Cocacola, pobres y niños tontos

De la serie: Los jueves, paella

Antes de empezar hoy, quisiera pediros disculpas por el pinchazo del jueves pasado. Me sabe mal que se fastidiara el invento precisamente el día de su aniversario, pero así son las cosas. La semana pasada estuve a tope y uno llega hasta donde llega (como sabéis). En cambio, supongo que hoy, fiesta en media España, por no decir en casi toda, igual no la esperábais. Pues aquí la tenéis. Espero que una cosa compense la otra.

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Se ha producido estos días un episodio sorprendente. Resulta que Alierta anunció en mala hora que iba a cepillarse a un 20 por 100 de la plantilla de Telefónica, y ello pese a los escandalosos beneficios que obtiene esta compañía por dar un servicio auténticamente cochambroso (es lo que tiene el monopolio y que a uno le regalen las infraestructuras pagadas durante casi un siglo por todos los españoles). Prácticamente al día siguiente, Alierta tuvo el inmenso morro de anunciar unos bonus acojonantes para los directivos de la compañía, levantando el consiguiente y más que justificado escandalazo.

Pero esto no es lo sorprendente. Lo sorprendente es que alguien que no es precisamente un mindundi, Marcos de Quinto, presidente de la compañía concesionaria de Coca Cola en España, le cantó la caña a Alierta a través de Twitter, en el tenor que reproduzco a continuación (por su orden cronológico, no por el de la vista en Twitter):

  • @MarcosdeQuinto: Aunque sea perfectamente legal, no todo vale en la vida. Un poco de patriotismo, por favor. O un poco de ‘por favor’ patriótico #nomeconformo
  • @MarcosdeQuinto: Hay quienes hacen dinero AQUÍ con tarifas altas y lo reinvierten fuera con bajas. Luego sacrifican el empleo del lugar que les da el ‘cash’
  • @MarcosdeQuinto: Esperemos que recoloque parte de la plantilla en ‘móviles’ si es que l arazón es la mala racha de la ‘fija’, porque neto-neto no van mal
  • @MarcosdeQuinto: Me pregunto si Alierta decidió la reducción del 20% de plantilla antes o después del encuentro de empresarios con ZP en Moncloa

Es ocioso decir que estos tuiteos han recorrido la red como la deflagración de un reguero de pólvora y han resultado aplaudidísimas por el personal. Sobre todo, lógicamente, por venir de quien vienen.

Pero esta mañana, yendo al trabajo, oía por la radio que la cúpula norteamericana de Coca Cola ha llamado la atención a De Quinto exigiéndole que no meta a la compañía en polémicas que no tienen nada que ver con la propia compañía.

Aparentemente, es una admonición lógica, pero tengo la impresión de que aquí los de Atlanta la han cagado, quizá no tanto por la admonición en sí misma como por haberla hecho pública. Es una cagada típicamente americana consistente en no molestarse nunca en conocer la idiosincrasia y la sociología de sus colonias, y así les pasa lo que les pasa a veces. En esta, han perdido una buena ocasión de quedarse calladitos o, cuando menos, de lavar los trapos sucios dentro de casa y en silencio.

Si se hubieran molestado en realizar esta prospectiva sociológica, hubieran averiguado varias cosas. La primera, que el antiamericanismo es un sentimiento crónico en todo el pueblo español y en todos sus sectores ideológicos. Es verdad que hay individualidades -muy notables, en algunos casos- de un acendrado americanismo y es verdad que existe también, inevitablemente -la ley de probabilidades y la de Murphy son inexorables- un indeterminable número de gilipollas que renquea por ese lado, pero, en general, una de las poquísimas cosas en las que puede decirse que el común de los españoles estamos de acuerdo es en ver a los yanquis como el humo en los ojos: unos más y otros menos, pero, así, en general, todos. La segunda, que la Coca Cola es el icono más característico del objeto de esa animadversión. Y la tercera, que Telefónica es la entidad empresarial probablemente más detestada en España (incluyo la obviedad empresarial porque, sin esa especificación, tal título honorífico recae, más allá de toda duda y con pruebas sobradas, sobre la $GAE).

Con todos estos factores, póngase uno a operar o, si se quiere, a especular.

Yo diría que los comentarios de Marcos de Quinto provocaron dos efectos: uno, el de suscitar la adhesión de la inmensa mayoría de españoles que han conocido sus opiniones; y otro, el de redoblar esa adhesión al dirigir esas opiniones contra la compañía más odiada y justamente en medio de un importante pico de ese odio.

Como consecuencia, opino que lo que -de propósito o no- ha logrado De Quinto es mejorar en algunos puntos la imagen de Coca Cola. Si el presidente de esa compañía en España considera que preparar un ERE cuando se obtienen inmensos beneficios es algo profundamente inmoral y antipatriótico, quizá -pensarán muchos- la Coca Cola esta no sea tan demoníaca, a lo mejor, por más escondido que esté, tiene algún resquicio de humanidad en sus ámbitos de gestión. Me pregunto cuántos millones de euros habrían de gastar en publicidad y promoción para lograr el mismo resultado en puntos positivos de imagen que don Marcos ha logrado en cuatro tuiteos.

Es probable -vista la cosa con distancia- que De Quinto haya podido ser víctima del «efecto Twitter», descrito más o menos como la impremeditación que causa la rápida inmediatez del medio, la ansiedad por la intensidad de los debates y la poca especificidad en el mensaje emitido a que obligan 140 miserables caracteres y por eso es comprensible que desde Atlanta le hayan dado un trompetazo: lo que hoy ha salido la mar de bien, mañana puede representar una catástrofe cuyos daños sean costosísimos de reparar. Pero también me parece una estupidez -causada, como digo por la ignorancia de lo local- desperdiciar los beneficios obtenidos, aunque sea casualmente, haciendo pública la reconvención al directivo español.

Queriendo proteger una imagen que no había sufrido el menor detrimento, se han fumado el incremento.

Han tenido un mal momento 😉

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Ahora que ya nos hemos divertido un poco, entremos en un asunto delicado.

Un diputado pepero en el Parlament de Catalunya, denuncia que los inmigrantes arramban con el 75% de las ayudas para el pago del alquiler en Catalunya. Peligrosa afirmación, políticamente incorrectísima que puede desencadenar las fáciles iras de los saltimbanquis pseudobuenoides del clan al morito ni tocarlo aunque tenga seis mil antecedentes policiales. El riesgo alcanzaría su paroxismo si seguimos leyendo que el tío propone que esas ayudas -consideradas como prestaciones no básicas– deberían condicionarse a una indeterminada cantidad de años de residencia documentada aquí (ahora es suficiente el empadronamiento, con lo que la ayuda puede otorgarse -y, según parece, de hecho, se otorga- tanto a documentados recientes como a sin papeles). Y sucede esto, precisamente, cuando miembros de la clase media local (o quizá habría que decir «miembros otrora de la clase media») han traspasado, por causa de la crisis, el umbral de la pobreza y necesitan acudir a ayudas de este tipo.

La queja de que los inmigrantes se llevan por delante todo el presupuesto social es recurrente, pero no deja de tener algunos aspectos de realidad. Aunque unos gilipollas hayan decretado que está feo decirlo, la verdad es que la picaresca abunda entre ellos (entre los inmigrantes, no entre los gilipollas, aunque… quién sabe); no más que la local, también es cierto, pero una más otra, no queda aquí piedra sobre piedra.

No hay para todos, esto está claro, y aún menos que va a haber en un futuro a corto y ¡ay! es de temer que a medio plazo. El problema que se plantea es, pues, establecer las prioridades, elegir los criterios a que deben obedecer y cómo deben documentarse para, por una parte, no oponer barreras burocráticas tremendas y, por la otra, impedir la picaresca, que es una palabra muy simpática para definir algo que tiene un nombre real muy feo: fraude. Se dirá lo que se quiera, pero con demasiada frecuencia, los funcionarios tenemos que atar cada mosca por el rabo que ya, ya…

Unos dirán que el pobre local tiene unos recursos de los que carece el inmigrante: familia, amigos, una cierta capacidad de presión política (un DNI, un voto, aunque ese es un factor débil y volátil, en esta España en que los ciudadanos somos unos perfectos mierdas) y un cierto y nebuloso etcétera de recursos que les permiten apañarse más o menos e ir tirando. Y es verdad en la mayoría de los casos, pero no en todos: también entre los del DNI hay parias solos en el mundo, sin padre ni madre ni perrito que les ladre.

Otros dirán que los inmigrantes aparecen ante nuestros ojos como el arquetipo mismo de la miseria, pero lo cierto es que proceden de lo que en su país son clases relativamente privilegiadas (la pastísima que les cuesta -a su nivel adquisitivo- el difícil billete de la emigración ilegal, no está al alcance de muchos, ni siquiera al alcance crediticio: para que alguien preste, el deudor y su familia tienen que estar en condiciones de devolver, y eso, insisto, es una exigua minoría en los países de origen) y, por tanto, podrían volver a su país sin otra pega que la imagen y sensación de derrota, pero con un sustento mucho más seguro que aquí y sin llevarse recursos necesarios para los de aquí. Y también esto es cierto en la mayoría de los casos (sobre todo, de los casos africanos, quizá menos en los sudamericanos), pero no en todos.

Lo óptimo sería poder establecer y fijar los casos excepcionales de ambas partes, es decir, dedicar las ayudas a los locales sin recursos sociales o familiares y a los extranjeros que proceden realmente de la extrema pobreza incluso en comparación con los estándares medios de su país. Y que los demás de unos y otros se apañen como puedan. El problema -importante, prácticamente irresoluble- es establecer un criterio de pobreza y de falta de recursividad sociofamiliar que sirva de nota de corte y, sobre todo -eso es lo verdaderamente difícil- documentarlo, probarlo. Por ejemplo, uno puede probar -no sin dificultades a veces grandes e incluso dirimentes, en ocasiones- que no tiene familia pero… ¿cómo se prueba la falta de amigos? ¿Cómo prueba un marroquí -pongamos por caso- que, allá en la cábila, su familia es pobre de solemnidad incluso para los estándares marroquíes?

El problema es que estamos en época electoral, y las épocas electorales son poco convenientes para hablar, entre otros, del tema de la inmigración y a extranjería. Pero hay otro problema más: tan pronto pase este episodio electoral, nos meteremos, de forma prácticamente inmediata y sin solución de continuidad en una época preelectoral que va a ser más a cara de perro aún y, además, va a tener una duración mucho más larga (como poco, como poquísimo, hasta inmediatamente después del verano, pero fácilmente hasta la próxima primavera). Es decir, afrontamos una problemática angustiosa, urgente y lacerante para todas las partes en cuestión, en el peor momento en que todo ello puede plantearse: en medio de una crisis económica acojonante y en plena y larguísima temporada electoral. Mal asunto.

Apuntada queda la cuestión, porque, la verdad, soy incapaz de proponer una solución idónea más allá de lo dicho.

Y a ver quién le pone el cascabel al gato. Los hay que cobran -y no poco- para ello.

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Esta hubiera sido una entrada la semana pasada y se quedó sin escribir, pero pese a que la noticia ya no es fresca, no quiero dejarla pasar por lo que tiene de sintomático.

Hace unos días, la consellera catalana de Educación, Irene Rigau, pilló un globo con toda la razón del mundo, cosa muy meritoria siendo así que en otras cuestiones no tiene tanta.

Resulta que vino un niñato -bastante subidito de humos, por lo que acerté a ver en los noticiarios- a cantar -o cosa parecida- a Barcelona; y resulta que el tal niñato es una especie de boom de moda entre las jovencitas más jovencitas (teenagers en primera fase, carne de ESO, vamos), un fenómeno de estos que lo mismo dentro de cuatro días desaparece de la pública circulación o se apalanca en el show bussiness años y más años, a lo Bisbal, y hace que toda la $GAE en pleno mee colonia de lavanda. De ahí quiero llegar a que las entradas para ver a la cosa esa iban muy buscadas lo que provocó el espectáculo nada inhabitual de un montón de cenutrios -y, especialmente, cenutrias- haciendo cola dias y noches -así, en plural, según parece- para pillar cacho.

Lo peor del asunto es que algunos de estos días de cola fueron días lectivos, y aquí nadie dijo esta boca es mía. Ni la Guàrdia Urbana (¡hombre, la Guàrdia Urbana..!), ni los padres de los angelitos (aunque mayoritariamente eran angelitas), ni el potito. Cuando resulta que ir al cole cuando toca cole es obligatorio. Obligatorio quiere decir que los padres deben llevar a los chavales al cole aunque sea a puntapiés en el trasero (a alguno le han privado de la guarda y custodia por hacerse el sueco al respecto) o que un funcionario de la Guàrdia Urbana, si ve por la calle a un menor de 16 años en horas lectivas, tiene que dejar de poner multas por estacionamiento indebido -por más que eso joda al alcalde- y ponerse a indagar qué pasa aquí, por qué ese chaval anda a su aire cuando debiera estar en clase liándose a tiros con las mates y con el medio y restituirlo a su lugar, descanso, esto es, al cole; o, detectado un problema sospechoso de ser crónico, informar debidamente para que, vía servicios sociales, la cosa llegue a manos del juez y éste ponga a debido caldo a los responsables (irresponsables, en este caso) del menor, que suelen ser los padres.

Doña Irene se cabrea porque los padres le están formando una bronca acojonante por un quítame de allá la sexta hora lectiva mientras, por otro lado, suceden estas cosas. Como he dicho al principio, el cabreo de la consellera está plenamente justificado, aunque también habrá que decir que no todos los padres -ni la mayoría, ni muchos, afortunadamente- que le están dando la vara con la sexta en cuestión son consentidores de absentismo escolar alguno. Desde la comprensión -que reitero- del justo enfado de la dama, también habrá que decirle que no se pase de lista y no mezcle churras con merinas para salirse por la tangente en una justificadísima reclamación ciudadana.

Más allá de los cabreos, de su justificación y de las salvedades oponibles, lo cierto es que hay veces que abro la boca y me cuesta cerrarla. Que los niños vayan de atontados por la vida, está en la naturaleza de las cosas; yo también recuerdo de mis años mocísimos cómo las chavalillas se pirraban como locas por un Raphael o, menos injustificadamente, por un Cliff Richards, y se les iba la olla con el congratuleichons de los cojones (que, dicho sea de paso, vendió más que el «La, la lá» de Massiel pese a que ésta venció en Eurovisión al Cliff, en aquel dichoso 1968); y todos vimos en su día por la tele cómo las niñatas se desmelenaban histéricas y como posesas ante la presencia de los Beatles a seiscientos metros de distancia. Que eran los Beatles, vale, pero que una circunspección y una cosa… Lo que no es de recibo es que los padres (algunos padres, no todos ni muchos, afortunadamente) pasen de la escolarización de sus hijos de esta manera y, sobre todo, por tan absurda razón.

Sin llegar a tan gran cafrada, es verdad que hay toda una generación de padres cuyo planteamiento formativo parece consistir en dejar que el niño haga lo que le dé la gana. Con demasiada frecuencia oímos a médicos y a educadores mencionar aterrorizados regímenes alimenticios abarrotados de grasas hidrogenadas o de horarios de irse a la cama alucinantes, por no hablar de verdaderos vándalos haciendo auténticamente el gamberro ante la complaciente vista del imbécil de su padre o de la estúpida de su madre, como todos vemos a diario en el avión, en el tren, en el metro o en el autobús; no sé si se debe a un mal entendido liberalismo, a pereza (los hay que no se enteran de que los hijos, además de gasto, dan preocupaciones y trabajo) o a un trauma estúpido porque el ogro de papá los hacía volver a casa a las diez de la noche. O a todo junto.

Lo que sí sé es que tenemos un problema y no es la Guàrdia Urbana (bueno, también, pero es otra cosa).

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Bueno, pues hasta aquí hemos llegado, en este jueves católicamente santo, festivo ya para muchos, que inaugura esta Semana llamada Santa (y no sé por qué) de 2011. Bueno, muchos parece ser que la inauguraron ya el sábado pasado y no hablo sólo de los escolares. Hoteles a reventar, agencias de viajes con el «No hay billetes», bares abarrotados… esto es una juerga. Dicen que hay una crisis de caballo, de las más gordas que se recuerdan, que hay trescientas mil familias desahuciadas, que galopamos hacia el quinto millón de parados y no sé cuántas catástrofes más, pero yo veo al personal que tira millas que se las pela.

Pues nada, a disfrutarlo mientras dure, que a ver lo que dura.

Nos veremos, salvo imponderables, el próximo jueves, que será 28, último del mes de abril.

Portáos bien.

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