Dos de rémoras… y un invitado

De la serie: Los jueves, paella

El Estado español mantiene muchas rémoras: la economía sumergida, el cine, la Iglesia católica y el fútbol. Entre otras. La crisis económica es de caballo -la más severa que se recuerda en los últimos treinta años o quizá aún más-, pero aquí nunca faltan unos cuantos miles de euros -a veces, centenares de miles de euros- para producir una película que va a ser un claro fiasco de taquilla, lo que, dicho en román paladino, que no interesa una mierda.

Lo de la economía sumergida es un verdadero escándalo: entre facturas sin IVA, trabajadores sin seguro -oficialmente autónomos– y demás corruptelas, resulta que andamos con un euro negro por cada cuatro blancos. La Agencia Tributaria farda estos días de que en el ejercicio del año pasado levantó la camisa del fraude a diez mil millones de euros. Buena noticia, desde luego, y meritoria labor de inspección fiscal. Lo malo es que esos diez mil millones apenas son el chocolate del loro. Y lo son porque se persigue a los pequeños, a profesionales y autónomos -autónomos de verdad- que esconden una cierta proporción de sus ingresos -facturas virtuales, o sea, sin IVA, consultas médicas, jurídicas o de cualquier otro tipo de asesoría que se escaquean, bien camufladas en la confidencialidad de los despachos, etc.- pero no se va a las tramas gordas de dinero negro -narcotráfico, especulación- porque, seamos claros, constituyen la verdadera sangre que circula por las venas contables de los grandes bancos. Hasta que no se meta mano ahí, todo serán pequeñas y útiles, pero insuficientes, decenitas de miles de millones.

El cine y la Iglesia son ejemplos recurrentes, en un país teóricamente inmerso en el libre mercado, pero un libre mercado abarrotado de excepciones: la excepción cultural, que permite subvenciones acojonantes a una ingente cantidad de fiascos (detectados, además, en varios casos como verdaderos fraudes), que ha puesto bajo escandallo el precio de los libros, que permite a las sociedades de gestión que recauden a viva fuerza pasta de todos los españoles…; o la elíptica excepción eclesiástica constituida por un concordato preconstitucional práctica y alevosamente por un par de semanas -e inconstitucional a todas luces- que le permite a la Iglesia católica hacer lo que le dé la gana en muchísimos temas, destacando entre ellos el inmobiliario, para el que goza de un derecho de pernada que ya quisieran Florentino Pérez o Emilio Botín, por citar a dos de los que no pueden quejarse mucho en materia de derechos de pernada. Aquí tenemos un ejemplo de cómo un pueblo entero, con su consistorio a la cabeza, tiene que pleitear contra la Iglesia -con muy mal pronóstico de resultados- para conservar o recuperar su propio patrimonio. Y es sólo un ejemplo de muchos que podrían ponerse. Supongo que tendrán que arrebañar con todo lo que puedan para pagar las indemnizaciones que en todas partes -menos en España, qué curioso- les están cascando por el asuntillo este de los curas pederastas, que, lejos de ser dos o tres casos aislados, parece que han constituido una verdadera epidemia.

Bueno, pues como no teníamos bastante con la farándula y con el clero, ahora tenemos otra excepción con el balompié, vulgo fútbol. El fútbol nos cuesta muchísimo dinero a los españoles. Los que creímos que la ingente millonada que el tesoro público desembolsó años ha para sanear los clubs de fútbol y convertirlos en sociedades anónimas era el último dinero público que iba a [mal]gastarse con la mierda esa de la pelota, pecamos de inocentes pajarillos. Nos olvidamos -sólo para empezar- de la Federación española de la cosa, con sus fastos y sus pompas, y de la subsiguiente selección nacional de fútbol. Que no comprendo por qué cojones me hacen pagar a mí una selección nacional de fútbol (o de baloncesto o de masturbadores de ostras, de lo que sea). El que quiera vicios, que se los pague.

Además -y aunque sea una cuestión coyuntural no es menos dolorosa- resulta que, también del bolsillo público, que se nutre del mío y del de todos, tengo que aguantar que la selección de fútbol se vaya a cumplimentar al papa de Roma, todo y sobre todo porque el presidente de la Federación resulta que es un señor de mucho cirio y mucha misa y resulta que el tío -con mi pasta, no lo olvidemos- tiene que pasear la copa esa que ganaron el verano pasado por todas las vírgenes del mundo y, finalmente, llevársela al señor ese de blanco que nunca quiere condones salvo que le dé la pájara y diga que sí, que si es con putas, vale. Porque ni que decir tiene que todo el paseo copero-mariano con traca final y fin de fiesta en el Vaticano, se produce embarcado en un avión -cuando no más de uno- abarrotado de vividores, enchufados y demás gorrones que circulan con todos los [muy suntuosos] gastos pagados.

Pero bueno, lo del párrafo anterior -siendo dolorosísimo y más con la que está cayendo- es, como he dicho, coyuntural: un día u otro vendrá otro señor que en vez de a las misas será aficionado a los cabarets y veremos entonces por dónde hará circular -siempre pagando nosotros, claro está- las copas, los jugadores y el long tail de gorrones.

Lo lacerante es que los clubs balompédicos -de la mayoría de cuyos administradores habría que decir cosas de las de código penal- tienen una deuda con Hacienda bestial: deben la friolera de 600 millones de euros (con lo que cabe temer lo que pueden deberle a la Seguridad Social). Con el Instituto Astronómico de Canarias a punto de poner en la calle a un montón de excelentes investigadores -que de eso vamos sobrados, ya se sabe, y dicho sea por simple ejemplo- la Agencia Tributaria -esta que el año pasado rescató diez mil millones de su oculta negrura- tolera que esos tipejos le deban 600 millones y se queden tan panchos. Y no sólo eso. Resulta que esos tíos se permiten hacer[nos] chantaje: si se acaba el fútbol en abierto pagarán parte (200 millones, ni siquiera todo) de esa pasta. Que conste que la petición intrínseca de que se acabe el fútbol en abierto no sólo no me produce ninguna angustia sino que cuenta con mi más entusiasta apoyo y mi aplauso a rabiar: al fin y al cabo, se trata de un puro y simple negocio sin ningún interés público. Que guste a millones de personas no le confiere automáticamente la categoría de interés público; y si así fuera, hablemos entonces de la pornografía, de la que puede decirse exactamente lo mismo. Pero aún siendo justa y digna de consideración esa aspiración de los clubs, lo que no puede tolerarse es que se use como un chantaje: miren ustedes, primero pagan lo que le deben al Fisco (y, en su caso, que será caso, a la Seguridad Social) o van al puto presidio de un puntapié en el trasero; y después, cuando hayan saldado sus cuentas, hablamos de lo otro.

La tolerancia que existe en este país con intereses que, valga la redundancia, no son de interés general y en muchísimos casos entran de lleno en lo fraudulento, es, sencillamente, alucinante y de todo punto indignante. Y, encima, sobrevive a gobiernos y a partidos.

Por algo será.

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Tengo que volver de nuevo a una cuestión que incluso entre los habituales de esta bitácora levanta polémica: Cataluña, los dineros, la incardinación de Cataluña en España y un etcétera que esta vez no va a pasar, necesariamente, por el tema de la lengua, pero tantas otras veces, sí.

Ayer, en el Parlamento catalán se produjo un hecho inaudito: Alicia Sánchez-Camacho, portavoz del PP, reconoció ayer que el endeudamiento catalán no responde a una situación de privilegio sino a la satisfacción legítima de una necesidad. Cómo estará el patio para que doña Alicia, que tantas veces parece una fiel discípula estilística de la Espe, adopte una postura tal que, además, provocará de buen seguro rebotes en su propio partido. Dentro y fuera de Cataluña. A lo mejor es que está preparando una migración, le tienen preparado ya un aposento en CiU y lo de ayer fue su paloquemequedaenelconvento. O puede que no, puede ser que la evidencia de lo necesario de este endeudamiento sea tan clara e indiscutible que hasta la feroz Camacho haya pasado por ahí.

Se me han adelantado muchos medios y muchos comentaristas a decirlo (aunque ya hice una referencia al asunto en la última paella): estamos ante una reedición del café para todos, pero en una época en que la anticatalanidad es más rentable que nunca. Que no nos hubiera pasado nada como el triste Zap no hubiera necesitado a CiU para sobrellevar a trancas y barrancas el año de calvario que le queda.

Pero eso no obsta para seguir reiterando lo que dije la semana pasada: el café para todos es un craso error que nos ha costado muchísimo y muy necesario dinero a todos los españoles y que se hace lacerante en momentos como este. Ahora, por ejemplo, el cutre Zap se ve obligado a permitir endeudamientos a otras autonomías y, quizá, municipios. Y con la que está cayendo, averigua a dónde irá a buscar el dinero.

El café para todos parte de dos errores básicos: el primero, generalizar un estado autonómico que no debió afectar más que, a lo sumo, a cuatro autonomías (y mantengo mis dudas sobre dos de ellas, pero no vamos a discutir ahora por eso) y que, además, muchas de ellas nunca quisieron ni, consecuentemente, reivindicaron; el segundo error fue el de establecer la llamada solidaridad interterritorial como algo permanente y con vocación de perpetuidad, cuando debió ser algo similar a los fondos de cohesión europeos: una oportunidad para las comunidades nacientes de crear dinámicas propias de desarrollo que, pasado un plazo prudencial, ya no necesitaran esos fondos. Como consecuencia de ese segundo error, la mayoría -repito: la mayoría- de comunidades autónomas han demostrado o bien que se han apalancado con el modelo o bien, más sencilla y probablemente, que no son viables en tanto que autónomas. Y que no se escandalice nadie por esta afirmación porque, sin ir más lejos, es aplicable a miles de municipios -algunos centenares de ellos en la propia Cataluña-: España sufre una atomización municipal de mil pares, el número de municipios es a todas luces excesivo y muchísimos de ellos son económicamente inviables, es decir, aún sumada su propia riqueza a las transferencias corrientes estatales y autonómicas no pueden subsistir de manera independiente. Las agregaciones municipales -aún por vía forzosa- son una necesidad de equilibrio territorial y de simple y pura viabilidad económica que puede calificarse sin temor a exagerar, de perentoria. Pues lo mismo cabe decir del mapa autonómico.

Cataluña vuelve, pues, a estar en la picota. Siete años de rasta en el poder nos han pasado a los catalanes una factura enorme que sólo se ha podido generar en la debilidad de un lamentable Zap que ha tenido que pasar también por su propio tripartito parlamentario para ir tirando. Y cuando se ha tratado de ir tirando no se ha mirado el precio, la casa es potente y no repara en gastos. Pero la factura, como los cargos de la VISA, es impepinable y siempre acaba presentada a cobro. Y, como ya previene la ley de Murphy, siempre en el peor momento.

Lo cierto es que, póngase quien se ponga como quiera ponerse, el riesgo para el propio Estado español de una Cataluña en suspensión de pagos es, sencillamente, inadmisible. Con Cataluña en suspensión de pagos, la quiebra del entero Estado sería de todo punto inevitable. Y esto lo sabe todo el mundo, que no venga aquí nadie con tonterías.

Pero no todo el problema ha sido el derroche de la rasta y la colaboración en él del conjunto sociata español: en Cataluña pervive el problema de la financiación. El Estatut -el nuevo- no lo solventó, su recorte parlamentario, menos, y para acabarla de joder, parió el Constitucional. El golpe del Constitucional fue durísimo. Eso quizá no se comprenda fuera de Cataluña, pero fue durísimo y, más allá de si en la manifestación del día aquel hubo un millón o hubo trescientos mil, lo cierto es que la indignación ciudadana y el rebote contra España como conjunto ha subido muchísimos enteros, aún ya pasados unos meses y enfriados los primeros ardores de la indignación. Aquí el independentismo era, hasta entonces, una sectita de cuatro y el cabo; hoy, no es mayoritario, desde luego, pero sí ha ensanchado muchísimo su base. Lo propio puede decirse del nacionalismo, que ya antes estaba muy extendido y hoy no me atrevo a calificarlo de mayoritario, pero poco le debe faltar. Incluso muchísimos ciudadanos que no somos y jamás hemos sido nacionalistas, estamos con un cabreo de capitán general. Si el concierto económico se desvinculara de las veleidades nacionalistas, en Cataluña sus partidarios seríamos no mayoría sino práctica totalidad. En todo caso, la desafección a lo que es y a lo que significa la palabra «España» se ha extendido muchísimo en amplias capas de la sociedad catalana. Incluso en algunas de las más insospechadas. Al loro con las declaraciones de ayer de Jordi Pujol (en catalán): «La relación entre España y Catalunya nunca había estado tan mal e irá a peor». Yo no las dejaría caer en saco roto.

El sistema autonómico no sirve (ni a Cataluña ni creo que a España) tal como está diseñado. Por tanto, hay que redefinirlo; pero si no se quiere redefinir, la exigencia catalana de un concierto económico como el que gozan el País Vasco y Navarra irá in crescendo hasta convertirse en una reivindicación sine qua non.

Creo, lo he dicho muchísimas veces, que España es un proyecto posible y deseable, pero aún por hacer. Lo que verdaderamente me preocupa, es que a esta idea mía le acabe pasando como a otras que tuve. En otros tiempos, creía en unas determinadas cosas; y no es que me haya desengañado de ellas: las sigo tomando como genialidades que fueron y las aprecio en su altísimo valor intelectual. Pero… fueron arrasadas por el tren de la Historia, que las ha hecho totalmente impracticables, inviables. Injustamente, si se quiere, pero despiadada… e irreversiblemente arrasadas. Ahora, con cincuenta y cinco tacos encima, sé que las ideas, los proyectos, tienen también fecha de caducidad, con el inconveniente añadido de que no consta en ninguna parte. Tal día caducan y tararí que te vi.

Que no le pase eso a la idea de un sugestivo proyecto español.

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Para terminar, voy a haceros trampa. Porque trampa es transcribir una entrada entera de un blog o un artículo, en vez de colocar un simple enlace y ya lo leeréis si os da la gana, que aquí a lo que venís es a leerme a mí. Pero, de verdad, comulgo tanto, tanto, tanto, con esta carta al «Diario de Navarra» de Jesús Sanz Astirraga, que me sorprende no haberla escrito yo. Aunque, en cierta manera, a mi propio estilo, la he escrito y no solamente una vez. Lo he pillado de la más que recomendable bitácora «Controladores aéreos y otras hierbas», de Cristina Antón.

Ahí va:

Hay un problema laboral del colectivo de controladores aéreos que afecta al 1,2% de la población española (600.000 personas) y casi todos saltáis como energúmenos pidiendo hasta el linchamiento de ese colectivo cuando el día anterior hacen otra reforma del sistema laboral más restrictiva, quitan los 420 euros de ayuda a 688.000 parados que están en la ruina y anuncian cambios drásticos a peor en la ley de pensiones que afectan al 80% de la población y nadie se indigna ni dice nada. ¿Sois idiotas?

Estáis pidiendo a gritos al Gobierno que se apliquen medidas que quitan el derecho a la baja laboral, a los permisos retribuidos y a las horas sindicales, sacar militares a la calle ¿sois idiotas?

Estáis leyendo que mintieron en los vuelos de la CIA, en el caso Couso, que González era la X del GAL, que gente del PP cobraba de la trama Gürtel, que hay políticos que cobran más de 230.000 euros al año, pero que nos cuestan más de 3 millones de euros, que la corrupción en la política no es excepción, sino norma, que ellos mismos se adjudican el derecho a cobrar la jubilación máxima con pocos años en las Cortes y a nosotros nos piden 40 de cotización, banqueros que consiguen del gobierno medidas duras contra los trabajadores y que tenían que estar en la cárcel por delitos demostrados de fraude fiscal y no decís nada, os quitan dinero para dárselo a esa gente que cobra cientos de miles de euros año, especula con nuestro dinero, defrauda a Hacienda y seguís callados ¿sois idiotas?

Tenéis una monarquía que se ha enriquecido en los últimos años, que apoya a los poderosos, a EEUU, a Marruecos y a todo lo que huela a poder o dinero, hereditaria como en la Edad Media ¿sois idiotas?

En Inglaterra o Francia o Italia o Grecia o Egipto o Marruecos o en otros países, los trabajadores y los jóvenes se manifiestan hasta violentamente para defenderse de esas manipulaciones mientras en España no se mueve casi nadie ¿sois idiotas?

Consentís la censura en los medios de comunicación, la ley de partidos, la manipulación judicial, la tortura, la militarización de trabajadores sólo porque de momento no os afecta a vosotros ¿sois idiotas?

Sabéis quién es toda la gentuza de las revistas del corazón, futbolistas supermillonarios pero jamás escucháis a nadie como Saramago o Chomsky u otros mil intelectuales veraces y comprometidos con vuestros problemas ¿sois idiotas?

Si mucha gente responde sí, aún nos queda un poco de esperanza de conseguir acabar con la manipulación de los políticos y poderosos.

Si la mayoría contesta no, entonces estamos jodidos.

Jesús Sanz Astirraga

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Pues hasta aquí. Misión nuevamente cumplida para este segundo jueves de febrero. El próximo será el día 17 y, bueno, a ver si sigue esta estabilidad y la paella vuelve a ser servida a su debida hora.

Hasta entonces, nos vamos viendo por aquí.

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Comentarios

  • Jordi  On 10/02/2011 at .

    Déu n’hi do.

  • protestavecino  On 10/02/2011 at .

    Triste situación, de lo que se llamo España.
    Lo de los controladores, fue el ensayo de lo que nos preparan a los funcionarios.
    Las autonomías…, los conciertos…, pero no piensan que otros podamos pedir lo mismo y si no lo conseguimos y seguimos perdiendo a favor de los de siempre, puede ser que también usemos los mismos métodos para conseguir lo mismo.
    La lectura del B.O.E., es fiel reflejo, del reparto de prebendas a grupos políticos y “empresarios”.

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