Balompatastraseras

De la serie: Correo ordinario

Tendré que empezar aclarando, por si acaso, que los que me conocéis -lo digo a beneficio de los que no- ya sabéis la mucha alergia que me produce el calzoncillo balompédico pero, va a ser inevitable hablar de él. Inevitable no porque me importe tres cucurbitáceas el tema de la liga, ni del doping ni de gilipolleces por el estilo, sino porque me huelo un viaje al bolsillo público. O sea que, aunque en el fondo de la taza de este váter esté el deporte (según dicen), en realidad hablamos de economía y de política o, lo que acaba siendo lo mismo, ya veréis cómo acabamos yendo a parar a la propiedad intelectual.

La cosa es la siguiente (según leo entre ayer y hoy) o, mejor dicho, el conjunto de lo siguiente: el tinglado futbolero, es decir, los clubs que forman la Liga de Fútbol Profesional (todos empresas salvo dos, si los números y la memoria no me fallan), tienen un déficit de 4.000 millones de euros; de éstos, 700 corresponden a deudas tributarias (no lo tengo claro: no sé si son deudas estrictamente tributarias (AEAT) o deudas tributarias más deudas a la Tesorería General de la Seguridad Social). El reparto de la deuda asusta: desde un Barcelona y un Real Madrid, que deben, más o menos, lo que un presupuesto entero (lo que los coloca en unos 500 por barba, o sea, entre los dos, una cuarta parte del total), hasta un Valencia, que debe como éstos pero con un presupuesto mucho más bajo (130 de presupuesto contra 500 de deuda) o un Atético de Madrid que, con un presupuesto de 110, adeuda 300. Con cifras ya más bajas (entre 90 MEUR de presupuesto del Sevilla y los 20 del Levante), las desproporciones son prácticamente calcadas: ‘grosso modo’, 1 euro de presupuesto por 3 de deuda. Huelga, creo, mayor análisis económico.

Ahora los clubs en cuestión -la mayoría de ellos- pretenden un plante para la próxima jornada (por cierto: nada me daría más placer) en su pretensión de arañar más pasta de las quinielas, más pasta de otras apuestas, y más pasta de no sé dónde más. Pero lo que sobre todo pretenden es que se termine con las retransmisiones televisivas en abierto de la liga del calzoncillo este (todo es ropa interior, como veis: ligas, calzoncillos…) a fin de pillar un plus de… 150 millones de euros. O sea, todo este pifostio para el chocolate del loro.

Premisa personal: no me produce ninguna angustia, lo que se dice ninguna, que no haya balompié en abierto por televisión. Primero, porque veo muy poca televisión y, segundo, porque las pocas veces que me pongo, huyo del calzoncillo dichoso como de la peste.

Pero, salvado mi personal placer respecto de que no haya balompié televisivo si no es mediante pago previo, no sé yo si el tinglado no estará cavando su propia tumba.

La cultura del calzoncillo pelotero morroware, está implantada en este país desde el principio: desde el principio del fútbol, desde el principio de la radio y desde el principio de la tele. Desde que existe el fútbol, todo hay que decirlo, en España sólo ha habido una guerra civil cuando, vista la ingente cantidad de sinvergüenzas, impresentables, ladrones, criminales, analfabetos, hijos de puta y gilipollas que han ocupado las diversas esferas de poder en los diversos regímenes, debiera haber habido, en buena lógica, seis o siete. Recordemos que, sin balompié, solamente en el siglo XIX hubo tres guerras civiles sin otro motivo que el de entronizar a un imbécil en el lugar de una casquivana medio tonta (o tonta del todo); y todo ello por no hablar de diversos pronunciamientos a cargo de otros tantos espadones. A cada cual, lo suyo, y al calzoncillo sus méritos: sus fondillos han servido para enjuagar mucha mierda. De todos modos, también este todo gratis está ahí, en la costra nacional, y va a costar mucho desarraigarlo… si es que se puede.

Lo que me da la impresión que sucede es que, al igual que otros ámbitos tan frecuentes en este blog, lo que hay en el mundo del calzoncillo es mucho incompetente, mucho sinverguenza, mucho necio, mucho atontado y no poco ladrón, para los que todo dinero es poco y el caso es arrambar, con razón o sin ella. Son los especialistas en la administración de dineros ajenos, de lo que suele resultar (igual que en el ámbito público) que el administrador acaba forrado y el ajeno en la calle y debiendo dinero encima.

Imagino que si se implanta el balompata pay only quizá sí, quizá se recauden dos o tres duros más a base de las cada vez más escasas clases medias que aún no han dado con sus huesos en el paro o en la ejecución hipotecaria, pero los jovencitos, sin un euro encima, tirarán por el camino de enmedio: el pirateo de retransmisiones via Internet. Bueno, de hecho, ya creo que lo vienen haciendo.

A partir de ahí, sólo pueden pasar dos cosas: que el pirateo se persiga a sangre y fuego (y que la persecución logre resultados), con lo que me suministrarán el inmenso placer de matar la afición al patadeo a menos de 20 años vista, o que no los logre o que el pirateo no se persiga con saña y repitamos con el peloteo calzoncillero la misma canción que con la música y el cine; la misma canción que, según indicios terminantes, va a repetirse también con el libro (si no se está repitiendo ya).

En todo caso, como digo -como dicen muchos, por lo que he leído sobre el tema- esos 150 millones de más por temporada no van a arreglar nada, no hay que ser tampoco un fino economista para verlo. Lo que nos lleva a que van a exigir rescate público, como los bancos. Lissavetzky -o como cojones se llame el tío del PSOE que manda en la cosa, hay que joderse, nombre enrevesado) dice que no, que no va a haber un plan de rescate con dienero público como el que hubo cuando se obligó a los equipos a constituirse en empresas mercantiles a menos que cumplieran unas draconianas condiciones. Pero mucho me temo que sí, que, con más claras o más ocultas artimañas, toda la ingente malversación de fondos que hay en el putrefacto mundo este de la pelota, vamos a acabar pagándolo los ciudadanitos de a pie. Porque el fútbol, según parece, es de primera necesidad, no vaya a ser que a la gente le dé por interesarse en la política.

Y hasta ahí podríamos llegar.

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