Monthly Archives: marzo 2011

Libios, curas y morrudos

De la serie: Los jueves, paella

Bueno, pues si la semana anterior la paella fue larga y dura como un mal parto, esta semana ha sido todo lo contrario, ha salido como patinando sobre aceite y hace ya dos días que su guión estaba listo, pendiente únicamente de desarrollo (el guión suele ser lo más difícil: consiste en el tema y en su estructura esquemática). Y es que con estas cosas de las musas todo es incertidumbre: o se te giran de espaldas -y los que sabemos del desafío de la hoja/pantalla en blanco sabemos también lo feo que tienen el culo- o te vienen de frente y corriendo. Y no entiendes por qué pasa.

Pero pasa.

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Una de las cosas que me hace más gracia -si así puede decirse- de la guerra civil de Libia (en la que los euroyanquis estamos metiendo las narices todavía no me entero muy bien de por qué) es ver a los milicianos rebeldes alegres como locos tras una victoria, disparando al aire las armas -hay que ver lo que les gusta a los moros poner al fusa haciendo gárgaras al viento- y clamando bendiciones a Alá… como si ellos hubieran sido los artífices de esa victoria. Y de eso nada.

Lo cierto es que, según todas las apariencias y resultados, son una pandilla de desharrapados más o menos numerosa y completamente desorganizada, prácticamente inútil, en conjunto, para todo servicio. Lo que ocurre es que tienen ahí al primo de Zumosol. A las bien armadas y disciplinadas huestes de Gadafi, no les cuesta más que alguna molestia y un poco de munición poner en fuga a esa chusma; lo que ocurre es que en cuanto la chusma resulta con el culo escaldado, aparece el capitán Pepito Martínez montado en su F-18 y empieza a soltar munición de alta tecnología contra el aparato militar gubernamental; el aparato militar gubernamental está, como ya he dicho, armado y disciplinado pero, claro, lo que le echamos encima los euroyanquis es muy sofisticado y caro y, encima, conocemos al dedillo el inventario bélico del dictador, porque se lo hemos vendido nosotros. Y el día que no es el capitán Martínez, es el teniente Blossom o el comandante Piubombazzi, que, junto con sus respectivos muchachos de punto, se dedican a deshacerle al jefecillo libio todo el arsenal y a dejarle con el trasero chamuscado y al aire al personal anexo. Vaya, que los matamos un poco. Un poquito, nada más.

Claro, así no hay quien combata: si las invencibles legiones romanas tienen que enfrentarse con la poción mágica de los galos, el resultado es que al final hay que adoptar la táctica de la liebre, es decir, emprender la fuga a toda mecha.

No he leído del mandato de la ONU más que lo que se ha dicho en la prensa, pero a mí me habían vendido que la ONU autorizó una exclusión aérea, nada más. No me parece que hablara de reventar carros blindados ni que dijera nada de apoyar con ataques aéreos las acciones de la resistencia (o, más bien, sus inacciones). Tampoco creo que la ONU autorizara a derrocar a Gadafi, y ahí tienes a la Trini, diciendo oficial y públicamente, sin cortarse ni un pelo, que el Martínez, el Blossom y el Piubombazzi van a seguir ahí dando caña hasta que Gadafi se largue o casque. No sé si esta será la ley de la ONU, pero lo que sí es, en todo caso, es la del embudo.

El problema, por otra parte, es que los listos de lo políticamente correcto amenazaron a Gadafi, cuando parecía que iba a caer a la egipcia, con el Tribunal Penal Internacional. Chicos listos, inteligentes. Consiguieron que Gadafi se encastillase. Lo práctico -inmoral pero práctico- hubiera sido decirle a Gadafi: «mira, oye, cógete cinco o diez millones -y no más- y piérdete, que no te veamos, en tal o cual isla del Pacífico y dedícate exclusivamente a bailar el hula-hoop y a que no volvamos a saber nada de ti» y lo mismo a estas horas ya estaba solucionado el problema. De la forma en que se ha hecho, el otro se parapetará en Trípoli a muerte, secundado por sus leales, que se saben en las mismas y sacarlos de allí (más bien liquidarlos allí) va a costar una de sangre de mil pares… Porque por más que el primo de Zumosol le reviente las instalaciones, el asalto final -no hay que ser Napoleón para verlo- habrá de ser, necesariamente, a mano, y ahí te espero, porque en los asaltos es cuando de verdad se ve quién es quién y verás tú la cantidad de milicianos que se irán al paraíso de Alá antes de que, a puro peso, por pura masa numérica, aplasten a la muy organizada y profesional resistencia que Gadafi habrá dispuesto en torno suyo para darle tiempo a montar la pistola con la que se descerrajará el último tiro en la boca. Que es, probablemente, como acabará la cuestión.

Las potencias que hacen tamaña justicia en nombre de la sacrosanta ONU planean ahora armar a la chusma -que, no faltaría más, es democrática y buenrrollítica, eso sí- porque si no, crudo lo tienen. Asumo que armarlos no significa darles fusilitos y pistolitas -que de eso ya tienen- sino algo más consistente: lanzacochetes, cañones, ametralladoras, algo de vehículos blindados, morteros de 120 mm… fruslerías así. Pero, claro, esas fruslerías necesitan de un cierto adiestramiento y de meterles en la mollera una disciplina de fuego basada en una doctrina de combate y todo eso, como no viene por ciencia infusa va a necesitar de consejeros, es decir, nada de aviones y apoyo distante, sino trabajo en corto, a pie de obra. Imagino que, para ello, utilizarán a los cipayos, ¡ups!, perdón, a los aliados árabes que se han apuntado al fregado bendecido por la ONU porque sucede que, con excesiva frecuencia, los consejeros acaban combatiendo en el papel estelar de oficiales (un tanque se fabrica en un abrir y cerrar de ojos en el mundo occidental, pero incluso en el poderoso y riquísimo mundo occidental, formar un oficial requiere tiempo, cociente intelectual y formación previa un poco sólida) y a los marines se les da mal eso de combatir mandando fuerza ajena. Que les pregunten por Vietnam. Y verás qué risas cuando las fuerzas gadafistas empiecen a presentar ante los medios cadáveres -o incluso prisioneros, cabizbajos y parlanchines- de oficiales extranjeros pillados in fraganti dirigiendo a la chusma rebelde. Van a tacharlos de mercenarios y, a lo mejor, hasta tienen razón.

En conclusión, el enésimo embolado en el que nos metemos estúpidamente a la salud de los de siempre. Primero fue Irak, después Afganistán, ahora Libia. Y, así, vamos yendo por el mundo sin saber qué temen más de nosotros, que metamos las narices en sus asuntos o que, una vez metidas, se nos indigeste la cosa y decidamos largarnos dejándoles a ellos el marrón (que no hay ni que decir, está casi siempre mucho peor que cuando llegamos).

Nunca el mundo occidental fue, simultáneamente, tan cruel y tan gilipollas.

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Bueeeeno, quieren meterle un puro a Leo Bassi por intromisión en el honor del papa, del Vaticano o de no sé quién. Ya estamos otra vez a vueltas con el honor.

Decía mi abuelo -no con estas palabras: era moldeador-fundidor y llegaba hasta donde podía, que no era poco, por otra parte- que el honor consiste en que la palabra de uno sea un título ejecutivo que jamás se protesta y que la forma de vivir de uno sea consecuente y coherente con esa palabra. Lo demás -eso ya no lo decía, pero quedaba sobreentendido- es todo pura cagarela. Y no dejaba de tener razón. Las palabras, en definitiva, no son más que palabras y, en sí, no son más que sonidos. El hecho de que alguien de una entidad de gestión de derechos de autor me llame hijo de puta en un momento determinado, no pone a mi madre a hacer chapas en las Ramblas por más que bailen, no sé si me explico.

Hay cosas que, sin ser insultos, son mucho más ofensivas y dicen poco del honor de quien las patrocina: por ejemplo, que haya un puñado -bastante inabarcable como tal- de clerizontes pillados in fraganti con las manos en el culo del menor y se estén saliendo de rositas, más allá de que la empresa esté indemnizando a los damnificados con la pasta de vete a saber qué crusesitas marcadas en qué declaraciones de IRPF de aquí o de allá. O, por otro ejemplo, que estando todos al cabo de la calle de la corrupción clerical imperante en este país, aquí no se haya abierto un puto sumario. O, por si quieres más, que haya aquí un concordato con la iglesia católica firmado de prisa y corriendo a Constitución aprobada, aunque no publicada en el BOE (si esto no es una burla y no ofende al honor, ya me diréis qué), concordato materialmente abarrotado de prebendas imposibles con la Constitución en la mano.

Es profundamente ofensivo que unos cuantos pájaros, líderes más o menos locales de esa religión, de la otra o de la de acullá pretendan dictar pautas de conducta no a sus acólitos sino a todos los ciudadanos, y que no vacilen en imponerlas a la trágala (y ojo que a veces el trágala es durísimo y va de horcas) a la que pillen la menor cuota de poder civil, ellos o sus chupacirios.

Es denigrante que las autoridades (no los ciudadanos: las autoridades) armen el gran follón por el hecho de que una asociación de ateos quiera insertar propaganda en los autobuses y le pongan toda suerte de dificultades, llegando hasta el veto -como en la ciudad de Madrid- mientras que cualquier religión puede hacer todo tipo de propaganda, incluso televisiva, de su ideología y de sus campañas y, aún más, que tres o cuatro religiones tengan programas propios en la televisión pública estatal que, además, jamás deja de retransmitir la misa católica dominical.

Es aberrante la cantidad de dinero público que por muchísimos conceptos va a parar a las religiones y muy especialmente -casi únicamente- a la católica; es aberrante que la iglesia católica controle -so pretexto del culto para el que fueron construidos- la inmensa mayoría de los monumentos arquitectónicos de este país, por muchísimos de los cuales perciben subvenciones para su mantenimiento adecuación y reparación, cosa que no obsta para que su acceso sea puesto bajo precio y que, con harta frecuencia, se apropien de la imagen de muchas de esas obras que, por su antigüedad ya están en el dominio público y, así, prohíben la obtención de fotografías o de grabaciones videográficas de los interiores (pretextando molestias al culto incluso cuando no se celebra) y obligando, a quien quiera imágenes, a adquirir las que están a la venta -con casi toda seguridad- a la puerta del recinto.

En mi particular opinión es especialmente indignante lo de los monumentos y ese abuso clama a Mendizábal. En este país es urgente una desamortización artística y debería nacionalizarse no la titularidad de los edificios artísticos (aunque ¿por qué no?) pero sí, cuando menos, su gestión cultural y el aprovechamiento público de su valor artístico.

Y me quedo corto.

O sea que fíjate si los ciudadanos tenemos cosas de qué quejarnos, injurias de qué dolernos y honores ofendidos, para que se monte el gran cristo porque un cómico ha parodiado al papa (y ello por no hablar los insultos que han vertido sobre mucha gente diversos medios de comunicación de propiedad confesional, obviamente católicos en su práctica totalidad).

Habría que fundar una asociación que se llamara Que se hagan oir con su dinero y que reivindicara la reparación de los abusos que se cometen contra los ciudadanos aconfesionales y ateos al utilizar el dinero de sus impuestos para regalárselo a entidades de tipo religioso que lo usan muy frecuentemente para escarnecer, precisamente, la laicidad y el ateísmo.

Esto son insultos y lo demás, estupideces, paparruchas.

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Las cajas y bancos en apuros piden dinero al Gobierno. La pregunta es: ¿y por qué hay que dárselo?

Casi 7.000 millones de euros, o sea un billón (con «b» de barbaridad) más una propina de 170.000 millones de las viejas. Y tienen el inmenso morro de pedir esa ingente pastizara mientras: a) se recortan los sueldos públicos por decreto y los privados, de hecho; b) se recortan las pensiones; c) se recortan los servicios sanitarios; d) se asfixian de forma prácticamente total los servicios sociales (esta vez ya no se los comerán ni los moros ni los latinos: no hay para nadie); e) otros servicios públicos sensibles sufren asimismo recortes que afectan directamente a su operatividad (policía, bomberos); f) se retrasan enormemente los pagos de las subvenciones pendientes del año pasado y aún del 2009 en perjuicio de empresas productivas que han realizado inversiones fiadas de esas subvenciones (ya otorgadas); g) los anteriores, que disfruten con salud aunque no sea sino algo tan etéreo como la expectativa generada por el derecho ya otorgado, porque para el ejercicio de 2011, las líneas de subvención no es que vayan a ser recortadas, es que en muchos ámbitos van a desaparecer; h) las administraciones públicas están aligerando personal como globos aerostáticos soltando lastre: pagan el pato laborales e interinos (precisamente hoy hemos despedido a una compañera que había trabajado conmigo los últimos cuatro años, y estoy de una leche…); i) los ERE’s en las empresas públicas van a ser espectaculares, bestiales, pero tranquilos, el pistoletazo de salida no se dará hasta después del 22 de mayo, no faltaba más, no fuera a ser que la gente fuera a votar cabreada; j) los bancos y cajas piden mucho cuartelillo al Gobierno, al dinero público (cuando las cosas van mal, entonces sí es bueno que intevenga papá Estado, tienen un morro que se lo pisan, esos cabrones) pero ellos, los muy hijos de puta, no han dado el menor cuartelillo a miles y miles de familias a las que han despojado de su vivienda, han puesto en la puta calle y aún les reclaman deudas de decenas y centenares de miles de euros porque la casa embargada no cubre la deuda (pese a que la valoración que ellos, los muy cerdos, encargaron, la cubría de sobra); k) etcétera, podría seguir así hasta agotar el abecedario y aún tener que empezar la combinación de letras como las matrículas de los coches.

Después vienen los falsarios del partido y nos dicen que la Tesorería de la Seguridad Social -la caja de las pensiones y de los subsidios, para entendernos- no aguanta y que hay que reformar el sistema. Reformar el sistema quiere decir, naturalmente, que se jodan los ciudadanos. Pero luego te enteras de que la caja sigue teniendo superavit, porque aunque, efectivamente, éste disminuye -qué menos, con la que está cayendo- no se está todavía (y lo que falta) para llegar a los números rojos.

Pero, claro, aquella hucha de las pensiones, que con tanto placer pronunciaba Aznar, que hasta se le notaba la «h», ha servido para rescatar a la banca. Eso, claro, no hay tesorería que lo aguante. Ni de la Seguridad Social ni de ninguna otra parte.

Los ciudadanos, en cambio, nos quedamos ahí, pasmados como panolis. No se mueve una brizna. Las calles deberían arder, pero sólo se llenan de aburridos en calzoncillos en cuanto el ayuntamiento de turno toca el pito de cursa atlética. Trotad, trotad, gilipollas. Hay tío -y no exagero- que sabe que le van a pasar por el túrmix de un ERE la semana que viene, y hasta ayer estaba muy preocupado porque igual el domingo no había liga de fútbol; y que está planificando las vacaciones de este próximo verano, no cuelgues…

Estamos, ya lo he dicho en otras ocasiones, ante una estafa de dimensiones históricas. En Islandia han encarcelado a directivos financieros; en Estados Unidos, tuvieron la vergüenza torera -mínima y exigua, pero vergüenza, al fin y al cabo- de inventarse una cabeza de turco con el megaladrón aquel que ha pagado por todos, como si sólo él hubiera hilado la trama del follón que hay armado y sólo él se hubiera forrado de ganar dinero. Aquí, ya lo ves: los treinta y pico capitostes más gordos de la banca y de los monopolios, dándole consejos al Zapatilla y, encima, a implorante petición del mismo.

Nos merecemos la enorme catástrofe que, al final, vamos a acabar sufriendo.

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Bueno, pues hasta aquí hemos llegado, mucho menos penosamente que la semana pasada, en este jueves último día del mes de marzo, con lo que liquidamos el primer trimestre del 2011, cuando aún nos repite el turrón de Nochebuena. Pasa el tiempo que no se entera uno.

El próximo jueves será 7 de abril y aquí estara, espero, la cotidiana paella.

Sed buena gente hasta entonces.

Balompatastraseras

De la serie: Correo ordinario

Tendré que empezar aclarando, por si acaso, que los que me conocéis -lo digo a beneficio de los que no- ya sabéis la mucha alergia que me produce el calzoncillo balompédico pero, va a ser inevitable hablar de él. Inevitable no porque me importe tres cucurbitáceas el tema de la liga, ni del doping ni de gilipolleces por el estilo, sino porque me huelo un viaje al bolsillo público. O sea que, aunque en el fondo de la taza de este váter esté el deporte (según dicen), en realidad hablamos de economía y de política o, lo que acaba siendo lo mismo, ya veréis cómo acabamos yendo a parar a la propiedad intelectual.

La cosa es la siguiente (según leo entre ayer y hoy) o, mejor dicho, el conjunto de lo siguiente: el tinglado futbolero, es decir, los clubs que forman la Liga de Fútbol Profesional (todos empresas salvo dos, si los números y la memoria no me fallan), tienen un déficit de 4.000 millones de euros; de éstos, 700 corresponden a deudas tributarias (no lo tengo claro: no sé si son deudas estrictamente tributarias (AEAT) o deudas tributarias más deudas a la Tesorería General de la Seguridad Social). El reparto de la deuda asusta: desde un Barcelona y un Real Madrid, que deben, más o menos, lo que un presupuesto entero (lo que los coloca en unos 500 por barba, o sea, entre los dos, una cuarta parte del total), hasta un Valencia, que debe como éstos pero con un presupuesto mucho más bajo (130 de presupuesto contra 500 de deuda) o un Atético de Madrid que, con un presupuesto de 110, adeuda 300. Con cifras ya más bajas (entre 90 MEUR de presupuesto del Sevilla y los 20 del Levante), las desproporciones son prácticamente calcadas: ‘grosso modo’, 1 euro de presupuesto por 3 de deuda. Huelga, creo, mayor análisis económico.

Ahora los clubs en cuestión -la mayoría de ellos- pretenden un plante para la próxima jornada (por cierto: nada me daría más placer) en su pretensión de arañar más pasta de las quinielas, más pasta de otras apuestas, y más pasta de no sé dónde más. Pero lo que sobre todo pretenden es que se termine con las retransmisiones televisivas en abierto de la liga del calzoncillo este (todo es ropa interior, como veis: ligas, calzoncillos…) a fin de pillar un plus de… 150 millones de euros. O sea, todo este pifostio para el chocolate del loro.

Premisa personal: no me produce ninguna angustia, lo que se dice ninguna, que no haya balompié en abierto por televisión. Primero, porque veo muy poca televisión y, segundo, porque las pocas veces que me pongo, huyo del calzoncillo dichoso como de la peste.

Pero, salvado mi personal placer respecto de que no haya balompié televisivo si no es mediante pago previo, no sé yo si el tinglado no estará cavando su propia tumba.

La cultura del calzoncillo pelotero morroware, está implantada en este país desde el principio: desde el principio del fútbol, desde el principio de la radio y desde el principio de la tele. Desde que existe el fútbol, todo hay que decirlo, en España sólo ha habido una guerra civil cuando, vista la ingente cantidad de sinvergüenzas, impresentables, ladrones, criminales, analfabetos, hijos de puta y gilipollas que han ocupado las diversas esferas de poder en los diversos regímenes, debiera haber habido, en buena lógica, seis o siete. Recordemos que, sin balompié, solamente en el siglo XIX hubo tres guerras civiles sin otro motivo que el de entronizar a un imbécil en el lugar de una casquivana medio tonta (o tonta del todo); y todo ello por no hablar de diversos pronunciamientos a cargo de otros tantos espadones. A cada cual, lo suyo, y al calzoncillo sus méritos: sus fondillos han servido para enjuagar mucha mierda. De todos modos, también este todo gratis está ahí, en la costra nacional, y va a costar mucho desarraigarlo… si es que se puede.

Lo que me da la impresión que sucede es que, al igual que otros ámbitos tan frecuentes en este blog, lo que hay en el mundo del calzoncillo es mucho incompetente, mucho sinverguenza, mucho necio, mucho atontado y no poco ladrón, para los que todo dinero es poco y el caso es arrambar, con razón o sin ella. Son los especialistas en la administración de dineros ajenos, de lo que suele resultar (igual que en el ámbito público) que el administrador acaba forrado y el ajeno en la calle y debiendo dinero encima.

Imagino que si se implanta el balompata pay only quizá sí, quizá se recauden dos o tres duros más a base de las cada vez más escasas clases medias que aún no han dado con sus huesos en el paro o en la ejecución hipotecaria, pero los jovencitos, sin un euro encima, tirarán por el camino de enmedio: el pirateo de retransmisiones via Internet. Bueno, de hecho, ya creo que lo vienen haciendo.

A partir de ahí, sólo pueden pasar dos cosas: que el pirateo se persiga a sangre y fuego (y que la persecución logre resultados), con lo que me suministrarán el inmenso placer de matar la afición al patadeo a menos de 20 años vista, o que no los logre o que el pirateo no se persiga con saña y repitamos con el peloteo calzoncillero la misma canción que con la música y el cine; la misma canción que, según indicios terminantes, va a repetirse también con el libro (si no se está repitiendo ya).

En todo caso, como digo -como dicen muchos, por lo que he leído sobre el tema- esos 150 millones de más por temporada no van a arreglar nada, no hay que ser tampoco un fino economista para verlo. Lo que nos lleva a que van a exigir rescate público, como los bancos. Lissavetzky -o como cojones se llame el tío del PSOE que manda en la cosa, hay que joderse, nombre enrevesado) dice que no, que no va a haber un plan de rescate con dienero público como el que hubo cuando se obligó a los equipos a constituirse en empresas mercantiles a menos que cumplieran unas draconianas condiciones. Pero mucho me temo que sí, que, con más claras o más ocultas artimañas, toda la ingente malversación de fondos que hay en el putrefacto mundo este de la pelota, vamos a acabar pagándolo los ciudadanitos de a pie. Porque el fútbol, según parece, es de primera necesidad, no vaya a ser que a la gente le dé por interesarse en la política.

Y hasta ahí podríamos llegar.

De mierda, hasta arriba

De la serie: Pequeños bocaditos

Una de las cosas de #nolesvotes que más está llamando la atención, incluso a nivel mediático de cadáver arbóreo es el Corruptódromo o mapa de la corrupción en España, un mapa increíblemente lleno y ello a pesar de las clamorosas calveras que pueden observarse (en Catalunya, por ejemplo), inevitables, supongo, porque el mapa se va llenando sobre la base de las noticias de prensa -todos y cada uno de los ítems pinchados está perfectamente documentado- y hay zonas de este país donde la prensa o bien sufre una mayor presión censora o bien goza de una mayor traslación de dádivas desde el poder; para el caso, es lo mismo porque el resultado es el mismo.

Pero lo que hay es bastante como para echarse las manos a la cabeza: nuestras costas, islas incluidas (con la sospechosa excepción de Catalunya, como queda dicho), con especial densidad en el Mediterráneo levantino y andaluz, la cornisa cantábrica, la zona centro (es decir, la Comunidad de Madrid, más unos buenos mordiscos en las dos Castillas y Extremadura) y una cuenca del Ebro que debe poner los remos negros de la cantidad de mierda que baja. Evidentemente, las zonas más desarrolladas por industria o por turismo. Y precisamente por ambos sectores sigue acrecentándose lo sospechoso de la calvicie catalana.

Este fin de semana nos hemos enterado de la trampa que el Sunday Times ha tendido a varios eurodiputados, entre los que se halla el pepero español Pablo Zalba, una trampa de corrupción y, en mayor o menor medida, cuatro han mordido el anzuelo. El anzuelo, básicamente y para lo que nos interesa a los ciudadanos, no es si llegaron a cobrar o no el dinero, sino la atención que prestaron al supuesto representante de un lobby y su consecuente y subsiguiente actuación legislativa sobre esa atención. Que llegaran a cobrar el dinero prometido (en unos casos sí y en otros no) ya es un simple detalle técnico que no palía en nada nuestra sensación de náusea. El hecho es la pleitesía que rinden al poderoso, la automática posición de firmes y la bajada inmediata de pantalones (y en ello no sólo estuvieron los cuatro pringados sino muchos más). Eso es lo que importa, más que el soborno cutre y arrabalero; otras veces será más sibilino: recuerdo que con ocasión de lo de las patentes de software se habló de visitas a yates, de invitaciones a cenas… esas cosas. De todos modos, manda huevos que de los cuatro eurodiputados pringados, dos dimitieron, a uno le ha dado la patada su propio grupo parlamentario y el único que sigue ahí como si nada y, encima, haciéndose el ofendido, es el español (que sea del PP también es un detalle técnico: si hubiera sido del PSOE o de CiU, el resultado, unos por otros, hubiera sido el mismo; la única diferencia es que Ignacio Escolar lo comentaría -si lo hubiese llegado a comentar- con la boquita pequeña, en vez de lanzar fuegos artificiales como en el presente caso).

La corrupción política está tan institucionalizada -a nivel Europeo: en España es más cutre y ajocoñaquera, pero no mayor que en otros sitios, pensemos en Italia, por ejemplo- que hasta hay profesionales de la cosa, agentes y agencias especializadas en la dinámica corruptora, aunque utilicen la elegante denominación de agencias de lobbyng. Nada de finezas: son vulgares corrupteros, no cabe otra palabra. De la misma forma que en las subastas judiciales existen los subasteros, un especimen buitresco que se nutre de la desgracia de los demás, incrementándola, por si fuera poco, con sus trampas y manipulaciones para obtener precios de risa, en esa gran subasta de mierda que es la política hoy día, existen los corrupteros, señores que, a cambio de un porqué (catorce mil euros, según indica Enrique Dans), logran que un diputado vote o enmiende en el sentido deseado por el pagano, porque, claro, uno no se ve con ánimo de llamar a un diputado y proponerle que vote a mi gusto a cambio de una pasta; para eso hay intermediarios… que, obviamente, se quedan parte de la generosa dádiva.

Este es el ambiente en el que nos estamos moviendo mientras se recortan las pensiones, las prestaciones sociales y los salarios, mientras se riega con abundante dinero público a los bancos y mientras el número de parados se aproxima a paso ligero a los cinco millones.

Ya vas viendo, pues, lo importante que es que #nolesvotes.

Arroz pasado

De la serie: Los jueves, paella

Nunca una paella había salido tan tarde y jamás había sido escrita tan tardíamente. Domingo, cuatro de la tarde y escribiendo sus últimas líneas. Una paella que, reconozco, ha sido escrita desde un profundo mal humor, tanto su principio como su final, pero es que, últimamente, ya no me hace reir ni Pepiño. Ni siquiera la perspectiva de que en menos de un año desaparecerá de la circulación pública (a menos que este país se haya vuelto definitivamente imbécil, cosa que no hay que descartar) contribuye a alegrarme ni siquiera unos segundos.

En fin, ahí va…

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Hace pocos días tuvimos noticia de que las autoridades habían tomado cartas en el asunto de una menor marroquí que había sido casada a la fuerza -en Marruecos, eso sí- con un pariente, un primo, creo, o algo así. Hoy, una pequeña reseña en «El Períodico» estima en 300 el número de mujeres residentes en Catalunya que podrían haber sido víctimas de esa práctica. A este fenómeno cabe añadir otros tipos de violencia femenina -la coacción y, frecuentemente, el cumplimiento de las amenazas que implica la misma contra las mujeres que no siguen los dictados del cura (imán, le llaman ellos), como en el caso del imán de Cunit finalmente condenado, junto con su hija, aunque se salió de chiquitas la alcaldesa que negó el amparo a la mujer agredida -mediadora cultural del Ayuntamiento- por el tiparraco en cuestión.

También es altamente preocupante el tema de la ablación de clítoris, que parece no haber manera de erradicar.

Hay una corriente cívica que está despuntando últimamente en la exigencia de que los extranjeros que cometan delitos sean expulsados del país de manera fulminante e inapelable (sin perjuicio, cabe entender, del cumplimiento previo de la pena correspondiente). De la cárcel a la frontera sin solución de continuidad. Es tentador. Pero quizá así, a bulto, sería demasiado, sobre todo porque se cometería una discriminación en relación a los delincuentes con DNI, que también los hay.

Sin embargo, pienso que esta medida de la expulsión sistemática y seguida inmediatamente y sin la menor dilación tras el cumplimiento de la pena sí debería aplicarse con delitos como los que nos ocupan en esta ocasión. Son delitos especialmente graves y especialmente repugnantes porque no solamente atentan contra la dignidad y contra la integridad física y moral de sus víctimas sino que son específicamente atentatorios contra los principios básicos de nuestra sociedad. Son delitos que socavan muy especialmente (incluso en mayor medida aún que otros morfológicamente más graves) nuestro modelo de convivencia y la construcción ética de un edificio social e idológico levantado en más de tres mil años de historia, llevada adelante en ocasiones a costa de conflictos durísimos. En el caso del matrimonio forzoso que pillaron el otro día, la chiquita víctima de esa salvajada debiera ser acogida aquí, protegida, provista de un permiso de residencia -si no lo tiene- y, bajo tutela pública directa o en acogimiento familiar, estudiar como cualquier muchachita nuestra y disfrutar de todas las oportunidades de que disfrutan las mujeres europeas. Previamente, toda su familia, en su absoluta integridad, la propia y la política, debería ser puesta de patitas -y preferiblemente a puntapiés- en la frontera con Ceuta. A la cábila a descapullar micos.

Estamos pagando el precio de haber tenido muchas contemplaciones con ciertos sectores de la inmigración y eso ha hecho que algunos de ellos (no todos, afortunadamente) se hayan subido a la parra de una manera especialmente irritante. Es característica la soberbia y la altanería de varios colectivos islámicos, procedentes generalmente de Marruecos o del área indostánica, que pretenden imponer su ley sobre la nuestra. El respeto a las costumbres propias, por otra parte, tiene un límite, que es, precisamente el antedicho de nuestro modelo social. Si nuestra forma de vivir y de ver la vida no les gusta, que se larguen, y cuanto antes lo hagan más gusto nos darán. Si pretenden permanecer aquí, deben ser ellos lo que pasen por el aro y se mentalicen de que ellos son los primeros que deben respeto y pleitesía a nuestras propias costumbres y obediencia sin tapujos a nuestras leyes. Sin ese respeto y esa obediencia, no hay nada que negociar y nada de que hablar.

Y si los de «SOS Racisme» se enfadan, que les folle un pez.

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Hay una señora… se llama Cristina Antón. Y, veréis, es un caso muy raro. Si en condiciones normales de presión y temperatura meterle un puro a alguien -público o privado- por decir inconveniencias en un blog armaría un incendio de mil pares de cojones en la Red, hay otros casos -el de Cristina, ya puedo decir que sé de uno- en el que le pueden meter hasta tres puros por escribir inconveniencias (que no injurias, que no expresiones constitutivas de delito) en una bitácora y, oye, aquí nadie se inmuta.

Y me parece brutal.

Cristina Antón es controladora aérea y su bitácora, «Controladores aéreos y otras hierbas» se dio a conocer cuando en otoño pasado una huelga de controladores (perfectamente prevista por el Gobierno y como consecuencia de un conflicto liado mano a mano entre Pepiño y Ribalcaba) privó a un montón de ciudadanos del sacrosanto derecho humano, fundamental e inalienable, de irse de puente, generando un cabreo popular alucinante contra el colectivo reivindicador, acusado por todos los medios de privilegiado, ganador de mucha pasta y no sé qué mas. El colectivo fue crucificado por unos medios absolutamente apesebrados y la única voz que se alzó en su defensa fue la de Cristina. Y fue una defensa eficaz porque, siendo la única, su voz se hizo oir. La pusieron tibia, huelga decirlo, pero también se ganó la adhesión no sólo de sus compañeros -esto es de cajón- sino de muchísimos ciudadanos ajenos al asunto, de los que me honro en formar parte.

Lo que pasa es que Cristina les desafía, expone sus vergüenzas, las vergüenzas de la privatización de una compañía de referencia, llevada de la mano por el ministro de Fomento más deprimente que ha visto jamás este país (que ha conocido en la poltrona nada menos que a un Álvarez Cáscos, no cuelgues) y les hace desplantes toreros. Tres expedientes (el último, de un mes de empleo y sueldo, que se dice pronto) que, naturalmente, llevará hasta las últimas consecuencias judiciales.

Me hace gracia su desparpajo, me hace gracia su desinhibición, me hace gracia su manera de expresarse -que no le hace ascos a ninguna palabra del diccionario- y me caen en gracia, sobre todo, sus razones.

Pero el problema ya no es si los controladores aéreos tienen razón, o si tienen mucha, poca o mediopensionista; esa ya es otra discusión, otra historia. El problema está ahora en que una persona está siendo represaliada de forma reiterada y sistemática por ejercer su libertad de expresión de acuerdo con las leyes -es decir, sin cometer ilícitos- y está el país tan ancho. Y está la Red -tan sensibles como somos ante otras agresiones- también tan ancha.

Las represalias que está sufriendo Cristina Antón por parte de la dirección de AENA son gravísimas y constituyen un peligrosísimo precedente. Ella las ha recurrido, es cierto, y cabe esperar que los tribunales acaben dándole la razón, pero… ¿en qué instancia? ¿Cuánto tiempo habrá de pasar para ello? ¿Y qué sucederá mientras tanto si se generaliza la costumbre de que las empresas sancionen a sus empleados por las opiniones que estos vierten -fuera de horas de trabajo y fuera del ámbito de la empresa- sobre hechos que son de público conocimiento (es decir, no revelan ningún secreto)?

Si las reivindicaciones de los controladores aéreos no nos importan deberían importarnos, cuando menos, y mucho, las agresiones contra la libertad de expresión en Internet.

Rechazamos -y con razón- la Ley Sinde porque decirmos -también con razón- que implanta la censura en Internet. AENA –Pepiño, en su sombra- lo está haciendo por las buenas, ha promulgado su particular Ley Sinde y aquí nadie chista.

Bueno, pues que conste en acta, por humilde que sea, el pataleo desde este blog.

Arrieritos somos.

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Hasta los medios pesebreros que más debieran temer un estallido social, se asombran de la pasividad de quienes deberían ser los dinamiteros, es decir, de que no haya estallidos. «El Periódico» de hoy -domigo, arriba explico el qué y el por qué- cuenta la gravísima situación en la que se hallan los jóvenestodos los jóvenes- y de su menfoutisme ante unas circunstancias realmente espantosas. En efecto, un futuro de inseguridad, de derrumbamiento, más o menos paulatino pero seguro, del estado del bienestar, de pobreza -con todas las letras- y, en definitiva, de mierda, y en Granada, por ejemplo, el macrobotellón de primavera que celebran 25.000 jóvenes (cifras del medio; no se yo…). Verdaderamente no sé qué me preocupa más (sobre todo, mirando a mis hijas): si lo muy negro de ese futuro o lo mucho que se lo merecen.

Diversos agoreros prevén estallidos. Y es verdad, cualquiera puede constatarlo: hay una ira contenida tremenda. Contenida, no sé si por el acomodamiento o por la cobardía, todo es posible. Sesenta mil gilipollas abarrotaron ayer en Barcelona un simple, vulgar y estúpido centro comercial inaugurado sobre el cadáver de una plaza de toros, como si realmente se inaugurara algo serio, algo verdaderamente importante y trascendental. Este mediodía veía mientras comía, por el telediario catalán, a los que se quejaban por el cierre de un after en Viladecans (creo que era en Viladecans) y el supino cociente intelectual de los quejosos metía verdadero miedo, tal parecía que les estuvieran privando de un derecho fundamental. Lo más curuoso es que les están privando de derechos verdaderamente fundamentales (trabajo, vivienda, libre expresión, etc.) y los muy capullos ni acusan recibo.

Pero, de hecho, no sé qué es más espantoso, si ese menfoutisme ese rumiar apoltronado y satisfecho (satisfecho no sé de qué, pero satisfecho, es que manda huevos…) o ese estallido si llega a producirse. He dicho muchas veces -ya casi temo ser reiterativo- que un pueblo de cobardes no genera guereros sino asesinos y, por ende, un estallido aquí quizá iría a mucho más que a quemarle sucursales a Botín -hecho que, en sí mismo, no me produce una especial angustia- y probablemente generaría situaciones dramáticas y luctuosas de veras.

«El Periódico» se pregunta, con una cierta disciplencia, si toda esa ira quizá no se canalizará hacia #nolesvotes y ojalá que sí, pero me temo que #nolesvotes exige un nivel de reflexión que, aún siendo sencillo y primario, me da la impresión de que es excesivo para la mayoría (por ejemplo, y sin ir más lejos, a los sesenta mil borregos de ayer en la ex-plaza de toros o a los otros tantos que esta tarde llenarán este, ese o aquel campo de fútbol. Aunque me encanta el proyecto y seguiré contribuyendo a él con entusiasmo, cada vez estoy más convencido de que es demasiado sueco, demasiado alemán o, en definitiva, demasiado ilustrado -incluso su sencillez es excesiva para la basura local- para que cale por estos pagos.

A veces pienso -en términos puramente dialécticos- que me gustaría no tener hijos (hijas, en mi concreto caso): me envolvería en la concha de mi bienestar casi irreversible (digo casi porque en España nunca se sabe) de hipoteca casi pagada y condición de funcionario público, para sentarme en el sillón, encender la mierda de la tele y quedarme ahí a vérmelas venir. Desgraciadamente, sensible como soy a los dramas históricos (y cada día veo uno más próximo), me temo que aún sin hijas estaría profundamente preocupado: no hay seguridad e irreversibilidad suficientes para tranquilizar a nadie con dos dedos de frente.

Hay que esperar a ver si lo de #nolesvotes funciona, pero cada día que pasa tengo menos esperanzas. Tan pocas y de tan poco humor, que ni siquiera me queda ya el sadomasoquismo florentino que describe Pérez-Reverte confiando en llegar ver cómo el tsunami de mierda acaba con todo siquiera un segundo antes de que acabe con él.

Ni siquiera eso -que tiene su puntito- me hace ya gracia. Ni aún como esperanza.

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Bueno, pues ahí está esta inaudita paella. No se repetirá: la próxima vez, esté o no más o menos escrita, paella que no esté en su punto antes de las 23:59 del jueves, paella que va a la basura sin contemplaciones. Además de lo que además, estar sesenta horas pendiente de la puta paella, no paga. Lo siento.

La próxima -ejem- habría de ser -será, espero- el próximo jueves último día del tercer mes de invierno, aunque su último tercio sea ya primaveral: el 31.

A ver qué nos va a deportar esta próxima primavera que adivino tan interesante como finalmente decepcionante.

Por lo dicho.

El canon, al guano

De la serie: Todas las series, ¡a saco, hala!

Victoria.

Sencillamente:

La Audiencia Nacional anula la normativa que regula el canon digital

Aquí, la sentencia completa

¿Ya se ha acabado todo? ¿Ya podemos volver a lo nuestro, el ADSL, la neutralidad en la Red, las telecos…? No. Hemos ganado otra batalla. Importante, muy importante: el enemigo está, ahora mismo, con el culo al aire. Y bastante al aire. Pero no debemos olvidar que PSOE, PP y CiU están conchabados con las sociedades de gestión, a las que obedecen ciegamente. Por lo tanto, el canon resucitará y el canon volverá a castigar a los internautas y a los consumidores que no lo son. Indiscriminadamente. Injustamente. Seguirán haciendo que paguemos por nada a beneficio de unos pocos privilegiados, ellos sabrán a cambio de qué prebendas.

Corrupción y suciedad. Esta es la política en la España de hoy.

La guerra, pues, continuará, que nadie lo dude.

Pero hoy es día de alegría, día de cava, de vino y rosas. Se ha hecho justicia. No durará mucho, pero de momento está ahí.

Y es un triunfo de todos.

¡¡¡ FELICIDADES !!!

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