Arroz pasado

De la serie: Los jueves, paella

Nunca una paella había salido tan tarde y jamás había sido escrita tan tardíamente. Domingo, cuatro de la tarde y escribiendo sus últimas líneas. Una paella que, reconozco, ha sido escrita desde un profundo mal humor, tanto su principio como su final, pero es que, últimamente, ya no me hace reir ni Pepiño. Ni siquiera la perspectiva de que en menos de un año desaparecerá de la circulación pública (a menos que este país se haya vuelto definitivamente imbécil, cosa que no hay que descartar) contribuye a alegrarme ni siquiera unos segundos.

En fin, ahí va…

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Hace pocos días tuvimos noticia de que las autoridades habían tomado cartas en el asunto de una menor marroquí que había sido casada a la fuerza -en Marruecos, eso sí- con un pariente, un primo, creo, o algo así. Hoy, una pequeña reseña en «El Períodico» estima en 300 el número de mujeres residentes en Catalunya que podrían haber sido víctimas de esa práctica. A este fenómeno cabe añadir otros tipos de violencia femenina -la coacción y, frecuentemente, el cumplimiento de las amenazas que implica la misma contra las mujeres que no siguen los dictados del cura (imán, le llaman ellos), como en el caso del imán de Cunit finalmente condenado, junto con su hija, aunque se salió de chiquitas la alcaldesa que negó el amparo a la mujer agredida -mediadora cultural del Ayuntamiento- por el tiparraco en cuestión.

También es altamente preocupante el tema de la ablación de clítoris, que parece no haber manera de erradicar.

Hay una corriente cívica que está despuntando últimamente en la exigencia de que los extranjeros que cometan delitos sean expulsados del país de manera fulminante e inapelable (sin perjuicio, cabe entender, del cumplimiento previo de la pena correspondiente). De la cárcel a la frontera sin solución de continuidad. Es tentador. Pero quizá así, a bulto, sería demasiado, sobre todo porque se cometería una discriminación en relación a los delincuentes con DNI, que también los hay.

Sin embargo, pienso que esta medida de la expulsión sistemática y seguida inmediatamente y sin la menor dilación tras el cumplimiento de la pena sí debería aplicarse con delitos como los que nos ocupan en esta ocasión. Son delitos especialmente graves y especialmente repugnantes porque no solamente atentan contra la dignidad y contra la integridad física y moral de sus víctimas sino que son específicamente atentatorios contra los principios básicos de nuestra sociedad. Son delitos que socavan muy especialmente (incluso en mayor medida aún que otros morfológicamente más graves) nuestro modelo de convivencia y la construcción ética de un edificio social e idológico levantado en más de tres mil años de historia, llevada adelante en ocasiones a costa de conflictos durísimos. En el caso del matrimonio forzoso que pillaron el otro día, la chiquita víctima de esa salvajada debiera ser acogida aquí, protegida, provista de un permiso de residencia -si no lo tiene- y, bajo tutela pública directa o en acogimiento familiar, estudiar como cualquier muchachita nuestra y disfrutar de todas las oportunidades de que disfrutan las mujeres europeas. Previamente, toda su familia, en su absoluta integridad, la propia y la política, debería ser puesta de patitas -y preferiblemente a puntapiés- en la frontera con Ceuta. A la cábila a descapullar micos.

Estamos pagando el precio de haber tenido muchas contemplaciones con ciertos sectores de la inmigración y eso ha hecho que algunos de ellos (no todos, afortunadamente) se hayan subido a la parra de una manera especialmente irritante. Es característica la soberbia y la altanería de varios colectivos islámicos, procedentes generalmente de Marruecos o del área indostánica, que pretenden imponer su ley sobre la nuestra. El respeto a las costumbres propias, por otra parte, tiene un límite, que es, precisamente el antedicho de nuestro modelo social. Si nuestra forma de vivir y de ver la vida no les gusta, que se larguen, y cuanto antes lo hagan más gusto nos darán. Si pretenden permanecer aquí, deben ser ellos lo que pasen por el aro y se mentalicen de que ellos son los primeros que deben respeto y pleitesía a nuestras propias costumbres y obediencia sin tapujos a nuestras leyes. Sin ese respeto y esa obediencia, no hay nada que negociar y nada de que hablar.

Y si los de «SOS Racisme» se enfadan, que les folle un pez.

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Hay una señora… se llama Cristina Antón. Y, veréis, es un caso muy raro. Si en condiciones normales de presión y temperatura meterle un puro a alguien -público o privado- por decir inconveniencias en un blog armaría un incendio de mil pares de cojones en la Red, hay otros casos -el de Cristina, ya puedo decir que sé de uno- en el que le pueden meter hasta tres puros por escribir inconveniencias (que no injurias, que no expresiones constitutivas de delito) en una bitácora y, oye, aquí nadie se inmuta.

Y me parece brutal.

Cristina Antón es controladora aérea y su bitácora, «Controladores aéreos y otras hierbas» se dio a conocer cuando en otoño pasado una huelga de controladores (perfectamente prevista por el Gobierno y como consecuencia de un conflicto liado mano a mano entre Pepiño y Ribalcaba) privó a un montón de ciudadanos del sacrosanto derecho humano, fundamental e inalienable, de irse de puente, generando un cabreo popular alucinante contra el colectivo reivindicador, acusado por todos los medios de privilegiado, ganador de mucha pasta y no sé qué mas. El colectivo fue crucificado por unos medios absolutamente apesebrados y la única voz que se alzó en su defensa fue la de Cristina. Y fue una defensa eficaz porque, siendo la única, su voz se hizo oir. La pusieron tibia, huelga decirlo, pero también se ganó la adhesión no sólo de sus compañeros -esto es de cajón- sino de muchísimos ciudadanos ajenos al asunto, de los que me honro en formar parte.

Lo que pasa es que Cristina les desafía, expone sus vergüenzas, las vergüenzas de la privatización de una compañía de referencia, llevada de la mano por el ministro de Fomento más deprimente que ha visto jamás este país (que ha conocido en la poltrona nada menos que a un Álvarez Cáscos, no cuelgues) y les hace desplantes toreros. Tres expedientes (el último, de un mes de empleo y sueldo, que se dice pronto) que, naturalmente, llevará hasta las últimas consecuencias judiciales.

Me hace gracia su desparpajo, me hace gracia su desinhibición, me hace gracia su manera de expresarse -que no le hace ascos a ninguna palabra del diccionario- y me caen en gracia, sobre todo, sus razones.

Pero el problema ya no es si los controladores aéreos tienen razón, o si tienen mucha, poca o mediopensionista; esa ya es otra discusión, otra historia. El problema está ahora en que una persona está siendo represaliada de forma reiterada y sistemática por ejercer su libertad de expresión de acuerdo con las leyes -es decir, sin cometer ilícitos- y está el país tan ancho. Y está la Red -tan sensibles como somos ante otras agresiones- también tan ancha.

Las represalias que está sufriendo Cristina Antón por parte de la dirección de AENA son gravísimas y constituyen un peligrosísimo precedente. Ella las ha recurrido, es cierto, y cabe esperar que los tribunales acaben dándole la razón, pero… ¿en qué instancia? ¿Cuánto tiempo habrá de pasar para ello? ¿Y qué sucederá mientras tanto si se generaliza la costumbre de que las empresas sancionen a sus empleados por las opiniones que estos vierten -fuera de horas de trabajo y fuera del ámbito de la empresa- sobre hechos que son de público conocimiento (es decir, no revelan ningún secreto)?

Si las reivindicaciones de los controladores aéreos no nos importan deberían importarnos, cuando menos, y mucho, las agresiones contra la libertad de expresión en Internet.

Rechazamos -y con razón- la Ley Sinde porque decirmos -también con razón- que implanta la censura en Internet. AENA –Pepiño, en su sombra- lo está haciendo por las buenas, ha promulgado su particular Ley Sinde y aquí nadie chista.

Bueno, pues que conste en acta, por humilde que sea, el pataleo desde este blog.

Arrieritos somos.

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Hasta los medios pesebreros que más debieran temer un estallido social, se asombran de la pasividad de quienes deberían ser los dinamiteros, es decir, de que no haya estallidos. «El Periódico» de hoy -domigo, arriba explico el qué y el por qué- cuenta la gravísima situación en la que se hallan los jóvenestodos los jóvenes- y de su menfoutisme ante unas circunstancias realmente espantosas. En efecto, un futuro de inseguridad, de derrumbamiento, más o menos paulatino pero seguro, del estado del bienestar, de pobreza -con todas las letras- y, en definitiva, de mierda, y en Granada, por ejemplo, el macrobotellón de primavera que celebran 25.000 jóvenes (cifras del medio; no se yo…). Verdaderamente no sé qué me preocupa más (sobre todo, mirando a mis hijas): si lo muy negro de ese futuro o lo mucho que se lo merecen.

Diversos agoreros prevén estallidos. Y es verdad, cualquiera puede constatarlo: hay una ira contenida tremenda. Contenida, no sé si por el acomodamiento o por la cobardía, todo es posible. Sesenta mil gilipollas abarrotaron ayer en Barcelona un simple, vulgar y estúpido centro comercial inaugurado sobre el cadáver de una plaza de toros, como si realmente se inaugurara algo serio, algo verdaderamente importante y trascendental. Este mediodía veía mientras comía, por el telediario catalán, a los que se quejaban por el cierre de un after en Viladecans (creo que era en Viladecans) y el supino cociente intelectual de los quejosos metía verdadero miedo, tal parecía que les estuvieran privando de un derecho fundamental. Lo más curuoso es que les están privando de derechos verdaderamente fundamentales (trabajo, vivienda, libre expresión, etc.) y los muy capullos ni acusan recibo.

Pero, de hecho, no sé qué es más espantoso, si ese menfoutisme ese rumiar apoltronado y satisfecho (satisfecho no sé de qué, pero satisfecho, es que manda huevos…) o ese estallido si llega a producirse. He dicho muchas veces -ya casi temo ser reiterativo- que un pueblo de cobardes no genera guereros sino asesinos y, por ende, un estallido aquí quizá iría a mucho más que a quemarle sucursales a Botín -hecho que, en sí mismo, no me produce una especial angustia- y probablemente generaría situaciones dramáticas y luctuosas de veras.

«El Periódico» se pregunta, con una cierta disciplencia, si toda esa ira quizá no se canalizará hacia #nolesvotes y ojalá que sí, pero me temo que #nolesvotes exige un nivel de reflexión que, aún siendo sencillo y primario, me da la impresión de que es excesivo para la mayoría (por ejemplo, y sin ir más lejos, a los sesenta mil borregos de ayer en la ex-plaza de toros o a los otros tantos que esta tarde llenarán este, ese o aquel campo de fútbol. Aunque me encanta el proyecto y seguiré contribuyendo a él con entusiasmo, cada vez estoy más convencido de que es demasiado sueco, demasiado alemán o, en definitiva, demasiado ilustrado -incluso su sencillez es excesiva para la basura local- para que cale por estos pagos.

A veces pienso -en términos puramente dialécticos- que me gustaría no tener hijos (hijas, en mi concreto caso): me envolvería en la concha de mi bienestar casi irreversible (digo casi porque en España nunca se sabe) de hipoteca casi pagada y condición de funcionario público, para sentarme en el sillón, encender la mierda de la tele y quedarme ahí a vérmelas venir. Desgraciadamente, sensible como soy a los dramas históricos (y cada día veo uno más próximo), me temo que aún sin hijas estaría profundamente preocupado: no hay seguridad e irreversibilidad suficientes para tranquilizar a nadie con dos dedos de frente.

Hay que esperar a ver si lo de #nolesvotes funciona, pero cada día que pasa tengo menos esperanzas. Tan pocas y de tan poco humor, que ni siquiera me queda ya el sadomasoquismo florentino que describe Pérez-Reverte confiando en llegar ver cómo el tsunami de mierda acaba con todo siquiera un segundo antes de que acabe con él.

Ni siquiera eso -que tiene su puntito- me hace ya gracia. Ni aún como esperanza.

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Bueno, pues ahí está esta inaudita paella. No se repetirá: la próxima vez, esté o no más o menos escrita, paella que no esté en su punto antes de las 23:59 del jueves, paella que va a la basura sin contemplaciones. Además de lo que además, estar sesenta horas pendiente de la puta paella, no paga. Lo siento.

La próxima -ejem- habría de ser -será, espero- el próximo jueves último día del tercer mes de invierno, aunque su último tercio sea ya primaveral: el 31.

A ver qué nos va a deportar esta próxima primavera que adivino tan interesante como finalmente decepcionante.

Por lo dicho.

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Comentarios

  • miguelc  On 27/03/2011 at .

    Pan y Circo.

    Los seres humanos no hemos cambiado nada en 20 siglos.

    El equivalente moderno para una porción nada despreciable de los menores de 30 años (y conozco directamente varios casos de más de 40), es cama y mantel con los “papas”, y borrachera de 3 días los fines de semana.

    Es posible que tengas razón, Javier, #Nolesvotes puede que no de resultado, pero creo que es un poco pronto para darse por vencidos.

    Porque como tú dices, si las cosas no van cambiando de forma suave, poco a poco, llegará un día en que cambien de golpe, a lo bestia, y a mí también me da miedo pensar lo que podría pasar en ese caso.

    Como ya he dicho alguna vez soy profesor, y mis alumnos (de edades muy variadas, de los 18 a los 60) me sirven de guía para tantear las aguas generacionales, y últimamente empiezo a notar algunos cambios.

    Por un lado las generaciones más jóvenes son cada vez más conscientes de la nada que se les viene encima, y eso les asusta y les cabrea.

    En segundo lugar también les cabrea un tanto el simple hecho de tener que pedir, cuando hasta hace nada todo les era dado aún antes de solicitarlo.

    Y para terminar, no tienen ninguna experiencia en cómo organizarse para reclamar lo que debería ser suyo.

    Esto último es lo que creo que es más peligroso, porque podría llevar a que al final se conviertan en masa, y arrasen con lo que se les ponga por delante (el que quiera asustarse que busque en la red por “disturbios” y “Estados Unidos”, o “Francia”, o cualquier país de la CE).

    Creo que los que somos de una generación anterior, y que aún no hemos perdido del todo la memoria de cómo es salir a la calle a pelear por lo que es justo, tenemos que hacer lo que esté en nuestra mano para transmitir ese conocimiento.

    Lo aprendido en los 60 y los 70 vuelve a ser necesario, y no hay wikipedia en la que buscarlo.

  • Javier Cuchí  On 27/03/2011 at .

    Comentario casi enternecedor @miguelc

    No, pero tienes razón, toda la razón. De hecho, ya he indicado que pese a las pocas esperanzas, seguiré colaborando -y con entusiasmo- con #nolesvotes, porque, efectivamente, es la única esperanza, al presente, de darle la vuelta a la tortilla (o un cuarto de vuelta, siquiera) de manera tranquila y sin más traumas que el paro de unos cuantos sinvergüenzas (que ya les viene bien).

    En fin, seguiremos en la brecha enseñándoles principios de dignidad colectiva para no tener que enseñarles a fabricar cócteles molotov a título individual.

  • Cristina Antón  On 28/03/2011 at .

    Gracias por la parte que me toca.
    Está claro que, entre unas cosas y otras, no es fácil ser una chica en los tiempos que corren. En cuanto te despistas te cortan algo, sea un trozo del cuerpo, sea un derecho.
    Y estoy de acuerdo contigo en que esto va más allá de los controladores, que no del control, que es de lo que se trata en última instancia.
    Yo no creo en los arrieritos, aunque sería realmente bonito que los tuyos funcionasen 🙂

  • Javier Cuchí  On 28/03/2011 at .

    Por supuesto que sí. Y halagado, además
    🙂

  • Pilar  On 30/03/2011 at .

    ¿como se puede defender a Cristina?Yo me apunto. Lo que le están haciendo es repugnante.

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