Otros que se caen

De la serie: Correo ordinario
…Y no olvidéis el atropello yanqui: #rojadirecta

Ayer por la noche participé en el programa Tertúlia Digital, de la cadena barcelonesa de emisoras locales COM Ràdio, con el recurrente motivo de la Ley Biden-Sinde. El programa tuvo para mí la particularidad de haber sido el más largo de los que he participado en medios audiovisuales: el récord estaba en media hora (generalmente en la radio, aunque el televisivo Àgora de hace una semana tuvo esa duración) y lo de ayer sobrepasó algo los 50 minutos netos. Aunque hubo que repartirlos entre mucha gente -tres invitados y cuatro o cinco tertulianos de plantilla-, la verdad es que la cosa dio para mucho. No para todo, porque inevitablemente siempre se quedan cosas en el tintero, pero sí que realmente para mucho.

Quedaron en el tintero, por ejemplo, las particularidades del mundo editorial (libros) en relación con el de la música y el cine, siempre en el entorno de las descargas dichosas, y se apuntó muy fugazmente el tema de la monetización de diarios en Internet: la pregunta, como siempre, era: ¿cómo se puede hacer pagar por lo que se obtiene gratis? Bueno, aparte de que esa pregunta obtiene respuesta, no fácil, pero la obtiene, en cuanto uno deja la mentalidad analógica y se olvida del modelo clásico (con mentalidad analógica y modelo clásico de tanto por copia, evidentemente, no se obtiene respuesta alguna), me hubiera gustado extenderme en el tema de la prensa porque la prensa tiene una problemática aparte. Mejor dicho: no aparte, sino añadida.

Estos días circulaba por la red la noticia de que sólo un 30 por 100 de los profesionales de los medios de comunicación está de acuerdo con la línea editorial del medio con el que trabaja. Dicho en palabras crudas y claras: el 70 por 100 de los periodistas es la voz de su amo. Nada que reprocharles, ya se dice en el mundo taurino que más cornadas da el hambre y todos nos vendemos, de alguna manera -el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra-, pero el dato marca un estado de cosas que explica muchas otras. Porque una cosa es una línea editorial que marque tendencia -ya se sabe que «ABC» es de derechas y monárquico, que «El País» es… bueno, ya sabemos lo que es «El País» o no, yo qué sé, que «Público» es de una especie de metaizquierda zapaterista, etcétera, etcétera- y otra muy distinta es poner a los periodistas a trabajar prácticamente al dictado.

Se suele atribuir el derrumbamiento de ventas de los medios de papel a Internet. Es, también, un argumento recurrente, como el de las descargas, y cierto, pero falaz. Falaz porque se pretende dar una imagen de Internet como antisocial en tanto que sustituye la maravillosa e imprescindible labor de los periódicos; cierta porque, efectivamente, es así, los ciudadanos en Red tendemos a abandonar los periódicos y buscar noticias, comentarios, opinión, documentación, interpretaciones y demás, en otros puntos de Internet.

Lo cierto es que nunca como ahora se había visto a los medios de comunicación tan manipulados. Probablemente lo estuvieron siempre -aunque se me da a mí que no tanto- pero nunca se había visto con tanta claridad como ahora, quizá porque en Internet encontramos lo que el papel nos oculta y ahí constatamos que cada vez es más y más importante. Últimamente vimos, por ejemplo, cómo se intentó disimular la trascendencia de lo que estaba sucediendo en Túnez, hasta que la evidencia hizo inevitable referirse a ello con una cierta atención. Y no sólo a nivel español: Europa entera tuvo miedo del contagio, precisamente cuando el personal -salvo en España, como queda reiteradamente dicho- está levantisco a más no poder. No puede ser menos: en la inmensa estafa que hemos sufrido los ciudadanos por parte del poder financiero, las mentiras y las cortinas de humo de los medios de comunicación han sido determinantes.

En Islandia, por otro ejemplo, ha habido otra revolución. Y de las gordas; no tanto por su luctuosidad -que, caceroladas y manifestaciones aparte, no ha pasado nada- como por el hecho de tratarse de un pais en el entorno político europeo. Allí las cosas han ido desde negarse los ciudadanos a pagar de su bolsillo la deuda hasta las detenciones de banqueros y altos ejecutivos financieros, pasando por un proyecto de cambio constitucional cuya ponencia ha estado integrada por medio millar de ciudadanos independientes hasta llegar a una normativa de protección de la libertad de expresión e información que hará de este país un baluarte para esas libertades y una base segura para periodistas, para fuentes y para proveedores de Internet perseguidos en otros países democráticos o no. De todo esto, si no andas por la Red, no te has enterado.

Incidentalmente: cositas como estas son las que hacen sospechar de un más que posible bifidismo intencional de la Ley Biden-Sinde, porque la pregunta de por qué se empeñan en una ley que no va a funcionar (y hasta las pocas porteras que quedan saben cómo se va a hacer para puentearla), de por qué tanto follón por doscientas páginas no ha sido aún contestada.

Casos más anecdóticos, pero de indudable importancia por su ejemplaridad y por la [justificadísima] alarma social que pudieran causar, se ocultan también sistemáticamente. Ahí tenemos el caso de José Luis Burgos, quien, víctima de un trapicheo del Banco de Santander con su hipoteca -se habla redondamente de «estafa»- está planteando una feroz resistencia a las puertas de la oficina de dicha entidad que armó el follón. Aquí hay mucha información sobre ello.

No, el problema de la decadencia de la prensa escrita no es la adaptación a una nueva tecnología. Que también, por cierto. El problema de la prensa escrita está en unas editoriales que son correas de transmisión del poder y no siempre del poder político sino, con muchísima más frecuencia, del poder financiero en relación con una ciudadanía cada vez más conectada y que, por ello, cada vez va descubriendo más la trampa y el cartón. Lo hemos visto también -lo estamos viendo aún ahora mismo- en el tratamiento que el papeleo ha dado al pacto de canallas que ha resucitado a la Ley Biden-Sinde en el Senado, en la coordinación -burda a más no poder- de medios y personajes para ningunear a la ciudadanía en Red («son cuatro gatos», «no representan a nadie», «narcotraficantes», «ladrones» y otras chorradas similares). Incluso, avergonzados en sus prestigiosas cabeceras, han tenido que hacer dar la cara a tontos útiles ensoberbecidos por el dineral que les regala, por ser productitos de fútil y vacuo lujo, la industria. Nada más patético. También se lo dijeron al embajador norteamericano (en este caso ya no los tontos útiles, sino los cipayos a sueldo), pero parece que éste no tragó y le dijo a la jefa que aquí el tema internauta era cosa cuando menos bastante seria. Es lo que pasa con los embajadores norteamericanos: se fían poco de los periódicos y mucho más de lo que ven (o de lo que creen ver, que esa es otra).

El problema de la prensa papelera con Internet no va a solucionarse a base de diseñadores web que pergeñen maravillas digitales; el problema de la prensa papelera subyace en sí misma. La prensa, o es independiente -aunque no sea ideológicamente neutral- o no es. Y a partir de aquí, nosotros, los lectores, los ciudadanos, los usuarios, improvisaremos y buscaremos nuestras propias fuentes, sobre todo porque las hay en abundancia.

Y los medios, que provean. Les va la vida en ello.

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