Hasta Enrique…

De la serie: Rugidos
…Y no olvidéis el atropello yanqui: #rojadirecta

Hace un par de entradas, uno de mis bravos hizo un comentario sobre mi deriva, cada vez más acusada, a su modo de ver, hacia un tremendismo formal que, si lo entendí bien, alcanzaba a lo conceptual. Sigo estudiando la cuestión, que no es fácil pero, mientras tanto, ahí tenemos a Enrique Dans, que ni de lejos llega a mi deflagración expresiva, pero que, conceptualmente, coincide en todo, absolutamente en todo, avisando de que, en los parámetros actuales, no pesamos una mierda. Dans hubiera probablemente (hagamos la salvedad del probablemente para no traspasar a otros en su integridad mi propio pensamiento) firmado debajo de mis últimas entradas.

Dans lo ve igual que yo (o yo lo veo igual que él, la distancia es la misma de ida o de vuelta). La Ley Biden-Sinde es fatal, irremediable, y no pasará nada ni antes ni después de ella. Si no de qué iban a hacer esos matados una norma estúpida como esa, sabiendo, como sabrían, si fuera el caso, que no les iba a salir gratis.

Me he apuntado a todas las campañas anti-Ley Biden-Sinde y me apuntaré a todas las que se inicien de aquí a allá, pero lo he hecho, lo hago y lo haré sin fe y sin entusiasmo, como quien cumple un deber insoslayable, como -salvando todas las distancias- el soldado que se apresta a defender la trinchera en la completa seguridad de que va a palmar en el empeño y de que, además, cascar ahí como un idiota no va a servir para una puñetera mierda. Así que, a ver qué vida, la munición a mano sobre el parapeto, el botellón de coñac del malo a los pies, el cigarrillo en la boca más mascado que fumado y a esperar a que vengan y que sea lo que haya de ser.

Vamos a ser claros: por vía electoral no les vamos a joder. Primero, porque tienen fondo electoral suficiente entre los ciudadanos no conectados (o a los que, estándolo, les importa tres cojones la Red, que los hay, y no pocos) y, segundo, porque aunque el activismo en Red se movilice como un sólo hombre -que no me lo creo ni viéndolo-, es numéricamente incapaz de ahogar al primer grupo. Y hasta hay un tercero: mientras, ya materialmente a pie de urna, nos dejemos llevar por el voto llamado útil (¿para qué votar a esos pequeñitos si no va a ser vir de nada?), tampoco saldremos de ahí. Tienen controlado el sistema y todo lo que sea nadar en sus aguas putrefactas es exponerse a una segura intoxicación.

Además: no se hacen revoluciones con Twitter. Lo que manda hoy, todavía, es la calle. Hasta Dans lo ve claro. Impresionan más diez mil tíos en la calle que tres millones en Red jurando que van a votar… ¿a quién? Si es que al final, caemos en la dialéctica de los escolares y de los menéames, en el herrumbroso, manido, apolillado y mohoso discurso de las derechas y las izquierdas. Repetimos hasta la asfixia que todos son iguales, pero después somos incapaces de superar esa dualidad cuya falsedad todos propugnamos.

Así nos luce el pelo.

La solución nos la están dando al sur del charco, donde las revoluciones las han montado con Twitter y con Facebook pero las han realizado en la puta calle oponiendo cojones a blindados, no oponiendo chillidos histéricos a cierres de páginas. Es así como se hacen las revoluciones y no con mariconadas.

¿Que lo del sur del charco es un exceso? ¿Que, hala, Cuchí, cómo te pasas?

Po fueno, po fale, po malegro.

Y a tragar Ley Biden-Sinde como está mandado.

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Comentarios

  • Martín  On 07/02/2011 at .

    Qué curioso, hoy se me ocurrió publicar algo en mi blog después de tenero abandonado bastante tiempo y siento que me motivó lo mismo que a tí en este post: La frustración, la bronca, la impotencia…
    Hay unas cuantas actividades convocadas en los próximos días. A ver si alguna de ellas da en el clavo con la convocatoria y junta más de 100 personas…

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