Archivo mensual: marzo 2011

Parte nº 6 – Desfloje

De la serie: Partes de guerra
Desde el campamento libre de #nolesvotes
Día 34 TLS

Bueno, ya tardaba… Ahora sí que se nota una importante caída de actividad en las listas, sobrevenida prácticamente de una semana para otra. En lo que llevamos de la presente, las intervenciones de la lista de correo estatal pueden gestionarse con facilidad y seguirse cómodamente; el tráfico ha bajado mucho, mucho, mucho…

¿Qué quiere decir esto? ¿Que el invento se va al garete? ¿Que #nolesvotes languidece como una planta que se seca poco a poco antes de morir? No, nada de eso. Lo que ocurre es algo perfectamente previsible (creo que ya lo vaticiné en los primeros partes) y, de hecho, lo verdaderamente sorprendente es que la intensidad, la vida externa de #nolesvotes haya aguantado más de un mes con el motor al cien por cien de revoluciones. Lo que ha sucedido ahora, casi cinco semanas después de ponerse en marcha la iniciativa, yo lo veía venir a dos, o sea que no está nada mal.

Pero casi me alegro de que haya sucedido -sobre todo viendo claro, como veo, que esto no es una decadencia sino una normalización- porque permitirá reflexionar sobre un par de cosas. Lo que está claro -para mí siempre lo ha estado- es que no se puede mantener un estado de tensión permanente, que la cotidianidad tiende a convertirse en rutina y que la rutina cansa, agobia.

¿Qué se puede deducir de este mes? A mí se me ocurren unas cuantas reflexiones sobre las fortalezas y las debilidades de #nolesvotes, en relación con su propia naturaleza.

La primera es constatar una gran ventaja: la libertad que ha constituido la premisa de la plataforma, en la que sólo es preciso estar de acuerdo con algo tan simple como promover el boicot electoral a PP, CiU y PSOE, sin más, sin estructuras, sin encarrilamientos, sin directrices, ha llevado a una verdadera eclosión de la productividad creativa. Es decir, en estos términos de creatividad, se ha generado muchísimo valor. Muchísimo. El quid de la cuestión va a estar precisamente en lo que constituye una debilidad cierta: ¿cómo explotar o encauzar hacia una acción eficaz todo ese valor creativo generado sin que esa explotación o ese cauce asfixien precisamente la libertad que ha dado lugar a todo ese valor? Aquí tenemos un difícil círculo vicioso que habría que resolver.

Hay otros problemas que resolver. Por ejemplo, que al no haber una dirección no existe una economía de esfuerzos. Por tanto, falta optimización del trabajo -del esfuerzo desplegado- y nace el peligro de que algunos creadores -muchos o pocos- se quemen, agotados por ese esfuerzo y frustrados por su poca utilidad. Llenar repositorios, un disco duro tras otro, no sirve para gran cosa si su contenido no ha de ser productivamente utilizado. Pero volvemos a topar con el problema troncal: si se establece cualquier tipo de dirección, se parte por la mitad el eje alrededor del cual ha girado alegremente la plataforma.

Otro problema es que carecemos de una sistemática de evaluación -de una doctrina valorativa, como si dijésemos- del trabajo que se lleva a cabo en el ámbito virtual, en la Red. Ahí tenemos lo que tenemos, pero más allá del qué guapo o el anda, cuántas cosas, no sabemos valorarlo y, por tanto, no podemos asignarle un vector de actuación proporcional y proporcionado.

También carecemos de noticias sobre el trabajo presencial. Por poner un simple ejemplo: este pasado fin de semana (jueves 17, viernes 18 y sábado 19) se supone que ha habido encarteladas en muchos puntos del país. Al menos, así lo parecía por los comentarios de las listas. Pero no sabemos, ni siquiera por aproximación, lo que realmente se ha hecho ni podemos tampoco, por tanto, calcular su impacto, porque nadie -así, en general- ha informado sobre estas acciones. En tal sitio quedaron cuatro para pegar carteles junto al mercado, pongamos por caso. Pues no sabemos si fueron los cuatro, tres, dos, uno o no fue nadie; no sabemos cuánto ni dónde encartelaron; no sabemos si los carteles pegados duraron minutos, horas o días; no sabemos si han llegado a oídos de gente #nolesvotes comentarios de ciudadanos sobre la impresión que les han producido estos carteles. Quizá esta carencia tenga solución menos difícil que las demás, pues basta con que los distintos grupos de trabajo adquieran el hábito de informar de lo que hacen y de su resultado a corto y medio y ya valorará el conjunto de la comunidad, eso no requiere de dirección ni de organización ni de centralización, así que no debería ser muy complicado lograrlo.

En resumen, ahora, con las aguas ya en un cauce normal, #nolesvotes podría y debería entrar en un período de reflexión y diagnosis de debilidades, a ver cómo podemos solucionar todos estos problemas sin desnaturalizar lo que ha sido desde el principio la esencia del movimiento. Conviene no olvidar que de éxito también se muere.

Al caso, pues.

Saboreando el éxito

De la serie: Correo ordinario

Hace tiempo, mucho tiempo, que no hablo de software libre. Y ya lo siento, porque es de lo que más me gusta hablar y por lo que más me gusta combatir. La verdad es que toda la mierda esta de la propiedad intelectual y demás mandanga, es un marrón de caballo que no sirve sino para dar la brasa; lo que ocurre es que hay que estar donde las circunstancias te obligan y está claro que la porquería esa -que, además y sobre todo, está sirviendo para encubrir claros movimientos de censura y de control de la Red- afecta a factores demasiado importantes como para dejar correr el tema.

Pero, bueno, hablar del software libre ahora en España es casi obligatorio (y espero que lo sea aún mucho más en los próximos meses) y voy a cumplir alegre y gustosamente con esa grata obligación.

He subido esta mañana a Linux-GUAI, el espacio de los usuarios de software libre de la Asociación de Internautas un artículo de Expansión en el que habla de la candidatura de la Comunidad del Software Libre para el premio Príncipe de Asturias a la Cooperación Internacional, candidatura sugerida por la propia Fundación convocante y motorizada por el CENATIC. Un artículo bastante correcto -en general-, mucho más correcto que la media de los que tratan el tema en formato de cadáver de árbol; tanto que me ha refrescado un par de ideas al respecto.

Sí, porque a veces hay que ser un poco reiterativo. Las generaciones digitales parecen no sucederse como las normales; en términos convencionales estimamos que se produce una nueva generación cada veinticinco años; en la Red, parecería que cada dos o tres se crea una nueva distinta a la anterior, cosa que no debe sorprender, si tenemos en cuenta que los que empezamos en la Red española hace quince o dieciséis años -y quince o dieciséis años no son nada- ya parecemos abuelitos pleistocénicos. Pero así de deprisa van las cosas en Internet: una bitácora como esta, que pronto va a cumplir siete años, ya es una venerable veterana, de las más viejas del espectro (no la que más, pero sí de las que más), sobre todo si consideramos que sigue tan viva como cuando nació y en esa marca ya sí que hay realmente poquísimas. Digo todo esto porque de año en año o de bienio en bienio hay que repetir o recalcar algunas cosas porque si transcurre una generación digital sin que se digan, se olvidan.

El software libre empezó casi como una utopía, algo irrealizable: ¿quién va a hacer un producto enteramente gratuito? ¿Quién va a hacerlo, además bien? ¿Quién va a desprenderse del control de este producto para que cualquiera pueda hacer lo que quiera con él sin pedirle permiso a nadie? Estas fueron solamente las primeras preguntas. Bastaba con ellas para descalificar toda posibilidad ya no de éxito sino, siquiera, de plasmación real. Sin embargo, el producto nació y creció.

Los escépticos de antes, vencidos por la evidencia, arremetieron por otro lado: bueno, bien, sí, hay un montón de geeks y de niñatos que han hecho una cosita, vale. ¿Cómo va a superar, ese montón de niñatos, la calidad que obtiene una empresa con una inversión de centanres, ¡miles!, de millones de dólares puesta a disposición de los mejores desarrolladores, de los mejores ingenieros? Y los niñatos, los geeks, desarrollaron un producto -entendámonos: un conjunto de productos- que igualaba y, frecuentemente, mejoraba la calidad de los productos desarrollados por las empresas vendedoras de copias.

Aún con esas, los de siempre, siguieron haciendo preguntas: sí, bien, er… de acuerdo, han creado cosas de calidad, pero… ¿De qué van a servir sino para epatar de placer a los granujientos partidarios del todo gratis? ¡Nadie va a ganar dinero con el software libre, con un producto que puede obtenerse gratis! Volvieron a cometer un error. Un error basado en la ceguera de no ver más modelo de negocio que el de siempre: fueron incapaces de ver más allá de la venta de copias de un software y, efectivamente, por ese camino, la venta de copias, el software libre no podía ser empresarialmente rentable. Pero -ahora voy al artícuo de Expansión citado- empresas como IBM, BMW, GM, Peugeot, Ferrari, la NASA, la Agencia Espacial Europea y medio Hollywood han pagado muchísimo dinero (a desarrolladores propios o a empresas terceras) por implementaciones en software libre.

Y no sólo eso: la ductilidad y -perdón por la redundancia- la libertad de las licencias libres de software han permitido grandes proyectos llevados a cabo con muy poca capitalización: ahí tenemos a la Wikipedia que, nuevamente dinamizando comunidades, ha terminado con el pingüe negocio de enciclopedias carísimas y de gran prestigio, e incluso han acabado con productos de nueva generación nacidos para hacer a estas enciclopedias la competencia desde la digitalidad (M$ Encarta, por ejemplo). Es proverbial, por lo demás, que la propia Red, Internet misma, funciona con software y licencias libres, sin las cuales no hubiera sido posible. Y casi no hay nada que decir, por evidente, sobre el valor del software libre en la educación y las administraciones públicas, cuya implantación aún más generalizada de lo que ya lo está sólo se ve impedida por la corrupción política imperante a todos los niveles.

En definitiva, el software libre ha venido a demostrar dos importantísimas cosas, una fundamental y otra algo más coyuntural.

La primera, rompiendo axiomas tradicionales en teoría económica, es que el afán de lucro no es el único -y quizá ni siquiera el fundamental- motor económico ni factor determinante a la hora de producir bienes o servicios competitivos. El software libre ha demostrado que una comunidad motivada, solidaria, abierta y colaborativa, sin ánimo de lucro, puede superar en cantidad y en calidad los productos de la más capitalizada y más inversora de las empresas. Esto, a su vez, tiene una doble y capital importancia: por una parte, constituye un posible principio rector de desarrollo tecnológico en países subdesarrollados, carentes de bienes de inversión lo suficientemente cuantiosos como para acometer desarrollos ambiciosos; por otra, transferir ese principio del valor comunitario a campos como la política -y ya se está en ello gracias, precisamente, a la red- puede también alterar los cauces políticos tradicionales y coadyuvar de una manera tremendamente eficaz para que la sociedad, el conjunto de los ciudadanos, recupere su soberanía y vuelva a ser verdadero actor de la política.

La segunda, más en el ámbito comercial, es para darle la razón a Enrique Dans y sus tesis sobre los efectos de la disrupción de los nuevos formatos tecnológicos en los modelos de negocio clásicos; y más aún: deja en ridículo la tradicional estupidez de la cultureta carca y su sarcasmo favorito, aquello del todo gratis no es posible. No sólo es posible sino que es uno de los modelos de negocio con más futuro.

Han pasado ya años desde que unos majaretas se pusieron a trabajar en desarrollos SL y otros majaretas creímos en las posibilidades reales de esa filosofía y colaboramos en la idea divulgándola y defendiéndola. Éramos unos ilusos, unos mindundis y unos pringados y tuvimos que aguantar todo tipo de sarcasmos, desaires y desprecios. Hoy, ya no hacemos tanta gracia. La profecía de Ghandi se cumplió punto por punto: primero nos ignoraron, después, se burlaron, a continuación, nos atacaron (y de qué manera: piratas, comunistas, antiamericanos… nos llamaron de todo). Hoy, hemos ganado. Quedan todavía muchas e importantes metas que asumir, quedan retos a los que responder, pero hemos ganado. Es simplemente así y la cosa no tiene vuelta de hoja.

Nos darán el Príncipe de Asturias o no, está por ver. Puede que nos lo nieguen aunque sólo sea por una razón (y mira que es tonta, pero puede ser suficiente): tener que correr con el bochorno -que sería, además, polémico- de que no sea el heterodoxo Richard Stallman el que recoja el Premio (buena parte de cuyo importe en metálico habría de ir, en justicia, a la Free Software Foundation, que es la que empezó todo esto con un burrito) o tener que correr con el bochorno de que lo recogiera, precisamente, el heterodoxo y me da a mí que nada monárquico Richard Stallman. Aparte, la foto del software libre no sería elegante para el ya veremos si heredero de la Corona -al presente, desde luego, sí lo es, pero la vida da muchas vueltas- porque no sería nada grata a muchas y glamurosas empresas que ven al software libre y a todo lo que signifique promoverlo como lejía en los ojos.

Esta es, por supuesto, mi principal satisfacción personal. Pero hay más: mi constancia -reconoceréis que soy constante- en la guerra contra el apropiacionismo en el campo artístico, aún con los normales altibajos (uno es un ser humano y tiene sus días de más y de menos), tiene mucho que ver con el software libre, que me enseñó que unos poca cosa, solamente armados con la firme voluntad de llevar adelante su proyecto, sus ideas, contra toda oposición y con solamente un poquito de habilidad, si obtienen el apoyo del colectivo social o de una parte cualitativamente importante del mismo, pueden vencer a enemigos gigantescos.

En eso estamos en la lucha internauta.

Y, por lo mismo, también en ella venceremos.

Piratón, piratóooon

De la serie: Me parto el culo

Si es que te tienes que reir, coño, te tienes que descojonar aunque no quieras.

Nuclear, curas y mani

De la serie: Los jueves, paella

No me gusta mucho hacer referencia a aquellos temas de los que los periódicos bajan llenos, pero el caso de Japón lo justifica. Desde mi punto de vista, lo justifica el debate sobre las centrales nucleares que, ahora, como es lógico y obvio, está levantando mucho polvo. Mucho polvo interesado -ergo, distorsionado- por ambas partes.

Yo siempre he sido nuclearista. Nuclearista con reservas o, mucho mejor dicho, con condiciones. Siempre he pensado que las centrales nucleares pueden ser seguras, o todo lo seguras que puede serlo una obra humana; el riesgo, aún en su mínima expresión, siempre existe e ignorarlo es de necios; de lo que se trata es de comprobar, desde distintos puntos de vista, desde el entendimiento entre distintos intereses, desde diversas consideraciones éticas, si el riesgo es asumible y qué pasa, quién paga los platos rotos, si el riesgo se materializa.

Otra cosa es la realidad. Y la realidad es que predominan dos modelos de gestión: el público y el privado. Existe un tercer modelo -el adoptado en Europa y también en España- que es el idóneo, sobre el papel, consistente en la gestión privada pero bajo una severa supervisión pública; el problema es que, en la realidad, el modelo se ha corrompido. También es cierto que no existe la gestión puramente pública o privada, pues todos los países tienen normativa de seguridad para sus centrales nucleares de modo que, teóricamente, esa gestión nunca es completamente independiente, pero lo cierto es que en esos modelos la ley no establece unos sistemas de supervisión excesivamente escrupulosos, a menos que la supervisión puramente política del sistema soviético se admita como supervisión técnica.

El modelo de gestión pública tuvo la expresión de su fracaso en el desastre de Chernobil, el más brutal de los conocidos (si es que Fukushima no lo empeora); el modelo de gestión privada tuvo su mayor exponente en Harrisburg. Además, ha habido diversos otros incidentes en Rusia, Gran Bretaña y el propio Japón.

El problema, en la gestión pública es -como en todo- el dichoso pisamierdas del partido, acrítico y adulador, al frente de la cuestión, decidido a trepar como sea y a no contrarias jamás a sus superiores; el problema, en la gestión privada, es que los consejos de admnistración nunca entienden la seguridad como una inversión sino como un gasto y tienden a reducirla en la medida de lo posible.

El modelo mixto sería, como he dicho, el ideal. Pero basta echar un vistazo al Consejo de Seguridad Nuclear español para darse cuenta de que ese organismo no parece sino un think tank nuclearista, lo que no lo hace, precisamente confiable. No hay más que ver la composición del Comité asesor: toooda la canalla política del tinglado industrial-energético estatal y autonómico, más representantes de la industria nuclear y… así, como náufragos, un representante de Greenpeace por aquí, un académico por allá y poca cosa más. De pronuclearismo y antinuclearismo en plan paritario, nada de nada. Como pase algo aquí, fíate de la virgen y no corras.

El caso es que la energía nuclear de fisión es, hoy, imprescindible, porque las centrales térmicas de fuel o carbón son inasumibles por su coste y su contaminación y las energías renovables -sobre todo, la eólica y la solar- son al presente incapaces de dar respuesta a demandas masivas (grandes ciudades, industria pesada) sobre todo en momentos punta. Sin más conocimientos técnicos que los puramente obtenidos de la divulgación, yo diría que el futuro está en la energía nuclear de fusión y si de mí dependiera dirigiría en esa dirección todos los esfuerzos de investigación.

El desastre de Fukushima tiene alarmado al mundo entero -o al mundo que tiene en sus proximidades centrales nucleares- pero creo deberíamos tener en cuenta un par de cosas antes de abrirnos las venas de desesperación: en primer lugar, hubo corrupción empresarial (y política, obviamente) y se desatendieron repetidas llamadas de atención sobre déficits de seguridad de esta central especialmente ante la posibilidad de terremotos superiores a una magnitud de 7; cabe, pues, pensar que, de haberse atendido esos avisos, el problema que se vive actualmente o no existiría o existiría en una medida mucho menor, con lo que esa central nuclear hubiera podido -en términos verdaderamente realistas- ser completamente segura o, como mínimo, mucho más segura. En segundo lugar, pese a ese denunciado y no escuchado déficit, hay que ver lo que ha aguantado esa central: un terremoto de magnitud 9 y un tsunami tremendo; y aún así, el desastre, siendo grave, está lejos -siquiera de momento- de la palabra apocalíptico que, por motivos presumiblemente más bien sórdidos, pronunció el comisario europeo responsable de los menesteres en cuestión.

Los conflictos de intereses que suelen producirse cuando suceden estas cosas (porque conviene no ser panoli: detrás del ecologismo también hay intereses económicos) llenan el espacio de humo que impide ver claras las cosas. Pero sí está claro que realmente pocas alternativas tenemos (yo diría que ninguna) si queremos mantener los altísimos niveles de consumo energético que estamos manteniendo y tener un medioambiente razonablemente limpio. Se trata de elegir: riesgo cero (o casi cero) y consumismo a la mitad o seguir como hasta ahora y pringar con lo que toque. El eterno dilema: comer bien o dormir bien.

Ambas cosas no son posibles, que quede claro.

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Conocí al pare Manel hace muchos años, hace casi treinta y cinco. Lo traté algo, no mucho, cuando era, simplemente, el párroco de uno de los barrios más deprimidos de la ciudad, una especie de campo de concentración urbanístico llamado Verdum en el que un gobernador civil de otra época había confinado a los barraquistas de la Diagonal cuando estaba a punto de celebrarse el Congreso Eucarístico de 1952, cuyo acto central, entre otros, debía celebrarse -y, de hecho, se celebró- precisamente en esa amplia avenida barcelonesa. En los años 80, a todos los problemas inherentes al hacinamiento y a la pobreza, se añadió el de la heroína, gran número de cuyos adictos vivían -si así puede decirse- allí. A lo que hay que añadir, claro está, las secuelas típicas: trapicheo camellero, narcotráfico ya más serio y menos trapicheante, las patologías delictivas asociadas (que se sumaban a las originarias y propias de barriadas tremendamente hechas polvo), y el etcétera que cae por su propio peso y que cabe suponer.

Manel, siempre con una lánguida sonrisa en el rostro, era la mano tendida que ayudaba en cualquier problema, daba igual cuál fuese y allí los había de todos los tipos y colores. En aquel entonces, si no me falla la memoria, funcionaba solo o con ayudas esporádicas de algunos vecinos algo menos desgraciados que otros habitantes del barrio. Y me consta que en más de una ocasión soportó sacrificios y privaciones personales de cierta entidad en su ayuda a los demás.

Por los años 90, la Generalitat de Catalunya acometió una reforma urbanística (que tuvo sus más y sus menos) y limpió el barrio en lo higiénico y en lo urbanístico, pero no sé si en lo social, porque, por lo que veo -no seguí ya la cuestión de cerca- Manel -un cura que muy bien hubiera podido ser aquel que Candel ubicó en Donde la ciudad cambia de nombre (que no lo fue, evidentemente, porque, además del factor edad, al cura del Candel también me lo presentaron en una ocasión hace aún más años y no era Manel)- siguió con su trabajo ya de una manera más organizada, a través de una fundación sobre la que he ido leyendo de cuando en cuando y parece que lleva a cabo una tarea más que encomiable.

Pues ahora lo excomulgan. Según parece, subvencionó por lo menos un aborto en situación desesperada, tal como él mismo reconoció en un libro y una entrevista- y eso tiene mucho puro de acuerdo con el Códex. Bien, la Iglesia es muy dueña, ja s’ho farà.

Pero no deja de resultar chocante tanto rigor con un hombre esencialmente bueno (creo que es la primera vez que en la historia de esta bitácora califico así a alguien) y tanta manga ancha con tanto hijo de puta ensotanado que se lo ha pasado en grande, a lo largo y ancho del mundo entero y en una amplia horquilla cronológica, bajando braguitas y calzoncillitos de niños.

Desde un punto de vista empresarial, yo diría que los dirigentes eclesiásticos deberían ir a hacer un curso a ESADE o al Instituto de Empresa, a ver si Enrique Dans les pone las ideas un poco en orden, porque no parece que sea bueno para el negocio mantener en el machito a los cabrones que han tocado los cojones (en sentido real y figurado) a muchisima gente y propinar a un puntapié fortísimo (la expulsión del tinglado, nada menos) a quien daba a tanta gente tantas buenas razones para su afección al tinglado en cuestión. A ver si será que el cardenal-arzobispo barcelonés ha hecho, por el contrario, algún curso de esos que organiza la $GAE y se ha liado, el hombre.

Después, que se vayan quejando esos apoltronados con solideo de que la sociedad cada día es más laica y menos religiosa, si resulta que los que intentan acercar a las gentes a la organización sacrificándose en ocasiones hasta lo heróico en pro de los desgraciados y de los pobres, dando trigo antes y después de predicar (trigo que, por otra parte obtienen desplegando ímprobos esfuerzos), donde tantos otros predican para luego andar vigilando que nadie se ponga un preservativo, si esa gente valiosísima y, por tanto, apreciadísima, sale en globo, reprimida, expulsada y vituperada por la jerarquía. Ser coherente con la ideología que predican los textos fundamentales del catolicismo puede comportar problemas gravísimos con la jerarquía católica. Es que es de chiste. Porque el caso de Manel no es, en absoluto, el único. No parece que sea esta la manera idónea de acercar la gente a la Iglesia.

Y encima, ilustran el negocio con la cara de Rouco Varela. Buf.

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¿Se está despertando algo por estos pagos? Quisiera poder decir que sí, aunque vete a saber. Está circuando por Internet, parece que con bastante intensidad, una convocatoria para el 15 de mayo, basada en el hecho de que, teniendo los mismos problemas que los demás europeos, somos los únicos que no hemos rechistado. Y que ya va siendo hora de ponerse las pilas y enseñar a tantísimo canalla que ya está bien y que para seguir tomándonos el pelo van a tener que utilizar la fuerza (aunque sea la ley, detrás de ella siempre están las metralletas de la Guardia Civil), pero que por las buenas ya no cuela.

Está bien darles el trompetazo una semanita justa antes de las elecciones del 22, porque aquí hay muchas putadas preparadas que están dejándose para después de ese día. No tienen ganas de que la enorme cantidad de ERE’s que preparan en las empresas y organismos públicos para echar a la calle a personal con contrato de trabajo les vaya a reventar el tinglado electoral. Saben -o creen saber: en nosotros está que acierten- que la memoria aquí es floja y que para el 2012 ya nadie se acordará de los muchos miles de puestos de trabajo que se van a cargar en el ámbito público. Y eso no es todo: nos espera otra reforma laboral (eufemismo que esos sinvergüenzas emplean para fumarse derechos laborales a punta de pala) de las de caballo, de las que generarán más paro, más precariedad y sueldos de verdadera miseria (por si los que hay ahora fueran una alegría). Se ve que necesitan más dinero aún para que no caigan los beneficios bancarios y van a sacarlo de nuestro bolsillo.

Realmente, o se les propina una buena patada en los cojones o estamos perdidos, pero bien.

Es necesario que reflexionemos, que pensemos bien a quien ponemos ahí, que se trata del único momento en todo lo largo y ancho de la acción política en que valemos algo, en que tenemos un cierto poder. Si lo usamos con inteligencia podemos realmente conseguir redirigir el curso de las cosas. El 22 de mayo les daremos ayuntamientos y comunidades autónomas para cuatro años; el año próximo, les daremos por ese tiempo el gobierno de la nación. Durante tres largos años no deberán temer represalias ciudadanas, podrán hacer y deshacer a su antojo, podrán cometer con nosotros las más tremendas barbaridades, las mayores abominaciones, y nosotros estaremos inermes e indefensos… salvo que nos dé por tirar por la calle de enmedio, lo que podría llevar a un nuevo drama histórico.

En este momento, estamos a tiempo y en condiciones de hacernos los amos -como debe ser- sin mayores traumas, basta que les enseñemos bien enseñado el bastón que estamparemos en sus putas narices como se desmanden; es perentorio que, en primer lugar, nos vean seriamente cabreados y, además, movilizados. A ese escenario le temen como a un pedrisco. Y es necesario que dispersemos el poder; que se metan por su puto culo sus clamores de gobernabilidad, hay que terminar con la mayoría más que absoluta, omnímoda, de las dos grandes maquinarias de pencos, hay que conseguir una docena de grupos parlamentarios y un grupo mixto multitudinario en el 2012. Y para ello, tenemos que mostrarles ahora que somos capaces de hacerlo, que somos capaces de ponernos de acuerdo contra ellos, que somos capaces de movilizarnos, que los treinta años que han dedicado a desactivarnos pudriendo la educación, el trabajo, la vivienda, el futuro, en definitiva, han arrojado como resultado no la aborregada templanza que esperan sino oleadas de cólera y ansias de venganza cívica.

Porque sino lo hacemos así, de verdad, de verdad, que no nos pase nada. Iremos directos al vertedero histórico.

Ya sabes: #nolesvotes. Y el domingo 15 de mayo, a la calle.

Todos.

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Bueno, paella cumplida de nuevo. Pese al tropezón del otro día, esto va tirando con regularidad. Oid: es importante que se le dé cuerda a la convocatoria del 15. Nadie es pequeño. La gente de vuestro entorno, vuestros recursos en Red (redes sociales, blogs, etc.), movilizadlo todo, porque los medios del exterior -otros a quienes también habrá que arreglar las almorranas un día- van a silenciar y ningunear la convocatoria.

Yo estoy ya quedando con mis amigos para ese día, nos reuniremos antes de la manifestación, participaremos en la manifestación y, antes o después de la manifestación -según se convoque para la mañana o para la tarde- comeremos juntos. Si podemos cada uno reunir un grupo así y conseguir que, en el ínterin, corra la voz, vamos a darle un buen disgusto a esos cabrones.

Manos a la obra… en nuestro propio interés.

Justicia compensatoria, por aquí…

De la serie: Correo ordinario

El aperitivito que compartimos el domingo Ana María Méndez, Javier Gandul y yo, dio mucho de sí, y eso que no estuvimos juntos más allá de una hora y media. Otro de los temas que tocamos en nuestra conversación fue el canon digital, su naturaleza y su legitimidad. Recuerdo que, entre otras muchas, saqué a relucir una cuestión que no es la primera vez que pongo sobre una mesa pero que, sorprendentemente, no parece tener acogida en los argumentarios anti$GAE, cosa que me sorprende mucho porque yo creo que es capital y creo que es un argumento que por razonable, por cierto y por públicamente constatable debería emplearse intensivamente cuando salga a la pista de baile la reforma del canon a que obliga la sentencia Padawan.

Se trata del ajuste entre el concepto y la realidad. El canon remunera al autor por las pérdidas de ingresos que supone -teóricamente- el ejercicio del derecho de copia privada, compensación que la $GAE y compañía gustan de apellidar como justa. Y unas narices.

Unas narices, porque la $GAE y demás hierbas no reconocen como ejercicio del derecho de copia privada las descargas de contenidos desde redes P2P, que no se cansan de calificar, estúpidamente, como piratería. Ahora hagamos números: sólo por este concepto y sólo la $GAE, habrá recibido en 2010 unos 30 millones de euros (más o menos: los números exactos están creo, aún por salir, pero en 2009 fueron 27 millones). Si suponemos el precio medio de un CD de música en 18 euros y la participación del autor en un 10% del total (que no llegan a eso ni locos, pero en fin…), es decir, 1,8 euros, resultaría que 30 millones de euros cubren la copia de… ¡¡¡más de 16,6 millones de CDs enteros!!!. Hay que estar muy borracho para creerse esta cifra en base a copias realizadas a la antigua usanza, como en los tiempos en que íbamos con el magnetófono a cassette a casa del amiguete a copiar sus vinilos. Y hay que ser un falsario de campeonato para sostener que estas cifras responden a la realidad. Cualquiera, en su experiencia común y cotidiana, sabe que esos números, argüidos como reales, son radicalmente falsos

Pero, además, hay que pensar que está el cine. Las cifras que yo he dado corresponderían solamente al ámbito de la $GAE, pero conviene no olvidar que la redacudación anual total del canon es superior a los 100 millones de euros para todas las sociedades de gestión, de modo que si efectuamos idéntica operación con las películas de cine -hablando en este caso de DVDs y no de CDs- llegaríamos a un volumen igual de inaudito. Y sumados los dos volúmenes inauditos, el resultado nos arroja una gigantesca y más que evidente tomadura de pelo.

Y eso dando por bueno -supuesto, pero no admitido- el canon como principio.

O sea que, de entrada, de compensación justa, una mierda. Aquí lo que hay es que unos cuantos (no muchos) se están repartiendo graciosamente y por el morro unos suculentos ingresos que les caen materialmente por la cara, o bien los están invirtiendo vete a saber en qué (quizá en un onerosísimo y probablemente ruinoso patrimonio inmobiliario) que nada tiene que ver con el verdadero interés de los autores, los cuales -conviene no olvidarlo-, en su mayoría no ven ni siquiera algún centimillo de los que le hacen tanta gracia al decrépito Borau. Porque, a todo esto, sigue sin saberse a ciencia cierta qué se hace con el dinero del canon.

De modo que, por una parte, el canon; por otra, tenemos cantidades ingentes de dinero público que se gasta (no se invierte, se gasta) en contratar actuaciones de afectos a la causa; por acullá, tenemos las cuantiosísimas y oscurísimas subvenciones al cine, obviamente también de dinero público.

Las palabras para calificar esto van muchísimo más allá de la simple y casi inofensiva expresión de tomadura de pelo. ¡Y es esa gente la que va atribuyendo a diestro y siniestro calificativos de pirata! Y después, alguno de esos va por ahí rasgándose las vestiduras y preguntándose, mientras nadan en un mar de lágrimas de cocodrilo, por qué les odiamos. «Nos odian, y lo que quiero saber es por qué», pues ahí lo tienes, Borjita, más claro que el agua.

Ahora, por imperativo del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, hay que modificar la estructura del canon, que ya no va a poder ser aplicado a aquellos sujetos que no pueden aceder al derecho de copia privada: empresas, administraciones públicas, etc. Lo que van a pretender las sociedades de gestión es, ni más ni menos, que recaudar por lo menos lo mismo, sobre la base o bien de que se sometan al canon más dispositivos (¿las neveras, por ejemplo?) o bien de que aumenten las tarifas en los dispositivos ya previamente sometidos a la vesanía económica. Es decir, desaparece, incluso en su falsa apariencia, cualquier atisbo de causa justa para ir directamente a la recaudación puramente confiscatoria. Sin más.

Esta es la próxima batalla que se va a librar en este ámbito y que va a iniciarse muy pronto. Una batalla en la que tenemos malas cartas: sabemos que los políticos están del lado de la $GAE; incluso la oposición -ese torpe y sucio PP- que gustaría de aprovechar la ocasión para darle leña al desharrapado y ya noqueado mono socialista, va a tener que aguantarse sometido a la admonición del embajador norteamericano que, en definitiva, es quien manda aquí, como está visto y demostrado (sin que, por otra parte, pase nada).

Después de esta, habrá otra, que será la de la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual, pero esta quedará para una próxima legislatura que, no obstante, a menos que #nolesvotes consiga algún resultado, va a ser igual que la anterior, es decir, dominada por políticos venales y tramposos enteramente dedicados a burlar el interés de los ciudadanos en favor de todo tipo de lobbyes y de todo tipo de acreedores.

Este es el plan.

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