Impresentables, sin más

De la serie: Los jueves, paella

Lo de Miguel Ángel Rodríguez, el impresentable que fue en su día (y averigua si quizá volverá a ser) portavoz del Gobierno del PP, no tiene nombre. O, visto de otra manera, sí que tiene nombre: tiene muchos nombres y muy feos.

Lo que se le hizo al doctor Montes, coordinador en aquel entonces del servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa, de Leganés, fue una marranada abyecta propia de gentuza, sólo reparada por los jueces… hasta donde los jueces pueden reparar cosas que no parecen reparables.

Si sumas las dos cosas, Miguel Ángel Rodríguez más la guarrada que se le hizo al doctor Montes, y lo aderezas con insultos del primero al segundo, el resultado es una mierda así de grande, una tifa de consideración.

Miguel Ángel Rodríguez -un mindundi intelectual, si lo vas a mirar- se permitió llamar «nazi» al doctor Montes por haber administrado sedaciones a pacientes terminales, que es la razón por la que el sector católico de la administración pública de la Comunidad de Madrid lo sancionó. Lo sancionó entre el asombro y la protesta de toda la comunidad médica y científica -excepto, claro está, la chusma del Opus Dei- porque los tratamientos administrados por el doctor Montes están perfectamente descritos dentro de los cuidados paliativos al enfermo terminal y debidamente protocolizados, protocolos que el doctor siguió escrupulosamente, tal como los jueces han acreditado desde el principio mismo de las actuaciones (ni siquiera llegó a haber imputación). Porque la vesanía del ultramontanismo católico lo llevó incluso al juzgado penal. Sin resultados, claro, pero lo llevó.

Cuando un tipejo como Rodríguez llama «nazi» a un médico como Montes, pienso en mi mujer. Mi mujer, enfermera, pertenece a un equipo de lo que en la sanidad pública catalana se denomina PADES (Programa d’Atenció Domiciliària i Equips de Suport), cuya especialidad consiste, precisamente, en los cuidados paliativos a enfermos terminales y crónicos (mucho más frecuente y habitualmente los primeros). Incidentalmente -y dicho sea sin el menor demérito de otros servicios de la hasta hoy excelentísima sanidad pública catalana-, los PADES se han hecho acreedores a unos índices de satisfacción por parte de los ciudadanos verdaderamente en zona de récord y la valoración de los usuarios es altísima. Y mi mujer, por prescripción del médico del equipo, administra sedaciones con muchísima frecuencia. Estas sedaciones, que se administran cuando el paciente ya está en la fase final de su enfermedad y de su vida (lo que los pilotos denominan final corta, casi a segundos, más que minutos, del aterrizaje), constituyen el último acto posible en pro de la dignidad del enfermo, que muere tranquilo, plácido, sin sufrimiento físico ni moral, en su casa y en su cama (en el caso de los PADES, pero los PADES no son los únicos equipos de cuidados paliativos: los hay también -y son mayoría- intrahospitalarios), y rodeados de su familia. Dado que morir es inevitable -y en estos casos el tiempo para ello está cerrado y contado- no está nada mal que pueda ser así. Yo diría que es la mejor manera de cascar después del famoso acostarse tan tranquilo y morirse durmiendo o del infarto explosivo que no te deja tiempo ni para decir ay (siempre que ello suceda, por supuesto, a edad debidamente avanzada).

Pero hay una colección de innombrables que pretenden que no, que hay que morirse aullando, rabiando de dolor, retorciéndose entre lágrimas, baba y mierda. Y, bueno, está bien: si a ellos les gusta morir así, adelante, es su opción. Espero fervientemente que a Rodríguez nadie le administre sedación alguna y muera, el día que le toque, como quería la otra que bien baila, la Teresa de Calcuta, que decía aquello tan simpático de que el dolor acerca a Dios. Pues nada Rodríguez (y compañía): a cascar bien cerquita suyo y disfrutando de la compañía hasta el ultimísimo segundo de vida. Sin hacerle gracia de ni uno.

Esa gentuza pretende que la sedación paliativa equivale poco menos que a la inyección letal, sólo porque esa sedación adelanta en unas pocas horas una muerte absolutamente irremediable. Es natural: al sedar al enfermo, las pocas defensas que le quedan decaen y el óbito se adelanta (se adelanta, no se provoca) lo dicho, unas pocas horas. No son horas de vida en términos humanos sino puramente ya vegetativa que, de otro modo, lo serían de dolor físico y moral.

Llamando «nazi» al doctor Montes, ese tío insulta no sólo al directamente ofendido, sino a mi mujer, a sus compañeros -a los directos y a los demás que trabajan en el ámbito de los cuidados paliativos- y a todo sentido humanitario. La hostia que le han dado los jueces -y que espero reiteren si la llega a recurrir- le está más que bien empleada.

Y no es nada, comparada con lo que yo pienso de él y de quienes piensan como él.

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Hay cosas que me causan asombro. Verdadero asombro. Y mira que, a mi edad, ya va siendo difícil.

Lo que son los políticos y mi opinión (y la de la inmensa mayoría de los ciudadanos) sobre ellos es de todos conocida y no la voy a reiterar. Por ejemplo, todos estábamos al cabo de la calle de que las medidas de ajuste más duras de las que prepara el gobierno de CiU no iban ni a ejecutarse, ni siquiera a divulgarse, antes de las elecciones del próximo día 22. CiU tiene fundadas esperanzas de arrasar en el mapa municipal catalán, de recuperar con creces, con muchas creces, posiciones perdidas y, sobre todo, de alcanzar la alcaldía de Barcelona, emblemática por el hecho de ser Barcelona y por el adicional de haber sido un irreductible feudo sociata desde hace más de treinta años. Evidentemente, no iban a meternos los brutales recortes que preparan para la sanidad pública (a cuyo frente se ha puesto, conviene no olvidar esta importantísima clave, al jefazo máximo de la patronal de la sanidad privada) o la masacre de EREs que se avecinan para las empresas públicas, antes de las elecciones, comprometiendo gravemente lo que, como he dicho, son esperanzas fundadas pero no -en absoluto- seguridades irreversibles. Esto es lo común y corriente. Un timo, un engaño, un fraude, pero común y corriente, ya casi escrito en el guión y que, por tanto, no sorprende a nadie, ni a los más primerizos (mi propia hija, 19 años aún sin cumplir, una sola convocatoria electoral hasta hoy, la autonómica catalana, a la que acudió y en la que participó con toda ilusión, y a la segunda, la del 22, ya dice que no va o que, si va, va en plan #nolesvotes).

Lo que sí sorprende es el inmenso morro que en un momento dado son capaces de echarle a la cosa. Como, por ejemplo, que te lo refrieguen por el morro. Y así, el portavoz del Govern, soltaba anteayer, sin despeinarse ni nada, que la reforma sanitaria iba a esperar a después de los comicios del 22-M «para mejor perfilarla». Así mismo. Yo creo que la práctica totalidad de los ciudadanos nos quedamos con la boca abierta. Están tan seguros de no equivocarse al determinar nuestro grado de imbecilidad que ya no se molestan ni en disimular. Deben pensar que somos como los burros (o como creen que son los burros) que aunque sepan que les va a caer el palo con toda seguridad, no se preocupan por el dolor hasta que, efectivamente, les cae. Lo terrible es que no se equivocan.

Una ciudadanía normal y no aletargada reaccionaría hundiendo electoralmente a CiU, dejándola completamente aislada en esa Generalitat que ya no será reversible hasta dentro de casi cuatro años. Pero la que tenemos, acudirá borreguilmente a las urnas, no para votar a quien crea el mejor sino para impedir que gane el que cree peor. Ni siquiera cabe -para esta ocasión, de aquí a un año ya veremos- que se note muy sensiblemente la campaña #nolesvotes. Lo que quiere decir que los que no pueden ver a CiU -incluso los que hubieran adquirido su animadversión a partir del delicado detalle de no darnos por el culo hasta después de los comicios- votarán PSC-PSOE, porque ni siquiera el PP es voto útil a estos efectos en Catalunya. O sea que salimos de Guatemala para ir a Guatecutre, salvo algunos que, pese a todo, irán a GuatePPlasta.

No cabe esperanza alguna y no hay apenas nada más que decir.

Ah, sí… Añadir una constatación que también retrata a quien corresponda. Ayer, en la entrega del premio Cervantes (el más importante en literatura hispánica y me atrevería decir que el más importante en literatura, en general, después del Nobel) a la catalana Ana María Matute, no asistió un sólo representante del Govern de la Generalitat. Ahora podría decir una retahila de sapos y culebras pero ¿para qué? Ya estoy cansado de escupir en el desierto. Sólo me gustaría saber en qué idioma cree la gente de CiU que habla, piensa, siente, ama y odia más de la mitad de los catalanes.

En fin…

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He hablado aquí más de una vez del síndrome de amo del cortijo que tienen algunos jueces sobre su juzgado. También en ciertos niveles intelectuales -como cabe suponerles a los jueces- se da la apropiación personal del poder y, como consecuencia del mismo y de una aberrada concepción de su naturaleza, el subsiguiente mal uso. Eso, en general, suele manifestarse en una actitud bronca hacia sus subordinados, hacia abogados, hacia las partes y, lo que es peor, hacia los ciudadanos en general, a los que el Señoría no permite ni expresarse: es de ver el gesto de disciplente suficiencia con que muchos magistrados hacen callar a testigos, legítimos interesados e, incluso, a los propios letrados (bajo la implícita amenaza, claro está, del tanto de culpa por desacato). Se instituyen en una suerte de oráculo de vidas y haciendas y punto pelota: nadie puede hacerles ver las cosas y la realidad de modo diferente a como las ven ellos desde su particular olimpillo de juzgado de primera instancia y desdeñan todo argumento en cualquier otro sentido. No son todos, claro está. Quizá tampoco una mayoría (eso ya no lo tengo tan claro), pero, desde luego, no son, en absoluto, raras excepciones.

Algunos, no obstante, van un paso más allá, y trasladan esa omnipotencia de palabra, obra y hasta de omisión, al tenor de sus sentencias. No se limitan, como se espera de ellos, a ajustar unos hechos establecidos mediante pruebas -no mediante su unilateral percepción de la realidad- al supuesto general establecido en la normativa y, consecuentemente, aplicarla sin más al caso concreto. No. Ellos tienen que ajustar ya no sólo la ley sino la realidad misma a su personal concepción de las cosas y del deber ser; y cuando los hechos son inobjetables de puro evidente y la ley no admite interpretación ni tergiversación alguna y deben resolver contra sus apetencias, contra su divino derecho a configurar la realidad tal como ellos establecen que debe ser sin sujección a otra norma que su propio y arbitrario criterio, entonces se rebotan y ejercen un derecho al pataleo que ellos mismos se otorgan, porque nadie se lo ha dado. Y menos cuando este derecho al pataleo puede ser ofensivo para algunas personas y puede llegara burlar incluso principios constitucionales, como el de la aconfesionalidad del Estado al que representan (o eso se aparenta porque, en realidad, administran justicia… en nombre del Rey, manda huevos).

Y ahí tenemos, por ejemplo, a doña María Rosa Gutés Pascual, magistrada del Juzgado de Primera Instancia 19 de Barcelona, de la que cabe decir, como mínimo, que tiene unas curiosas ideas sobre los antecedentes de hecho y sobre la manera en que debería aplicarse el derecho. Menos mal que ha pasado por el tubo, si bien parece que la cosa le rechina y dice -no se recata de decirlo- que lo ha hecho por imperativo legal, en lo que parecería una queja implícita de no haber podido resolver por mandato divino. Y no lo digo por decir porque, después de todo, la queja no está tan, tan, implícita, y algunas cosas suelta…

Había que resolver sobre la adopción de un menor (2 años) por una pareja lesbiana. Y doña María Rosa resuelve por imperativo legal otorgar esa adopción. ¿Cabía otro imperativo? No en el mandato de la ley, pero sí en la concepción vital de Su Señoría. Que no es lo malo. Lo malo es que la expone, innecesaria e improcedentemente, en el auto. Y ahí es donde la caga. Con la venia. Sostiene la juez -en la resolución, que es lo malo- que lo ideal sería que el menor fuera cuidado y educado por un padre y una madre, porque Dios los creó hombre y mujer. Bueno, pues mire SSª: lo de Dios, es lo que usted se cree, para empezar. Me da igual que lo diga usted en un auto o que lo dijese el Supremo -que ya no me extrañaría nada- en una sentencia. A la ley le importa tres cojones si hay o no Dios y, aún en caso afirmativo, lo que creó o no y de qué manera lo hizo y, por eso, la mención al supuesto hacedor de bosones de Higgs, está de más en un documento jurídico con el escudo del Estado. Más de acuerdo estoy con SSª en que lo mejor es que los niños estén con un padre y una madre -no por razones divinas sino humanas- pero, por más razón que crea tener yo y más razón que crea yo que tiene SSª, tal opinión sigue siendo irrelevante en una resolución judicial. Si la ley dice que un menor podrá ser adoptado por una pareja homosexual, los que pensemos de otra manera debemos jodernos y aguantarnos y, en todo caso, expresar nuestra opinión contraria como ciudadanos particulares utilizando cualquier medio del que, como tales ciudadanos, podamos disponer o, por supuesto, ejerciendo nuestro derecho al voto en favor de quienes estén próximos a nuestras opiniones y/o, además, integrándonos -siempre como ciudadanos a título particular- en una entidad de la sociedad civil dedicada al efecto.

Seguidamente, doña María Rosa explica por qué la ley le parece una mierda (lo de mierda es palabra mía no suya). ¡Ah! Eso sí podría ser procedente. Doña María Rosa estaría en su perfecto derecho -e incluso en la obligación- de criticar la ley por sus defectos técnicos y de hacerlo en una resolución, porque esa explicación puede ser útil para que los justiciables comprendan el proceso, las razones y los motivos por los que el juzgador resuelve de un modo y no de otro: la ley no es clara, la ley está mal redactada, la ley no contempla de un modo perfectamente discriminado o delimitado los distintos supuestos que regula… Pero en lo que no puede entrar como juez es en la crítica de la ley por razón de su fondo, por la razón, digamos -o sin decir-, política que la impulsa. No puede decir en una resolución judicial que el modelo idóneo es el de padre y madre por razón de modelos y de roles (y yo estoy de acuerdo, ojo); no puede decir en una resolución judicial que, si el modelo idóneo se rompe o debe romperse por cualquier circunstancia legalmente aceptable o humanamente irremediable, es preferible que se rompa en el sentido de que haya sólo uno de los dos a que haya dos de sexo repetido (y en eso, aunque ya con algunos matices, también estoy yo de acuerdo). Ya puede verse que, salvo en la cuestión de Dios, yo estoy muy cerca de las ideas de la juez. Pero cada cosa en su lugar y momento y el lugar y momento de esas ideas no es una resolución judicial.

Exijo, como ciudadano, que la juez Gutés sea sancionada. No muy gravemente, puesto que, a fin de cuentas, resolvió rectamente en lo que a la parte práctica de la cuestión se refiere, pero sí que se le pique la cresta para ejemplo y escarmiento. Ya está bien de que los jueces patrimonialicen -no pocos de ellos en plan verdaderamente feudal- su juzgado y sus resoluciones. Les falta educación funcionarial, es decir, mentalidad de servicio a los ciudadanos. Es necesario que se les imbuya la idea de que la Justicia no es una diosa que está por encima de todo y a cuyo servicio hay que rendirlo todo, sino que es el arbitraje que dirime, supeditado a un conjunto de leyes, los conflictos humanos en sociedad, de cara a un mejor orden de la misma. El juez no sirve a ninguna Justicia, así entendida como una entelequia, sino que sirve a su país y a sus ciudadanos. Es, en definitiva, un funcionario como cualquier otro; con unas atribuciones extraordinarias, desde luego -necesarias para el buen fin de su desempeño-, pero un funcionario exactamente igual que yo, igual que un interventor del Ministerio de Agricultura o igual que un cabo primero de Artillería.

Hay que meterles esto en la mollera por las buenas o por las malas.

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Bueno, pues nada, misión cumplida también hoy, dándole ya carpetazo al mes de abril, con lo que liquidamos también el primer tercio del año. En una tira cómoca de Mafalda, la protagonista se preguntaba si los seres humanos llevamos la vida adelante o es la vida la que se nos lleva por delante y cada vez que arranco una hoja del calendario mientras aún tengo en la boca el sabor del cava de Nochevieja, no dejo de pensar en ello.

El próximo jueves será el primero del mes de mayo, día 5, entrando ya en la segunda mitad de la primavera, lo que, en nuestra latitudes, y aún más en el Mediterráneo, ya es casi casi verano. Preparando, pues, el ventilador y el aire acondicionado, que pronto harán falta.

Pero todo llegará y ahí estaremos para entonar el correspondiente cagontó.

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Comentarios

  • alegret  On 28/04/2011 at .

    Hola:

    Soy Abogado dedicado al Derecho de Nuevas Tecnologías y Propiedad Intelectual. Sigo este blog porque me parece magnífico y me identifico en un 90% con lo que dices.

    Te voy a comentar una anécdota sobre la prepotencia, arrogancia, estulticia y soberbia de los jueces españoles. No siendo yo precisamente partidario de la concepción o del modelo actual de la propiedad intelectual, hace poco me llamaron de una radio para que opinara sobre la absolución de dos “top manta” en Madrid. Les dije que me dejaran leer la sentencia que después opinaría.Se quedaron sorprendidos ante mi respuesta, pues yo dije que en ese momento el “top manta” constituía una modalidad delictiva y que, en consecuencia, era sancionable.

    Lo que dije tenía su explicación pues el Juez en su sentencia -como ente divino y sin responder ante nadie- utilizaba criterios metajurídicos como “el escaso reproche social de la conducta delictiva” -para mí es menos reprochable robar un Banco, pero bueno- o se cobijaba bajo el “principio de intervención mínima”, por el cual el Derecho Penal sólo debe considerar punibles las conductas verdaderamente graves. Aquí es dónde yo encuentro la aberración y la inadmisible actitud de esta gente. Pues, amparándose en dicho principio, el Poder Judicial lo que le está diciendo al Legislativo es más o menos esto:”me da por saco que Vd. considere esta conducta como delito, yo no lo aplico porque soy Juez y no me sale de mis santos cojones. En definitiva una odiosa injerencia o intromisión del Juez en el Poder Legislativo.
    Joder, luego cuando se sienten “perturbados o inquietados en su independencia” por una gilipollez, parece que les han metido un palo por el culo.
    A estos sí que habría que meterlos en cintura.

    Un saludo.

    José Manuel Antón de la Calle
    Oviedo

  • PROTESTAVECINO  On 28/04/2011 at .

    Yo no lo aplico porque soy Juez y no me sale de mis santos cojones.Real como la vida misma.
    El angelito Rodriguez, ni en las mas siniestras pesadillas, os podeis imaginar las putadas que realizo del individuo, miedo da.

    Dale las gracias a tu santa, en esos momentos que pierdes a un ser querido, ellas estan siempre a tu lado y dando esa serenidad al que se va.
    Gracias, una y mil veces, gracias.
    Gracias,Maestro.

  • JP Clemente  On 30/04/2011 at .

    Saludos Javier, es para agradecerte emocionado la 1ª parte del artículo, del doctor Montes. Como sabes estuve en manifestaciones perfectamente documentadas cuando declaró, en el Hospital Severo Ochoa, dicho con sumo respeto, pues por aquellos días había estado a punto de irme (Asamblea de Internautas de Toledo, el doctor de la Asociación no me reconoció como el mismo en la de Coslada) y además, cuando querían volver atrás (los casos elegidos, al final 4 de 500 eran de personas de edad, 80 y 90 años) yo mismo fui el que escribió claramente que era rigurosamente anticonstitucional (la actuación de la justicia en España es irreversible) y al día siguiente acabó ese juicio, puedes consultar la hemeroteca de esos día en el periódico El Mundo, que era desde donde azuzaban y verás que no miento. También me consta que en el juicio les preguntaron qué era Sendero Luminoso, pero era yo solo. Me alegro que lo poco que yo pudiera hacer entonces también alegre a tu mujer (creo que la he conocido en alguna Asamblea, aunque no sabía su profesión) pero no solo era por experiencia personal, creo que ahí también influye haber tenido formación académica.

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