Saboreando el éxito

De la serie: Correo ordinario

Hace tiempo, mucho tiempo, que no hablo de software libre. Y ya lo siento, porque es de lo que más me gusta hablar y por lo que más me gusta combatir. La verdad es que toda la mierda esta de la propiedad intelectual y demás mandanga, es un marrón de caballo que no sirve sino para dar la brasa; lo que ocurre es que hay que estar donde las circunstancias te obligan y está claro que la porquería esa -que, además y sobre todo, está sirviendo para encubrir claros movimientos de censura y de control de la Red- afecta a factores demasiado importantes como para dejar correr el tema.

Pero, bueno, hablar del software libre ahora en España es casi obligatorio (y espero que lo sea aún mucho más en los próximos meses) y voy a cumplir alegre y gustosamente con esa grata obligación.

He subido esta mañana a Linux-GUAI, el espacio de los usuarios de software libre de la Asociación de Internautas un artículo de Expansión en el que habla de la candidatura de la Comunidad del Software Libre para el premio Príncipe de Asturias a la Cooperación Internacional, candidatura sugerida por la propia Fundación convocante y motorizada por el CENATIC. Un artículo bastante correcto -en general-, mucho más correcto que la media de los que tratan el tema en formato de cadáver de árbol; tanto que me ha refrescado un par de ideas al respecto.

Sí, porque a veces hay que ser un poco reiterativo. Las generaciones digitales parecen no sucederse como las normales; en términos convencionales estimamos que se produce una nueva generación cada veinticinco años; en la Red, parecería que cada dos o tres se crea una nueva distinta a la anterior, cosa que no debe sorprender, si tenemos en cuenta que los que empezamos en la Red española hace quince o dieciséis años -y quince o dieciséis años no son nada- ya parecemos abuelitos pleistocénicos. Pero así de deprisa van las cosas en Internet: una bitácora como esta, que pronto va a cumplir siete años, ya es una venerable veterana, de las más viejas del espectro (no la que más, pero sí de las que más), sobre todo si consideramos que sigue tan viva como cuando nació y en esa marca ya sí que hay realmente poquísimas. Digo todo esto porque de año en año o de bienio en bienio hay que repetir o recalcar algunas cosas porque si transcurre una generación digital sin que se digan, se olvidan.

El software libre empezó casi como una utopía, algo irrealizable: ¿quién va a hacer un producto enteramente gratuito? ¿Quién va a hacerlo, además bien? ¿Quién va a desprenderse del control de este producto para que cualquiera pueda hacer lo que quiera con él sin pedirle permiso a nadie? Estas fueron solamente las primeras preguntas. Bastaba con ellas para descalificar toda posibilidad ya no de éxito sino, siquiera, de plasmación real. Sin embargo, el producto nació y creció.

Los escépticos de antes, vencidos por la evidencia, arremetieron por otro lado: bueno, bien, sí, hay un montón de geeks y de niñatos que han hecho una cosita, vale. ¿Cómo va a superar, ese montón de niñatos, la calidad que obtiene una empresa con una inversión de centanres, ¡miles!, de millones de dólares puesta a disposición de los mejores desarrolladores, de los mejores ingenieros? Y los niñatos, los geeks, desarrollaron un producto -entendámonos: un conjunto de productos- que igualaba y, frecuentemente, mejoraba la calidad de los productos desarrollados por las empresas vendedoras de copias.

Aún con esas, los de siempre, siguieron haciendo preguntas: sí, bien, er… de acuerdo, han creado cosas de calidad, pero… ¿De qué van a servir sino para epatar de placer a los granujientos partidarios del todo gratis? ¡Nadie va a ganar dinero con el software libre, con un producto que puede obtenerse gratis! Volvieron a cometer un error. Un error basado en la ceguera de no ver más modelo de negocio que el de siempre: fueron incapaces de ver más allá de la venta de copias de un software y, efectivamente, por ese camino, la venta de copias, el software libre no podía ser empresarialmente rentable. Pero -ahora voy al artícuo de Expansión citado- empresas como IBM, BMW, GM, Peugeot, Ferrari, la NASA, la Agencia Espacial Europea y medio Hollywood han pagado muchísimo dinero (a desarrolladores propios o a empresas terceras) por implementaciones en software libre.

Y no sólo eso: la ductilidad y -perdón por la redundancia- la libertad de las licencias libres de software han permitido grandes proyectos llevados a cabo con muy poca capitalización: ahí tenemos a la Wikipedia que, nuevamente dinamizando comunidades, ha terminado con el pingüe negocio de enciclopedias carísimas y de gran prestigio, e incluso han acabado con productos de nueva generación nacidos para hacer a estas enciclopedias la competencia desde la digitalidad (M$ Encarta, por ejemplo). Es proverbial, por lo demás, que la propia Red, Internet misma, funciona con software y licencias libres, sin las cuales no hubiera sido posible. Y casi no hay nada que decir, por evidente, sobre el valor del software libre en la educación y las administraciones públicas, cuya implantación aún más generalizada de lo que ya lo está sólo se ve impedida por la corrupción política imperante a todos los niveles.

En definitiva, el software libre ha venido a demostrar dos importantísimas cosas, una fundamental y otra algo más coyuntural.

La primera, rompiendo axiomas tradicionales en teoría económica, es que el afán de lucro no es el único -y quizá ni siquiera el fundamental- motor económico ni factor determinante a la hora de producir bienes o servicios competitivos. El software libre ha demostrado que una comunidad motivada, solidaria, abierta y colaborativa, sin ánimo de lucro, puede superar en cantidad y en calidad los productos de la más capitalizada y más inversora de las empresas. Esto, a su vez, tiene una doble y capital importancia: por una parte, constituye un posible principio rector de desarrollo tecnológico en países subdesarrollados, carentes de bienes de inversión lo suficientemente cuantiosos como para acometer desarrollos ambiciosos; por otra, transferir ese principio del valor comunitario a campos como la política -y ya se está en ello gracias, precisamente, a la red- puede también alterar los cauces políticos tradicionales y coadyuvar de una manera tremendamente eficaz para que la sociedad, el conjunto de los ciudadanos, recupere su soberanía y vuelva a ser verdadero actor de la política.

La segunda, más en el ámbito comercial, es para darle la razón a Enrique Dans y sus tesis sobre los efectos de la disrupción de los nuevos formatos tecnológicos en los modelos de negocio clásicos; y más aún: deja en ridículo la tradicional estupidez de la cultureta carca y su sarcasmo favorito, aquello del todo gratis no es posible. No sólo es posible sino que es uno de los modelos de negocio con más futuro.

Han pasado ya años desde que unos majaretas se pusieron a trabajar en desarrollos SL y otros majaretas creímos en las posibilidades reales de esa filosofía y colaboramos en la idea divulgándola y defendiéndola. Éramos unos ilusos, unos mindundis y unos pringados y tuvimos que aguantar todo tipo de sarcasmos, desaires y desprecios. Hoy, ya no hacemos tanta gracia. La profecía de Ghandi se cumplió punto por punto: primero nos ignoraron, después, se burlaron, a continuación, nos atacaron (y de qué manera: piratas, comunistas, antiamericanos… nos llamaron de todo). Hoy, hemos ganado. Quedan todavía muchas e importantes metas que asumir, quedan retos a los que responder, pero hemos ganado. Es simplemente así y la cosa no tiene vuelta de hoja.

Nos darán el Príncipe de Asturias o no, está por ver. Puede que nos lo nieguen aunque sólo sea por una razón (y mira que es tonta, pero puede ser suficiente): tener que correr con el bochorno -que sería, además, polémico- de que no sea el heterodoxo Richard Stallman el que recoja el Premio (buena parte de cuyo importe en metálico habría de ir, en justicia, a la Free Software Foundation, que es la que empezó todo esto con un burrito) o tener que correr con el bochorno de que lo recogiera, precisamente, el heterodoxo y me da a mí que nada monárquico Richard Stallman. Aparte, la foto del software libre no sería elegante para el ya veremos si heredero de la Corona -al presente, desde luego, sí lo es, pero la vida da muchas vueltas- porque no sería nada grata a muchas y glamurosas empresas que ven al software libre y a todo lo que signifique promoverlo como lejía en los ojos.

Esta es, por supuesto, mi principal satisfacción personal. Pero hay más: mi constancia -reconoceréis que soy constante- en la guerra contra el apropiacionismo en el campo artístico, aún con los normales altibajos (uno es un ser humano y tiene sus días de más y de menos), tiene mucho que ver con el software libre, que me enseñó que unos poca cosa, solamente armados con la firme voluntad de llevar adelante su proyecto, sus ideas, contra toda oposición y con solamente un poquito de habilidad, si obtienen el apoyo del colectivo social o de una parte cualitativamente importante del mismo, pueden vencer a enemigos gigantescos.

En eso estamos en la lucha internauta.

Y, por lo mismo, también en ella venceremos.

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