Monthly Archives: abril 2011

Horteradas a patadas

De la serie: Rugidos

Entre la pelota de las narices, las bodas de principitos, y lo que te rondaré morena con las secuelas de ambas cosas (partidos de vuelta, viajes de novios, finales y demás), de verdad que hay temporadas en que dan ganas de darse de baja del mundo y mandarlo todo y a todos a cagar a la vía.

¡Qué agobio, joder!…

Impresentables, sin más

De la serie: Los jueves, paella

Lo de Miguel Ángel Rodríguez, el impresentable que fue en su día (y averigua si quizá volverá a ser) portavoz del Gobierno del PP, no tiene nombre. O, visto de otra manera, sí que tiene nombre: tiene muchos nombres y muy feos.

Lo que se le hizo al doctor Montes, coordinador en aquel entonces del servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa, de Leganés, fue una marranada abyecta propia de gentuza, sólo reparada por los jueces… hasta donde los jueces pueden reparar cosas que no parecen reparables.

Si sumas las dos cosas, Miguel Ángel Rodríguez más la guarrada que se le hizo al doctor Montes, y lo aderezas con insultos del primero al segundo, el resultado es una mierda así de grande, una tifa de consideración.

Miguel Ángel Rodríguez -un mindundi intelectual, si lo vas a mirar- se permitió llamar «nazi» al doctor Montes por haber administrado sedaciones a pacientes terminales, que es la razón por la que el sector católico de la administración pública de la Comunidad de Madrid lo sancionó. Lo sancionó entre el asombro y la protesta de toda la comunidad médica y científica -excepto, claro está, la chusma del Opus Dei- porque los tratamientos administrados por el doctor Montes están perfectamente descritos dentro de los cuidados paliativos al enfermo terminal y debidamente protocolizados, protocolos que el doctor siguió escrupulosamente, tal como los jueces han acreditado desde el principio mismo de las actuaciones (ni siquiera llegó a haber imputación). Porque la vesanía del ultramontanismo católico lo llevó incluso al juzgado penal. Sin resultados, claro, pero lo llevó.

Cuando un tipejo como Rodríguez llama «nazi» a un médico como Montes, pienso en mi mujer. Mi mujer, enfermera, pertenece a un equipo de lo que en la sanidad pública catalana se denomina PADES (Programa d’Atenció Domiciliària i Equips de Suport), cuya especialidad consiste, precisamente, en los cuidados paliativos a enfermos terminales y crónicos (mucho más frecuente y habitualmente los primeros). Incidentalmente -y dicho sea sin el menor demérito de otros servicios de la hasta hoy excelentísima sanidad pública catalana-, los PADES se han hecho acreedores a unos índices de satisfacción por parte de los ciudadanos verdaderamente en zona de récord y la valoración de los usuarios es altísima. Y mi mujer, por prescripción del médico del equipo, administra sedaciones con muchísima frecuencia. Estas sedaciones, que se administran cuando el paciente ya está en la fase final de su enfermedad y de su vida (lo que los pilotos denominan final corta, casi a segundos, más que minutos, del aterrizaje), constituyen el último acto posible en pro de la dignidad del enfermo, que muere tranquilo, plácido, sin sufrimiento físico ni moral, en su casa y en su cama (en el caso de los PADES, pero los PADES no son los únicos equipos de cuidados paliativos: los hay también -y son mayoría- intrahospitalarios), y rodeados de su familia. Dado que morir es inevitable -y en estos casos el tiempo para ello está cerrado y contado- no está nada mal que pueda ser así. Yo diría que es la mejor manera de cascar después del famoso acostarse tan tranquilo y morirse durmiendo o del infarto explosivo que no te deja tiempo ni para decir ay (siempre que ello suceda, por supuesto, a edad debidamente avanzada).

Pero hay una colección de innombrables que pretenden que no, que hay que morirse aullando, rabiando de dolor, retorciéndose entre lágrimas, baba y mierda. Y, bueno, está bien: si a ellos les gusta morir así, adelante, es su opción. Espero fervientemente que a Rodríguez nadie le administre sedación alguna y muera, el día que le toque, como quería la otra que bien baila, la Teresa de Calcuta, que decía aquello tan simpático de que el dolor acerca a Dios. Pues nada Rodríguez (y compañía): a cascar bien cerquita suyo y disfrutando de la compañía hasta el ultimísimo segundo de vida. Sin hacerle gracia de ni uno.

Esa gentuza pretende que la sedación paliativa equivale poco menos que a la inyección letal, sólo porque esa sedación adelanta en unas pocas horas una muerte absolutamente irremediable. Es natural: al sedar al enfermo, las pocas defensas que le quedan decaen y el óbito se adelanta (se adelanta, no se provoca) lo dicho, unas pocas horas. No son horas de vida en términos humanos sino puramente ya vegetativa que, de otro modo, lo serían de dolor físico y moral.

Llamando «nazi» al doctor Montes, ese tío insulta no sólo al directamente ofendido, sino a mi mujer, a sus compañeros -a los directos y a los demás que trabajan en el ámbito de los cuidados paliativos- y a todo sentido humanitario. La hostia que le han dado los jueces -y que espero reiteren si la llega a recurrir- le está más que bien empleada.

Y no es nada, comparada con lo que yo pienso de él y de quienes piensan como él.

——————–

Hay cosas que me causan asombro. Verdadero asombro. Y mira que, a mi edad, ya va siendo difícil.

Lo que son los políticos y mi opinión (y la de la inmensa mayoría de los ciudadanos) sobre ellos es de todos conocida y no la voy a reiterar. Por ejemplo, todos estábamos al cabo de la calle de que las medidas de ajuste más duras de las que prepara el gobierno de CiU no iban ni a ejecutarse, ni siquiera a divulgarse, antes de las elecciones del próximo día 22. CiU tiene fundadas esperanzas de arrasar en el mapa municipal catalán, de recuperar con creces, con muchas creces, posiciones perdidas y, sobre todo, de alcanzar la alcaldía de Barcelona, emblemática por el hecho de ser Barcelona y por el adicional de haber sido un irreductible feudo sociata desde hace más de treinta años. Evidentemente, no iban a meternos los brutales recortes que preparan para la sanidad pública (a cuyo frente se ha puesto, conviene no olvidar esta importantísima clave, al jefazo máximo de la patronal de la sanidad privada) o la masacre de EREs que se avecinan para las empresas públicas, antes de las elecciones, comprometiendo gravemente lo que, como he dicho, son esperanzas fundadas pero no -en absoluto- seguridades irreversibles. Esto es lo común y corriente. Un timo, un engaño, un fraude, pero común y corriente, ya casi escrito en el guión y que, por tanto, no sorprende a nadie, ni a los más primerizos (mi propia hija, 19 años aún sin cumplir, una sola convocatoria electoral hasta hoy, la autonómica catalana, a la que acudió y en la que participó con toda ilusión, y a la segunda, la del 22, ya dice que no va o que, si va, va en plan #nolesvotes).

Lo que sí sorprende es el inmenso morro que en un momento dado son capaces de echarle a la cosa. Como, por ejemplo, que te lo refrieguen por el morro. Y así, el portavoz del Govern, soltaba anteayer, sin despeinarse ni nada, que la reforma sanitaria iba a esperar a después de los comicios del 22-M «para mejor perfilarla». Así mismo. Yo creo que la práctica totalidad de los ciudadanos nos quedamos con la boca abierta. Están tan seguros de no equivocarse al determinar nuestro grado de imbecilidad que ya no se molestan ni en disimular. Deben pensar que somos como los burros (o como creen que son los burros) que aunque sepan que les va a caer el palo con toda seguridad, no se preocupan por el dolor hasta que, efectivamente, les cae. Lo terrible es que no se equivocan.

Una ciudadanía normal y no aletargada reaccionaría hundiendo electoralmente a CiU, dejándola completamente aislada en esa Generalitat que ya no será reversible hasta dentro de casi cuatro años. Pero la que tenemos, acudirá borreguilmente a las urnas, no para votar a quien crea el mejor sino para impedir que gane el que cree peor. Ni siquiera cabe -para esta ocasión, de aquí a un año ya veremos- que se note muy sensiblemente la campaña #nolesvotes. Lo que quiere decir que los que no pueden ver a CiU -incluso los que hubieran adquirido su animadversión a partir del delicado detalle de no darnos por el culo hasta después de los comicios- votarán PSC-PSOE, porque ni siquiera el PP es voto útil a estos efectos en Catalunya. O sea que salimos de Guatemala para ir a Guatecutre, salvo algunos que, pese a todo, irán a GuatePPlasta.

No cabe esperanza alguna y no hay apenas nada más que decir.

Ah, sí… Añadir una constatación que también retrata a quien corresponda. Ayer, en la entrega del premio Cervantes (el más importante en literatura hispánica y me atrevería decir que el más importante en literatura, en general, después del Nobel) a la catalana Ana María Matute, no asistió un sólo representante del Govern de la Generalitat. Ahora podría decir una retahila de sapos y culebras pero ¿para qué? Ya estoy cansado de escupir en el desierto. Sólo me gustaría saber en qué idioma cree la gente de CiU que habla, piensa, siente, ama y odia más de la mitad de los catalanes.

En fin…

——————–

He hablado aquí más de una vez del síndrome de amo del cortijo que tienen algunos jueces sobre su juzgado. También en ciertos niveles intelectuales -como cabe suponerles a los jueces- se da la apropiación personal del poder y, como consecuencia del mismo y de una aberrada concepción de su naturaleza, el subsiguiente mal uso. Eso, en general, suele manifestarse en una actitud bronca hacia sus subordinados, hacia abogados, hacia las partes y, lo que es peor, hacia los ciudadanos en general, a los que el Señoría no permite ni expresarse: es de ver el gesto de disciplente suficiencia con que muchos magistrados hacen callar a testigos, legítimos interesados e, incluso, a los propios letrados (bajo la implícita amenaza, claro está, del tanto de culpa por desacato). Se instituyen en una suerte de oráculo de vidas y haciendas y punto pelota: nadie puede hacerles ver las cosas y la realidad de modo diferente a como las ven ellos desde su particular olimpillo de juzgado de primera instancia y desdeñan todo argumento en cualquier otro sentido. No son todos, claro está. Quizá tampoco una mayoría (eso ya no lo tengo tan claro), pero, desde luego, no son, en absoluto, raras excepciones.

Algunos, no obstante, van un paso más allá, y trasladan esa omnipotencia de palabra, obra y hasta de omisión, al tenor de sus sentencias. No se limitan, como se espera de ellos, a ajustar unos hechos establecidos mediante pruebas -no mediante su unilateral percepción de la realidad- al supuesto general establecido en la normativa y, consecuentemente, aplicarla sin más al caso concreto. No. Ellos tienen que ajustar ya no sólo la ley sino la realidad misma a su personal concepción de las cosas y del deber ser; y cuando los hechos son inobjetables de puro evidente y la ley no admite interpretación ni tergiversación alguna y deben resolver contra sus apetencias, contra su divino derecho a configurar la realidad tal como ellos establecen que debe ser sin sujección a otra norma que su propio y arbitrario criterio, entonces se rebotan y ejercen un derecho al pataleo que ellos mismos se otorgan, porque nadie se lo ha dado. Y menos cuando este derecho al pataleo puede ser ofensivo para algunas personas y puede llegara burlar incluso principios constitucionales, como el de la aconfesionalidad del Estado al que representan (o eso se aparenta porque, en realidad, administran justicia… en nombre del Rey, manda huevos).

Y ahí tenemos, por ejemplo, a doña María Rosa Gutés Pascual, magistrada del Juzgado de Primera Instancia 19 de Barcelona, de la que cabe decir, como mínimo, que tiene unas curiosas ideas sobre los antecedentes de hecho y sobre la manera en que debería aplicarse el derecho. Menos mal que ha pasado por el tubo, si bien parece que la cosa le rechina y dice -no se recata de decirlo- que lo ha hecho por imperativo legal, en lo que parecería una queja implícita de no haber podido resolver por mandato divino. Y no lo digo por decir porque, después de todo, la queja no está tan, tan, implícita, y algunas cosas suelta…

Había que resolver sobre la adopción de un menor (2 años) por una pareja lesbiana. Y doña María Rosa resuelve por imperativo legal otorgar esa adopción. ¿Cabía otro imperativo? No en el mandato de la ley, pero sí en la concepción vital de Su Señoría. Que no es lo malo. Lo malo es que la expone, innecesaria e improcedentemente, en el auto. Y ahí es donde la caga. Con la venia. Sostiene la juez -en la resolución, que es lo malo- que lo ideal sería que el menor fuera cuidado y educado por un padre y una madre, porque Dios los creó hombre y mujer. Bueno, pues mire SSª: lo de Dios, es lo que usted se cree, para empezar. Me da igual que lo diga usted en un auto o que lo dijese el Supremo -que ya no me extrañaría nada- en una sentencia. A la ley le importa tres cojones si hay o no Dios y, aún en caso afirmativo, lo que creó o no y de qué manera lo hizo y, por eso, la mención al supuesto hacedor de bosones de Higgs, está de más en un documento jurídico con el escudo del Estado. Más de acuerdo estoy con SSª en que lo mejor es que los niños estén con un padre y una madre -no por razones divinas sino humanas- pero, por más razón que crea tener yo y más razón que crea yo que tiene SSª, tal opinión sigue siendo irrelevante en una resolución judicial. Si la ley dice que un menor podrá ser adoptado por una pareja homosexual, los que pensemos de otra manera debemos jodernos y aguantarnos y, en todo caso, expresar nuestra opinión contraria como ciudadanos particulares utilizando cualquier medio del que, como tales ciudadanos, podamos disponer o, por supuesto, ejerciendo nuestro derecho al voto en favor de quienes estén próximos a nuestras opiniones y/o, además, integrándonos -siempre como ciudadanos a título particular- en una entidad de la sociedad civil dedicada al efecto.

Seguidamente, doña María Rosa explica por qué la ley le parece una mierda (lo de mierda es palabra mía no suya). ¡Ah! Eso sí podría ser procedente. Doña María Rosa estaría en su perfecto derecho -e incluso en la obligación- de criticar la ley por sus defectos técnicos y de hacerlo en una resolución, porque esa explicación puede ser útil para que los justiciables comprendan el proceso, las razones y los motivos por los que el juzgador resuelve de un modo y no de otro: la ley no es clara, la ley está mal redactada, la ley no contempla de un modo perfectamente discriminado o delimitado los distintos supuestos que regula… Pero en lo que no puede entrar como juez es en la crítica de la ley por razón de su fondo, por la razón, digamos -o sin decir-, política que la impulsa. No puede decir en una resolución judicial que el modelo idóneo es el de padre y madre por razón de modelos y de roles (y yo estoy de acuerdo, ojo); no puede decir en una resolución judicial que, si el modelo idóneo se rompe o debe romperse por cualquier circunstancia legalmente aceptable o humanamente irremediable, es preferible que se rompa en el sentido de que haya sólo uno de los dos a que haya dos de sexo repetido (y en eso, aunque ya con algunos matices, también estoy yo de acuerdo). Ya puede verse que, salvo en la cuestión de Dios, yo estoy muy cerca de las ideas de la juez. Pero cada cosa en su lugar y momento y el lugar y momento de esas ideas no es una resolución judicial.

Exijo, como ciudadano, que la juez Gutés sea sancionada. No muy gravemente, puesto que, a fin de cuentas, resolvió rectamente en lo que a la parte práctica de la cuestión se refiere, pero sí que se le pique la cresta para ejemplo y escarmiento. Ya está bien de que los jueces patrimonialicen -no pocos de ellos en plan verdaderamente feudal- su juzgado y sus resoluciones. Les falta educación funcionarial, es decir, mentalidad de servicio a los ciudadanos. Es necesario que se les imbuya la idea de que la Justicia no es una diosa que está por encima de todo y a cuyo servicio hay que rendirlo todo, sino que es el arbitraje que dirime, supeditado a un conjunto de leyes, los conflictos humanos en sociedad, de cara a un mejor orden de la misma. El juez no sirve a ninguna Justicia, así entendida como una entelequia, sino que sirve a su país y a sus ciudadanos. Es, en definitiva, un funcionario como cualquier otro; con unas atribuciones extraordinarias, desde luego -necesarias para el buen fin de su desempeño-, pero un funcionario exactamente igual que yo, igual que un interventor del Ministerio de Agricultura o igual que un cabo primero de Artillería.

Hay que meterles esto en la mollera por las buenas o por las malas.

——————–

Bueno, pues nada, misión cumplida también hoy, dándole ya carpetazo al mes de abril, con lo que liquidamos también el primer tercio del año. En una tira cómoca de Mafalda, la protagonista se preguntaba si los seres humanos llevamos la vida adelante o es la vida la que se nos lleva por delante y cada vez que arranco una hoja del calendario mientras aún tengo en la boca el sabor del cava de Nochevieja, no dejo de pensar en ello.

El próximo jueves será el primero del mes de mayo, día 5, entrando ya en la segunda mitad de la primavera, lo que, en nuestra latitudes, y aún más en el Mediterráneo, ya es casi casi verano. Preparando, pues, el ventilador y el aire acondicionado, que pronto harán falta.

Pero todo llegará y ahí estaremos para entonar el correspondiente cagontó.

Entrando en el libro digital

De la serie: Correo ordinario

Pues tardó, tardó pero, tal como tenía previsto, por fin cayó el lector de libros electrónicos. Una cosa sencillita (previendo que también caerá a no mucho tardar el tablet PC, que hará sus funciones) y pequeña, para poder llevarla en casi cualquier bolsillo. Y baratita, que no está el horno para bollos.

Con ello entro de lleno en el mundo de las descargas, un mundo realmente nuevo para mí. Hasta hoy, esto de las descargas había sido una práctica esporádica y aislada: algún disco que tuve hace mil años y que se perdió en el naufragio de ya no quiero contar cuántos cambios de domicilio, alguna cosa descatalogada, alguna película imposible en canales comerciales… Muy poca cosa. Como sabéis, no me interesa nada de lo que se ha hecho en música en el último cuarto de siglo, con tan pocas excepciones que ni me paga nombrarlas y el cine también me interesa más bien poco. O sea que ni gratis. La música que me interesa ya la tengo desde hace años y la que no tengo y me sigue interesando -esencialmente, la sinfónica y la barroca- la compro en Deustche Grammophon, que me la da baratísima y en un MP3 de baja compresión que resiste con mucha dignidad una cadena estereofónica con un poquito de calidad.

No hubiera tenido ningún inconveniente en seguir la misma práctica con el libro del que, ahí sí, soy un gran consumidor y hasta hoy un gran cliente. Pero, en fin, no voy a reiterar las experiencias frustrantes -ya numerosas, en este ámbito- que otros han tenido y que yo conocía por su experiencia, por un lado, y por mis propios experimentos realizados para documentar intervenciones mediáticas, por otro: estoy al cabo de la calle de que los canales comerciales del libro digital constituyen, en primer lugar, un panorama árido, de muy poco material; en segundo lugar, un infierno de DRM por el que no estoy dispuesto a pasar, por más cracks que haya; y, en tercer lugar, un atraco a mano armada.

Ya lo es el libro material, el de cadáver de árbol. Precisamente la coincidencia de estas fiestas con la diada de San Jordi me ha permitido husmear a mis anchas el asunto del libro en mayor medida que otros años. Casi nunca compro por Sant Jordi porque siempre huyo de la compulsión compradora de la gente que no lee nunca pero que compra porque toca, porque está mandado, que adquiere libros bajo el mismo impulso que le lleva a trotar en calzoncillos cuando el alcalde toca el pito; pero aprovecho que las librerías sacan a ventilar lo que -se supone- es lo más florido y granado de sus existencias para andar metiendo la nariz en ese festival casi pornográfico de títulos y autores. Lo de pornográfico no lo digo con ánimo peyorativo sino para ilustrar mi ludibrio ante tanta maravilla.

Que lo es mucho menos a cada año que pasa. Para empezar, la literatura propiamente dicha me gusta poco. Yo soy más de ensayo, de obra de tesis, de investigación: me gusta la filosofía, la historia, la política, los libros de viajes, la sociología, la ciencia… cosas así. Narrativa, lo justo: los clásicos imprescindibles para el más elemental desasne (que, no obstante, son unos cuantos), alguna obra o autor que, por alguna razón concreta me hayan llamado la atención en un momento determinado (ahí entran, por poner ejemplos bien distntos, un Pérez-Reverte o un Umberto Eco) y luego, casi a peso, el género chico y algunos best sellers -Forsyth, Collins y un corto etcétera- para sobrellevar con un buen pasar las cotidianas abluciones matutinas. Partiendo de esta base, el noventa por ciento de la producción me interesa más bien poco; pero es que la mayor parte de toda esta producción es, verdaderamente, bazofia, pseudonovela de moda -ahora está en boga la mal llamada «histórica», en plan tirar de carrete con templarios y similares en clave casi magufa- para burdos consumidores. Nunca mejor dicho: consumidores, no lectores. Hala, a tragar Dan Brown y sus camarlengos paracaidistas. Por no hablar de esa otra plaga que es la literatura llamada «de autoayuda». Todo eso al módico precio de entre 18 y 20 euros por ejemplar. Si nos vamos a algo más importante, la cifra 3 empieza a aparecer en las decenas con harta frecuencia. Y eso con un IVA mínimo y en un sector empresarial perceptor de cuantiosísimas subvenciones públicas. De vergüenza.

Y, bueno… ¿qué va a pasar ahora con el eBook en la mano? Pues lo tengo muy claro: voy a descargar a saco paco. ¿Gratis? No, siempre que quieran ponérmelo fácil. Estoy dispuesto a pagar. A pagar, claro está, al autor y a nadie más. Con un eBook lo único que manejo es contenido puro y no voy a pagar intermediarios. Por tanto, si un autor dispone una pasarela de pago por Internet o tiene a bien publicar un número de cuenta corriente al que efectuar una transferencia, tendré mucho gusto en pagarle. ¿Cuánto? Veamos… Suelen cobrar un 5% sobre el precio de venta del libro de cadáver arbóreo; a 20 euros, eso sería 1 euro. Ni hablar, eso es una miseria. Quizá haya algún autor -y no creo que muchos- que perciba un 10%, 2 euros. Me sigue pareciendo poco. Yo creo que el precio justo de una obra, digamos, normal, estándar -hasta donde quepa hablar en esos términos-, está en 3 euros. Es lo que pienso pagarle al autor por cada libro suyo que me descargue (siempre, claro está, que no lo haya adquirido antes en cadáver celulósico, en cuyo caso, sus derechos ya estarían saldados y lo que estaría haciendo yo al descargar es, simplemente, proveerme de una copia de respaldo o, a lo sumo, de una copia privada). Evidentemente, hay obras que requieren mucho más que creatividad, que exigen un trabajo de investigación excepcional y gastos eventualmente crecidos (viajes, honorarios de terceros, etc.); estoy pensando en obras que no son sino la plasmación escrita de una investigación a fondo sobre un tema (pienso, por ejemplo, en «La conquista de México» de Hugh Thomas que, incidentalmente, no voy a pagarle porque ya adquirí el ejemplar físico) y creo que ese tipo de obras requeriría una sobrecompensación, pienso en 4 o 5 euros. En todos los casos, admitiría 1 euro más por los gastos bancarios del sistema de pago. Esto puede tomarse como un compromiso. Otorgo a cualquier autor el derecho, no sólo moral -ese, si lo tiene, no soy yo quien se lo da, lo tiene y punto- sino jurídico, de exigirme compensación en esos términos. Y cumpliré gustoso con esa exigencia, aquí y ahora garantizo que no le hará falta a ningún autor ir a un juez (en lo que respecta a este estricto compromiso). Ah, con efectos retroactivos. En el momento en que yo llegue a conocer la forma de pagar a un autor concreto mediante un procedimiento razonablemente práctico, le pagaré toda la obra suya que me haya descargado

No pienso pagar ni a editores, ni a distribuidores, a menos que me presten un servicio real y efectivo y a un precio justo. Por ejemplo, si me proporcionan un buen catálogo en red con una buena pasarela de pago en las debidas condiciones de fiabilidad y seguridad, sin DRM ni mierdas, sí estoy dispuesto a pagarles: un precio que entiendo justo -y generoso- sería un 30% de lo que cobra el autor (sobre las tarifas indicadas). Y, desde luego, ni un céntimo a herederos (por más que la ley diga y baile, no reconozco a los herederos del autor derecho alguno sobre su obra, y menos aún económico): autor muerto es, para mí, obra de dominio público.

Por lo demás, estas retribuciones se ajustan bastante a lo que sería un mercado que verdaderamente funcionase. Creo, sinceramente, que precios superiores llevarán a la descarga gratuita -como, de hecho, está ocurriendo- y que precios inferiores son injustos: la globalización digital y el acceso universal a la cultura tiene que beneficiar también a los autores y retribuirles mejor que el sistema clásico, al sistema de siglos pasados. El progreso debe ser para todos (exceptuando, claro está, a los puros y simples especuladores del trabajo ajeno).

Que es lo que siempre hemos propugnado: el autor debe poder ganarse la vida (si, además, concurre mérito para ello, claro) y yo creo que este sistema que yo me autoimplanto -sí, unilateralmente, qué le vamos a hacer- reporta al autor más beneficio que la compra de un libro convencional; comúnmente, triplica su retribución, aunque en algunos otros casos -muchos menos- quizá apenas la duplique. En todo caso, estoy dispuesto a revisarlo si se me prueba que esto no es así (siempre en estricta referencia al autor, nunca a editores, distribuidores, otros intermediarios y herederos). Y creo, además, que muchísimos lectores de libros digitales estarían dispuestos a autoimplantarse un sistema de retribución en estos propios términos.

A lo que no estamos dispuestos es a soportar negocios obsoletos e ineficientes, servicios que no se nos prestan o que, aunque se intenten prestar o imponer, ni son necesarios ni los queremos. El mundo del conocimiento ha cambiado y no hay Ley Sinde que vaya a hacer volverlo atrás, por más palos que intente o logre ponerle a la rueda.

Esto es, pues, lo que hay.

Sant Jordi forever

De la serie: Pequeños bocaditos


Si a mí me pidieran que lograra que el mayor enemigo de Catalunya se enamorara de ella, lo traería aquí el día de Sant Jordi. Yo no sé si hay escritor por más genial que sea y mayores recursos estilísticos despliegue -desde luego, yo no-, que haya conseguido describir lo que es esta fiesta porque no es una fiesta que pueda explicarse, ni siquiera comprenderse, es una fiesta que, sencillamente, se percibe, se vive.

¿Qué pasa en ella? Pues pasar, lo que se dice pasar, no pasa absolutamente nada. Como en cualquier otra ciudad o pueblo de España, proliferan los puestos de libros y aquí, además, proliferan los puestos -bien montados o improvisados- de venta de rosas. Nada más.

Y nada menos.

No es la primera vez que lo explico en esta bitácora y, seguramente, no será la última: los catalanes seguimos en este día una de las costumbres más hermosas -tanto más en su propia sencillez- y más poéticas, que consiste en regalarle una rosa, una simple y sencilla rosa, a la mujer amada. Así, sin más. Bueno, la hemos ampliado, la hemos pluralizado, y hoy, la mujer amada se ha convertido en las mujeres predilectas; la amada principalmente, desde luego, pero también tienen su rosa las hijas, las madres y, en general, cualquier mujer que haya traído un poco de luz o de sonrisa, aunque sea en un breve instante, a nuestras vidas.

La rosa de Sant Jordi es límpida, diáfana, sin segundas, es solamente una sonrisa floral y cada cual sabe por qué una persona le sonríe. Se sonríe a la amante y se sonríe a la conductora de autobús que ha tenido quince segundos de paciencia para esperar a que llegáramos en vez de cerrar puertas y salir arreando riéndose de nuestro esfuerzo y de nuestra frustración como hacen no pocos cabrones. Y las dos interpretan la rosa perfectamente, las dos saben qué hay detrás de esa flor, de esa sonrisa. El día de Sant Jordi, una rosa nunca genera un malentendido.

El espectáculo -inaudito en Europa, pero más aún en esta España de machismo macarrónico- de hombres, casi todos los hombres, paseando por la calle llevando la rosa que han comprado con sumo esmero y cuidado para entregársela a esa mujer hay que verlo. Hay que ver las calles de Barcelona llenas de hombres llevando rosas con la naturalidad con que antaño llevaban sombrero, repito, hay que verlo.

Es especialmente bonito cuando la festividad cae en día laborable -parece que se consigue mantener la inteligente tendencia a no declararlo día festivo- y pierde un poco si es festivo, pero incluso así…

Este año ha caído en sábado y, encima, en sábado de Gloria, y la fiesta ha mantenido su intensidad. En Barcelona, según parece, pero también en Moià (capital de la comarca natural del Moianès), donde he pasado estos días de fiesta. Ni el tiempo bronco y lluvioso ha podido con Sant Jordi.

Y es que Sant Jordi es mucho Sant Jordi.

Aquí os dejo unas imágenes de la diada en Moià

Cocacola, pobres y niños tontos

De la serie: Los jueves, paella

Antes de empezar hoy, quisiera pediros disculpas por el pinchazo del jueves pasado. Me sabe mal que se fastidiara el invento precisamente el día de su aniversario, pero así son las cosas. La semana pasada estuve a tope y uno llega hasta donde llega (como sabéis). En cambio, supongo que hoy, fiesta en media España, por no decir en casi toda, igual no la esperábais. Pues aquí la tenéis. Espero que una cosa compense la otra.

——————–

Se ha producido estos días un episodio sorprendente. Resulta que Alierta anunció en mala hora que iba a cepillarse a un 20 por 100 de la plantilla de Telefónica, y ello pese a los escandalosos beneficios que obtiene esta compañía por dar un servicio auténticamente cochambroso (es lo que tiene el monopolio y que a uno le regalen las infraestructuras pagadas durante casi un siglo por todos los españoles). Prácticamente al día siguiente, Alierta tuvo el inmenso morro de anunciar unos bonus acojonantes para los directivos de la compañía, levantando el consiguiente y más que justificado escandalazo.

Pero esto no es lo sorprendente. Lo sorprendente es que alguien que no es precisamente un mindundi, Marcos de Quinto, presidente de la compañía concesionaria de Coca Cola en España, le cantó la caña a Alierta a través de Twitter, en el tenor que reproduzco a continuación (por su orden cronológico, no por el de la vista en Twitter):

  • @MarcosdeQuinto: Aunque sea perfectamente legal, no todo vale en la vida. Un poco de patriotismo, por favor. O un poco de ‘por favor’ patriótico #nomeconformo
  • @MarcosdeQuinto: Hay quienes hacen dinero AQUÍ con tarifas altas y lo reinvierten fuera con bajas. Luego sacrifican el empleo del lugar que les da el ‘cash’
  • @MarcosdeQuinto: Esperemos que recoloque parte de la plantilla en ‘móviles’ si es que l arazón es la mala racha de la ‘fija’, porque neto-neto no van mal
  • @MarcosdeQuinto: Me pregunto si Alierta decidió la reducción del 20% de plantilla antes o después del encuentro de empresarios con ZP en Moncloa

Es ocioso decir que estos tuiteos han recorrido la red como la deflagración de un reguero de pólvora y han resultado aplaudidísimas por el personal. Sobre todo, lógicamente, por venir de quien vienen.

Pero esta mañana, yendo al trabajo, oía por la radio que la cúpula norteamericana de Coca Cola ha llamado la atención a De Quinto exigiéndole que no meta a la compañía en polémicas que no tienen nada que ver con la propia compañía.

Aparentemente, es una admonición lógica, pero tengo la impresión de que aquí los de Atlanta la han cagado, quizá no tanto por la admonición en sí misma como por haberla hecho pública. Es una cagada típicamente americana consistente en no molestarse nunca en conocer la idiosincrasia y la sociología de sus colonias, y así les pasa lo que les pasa a veces. En esta, han perdido una buena ocasión de quedarse calladitos o, cuando menos, de lavar los trapos sucios dentro de casa y en silencio.

Si se hubieran molestado en realizar esta prospectiva sociológica, hubieran averiguado varias cosas. La primera, que el antiamericanismo es un sentimiento crónico en todo el pueblo español y en todos sus sectores ideológicos. Es verdad que hay individualidades -muy notables, en algunos casos- de un acendrado americanismo y es verdad que existe también, inevitablemente -la ley de probabilidades y la de Murphy son inexorables- un indeterminable número de gilipollas que renquea por ese lado, pero, en general, una de las poquísimas cosas en las que puede decirse que el común de los españoles estamos de acuerdo es en ver a los yanquis como el humo en los ojos: unos más y otros menos, pero, así, en general, todos. La segunda, que la Coca Cola es el icono más característico del objeto de esa animadversión. Y la tercera, que Telefónica es la entidad empresarial probablemente más detestada en España (incluyo la obviedad empresarial porque, sin esa especificación, tal título honorífico recae, más allá de toda duda y con pruebas sobradas, sobre la $GAE).

Con todos estos factores, póngase uno a operar o, si se quiere, a especular.

Yo diría que los comentarios de Marcos de Quinto provocaron dos efectos: uno, el de suscitar la adhesión de la inmensa mayoría de españoles que han conocido sus opiniones; y otro, el de redoblar esa adhesión al dirigir esas opiniones contra la compañía más odiada y justamente en medio de un importante pico de ese odio.

Como consecuencia, opino que lo que -de propósito o no- ha logrado De Quinto es mejorar en algunos puntos la imagen de Coca Cola. Si el presidente de esa compañía en España considera que preparar un ERE cuando se obtienen inmensos beneficios es algo profundamente inmoral y antipatriótico, quizá -pensarán muchos- la Coca Cola esta no sea tan demoníaca, a lo mejor, por más escondido que esté, tiene algún resquicio de humanidad en sus ámbitos de gestión. Me pregunto cuántos millones de euros habrían de gastar en publicidad y promoción para lograr el mismo resultado en puntos positivos de imagen que don Marcos ha logrado en cuatro tuiteos.

Es probable -vista la cosa con distancia- que De Quinto haya podido ser víctima del «efecto Twitter», descrito más o menos como la impremeditación que causa la rápida inmediatez del medio, la ansiedad por la intensidad de los debates y la poca especificidad en el mensaje emitido a que obligan 140 miserables caracteres y por eso es comprensible que desde Atlanta le hayan dado un trompetazo: lo que hoy ha salido la mar de bien, mañana puede representar una catástrofe cuyos daños sean costosísimos de reparar. Pero también me parece una estupidez -causada, como digo por la ignorancia de lo local- desperdiciar los beneficios obtenidos, aunque sea casualmente, haciendo pública la reconvención al directivo español.

Queriendo proteger una imagen que no había sufrido el menor detrimento, se han fumado el incremento.

Han tenido un mal momento 😉

——————–

Ahora que ya nos hemos divertido un poco, entremos en un asunto delicado.

Un diputado pepero en el Parlament de Catalunya, denuncia que los inmigrantes arramban con el 75% de las ayudas para el pago del alquiler en Catalunya. Peligrosa afirmación, políticamente incorrectísima que puede desencadenar las fáciles iras de los saltimbanquis pseudobuenoides del clan al morito ni tocarlo aunque tenga seis mil antecedentes policiales. El riesgo alcanzaría su paroxismo si seguimos leyendo que el tío propone que esas ayudas -consideradas como prestaciones no básicas– deberían condicionarse a una indeterminada cantidad de años de residencia documentada aquí (ahora es suficiente el empadronamiento, con lo que la ayuda puede otorgarse -y, según parece, de hecho, se otorga- tanto a documentados recientes como a sin papeles). Y sucede esto, precisamente, cuando miembros de la clase media local (o quizá habría que decir «miembros otrora de la clase media») han traspasado, por causa de la crisis, el umbral de la pobreza y necesitan acudir a ayudas de este tipo.

La queja de que los inmigrantes se llevan por delante todo el presupuesto social es recurrente, pero no deja de tener algunos aspectos de realidad. Aunque unos gilipollas hayan decretado que está feo decirlo, la verdad es que la picaresca abunda entre ellos (entre los inmigrantes, no entre los gilipollas, aunque… quién sabe); no más que la local, también es cierto, pero una más otra, no queda aquí piedra sobre piedra.

No hay para todos, esto está claro, y aún menos que va a haber en un futuro a corto y ¡ay! es de temer que a medio plazo. El problema que se plantea es, pues, establecer las prioridades, elegir los criterios a que deben obedecer y cómo deben documentarse para, por una parte, no oponer barreras burocráticas tremendas y, por la otra, impedir la picaresca, que es una palabra muy simpática para definir algo que tiene un nombre real muy feo: fraude. Se dirá lo que se quiera, pero con demasiada frecuencia, los funcionarios tenemos que atar cada mosca por el rabo que ya, ya…

Unos dirán que el pobre local tiene unos recursos de los que carece el inmigrante: familia, amigos, una cierta capacidad de presión política (un DNI, un voto, aunque ese es un factor débil y volátil, en esta España en que los ciudadanos somos unos perfectos mierdas) y un cierto y nebuloso etcétera de recursos que les permiten apañarse más o menos e ir tirando. Y es verdad en la mayoría de los casos, pero no en todos: también entre los del DNI hay parias solos en el mundo, sin padre ni madre ni perrito que les ladre.

Otros dirán que los inmigrantes aparecen ante nuestros ojos como el arquetipo mismo de la miseria, pero lo cierto es que proceden de lo que en su país son clases relativamente privilegiadas (la pastísima que les cuesta -a su nivel adquisitivo- el difícil billete de la emigración ilegal, no está al alcance de muchos, ni siquiera al alcance crediticio: para que alguien preste, el deudor y su familia tienen que estar en condiciones de devolver, y eso, insisto, es una exigua minoría en los países de origen) y, por tanto, podrían volver a su país sin otra pega que la imagen y sensación de derrota, pero con un sustento mucho más seguro que aquí y sin llevarse recursos necesarios para los de aquí. Y también esto es cierto en la mayoría de los casos (sobre todo, de los casos africanos, quizá menos en los sudamericanos), pero no en todos.

Lo óptimo sería poder establecer y fijar los casos excepcionales de ambas partes, es decir, dedicar las ayudas a los locales sin recursos sociales o familiares y a los extranjeros que proceden realmente de la extrema pobreza incluso en comparación con los estándares medios de su país. Y que los demás de unos y otros se apañen como puedan. El problema -importante, prácticamente irresoluble- es establecer un criterio de pobreza y de falta de recursividad sociofamiliar que sirva de nota de corte y, sobre todo -eso es lo verdaderamente difícil- documentarlo, probarlo. Por ejemplo, uno puede probar -no sin dificultades a veces grandes e incluso dirimentes, en ocasiones- que no tiene familia pero… ¿cómo se prueba la falta de amigos? ¿Cómo prueba un marroquí -pongamos por caso- que, allá en la cábila, su familia es pobre de solemnidad incluso para los estándares marroquíes?

El problema es que estamos en época electoral, y las épocas electorales son poco convenientes para hablar, entre otros, del tema de la inmigración y a extranjería. Pero hay otro problema más: tan pronto pase este episodio electoral, nos meteremos, de forma prácticamente inmediata y sin solución de continuidad en una época preelectoral que va a ser más a cara de perro aún y, además, va a tener una duración mucho más larga (como poco, como poquísimo, hasta inmediatamente después del verano, pero fácilmente hasta la próxima primavera). Es decir, afrontamos una problemática angustiosa, urgente y lacerante para todas las partes en cuestión, en el peor momento en que todo ello puede plantearse: en medio de una crisis económica acojonante y en plena y larguísima temporada electoral. Mal asunto.

Apuntada queda la cuestión, porque, la verdad, soy incapaz de proponer una solución idónea más allá de lo dicho.

Y a ver quién le pone el cascabel al gato. Los hay que cobran -y no poco- para ello.

——————–

Esta hubiera sido una entrada la semana pasada y se quedó sin escribir, pero pese a que la noticia ya no es fresca, no quiero dejarla pasar por lo que tiene de sintomático.

Hace unos días, la consellera catalana de Educación, Irene Rigau, pilló un globo con toda la razón del mundo, cosa muy meritoria siendo así que en otras cuestiones no tiene tanta.

Resulta que vino un niñato -bastante subidito de humos, por lo que acerté a ver en los noticiarios- a cantar -o cosa parecida- a Barcelona; y resulta que el tal niñato es una especie de boom de moda entre las jovencitas más jovencitas (teenagers en primera fase, carne de ESO, vamos), un fenómeno de estos que lo mismo dentro de cuatro días desaparece de la pública circulación o se apalanca en el show bussiness años y más años, a lo Bisbal, y hace que toda la $GAE en pleno mee colonia de lavanda. De ahí quiero llegar a que las entradas para ver a la cosa esa iban muy buscadas lo que provocó el espectáculo nada inhabitual de un montón de cenutrios -y, especialmente, cenutrias- haciendo cola dias y noches -así, en plural, según parece- para pillar cacho.

Lo peor del asunto es que algunos de estos días de cola fueron días lectivos, y aquí nadie dijo esta boca es mía. Ni la Guàrdia Urbana (¡hombre, la Guàrdia Urbana..!), ni los padres de los angelitos (aunque mayoritariamente eran angelitas), ni el potito. Cuando resulta que ir al cole cuando toca cole es obligatorio. Obligatorio quiere decir que los padres deben llevar a los chavales al cole aunque sea a puntapiés en el trasero (a alguno le han privado de la guarda y custodia por hacerse el sueco al respecto) o que un funcionario de la Guàrdia Urbana, si ve por la calle a un menor de 16 años en horas lectivas, tiene que dejar de poner multas por estacionamiento indebido -por más que eso joda al alcalde- y ponerse a indagar qué pasa aquí, por qué ese chaval anda a su aire cuando debiera estar en clase liándose a tiros con las mates y con el medio y restituirlo a su lugar, descanso, esto es, al cole; o, detectado un problema sospechoso de ser crónico, informar debidamente para que, vía servicios sociales, la cosa llegue a manos del juez y éste ponga a debido caldo a los responsables (irresponsables, en este caso) del menor, que suelen ser los padres.

Doña Irene se cabrea porque los padres le están formando una bronca acojonante por un quítame de allá la sexta hora lectiva mientras, por otro lado, suceden estas cosas. Como he dicho al principio, el cabreo de la consellera está plenamente justificado, aunque también habrá que decir que no todos los padres -ni la mayoría, ni muchos, afortunadamente- que le están dando la vara con la sexta en cuestión son consentidores de absentismo escolar alguno. Desde la comprensión -que reitero- del justo enfado de la dama, también habrá que decirle que no se pase de lista y no mezcle churras con merinas para salirse por la tangente en una justificadísima reclamación ciudadana.

Más allá de los cabreos, de su justificación y de las salvedades oponibles, lo cierto es que hay veces que abro la boca y me cuesta cerrarla. Que los niños vayan de atontados por la vida, está en la naturaleza de las cosas; yo también recuerdo de mis años mocísimos cómo las chavalillas se pirraban como locas por un Raphael o, menos injustificadamente, por un Cliff Richards, y se les iba la olla con el congratuleichons de los cojones (que, dicho sea de paso, vendió más que el «La, la lá» de Massiel pese a que ésta venció en Eurovisión al Cliff, en aquel dichoso 1968); y todos vimos en su día por la tele cómo las niñatas se desmelenaban histéricas y como posesas ante la presencia de los Beatles a seiscientos metros de distancia. Que eran los Beatles, vale, pero que una circunspección y una cosa… Lo que no es de recibo es que los padres (algunos padres, no todos ni muchos, afortunadamente) pasen de la escolarización de sus hijos de esta manera y, sobre todo, por tan absurda razón.

Sin llegar a tan gran cafrada, es verdad que hay toda una generación de padres cuyo planteamiento formativo parece consistir en dejar que el niño haga lo que le dé la gana. Con demasiada frecuencia oímos a médicos y a educadores mencionar aterrorizados regímenes alimenticios abarrotados de grasas hidrogenadas o de horarios de irse a la cama alucinantes, por no hablar de verdaderos vándalos haciendo auténticamente el gamberro ante la complaciente vista del imbécil de su padre o de la estúpida de su madre, como todos vemos a diario en el avión, en el tren, en el metro o en el autobús; no sé si se debe a un mal entendido liberalismo, a pereza (los hay que no se enteran de que los hijos, además de gasto, dan preocupaciones y trabajo) o a un trauma estúpido porque el ogro de papá los hacía volver a casa a las diez de la noche. O a todo junto.

Lo que sí sé es que tenemos un problema y no es la Guàrdia Urbana (bueno, también, pero es otra cosa).

——————–

Bueno, pues hasta aquí hemos llegado, en este jueves católicamente santo, festivo ya para muchos, que inaugura esta Semana llamada Santa (y no sé por qué) de 2011. Bueno, muchos parece ser que la inauguraron ya el sábado pasado y no hablo sólo de los escolares. Hoteles a reventar, agencias de viajes con el «No hay billetes», bares abarrotados… esto es una juerga. Dicen que hay una crisis de caballo, de las más gordas que se recuerdan, que hay trescientas mil familias desahuciadas, que galopamos hacia el quinto millón de parados y no sé cuántas catástrofes más, pero yo veo al personal que tira millas que se las pela.

Pues nada, a disfrutarlo mientras dure, que a ver lo que dura.

Nos veremos, salvo imponderables, el próximo jueves, que será 28, último del mes de abril.

Portáos bien.

A %d blogueros les gusta esto: