Sant Jordi forever

De la serie: Pequeños bocaditos


Si a mí me pidieran que lograra que el mayor enemigo de Catalunya se enamorara de ella, lo traería aquí el día de Sant Jordi. Yo no sé si hay escritor por más genial que sea y mayores recursos estilísticos despliegue -desde luego, yo no-, que haya conseguido describir lo que es esta fiesta porque no es una fiesta que pueda explicarse, ni siquiera comprenderse, es una fiesta que, sencillamente, se percibe, se vive.

¿Qué pasa en ella? Pues pasar, lo que se dice pasar, no pasa absolutamente nada. Como en cualquier otra ciudad o pueblo de España, proliferan los puestos de libros y aquí, además, proliferan los puestos -bien montados o improvisados- de venta de rosas. Nada más.

Y nada menos.

No es la primera vez que lo explico en esta bitácora y, seguramente, no será la última: los catalanes seguimos en este día una de las costumbres más hermosas -tanto más en su propia sencillez- y más poéticas, que consiste en regalarle una rosa, una simple y sencilla rosa, a la mujer amada. Así, sin más. Bueno, la hemos ampliado, la hemos pluralizado, y hoy, la mujer amada se ha convertido en las mujeres predilectas; la amada principalmente, desde luego, pero también tienen su rosa las hijas, las madres y, en general, cualquier mujer que haya traído un poco de luz o de sonrisa, aunque sea en un breve instante, a nuestras vidas.

La rosa de Sant Jordi es límpida, diáfana, sin segundas, es solamente una sonrisa floral y cada cual sabe por qué una persona le sonríe. Se sonríe a la amante y se sonríe a la conductora de autobús que ha tenido quince segundos de paciencia para esperar a que llegáramos en vez de cerrar puertas y salir arreando riéndose de nuestro esfuerzo y de nuestra frustración como hacen no pocos cabrones. Y las dos interpretan la rosa perfectamente, las dos saben qué hay detrás de esa flor, de esa sonrisa. El día de Sant Jordi, una rosa nunca genera un malentendido.

El espectáculo -inaudito en Europa, pero más aún en esta España de machismo macarrónico- de hombres, casi todos los hombres, paseando por la calle llevando la rosa que han comprado con sumo esmero y cuidado para entregársela a esa mujer hay que verlo. Hay que ver las calles de Barcelona llenas de hombres llevando rosas con la naturalidad con que antaño llevaban sombrero, repito, hay que verlo.

Es especialmente bonito cuando la festividad cae en día laborable -parece que se consigue mantener la inteligente tendencia a no declararlo día festivo- y pierde un poco si es festivo, pero incluso así…

Este año ha caído en sábado y, encima, en sábado de Gloria, y la fiesta ha mantenido su intensidad. En Barcelona, según parece, pero también en Moià (capital de la comarca natural del Moianès), donde he pasado estos días de fiesta. Ni el tiempo bronco y lluvioso ha podido con Sant Jordi.

Y es que Sant Jordi es mucho Sant Jordi.

Aquí os dejo unas imágenes de la diada en Moià

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