lo que pueda haber en televisiones autonómicas a las que no tengo acceso. Pero, por desgracia, seguro que programas como Àgora, suponiendo o admitiendo que, como dicen los códigos rancios, pueda haber tres o cuatro más de la misma especie y calidad, no abundan.

Uno de los invitados -inicialmente- era Arcadi Espada, lo cual me dio cierto repelús, para qué decir que no. Repelús porque no es, intelectualmente hablando, un mindundi y repelús porque últimamente -casualmente desde que lo contrataron como director de Ibercrea- viene argumentando de manera bastante fiera en las cuestiones que nos suelen ocupar. Por tanto, me pasé este último fin de semana documentándome a fondo -que ya es, porque solamente con el día a día del activismo internauta ya va uno bastante al corriente- viendo venir algo parecido a lo que en Cataluña llamamos ball de bastons (creo que no hace falta traducirlo). Pero no acudió. Al parecer, sufrió una indisposición y, en su lugar, se presentó otra persona, también de Ibercrea. cuyo nombre lamento no recordar (refrescaremos la memoria cuando pueda subir -que aún no está disponible- el vídeo del debate y, mientras tanto, espero que sepa disculpar el olvido en la seguridad de que no comporta el menor grado de desdén). Completaron la mesa Ernest Folch, un pequeño editor (sector del libro) y, ya en posiciones comunes, Ignasi Labastida, el promotor de Creative Commons en España.

Bien, no sé cómo se hubiera desarrollado el debate de haber estado presente Espada, esto es algo que nunca sabremos a menos que haya ocasión de repetirlo con su presencia, pero lo cierto es que el de ayer transcurrió por veredas de tranquilidad, de cordialidad, de análisis, de positivismo… ¡y! de coincidencias. Y no todas fueron precisamente secundarias. Es algo que he constatado en todos estos años: muy poco a poco, casi de milímetro en milímetro, pero de forma importante, vista la cuestión en perspectiva, los internautas -como tales internautas y como usuarios, y viceversa- y los autores, vamos acercando posiciones. Tampoco es la primera vez que hago una referencia a esto en «El Incordio». Para entenderlo hay que tener bien presente una clave: ayer no estaba representada la gran industria del entretenimiento. Probablemente, si hubiera asistido un Olcese -u otra hierba similar- el debate hubiera transcurrido por cauces mucho más ariscos, enconados y desgradables; sin excluir, aún salvando el talante propio del programa, un cierto ambiente de bronca.

En un momento determinado del debate, dije que la polémica, la lucha, la guerra, que parecía desatada entre internautas y autores no es tal o no es, cuando menos, una guerra a dos bandas, sino a tres: internautas (y/o usuarios) autores e industria del entretenimiento. Porque tampoco los autores están en el mismo bando que la industria y, con frecuencia, sufren, quizá en otros carrillos pero en igual intensidad que los ciudadano comunes, la rapacidad y la brutalidad explotadora de esa industria. En realidad, esta guerra es una especie de triángulo que se va distorionando -ora equilátero, ora isósceles…- según la mayor o menor fuerza con la que a cada momento se tira desde sus aristas.

Y cosas como la de ayer -junto con otras que uno va constatando en su propia cotidianidad- parece que quieran darnos a entender que lo que decía Clausewitz es rigurosamente cierto: uno no elige a sus aliados, se los impone el enemigo.

Pero es que, además, el autor no es un aliado necesariamente impuesto. Sí, claro que se experimenta cierta alergia al considerar -o ver considerados- como autores a ciertos perros falderos de la industria -los opíparamente alimentados-, esos rottweilers de pacotilla que periódicamente ladran idioteces por cuenta e interés de sus amos en medios de comunicación no menos lubricados por éstos. Pero hay muchísimos autores -la gran mayoría de los mismos- que no tienen nada que ver con el star system y que están mucho más próximos a nosotros, profesionales normales y corrientes que tenemos que salir de casa a las siete de la mañana a ganarnos el pan a base de darle caña al tajo ocho horas diarias (el que tiene suerte). He hablado con muchos de ellos y no estamos tan lejanos. Incluso lo que aparentemente nos separa, se diría menos importante. El tema de las descargas, por ejemplo. Muchísimos autores -de esos profesionales comunes a los que me estoy refiriendo- repelen las descargas… cuando en realidad nunca han sido víctimas de ellas y, en muchos casos, su modelo de ejercicio profesional nunca les llevará a ser víctimas de ellas. Pero, de alguna manera, han asumido -o les han hecho asumir- que lo de las descargas, les afecte o no, constituyen un problema de ecosistema, algo que puede derrumbar el entero entorno que les sustenta -a veces mal y precariamente- a ellos.

Ayer cabalgué sobre una proposición: las descargas están aquí y ya no se irán; se han incardinado en la cultura de las generaciones menores de treinta o treinta y cinco años -y de no pocos mayores de esa edad- y esa cultura no se va a erradicar aunque posiblemente experimente, con el paso del tiempo, flujos y reflujos. Y se erradicará aún menos desde el insulto, la acusación de narcotráfico o la compraventa de embutidos; todo ello, por cierto, harto contraproducente para el propio punto de vista de los autores presentes. Sostuve que si ofrecen contenidos con suficiente valor añadido respecto a lo que se encuentra en las redes de intercambio, a un precio adecuado y con una buena experiencia de usuario, eso genera dinero. Está más que demostrado. A partir de ahí, las redes de intercambio no tendrán mayor importancia que un fenómeno meteorológico común, porque no interferirán en la cadena de valor; por no hablar de lo que pueden contribuir al incremento del volumen de esa cadena de valor. Pues bien: tanto el directivo de Ibercrea como Folch, no acabaron de avenirse a la idea de pasar por alto las descargas e ir al grano, pero sí que admitieron -con energía- la idea (de hecho, Folch fue el primero en enunciarla) de que antes que nada hay que proveer al mercado digital de contenidos de calidad, accesibles y asequibles. Por supuesto, Labastida estuvo de acuerdo y abundó a su vez en el tema -repito que, en cuanto dispongamos del vídeo, los catalanohablantes o los que os atrevéis a navegar por ese mar, podréis constatarlo-, pero es que hasta el propio enviado de Ibercrea convino en la idea.

O sea, que no está todo solucionado, ni muchísimo menos, pero tenemos un muy importante punto de partida ya fijado: los unos decimos que las descargas no tienen importancia y los otros que constituyen un objetivo cronológicamente secundario. Por tanto empezamos todos por ir a lo mismo: lo primero es lograr esaa buena provisión de contenidos de calidad, fácilmente accesibles y a precios asequibles de que hemos hablado. A partir de aquí, desarrollemos.

Cuando veáis el vídeo comprobaréis que también se habló de otras cosas como, por ejemplo, la indefensión en la que nos encontramos los autores que trabajamos con licencias libres y otros detalles. Pero yo ayer salí de Àgora con la impresión -que creo compartida por los demás, clima de cordialidad, que lo hubo, aparte- de que tenemos que terminar esta guerra y de que hay bases para ello. Me refiero, insisto, a autores-usuarios/internautas.

¿Qué ocurriría si ese acuerdo se produjera? ¿En qué lugar quedaría la industria si enfrente tuviera a internautas/usuarios y autores unidos como una sola ciudadanía (que es lo que en realidad somos)? ¿Qué cuerpo se le quedaría al que se le ocurriera tratarnos de macarras, de narcotraficantes o, en fin, de ladrones, si fueran los propios autores los que le llamaran imbécil?

Pues este panorama no es ilusorio. No sería fácil ni un camino de rosas: son ya unos cuantos años tirándonos los trastos a la cabeza y no creo en abrazos de Vergara, pero no es una utopía. Hay bases para un diálogo y bases firmes. Ahora sólo falta que haya, en ambos lados, quien esté dispuesto a ponerle el cascabel al gato. Pero este camino es la única solución o, cuando menos, el único principio de solución a este conflicto.

Qui potest capere, capiat

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.

Comentarios

  • alegret  On 01/02/2011 at .

    Hola

    Parece bastante impropio hablar de “la cultura de la descarga”. Habrá que dejarlo en “costumbre” o “uso”, pero referirse a la “cultura de la descarga” suena a marujada.

    Alegret.

  • lamastelle-cotilla  On 01/02/2011 at .

    Por curiosidad, ¿que licencia tiene el video? ¿Te dieron copia gratis por ser uno de los autores que lo han creado por medio del debate?

  • Jordi  On 02/02/2011 at .

    La “cultura”, “costumbre”, “uso”… “cosa” de la descarga ha llegado para quedarse. Estoy totalmente de acuerdo con Javier. Y sí, el debate del “Àgora” fue satisfactoriamente civilizado. Felcidades.

  • Javier Cuchí  On 02/02/2011 at .

    @alegret, tienes razón. Contagiados por la porquería mediática de redacción de becarios con la ESO mal digerida, tendemos a utilizar la palabra cultura de forma excesiva, exagerada y, en todo caso, inapropiada.

    @lamastelle, no sé qué licencia tiene el vídeo, pero sí que puede distribuirse libremente, en tanto que permite que se incruste en terceras páginas (y proporciona el código para ello). Aunque también es cierto que no permite bajarlo, siempre hay que ir a parar a la página de TV3. Pero, a las peores, que todo fuera siempre así.

A %d blogueros les gusta esto: