Perdiendo el futuro

De la serie: Correo ordinario

Desde anteayer, si me pinchan no me sale sangre digital. No, no por la Ley Sinde de Rajoy, enjuague que ya estaba perfectamente previsto, sino por las declaraciones de la consellera catalana de Enseñanza, Irene Rigau, en el sentido de que suspendía el plan 1×1 de digitalización de las aulas y de que hay que volver al libro de texto.

Hoy, esta mañana, he intervenido en dos emisoras de radio (Ràdio 4, canal catalán de RNE, presencialmente, y COM Ràdio, la cadena de emisoras locales de la Diputación de Barcelona, telefónicamente), en las dos para hablar de la Ley Sinde de Rajoy, pero, en ambos casos, los conductores de los respectivos programas (a partir del minuto 12,40, en el segundo enlace) me han preguntado por la decisión de Rigau, cosa que me ha sorprendido muy gratamente, porque las declaraciones de la consellera son, en efecto, muy preocupantes.

Pero vayamos por partes.

Yo fui muy crítico en su día –en esta misma bitácora y en cuantos medios de comunicación tuve en su momento oportunidad de intervenir y de meter este tema- con el programa de digitalización que ha acabado denominándose «1×1», no por la voluntad digitalizadora sino por el hecho de que se había hecho deprisa y corriendo, con precipitación clara y notoriamente innecesaria y que, como siempre, lo que había detrás de todo el asunto era lo de siempre, el negociete de unas cuantas marcas y el tinglado de las editoriales del libro de texto, transformado a su versión digital. Los de la rasta criticaron en su día, con toda la razón del mundo, lo del tresporciento, pero sólo diez minutos antes de apuntarse al mismo invento con idéntico o aún mayor entusiasmo. Nada que deba sorprender, ya conocemos a la clase política.

Cuando Rigau habló de poner fin al 1×1 porque no hay pasta en el cajón, lejos de preocupame, pensé que no hay mal que por bien no venga, y que esa ruina económica tendrá el proyecto en el congelador el par de años necesario para que toda la comunicad educativa -profesores, alumnos y padres- se mentalice de que la digitalización supone una pedagogía nueva y distinta, se prepare profesionalmente para ese nuevo entorno y nos habituemos a la idea de que la educación ha cambiado, como va a cambiar la propia sociedad, la propia economía y quizá también la propia política del mundo que verán nuestros hijos. Lo que me cortó la respiración, en cambio, fue la reivindicación del libro de texto tradicional.

De uno cualquiera de los memos que habitualmente tenemos encumbrados en el mundo de la política no me hubiera sorprendido la cosa. Simpemente, hubiera pensado que ahí tenemos al típico vendepatrias sobornado por la industria del ramo y me hubiera indignado, pero de otra manera y, sobre todo, por otras razones. Pero Irene Rigau no responde a ese perfil: es una rara avis de política con un perfecto curriculum profesional del ámbito que trata; Rigau ha sido educadora infantil, de secundaria y profesora universitaria; su expediente político, además, se ha desenvuelto en buena parte dentro del mundo de la educación. En otras palabras: no es una lerda en la materia. Y siendo así que no lo es, no se entiende cómo puede soltar un despropósito tan grande, cómo puede hablar en serio de volver todo el mundo educativo al modelo analógico y tradicional, cuando en todos los ámbitos sociales ya está claro que el mundo analógico y tradicional está saltando en pedazos y, es más, eso ya no es siquiera lo que preocupa porque lo que inquieta, en todo caso y en su caso, es el diseño de la situación -digital, por supuesto- que habrá de sustituir a ese caído mundo analógico. Ni siquiera me puedo creer que sea un brindis a la industria del libro de texto; no a ese precio de prestigio profesional; además, las editoriales estaban inmersas en la cosa esa del libro de texto digital y no parece que vaya tampoco a sentarles muy bien ese regreso al pleistoceno.

Precisamente a finales del pasado verano, cuando regresamos de vacaciones con el 1×1 en el gañote, se produjo -entre muchos otros- el debate del libro de texto y en muchos ámbitos educativos conocedores de la Red se comentó que lo del libro de texto digital era una imbecilidad para mantener el negociete editorial porque en el ámbito digital no hace falta libro de texto de ningún tipo, ni de papel ni electrónico. Por eso decimos que se trata de una pedagogía nueva. El libro de texto digital es la pedagogía tradicional pintada de verde, como el pedo del chiste, igual que cuando hablo de que en las administraciones públicas estamos abarrotados de ordenadores… que utilizamos como máquinas de escribir que hacen más cosas (lo que no hace a la Administración propiamente digital) o cuando me refería a aquellos empresarios de hace quince o veinte años que creían -que creían de verdad- que informatizar la empresa era ponerle un ordenador a la secretaria.

Por supuesto que los niños y jóvenes deben dominar el lenguaje -y, en él, ciertamente la ortografía- porque nadie pretende, señora Rigau, que usando el corrector gramatical del tratamiento de textos esté solucionado el tema ortográfico ni mucho menos otros problemas en el uso del lenguaje. Para la prueba, basta con coger un periódico cualquiera y leer las barbaridades ortográficas, sintácticas, lexicográficas y expresivas que se escriben con todos los correctores ortográficos del mundo (y cuyos becarios, por cierto, aprendieron -si tal puede decirse- con libros de texto tradicionales). Y los niños y jóvenes deben conocer la historia, y la literatura, y las mátemáticas, y la física, y la química, y la filosofía, y la geografía, y las ciencias naturales (y, ya de paso, algo de latín, si no es mucho pedir) y todo lo demás, lo llamen ahora como lo llamen. Pero para ello no hay que volver al libro de texto, ni digital ni arbóreo. Simplemente hay que diseñar y aplicar una nueva metodología donde aprendan todo eso en relación al medio tecnológico en que van a tener que desplegarlo de mayores y hacerlo desde ese medio tecnológico que va a ser su mundo. No es una cuestión de que haya aula informática en el cole, señora Rigau. Al contrario: el aula informática debe desaparecer, no es más que un gadget de la escuela analógica, y la escuela analógica -cuanto antes lo comprenda, mejor para nuestros hijos- ya no tiene lugar en el siglo XXI.

Que no pueda pasarse de la escuela analógica a la digital de la noche a la mañana ya es otra cuestión en la que, si usted la sostiene (que, en realidad, no sé si la sostiene), tiene razón. Pero esto es lo que tantos padres críticos -es decir, dejando aparte a los pasmados que tragan con lo que les echen, sin más, que desgraciadamente son la mayoría- decíamos en septiembre pasado: nadie rechaza la digitalización del cole (¿usted cree que precisamente yo iba a estar contra la digitalización escolar?), lo que queríamos -y seguimos queriendo- es que se haga por pasos medidos, con tranquilidad, planificando cada paso, en un programa de dos o tres años, basado en grandes inversiones en formación del profesorado y en estudios de prospectiva a medio y largo plazo porque, señora Rigau, no sé si usted o sus técnicos han pensado en ello, pero la digitalización acabará cambiando incluso la morfología de los centros. Lo que hay que averiguar es en qué sentido conviene o va a convenir hacerlo. Pero el cambio, lo que es un cambio severo, puede darlo por hecho.

Hay otro problema añadido: usted ha detenido el programa de digitalización y ha proclamado la vuelta al libro de texto celulósico, pero en el resto de España, sin embargo, sus colegas autonómicos no están por la labor, según cabe deducir del hecho de que estén exigiendo al Gobierno el mantenimiento de la financiación para los programas de digitalización escolar (que insisto, critico muy enérgicamente tal como se han planteado, pero no en su intención de fondo). Si esa digitalización sigue adelante, quizá -sólo quizá, no crea que soy muy optimista- puedan llegar a ver claro y reformular el proceso a sus correctos parámetros y entonces… ¿Qué pasaría con Catalunya, señora Rigau? ¿Tendríamos a toda una generación reducida a ser competitivamente colista del resto de España (y no digamos de Europa)? ¿Qué panorama social, político y económico le esperaría a una Catalunya ubicada en el furgón de cola tecnológico de España?

Le voy a rogar que recapacite, que no se deje llevar por ideas anticuadas, que no se deje aconsejar por quienes, ignorantes de las tecnologías y temerosos de los cambios que ya están conllevando ahora mismo, le están vendiendo que esto de los ordenadores es cosa de geeks o de cuatro gatos como dice el triste Lasalle. Lo que nos estamos jugando ahora mismo, es muy importante y quienes lo van a ganar o a perder son nuestros hijos. No permitamos que queden atrás. No nos haga esto, señora Rigau.

Hay un futuro que ganar.

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