23-FFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF

De la serie: Los jueves, paella

Ayer se celebró con toda pompa y boato el 30 aniversario del golpe del 23-F. Ni que decir tiene que el inevitable Zap se colocó en primera fila escenificando lo que supongo su enésima frustración: no vivió activamente la transición, porque era un chiquillo, y no tuvo nada que pelar durante el 23-F porque era un mindundi de poco más de 20 años, pero eso no le privó de impartir doctrina -su nada peculiar doctrina de lugares comunes políticamente correctos- y de hacer tres o cuatro tonterías, la más cualificada -y más indignante- de las cuales fue negarse a responder a una pregunta en el parlamento porque era la fecha que era. Vaya por Dios, a estas alturas con fiestas de guardar. Madre mía, madre mía, cómo pudimos poner ahí a ese tío -asumo mi cuota de responsabilidad aunque yo no le voté- y, encima, dos veces. Por eso repito en tantas ocasiones que buena parte de la culpa de lo que nos pasa la tenemos nosotros.

En mi casa constaté otro fenómeno curioso (que, en realidad y bien mirado, no es tan curioso): mis hijas, mirando el asunto por la tele como si fuera -que, más o menos, lo es- un documental sobre la guerra del 14. Para los chavales jóvenes, las efemérides que tanto gustan a los forofos de la memoria histórica son batallitas del abuelo Cebolleta. Obviamente, son bastante más realistas que sus generaciones precedentes o, bueno, que los gilipollas destacados de generaciones precedentes, ahí sí que no me hago cargo de cuotas alícuotas que no me corresponden. Así estando los chavales, que vaya tomando nota el cine español -dicho sea de paso- si aspira [ilusoriamente] a tener algún futuro: mientras hable de guerras, de posguerras y de cebolleteces, los chicos van a pasar de él incluso regalado (es bien sabido que el cine español, aunque muchos idiotas clamen por lo contrario, no tiene problemas de descargas gratuitas).

Pero vamos, vamos con el 23-F, ya que se empeñan.

En lo que a mí respecta -y sospecho que a muchísimos españoles-, el 23-F sólo tuvo de auténtico lo que estrictamente pudo verse. Y nada más. A partir de ahí todo es humo de colores más o menos siniestros. Quién estuvo verdaderamente pringado y quién no estuvo verdaderamente pringado, son misterios ocultos tras grandes cantidades de muy densas nubes tóxicas que no sólo no se han disipado sino que vuelven a lanzarse cada vez que sale el tema. Ayer, por cierto, se gastaron botes en abundancia.

En una entrevista que le hicieron no sé si en prisión o ya excarcelado, Tejero declaró (cito de memoria): «A mí aún me tienen que explicar qué pasó el 23-F». Me lo creo. Me lo creo a pies juntillas. Y creo también -y también a pies juntillas- que la mayoría de los españoles que vivimos aquellos momentos estamos exactamente igual. El monarca comentó ayer que se inventan cosas por ahí, a modo de queja implícita (supongo que porque desde que se levantó la veda dinástica ha habido muchísimas y muy graves insinuaciones sobre el papel de la Corona en aquella ocasión), pero lo cierto es que las mentiras -en su caso- sólo caben donde hay dudas y vacío de datos, donde hay opacidad e intoxicación informativa. El número de trolas siempre es inversamente proporcional a la cantidad de transparencia, así que si alguien se queja del exceso de embustes, que provea, que él puede. Y hablo de información, no de lanzar desvergonzadamente el botafumeiro del sistema, como se hizo ayer y, además, de forma muy burda. Recomiendo muy calurosamente este encuentro digital con Pablo Castellano, porque ahí se dicen cosas muy interesantes (y muy ciertas).

La primera duda ya vino en aquellos mismos momentos. Sobre las 18:20 Tejero entra en el Parlamento y yo me quedé esperando a ver la reacción inmediata de quien fuera. Sí, el Gobierno estaba allí dentro, pero quedaban más altos funcionarios y, sobre todo, quedaba el rey. Porque todo el mundo sabe que, cuando se produce un golpe de Estado, los primeros momentos son vitales. Pero pasan los primeros momentos, los segundos y los terceros y no se observan movimientos firmes. ¿Y el rey? Nos explican que el rey está llamando a los capitanes generales. Bueno, a ver, que yo me entere: ¿es el rey el que está llamando a los capitanes generales, oye a ver qué pasa, qué plan tienes, qué piensas hacer, y no al revés? Porque lo normal, en los usos y costumbres castrenses y en la fidelidad al mando, a la Constitución y a la Biblia en pasta, hubiera sido que los generales llamaran al rey -en tropel, jo, como comunica el teléfono del monarca, la leche- para manifestarle su lealtad incondicional y ponerse a sus órdenes. En vez de eso, los capitanes generales estaban a vérselas venir. Total, que el rey no aparece por la tele hasta las 01:15 del 24 -prácticamente 7 horas después– cuando a los españoles ya no nos quedaba en los intestinos mierda que cagar.

Esa sólo fue la primera. La siguiente es casi mejor: el rey ordena a un golpista [supuestamente] levantado contra él que salga de las calles y que abandone su actitud… ¡y el otro obedece! ¡Sin más! Uy, uy, uy, qué mal huele aquí.

Durante esas siete horas pasaron más cosas curiosas. La autoridad militar por supuesto, no llegaba, o sea que el supuesto nuevo orden empezaba en completo desorden. ¿Qué le había ocurrido a la autoridad militar, por supuesto -también conocida, según supimos posteriormente, como elefante blanco– que no llegaba? A toro pasado, supimos que sí que llegó, que era Armada -nos cuentan- y que Armada iba a decir lo que, en lacónica expresión del capitán Muñecas, iba a ser. Pero Armada no entra en el hemiciclo. Tejero no le deja. Al parecer -todo este follón está lleno de alpareceres– Armada trae una lista de ministrables para un Gobierno de concentración, formada por todos los de la Casta -los de siempre, ya sabemos quiénes- menos uno o dos oficialmente execrables que son, precisamente, los que habían de ser expulsados del paraíso (sin fusilamientos y sin dramas, simplemente puestos sus tinglados fuera de la ley). Tejero, cuando ve la lista, le dice que él no se ha jugado la carrera y la libertad -en el mejor de los casos- para poner ahí a la misma gente que -según él- ha llevado al país al borde del precipicio. Y pone a Armada de patitas en la puta rue. A partir de ahí, claro, todo se desmorona porque el tinglado se ha roto por el eslabón más tonto de la cadena. Bueno, de hecho, el problema es que el eslabón no era tan tonto y el mal fue tomarlo como tal. A Tejero le vendieron que Milans era el líder del asunto, pero Milans no aparecía por ninguna parte. Cómo pudieron convencer a Tejero de lo contrario de algo que era de cajón para muchos españoles, es decir, que Milans del Bosch jamás se levantaría contra el rey, es un misterio. Como también lo es el hecho de que Milans se levantara, cosa que conlleva una pregunta obligatoria e insoslayable: ¿se estaba realmente levantando contra el rey? Más preguntas: si no se levantaba contra el rey ¿quién tuvo el suficiente ascendiente moral, más allá del rey mismo, para convencerle de que el golpe se daba en favor o por orden del rey? La explicación de que Milans era un militarote estúpido no cuela: tenía el DEM (diplomado de Estado Mayor) por los tres ejércitos, lo que, en términos académicos civiles, equivale a sendos doctorados. Y no precisamente honoris causa; ese tío, sería lo que se quisiera, pero de tonto no tenía un pelo. Y Tejero, tampoco lo parece, tal como se produce en las muchas declaraciones que hizo en prensa. Por lo tanto, parece claro -nuevamente los alpareceres– que se les intoxicó de manera tremebunda. Nueva pregunta: ¿quién y en favor de quién? ¿Cuál fue la trola con la que se les embaucó? ¿Quién pudo tener ascendiente sobre ellos para que se tragaran semejante engaño? Sólo en base a esa intoxicación y a ese engaño puede comprenderse que Milans retirara los tanques de las calles valencianas cuando el rey se lo ordenó y se recogiera en sus cuarteles, supongo que estupefacto y boquiabierto.

Estas son las preguntas -obviamente, sin respuesta- que me he planteado yo durante muchísimos años, prácticamente desde pocas semanas después del asunto. Y mientras esas preguntas -que no sólo me las hago yo, sino muchísimos ciudadanos- no obtengan una respuesta satisfactoria, nadie puede quejarse de que se inventen cosas por ahí.

Tampoco hemos sabido qué pasaba en aquellas relativamente frecuentes cenitas en las que participaban el general Armada, el gobernador civil de Lleida y el amigo Múgica, el que posteriormente fue [breve] ministro de Defensa y actualmente -interminablemente- es Defensor del Pueblo (el más nefasto, por cierto, de la mediocre historia de esa institución en España). ¿Fueron ambos cargos un premio por algo? ¿Forman estas cenitas parte de los servicios que engalanan los méritos por los cuales ha llegado a alcanzar tan altas responsabilidades?

En fin, detalles turbios, preguntas sin respuesta, obviedades ocultadas como si no existieran y como si no se vieran… En definitiva, lo que decía al principio: lo único que hay de cierto en todo aquello es lo que vimos por la tele que sucedía dentro del hemiciclo. Lo demás, humo. Como lo de las actas. ¡Venga, hombre! ¿Unas actas treinta años ocultas -y que no dicen prácticamente nada nuevo- y salen ahora? ¡Anda ya! Lo dicho: son burdos hasta intoxicando. Y los civiles no se dieron cuenta, no, de que los taquígrafos y los estenógrafos seguían con su trabajo. ¿Qué está usted haciendo! ¡Ah, tomando nota literal de lo que se dice aquí! Bien, disculpe usted ¿eh? y siga, siga con su trabajo. A otro perro con ese hueso.

A la luz -o, mejor, a la no-luz- de ese ambiente turbio, neblinoso, acre y maloliente, resulta mil veces patético el triste y cutre espectáculo de ayer, particularmente en lo referente a Zap. Mire usted, no le contesto porque hoy es San 23-F y estamos en misa.

Que se vayan a cagar.

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Paella monográfica esta, pero quería concentrar un poco la atención de mis lectores sobre este asunto, una de las más importantes estafas de un período nada carente de ellas. Ni siquiera sentencias judiciales -obviamente poco convincentes, lo cual es también extremadamente alarmante- han arrojado luz sobre episodios tremendos alrededor de los cuales se han montado espesas cortinas de ocultación y de manipulación.

No sabemos -probablemente no llegaremos a saber jamás- la verdad sobre el 23-F, pero tampoco sabemos qué ocurrió realmente en aquel estrambótico asalto a la barcelonesa sede del Banco Central -cosa de chorizos y macarras, números 1 que caen fulminados por un francotirador de la Policía y más humo, y más humo, más humo…- y seguimos sin saber la verdad sobre el tema de la intoxicación aquella que atribuyeron al aceite de colza (un bichito tan pequeño, que si se cae se mata, dijo el ilustre Sancho Rof, a la sazón ministro de Sanidad, y se quedó tan ancho, el tío). Tampoco se ha llegado al fondo del caso GAL -y ahí tenemos a alguien fardando de que pudo haber hecho volar a no sé cuánta gente sin que nadie le pregunte con quién contaba para cometer esa tropelía totalmente ilegal, criminal- y, mucho más recientemente, tenemos el timo de la estampita de la gripe A, sin que nadie haya sido acusado de fraude, ni de estafa, ni de nada. Eso por no referirnos a unas cuantas decenas de casitos de menos enjundia («Ni Flick ni Flock», por esperpéntico ejemplo).

Está claro que lo de #nolesvotes no es, realmente, una operación política, sino una verdadera campaña de salud pública. O limpiamos este patio cochambroso o esto, a la larga -o, quizá, a la no tan larga- acabará mal. Porque toda paciencia, toda pachorra, toda inanidad tiene un límite y este pueblo, el español, a mí me da muchísimo miedo cuando se cabrea y pierde el oremus.

La próxima paella inaugura el mes de marzo, será el día 3, festividad, por cierto de Sant Medir, fiesta grande -con romería y todo, de las de verdad, con caballos y carruajes… como si fuera el Rocío, pero con barretina- en el barrio en que trabajo. Acercándonos, además, a la primavera -la astronómica: la climatológica parece que ya ha llegado, no sé si para quedarse- y al cambio horario que nos adelantará la vida en sesenta minutos a partir del 27. Pero para esto aún faltan semanas y habrá de llover mucho, si no es en sentido literal sí, al menos, figurado. Porque, ojo al 22. El 22, igual nos vamos a reir. Pero, repito, paciencia que todo llegará en su debido momento.

Nos vamos viendo.

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Comentarios

  • Monsignore  On 24/02/2011 at .

    Comme d’habitude, impecable, hijo mío.
    No se puede – recalco lo de no se puede – decir más.

  • alegret  On 24/02/2011 at .

    Lo más misterioso y que nunca se ha investigado del 23-F es la frase que dijo el Rey en la madrugada: “A partir de ahora no me puedo volver atrás”. Sensu contrario, se hubiera vuelto atrás a la mínima que le hubieran ofrecido garantías de éxito, Un Constantino más.
    Una pena, ahora tendríamos una república sin Borbones ni militares.

    alegret.

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