Monthly Archives: mayo 2011

Notas cataláunicas

De la serie: Esto es lo que hay

Interesante jornada la de ayer. Por muchos motivos.

Bueno, antes que nada, constatar que el lunes pasado me equivoqué cuando daba cuarenta y ocho horas a la acampada: no fueron cuarenta y ocho sino poco menos del doble, casi noventa. Pero tampoco fueron, porque no hubo desalojo, luego ni cuarenta y ocho, ni noventa, ni trescientas. Así, pues, tal como deseaba el lunes, me equivoqué -es lo menos que suele pasar cuando se pone uno a jugar a profeta- y me alegro enormemente de haberme equivocado. Y constato otro error, este más grave, de apreciación, cuando vaticinaba que el desalojo se produciría entre la indiferencia de los ciudadanos. Error tanto más grave en cuanto ayer por la tarde yo mismo -y mi propia hija- estábamos en la plaza Catalunya expresando claramente a la autoridad incompetente, juntamente con varios miles de barceloneses, que los ciudadanos, los de a pie, no vamos a consentir que se levanten las acampadas por las bravas. No gratuitamente, al menos: si osan levantar las acampadas por la fuerza, la factura política que habrán de pagar será crecida. De hecho, vamos a ver si conseguimos que paguen cara la intentona; no sé si vamos a poder lograr cargarnos -políticamente, por supuesto- a Puig, pero vamos a intentarlo.

Esto dicho, vamos a más cosas…

La gente de la acampada

Mi homenaje, mi admiración y mi sombrerazo por su gestión del conflicto. Por su táctica, por su actitud, por su serenidad y, en definitiva, por su valor cívico. Toda una lección que mucho inútil con galones debería estudiar mientras se ciñe los cojones con un cilicio (o con un par de vueltas de alambre de espino, si no hay cilicios de ese tamaño) y se arrea unas cuantas ansias con un buen knut. No sé si eso lo volverá competente, pero al menos puede intentarlo… En el peor de los casos, poco se perderá.

Lo que más me admira de la actitud de los acampados es la suma inteligencia con que han llevado el asunto y con que han diseñado la resistencia. El estoicismo con que han sufrido la brutalidad policial manteniendo inalterable su actitud pacífica, sin responder, en el más violento de los casos, más que con chorros de agua (sin presión), según he visto en algunas fotos y vídeos, ese estoicismo, digo, es absolutamente ejemplar y certero. Dejando que la violencia gratuita sea ejercicio exclusivo del enemigo, han logrado una victoria atronadora con los mismos argumentos del propio enemigo. Los que han utilizado la violencia gratuita, los que se han comportado como verdaderos perroflautas antisistema, como auténticos quemacontenedores, los que han montado una kale borroka talmente como las de allá arriba, han sido, precisamente, los mandatarios de Puig, calcinando con ello fulminantemente su imagen ante la ciudadanía, que no vacila, ya tendido el sábado, en compararlos con los grises sin matiz diferencial alguno.

Sólo me queda, eso sí -porque lo dicho, por lo demás, en anteriores mensajes, lo mantengo- desear que esa inteligencia que han demostrado y ese apoyo ciudadano ayer reiterado, al que deben por su parte un enorme respeto, se vean en las asambleas y ciñan contenidos y manifiestos a lo que estrictamente nos movilizó a todos el 15-M. Si esto se hace así, el precio de levantar las acampadas se irá encareciendo más aún que el petróleo.

Los ciudadanos

Sobre nosotros mismos, poco hay que decir: hemos manifestado claramente que no queremos que los campamentos sean levantados a la fuerza y, ayer por la tarde, Sol cedió liderazgo a Catalunya, siquiera por unas horas. Los barceloneses hemos determinado actitudes a nivel de toda España: las acampadas no se tocan. Ya haremos, si gustamos, el debate de si deben levantarse por las buenas y cuándo, pero lo que está claro es que, aunque sean unos centenares de chavales, representan claramente los sentimientos, los deseos y -si moderan el argumentario- las ideas de miles y miles de ciudadanos. En otras palabras: no se están apropiando del espacio público, como en su infinita torpeza claman los politicastros, porque ese espacio público es nuestro, de los ciudadanos, y está más que claro que se lo hemos cedido.

Los políticos

Su torpeza, su ignorancia, su venalidad y su manía de tomarnos por tontos no cede ni siquiera ante la fuerza de los acontecimientos, que no es poca. Sigo preguntándome hasta dónde habrá que llegar para que esos idiotas se lleguen a dar cuenta de la dirección por donde sopla el viento. Y, la verdad, me da mucho miedo el hasta dónde habrá que llegar. Me pregunto quién, en definitiva, tendrá que acabar pagando su ceguera interesada, su cortedad mental, su venalidad, y cuál será el importe de esa factura. Me da mucho miedo este país, lo he dicho muchas veces, un país que no tiene término medio y que puede pasar de la mansedumbre y la borreguez más absolutas a la brutalidad más abyecta. Creo que estamos teniendo la suerte -en términos históricos- de que se esté produciendo un aviso, un aviso claro y diáfano. Y pacífico al cien por cien. Si ese aviso no es escuchado, las responsabilidades en que incurrirán los premeditadamente sordos pueden ser terribles.

En volumen menos histórico, la chanza -sanguinaria- que se nos hace a los ciudadanos: Barcelona es pasto de trileros, carteristas, descuideros, tironeros, revientapisos, asaltatorres, negreros, macarras, tratantes de blancas y demás especialidades de hijos de la gran puta sin que, al parecer, haya bastante policía para tanto malsín. Sin embargo, Puig puede utilizar nada menos que trescientos cincuenta antidisturbios (me niego a llamarlos polis, que, en su correspondiente ámbito, es un honroso título de servidor público) para devastar una plaza llena de ciudadanos pacíficos. Y aún se queja de que las cosas fueron mal porque no había suficientes apaleadores. ¿Qué necesita? ¿Una división acorazada? Y mientras se recortan nuestros salarios y nuestras prestaciones sociales, se tira de helicópteros, al precio -nada módico- que cuesta cada hora de vuelo (tanto mejor empleada echando una mano en los incendios de Baleares, en vez de atorrar al personal aquí).

Los Mossos d’Esquadra

Lo de estos es para verlo. O, por lo menos, su sección, división, departamento o como cojones le llamen, de antidisturbios.

Para empezar, el error de base de enviar antidisturbios donde no hay disturbios, pero ese error puede ser más bien atribuible (para variar) a los políticos.

Seguimos por su tremebunda y manifiesta incompetencia táctica.

No tuvieron en cuenta -por enésima vez- los modernos sistemas de telecomunicación. Ellos se creen seguros, ocultos bajo sus cifradísimas comunicaciones en tetra, pero son absolutamente incapaces de realizar una mínima prospectiva sobre las posibilidades del adversario. Ya hicieron el más patético ridículo, pobres desgraciados, cuando con motivo de las protestas por el plan Bolonia, se les metió un pufo por Internet y por las redes sociales y se dedicaron a proteger el centro casi con cazabombarderos, mientras decenas de miles de estudiantes, perfectamente sincronizados mediante un inteligente uso de las TIC se iban por otra parte. Si esos estudiantes hubieran sido tan bárbaros como los propios antidisturbios (afortunadamente fueron extremadamente pacíficos) aún estaríamos reconstruyendo el Eixample. El tremebundo error táctico, por el que hubieran debido rodar decenas de cabezas negligentes, pasó desapercibido sólo porque, a la postre, no pasó nada. Muy político todo, sí…

Esta vez, se han dejado rodear. Mientras ellos saqueaban (ahora iremos a lo del saqueo) la acampada, los móviles empezaban a echar humo y, cuando quisieron darse cuenta, estaban rodeados.

Les pasó como a Julio César en Alesia, que tuvo que sostener un cerco mientras los propios cercadores eran cercados. Veni, vidi, vici, Julio César, con una inteligencia táctica que, reitero, debieran estudiar cuidadosamente los del cilicio en los cojones, terminó allí con Vercingetórige y sometió a toda la Galia, que pasó a ser la más fiel de las provincias romanas -más aún que la propia Hispania- hasta el siglo V D.C., en los mismísimos últimos momentos del Imperio. Está claro que el jefe táctico de los antidisturbios cataláunicos sólo sabe de Julio César lo que ha leído en Asterix. En su caso.

Así rodeados, los Mossos, en vez de reaccionar como una fuerza disciplinada, fueron presas del pánico y se produjeron con una violencia absolutamente bestial, bárbara, y causaron un sinnúmero de heridos, algunos de ellos gravísimos. Y, encima, hubieron de retirarse vergonzosamente, más al estilo liebre que ordenadamente. Y todo eso frente a una multitud no tan numerosa, completamente desarmada, y que no ofrecía resistencia alguna, más allá de su propio número y su masa (en sentido físico).

¡Qué vergüenza! ¡Qué puta, vil y rastrera vergüenza!

Las escenas de ese pánico -que, obviamente, han corrido a match 3 por la Red, pues los políticos han perdido también, y ya hace tiempo, la iniciativa estratégica en la comunicación- se han visto reflejadas en mossos golpeando a jóvenes indefensos -en medio y en actitud-, a discapacitados en silla de ruedas, y en actitudes chuloputescas, como ese fulano acorazado hasta arriba retando a los ciudadanos a que hicieran o le dijeran vete a saber qué…

Vergonzoso, vergonzoso, vergonzoso. Hasta la chusma de Pancho Villa hubiera toreado el asunto con muchísimo más decoro.

Algunas dudas jurídicas que albergo en mi santa inocencia

¿Qué historia es esa de llevarse los ordenadores so pretexto de limpiar la plaza por si los vándalos del fútbol la arman hoy? ¿Qué tiene que ver una cosa con otra? ¿Qué bases de datos -perfectamente legítimas en manos de los acampados pero no en otras– contienen esos ordenadores? ¿En manos de quién están? ¿Con permiso de qué jueces? ¿Qué se va a hacer con ellas? ¿Con la supervisión de quién?

¿Qué historia es esa de arrambar a saco -nunca mejor dicho- con todos los enseres de la acampada, que, habrá que recordar, han sido donados por multitud de ciudadanos? ¿Quién ha supervisado y levantado acta del contenido de todos esos camiones cargados de bienes y enseres? ¿Quién ha supervisado su destrucción, en su caso? O, en otro caso ¿dónde están almacenados e inventariados esos enseres? ¿O quién se ha apropiado de ellos? ¿Dónde está la intervención judicial en ese expolio?

¿Qué figura jurídica de qué código describe todo este turbio asunto?

La trama del calzoncillo

El puto fútbol ha sido el pretexto para cometer la tropelía que los poderes públicos catalanes ejecutaron ayer en la acampada de la plaza Catalunya. Puto fútbol que, como sabemos históricamente, sí da razones sobradas para temer por sus consecuencias. Sabemos que un triunfo del equipo local preeminente acaba sistemáticamente con las Ramblas patas arriba, tanto más arriba cuanto más importante se considera el triunfo en cuestión. Consecuentemente, los muchachos de las acampadas habían pedido ayuda policial para el alarmante caso de que el equipo local en cuestión diera la de cal hoy, lo que podría traer muchos problemas a la plaza Catalunya.

Ya vemos cómo ha sido la ayuda policial: es decir, que si yo llamo a la policía porque temo que unos ladrones vengan a desvalijar mi casa y a hacer daño a mi familia, puedo esperar que vengan los Mossos d’Esquadra, nos doblen a golpes a mi familia y a mí, llamen a unos presuntos servicios de limpieza para que se lleven la tele, los ordenadores y el joyero de mi mujer, y nos pongan de patitas en la calle a puntapiés. Vaya por Dios.

O sea que si un día de fútbol yo cojo a mis amiguetes y prendemos fuego a dos o tres contenedores de basuras, digamos, frente a la antigua Maternitat, en la Travessera de les Corts, puedo conseguir que evacúen el Camp Nou o, incluso, que suspendan el partido antes de que empiece. ¿Es eso? Bien, porque si es así, bueno será saberlo, porque voy a estudiar qué me puede caer por quemar contenedores, que igual la diversión antifutbolera compensa el puro.

Lo que me pregunto es si, en caso de que gane el equipo local de las narices esta noche, habremos de ir a defender las acampadas de la plaza Catalunya, porque con la fuerza llamada pública no sé yo si podremos contar… si no es para que los infiltrados policiales echen una mano a los hooligans desencadenados.

En resumen…

Cuando Rubalcaba despierte de su cogorza partitocrático-triunfalista y efectúe consultas con sus técnicos -o lo que cojones sean- de Interior, y le expliquen que ahora que lo de las acampadas iba aflojando, que ahora que muchos ciudadanos empezaban a rebotarse por los contenidos de las asambleas y de algunas otras actividades (cátedras magufas, por ejemplo) que se estaban llevando a cabo, ha venido un catalán a quien le han dado el carnet en una tómbola y ha montado un pifostio de tres pares, que ha conseguido volver a poner las acampadas -y, de paso, a la policía «española»- en las portadas de periódicos europeos, singularmente británicos y alemanes -y de los de más prestigio-, que ha vuelto a hacer hervir la sangre a los ciudadanos y que ha redoblado la moral de los acampados y que, en resumen, ha conseguido, si no perpetuar, sí, al menos, prolongar las acampadas -y su repercusión mediática- durante sabe el diablo cuántas semanas más, en fin, es divertido pensar en los cagamentos que soltará. Quizá -no lo sabremos unca… o sí- habrá una llamada de Rubalcaba a Puig, pero bueno, tío, dónde tienes tú la cabeza, chaval, a quién se le ocurre, y de dónde sacas tú a esos chapuceros que pones en la calle a dar gorrazos, que nos comprometes a todos, coño…

Sé que Mas no estará para nada dispuesto a cepillarse a un conseller de primera línea apenas cumplidos los cinco meses de su acceso al poder; sé, además, que Puig es un peso gordo en el partido y que no se lo quita uno de encima así por las buenas, como si fuese un ministro de Trabajo honrado. Sí, es posible que Mas tenga todos esos handicap encima y haya de apoyar a Puig como ya ha hizo ayer mismo.

Pero mientras Puig esté ahí, Mas no podrá alegar ni limpieza ni eficacia en la gestión de su Gobierno. Puig se ha convertido en una mácula que los ciudadanos siempre le vamos a plantar ahí delante cada vez que el president abra la boca, y más si la abre para molernos las costillas sociales, como ya ha hecho y como se prepara para seguir haciendo en aún mayor medida.

Ya que tanto interesa al Govern la salud pública, podría dar una buena muestra de lo mismo cesando fulminantemente a Felip Puig.

Es lo que exigimos hoy muchísimos catalanes.

The day after

De la serie Esto es lo que hay
(aunque quizá mejor decir «Esto es lo que debería haber»)

Bueno, vamos a ver si aclaramos un par de cuestiones incidentales previas antes de que algún lector en diagonal se me eche encima sin haberse enterado de la misa la media: en primer lugar, hablo -escribo- sólo por mí, no represento a nadie ¿vale? no represento a nadie, ni lo pretendo; en segundo lugar, y ya antes de que alguien suelte el dicharacho, ya lo digo yo: no soy Napoleón, ni Alejandro Magno, ni cualquier otro fino estratega; soy, simplemente un ciudadano cualquiera que mira la realidad y que intenta valorarla tal como la ve intentando no torcerla a la medida de sus gustos o de sus aversiones.

Hace ya, cumplidamente, veinticuatro horas que los colegios electorales cerraron ayer las votaciones y empezaron el escrutinio. Y ayer hizo una semana que el movimiento #democraciarealya, ahora re-denominado #15M, convocó una serie de manifestaciones en toda España cuyo éxito sorprendió -y mucho- a la propia empresa. Bueno, si hubiera habido empresa, que propiamente… no.

Es -como dirían en los medios pesebreros- un buen momento para hacer balance.

¿Qué se ha conseguido?

Una cosa importante, fundamental: sacar a la gente a la calle. Y ojo: hay que sumar, a los que salimos, los que hubieran salido pero no salieron para no verse -como tantas otras veces- en patéticas movilizaciones de dos o trescientas personas, y ese es un capital de reserva que está ahí. Un éxito. Un éxito que nos ha permitido gozar de la estupefacción de los partidos políticos y de los medios convencionales, que necesitaron, el más rápido, quince horas para reaccionar. Y aún así, la reacción, ya generalizada, tardó quizá dos o tres días en ser proporcional a la que se estaba liando.

Se ha conseguido otra cosa: dar con las exactas teclas capaces de movilizar al ciudadano y esas teclas consisten en una partitura sencilla, de dos o tres puntos muy básicos, capaces de subsumir en sí mismos toda la ira cívica acumulada y que han tenido la virtud, en su propia sencillez, de poder ser asumidos por todos los ciudadanos, con independencia de ideologías, votos, inclinaciones, preferencias, apoliticismos, etcétera. Del buenafuentesco a ver si movemos el culo al cívico vete a tomar por el culo.

Se ha conseguido aún más: poner a Internet en su punto exacto de capacidad de convocatoria. Este éxito se ha logrado frente al ninguneo de toda la carraca mediática de todo signo, frente al ninguneo de partidos políticos, frente al ninguneo sindical y frente a la catatonia de tanto listillo académico que anda estos días por todas las teles haciendo diagnósticos -en su mayoría perfectamente estúpidos- y, además, a toro pasado. Se diría que, en el arte de ver venir acontecimientos y fenómenos, nuestros sociólogos son tan competentes como nuestros economistas, lo cual es para echarse a temblar.

Si lo habláramos en términos tabernarios, podríamos decir que acabamos de darle una hostia de cojones al sistema político. No una leche mortal, ojo, no seamos batallitas; ni siquiera lesiva, en realidad, apenas dolorosa: simplemente, paralizante. No se la esperaban. Es como el púgil gigantesco al que el peso mosca acaba de arrearle un guantazo y el hombrón se queda paralizado no por el dolor, no por una lesión cerebral, sino por la sorpresa, por la estupefacción: pero… ¿cómo ha podido ese enano…? Veinte mil saltimbanquis de las ejecutivas reunidos en sesión casi permanente y no conseguían entender nada. Menos aún, por supuesto, encontrar una solución. Ante un problema real, esos gilipollas son tan incapaces de encontrar una solución como la puerta de salida del retrete.

¿Qué habría que hacer?

Lo mismo que la del púgil enano: retirarse. La torta ya está dada y el enemigo ya ha acusado recibo, aún muy a su pesar. El mensaje es: ándate con ojo, que aún hay más hostias en el macuto. Y dedicarse a preparar el próximo combate, siempre a la búsqueda del factor sorpresa (ahora ya un poco más difícil: si no son idiotas del todo -cosa que, no obstante, cabe no descartar- tendrán a sus perros de caza bien atentos a la Red).

Si, por el contrario, se mantiene el tipo ante el gigantón, éste se quedará un minuto mirando desconfiado al enano hasta que, convencido de que no le quedan apenas calorías y de que, en realidad, no ha habido más fuerza que el factor sorpresa, se liará a tortas de cuarenta megatones. Y el enano no podrá responder sino quejándose por cada leche que reciba, pero ya jodido y descalzo en la lona.

Me temo que esto, sostenerle el combate al grandullón, es lo que se está haciendo. Las acampadas -al menos, las de Madrid y Barcelona, pero hay más- han decidido seguir ahí indefinidamente. Error craso. Los muchachos se lo están pasando bomba con sus asambleas y la noche es joven, tira millas. Los ciudadanos los miran ya con cierto escepticismo. Lo he visto yo, con mis propios ojos, esta misma tarde. He visto las reuniones de tres comisiones (si, señor, así llamadas y todo); una, bien, trataba de racionalizar los recursos y, realmente, me ha gustado, ha sido interesante ver cómo analizaban los problemas y cómo se las componían ante los mismos. Lamento tener que decir, por otra parte, que, salvo su lenguaje políticamente correcto diferencial y esa peculiar forma de decir estoy de acuerdo moviendo brazos y manos como si bailaran sevillanas, sus deliberaciones no diferían en apenas nada de las que podría realizar cualquier consejo de administración normal, corriente y capitalista. De las otras dos, no he logrado enterarme de nada, por más que he dedicado -más o menos- unos veinte minutos a cada una; bueno, sí, una quería ir a poner pancartas no sé dónde (creo, no estoy seguro); en la otra, un señor -al que conozco pero no he logrado ubicar del todo- se ha lanzado a una especie de mitin del que no he logrado sacar nada en claro; tampoco parecía que la concurrencia -aparentemente petrificada, estos no bailaban sevillanas- se enterara de mucho… Había, a mi vera, varios ciudadanos normales y corrientes -quiero decir que no parecían pertenecer a las acampadas ni a la pomada en cuestión- y sus gestos de escepticismo y de decepción eran indisimulados.

Hace unas horas, el alcalde, digamos electo (digamos, porque la mayoría absoluta no la tiene), el Trías, ya le estaba diciendo al alcalde en funciones (este sí, sin digamos), que si quería ventilar la acampada de la plaza Catalunya, ya podía proceder tranquilamente, que él no iba a poner pegas. Así las cosas, no le doy a la acampada de plaza Catalunya ni cuarenta y ocho horas. Y ya es mucho. No me extrañaría que los munipas y los Mossos levantaran el campo esta madrugada mismo. Y en Madrid, no se andarán lejos. Ya fueron las elecciones y ya no hay peligro de perder triunfos previamente asegurados por una impremeditación. Prometer, antes que meter y, después de haber metido, nada de lo prometido. Se acabó la comprensión con la protesta cívica, a tomar por el culo: casi cuatro años de cheneralitá y cuatro enteros de achuntamén absolutamente irreversibles e impunes, dan para pocas contemplaciones. Patadón y tentetieso.

Y los ciudadanos van a mirarlo, en general (minorías concienciadas aparte) con un encogimiento de hombros, como cuando leen en el periódico gratuito que tal CSO ha sido desalojado: quizá, a lo sumo, con un gesto de desagrado… aunque no se sabe hacia quién, si hacia los antidisturbios o hacia los okupas. Pero eso todo lo más. Creo no equivocarme (aunque ojalá, a pesar de todo) si digo que si levantan el campamento esta madrugada, mañana por la mañana, y por la tarde, y por la noche, y pasado mañana, y periódica mixta, no habrá en la plaza Catalunya más que palomas, estorninos y guiris. Las asambleas han alejado a los ciudadanos, que quieren hacer restallar su ira, pero no sofisticados experimentos comunales (que, bueno tampoco son tan sofisticados, si lo vas a mirar).

Habremos perdido con todo ello, el control del tempo y lo que podríamos llamar la iniciativa estratégica. La próxima vez que intentemos repetir el invento, no será sin -nuevamente- grandes incertidumbres y, encima, con el enemigo alerta; no podremos elegir el momento, tendremos que adaptarnos al que las circunstancias -tal como las veamos o interpretemos- nos haga aparecer como propicio, como un albur.

Y, en definitiva…

La infiltración asamblearia (déjame seguir creyendo que, pese a todo, ha sido espontánea) ha convertido lo que podía haber sido un principio prometedor y fructífero en unos hechos excepcionales y aislados, muy difícilmente repetibles. La acusación de perroflautas por parte de sectores de la política y la prensa pesebrera, que en esta ocasión nos han hecho reir a todos, calará en próximas ocasiones en el corazón de muchos ciudadanos que han visto cómo se transformaba su impulso espontáneo en un tinglado que o no entienden, o no les gusta, o ambas cosas. Mal futuro se prevé.

Y ojalá, ojalá, ojalá, ojalá, me equivoque. Nada me producirá más placer que tener que envainarme un día -ojalá, nuevamente, no muy lejano- estas palabras y estas ideas.

Pero me parece que no.

Respondiendo, que es gerundio

De la serie: Esto es lo que hay

Bien, pues tal como prometí ayer, voy a dar respuesta a los argumentos -no a comentarios concretos, pues con más de un centenar ello me es imposible- con los que ayer se apostilló en mi post «Acción, no revolución». Iremos por partes. Lógicamente también, voy a responder a los comentarios adversos; no tiene sentido jalear a su vez a quienes se muestran de acuerdo conmigo. Sin perjuicio, por supuesto, de que celebre y agradezca esa concurrencia de criterios.

En primer lugar, se me acusa de pretender representar al común de los ciudadanos. Bueno, pues no. Yo he hablado del común de los ciudadanos y no por el común de los ciudadanos. Expreso mi opinión de lo que me parece que piensa la gente en general, la gente normal, corriente y sencilla que no se las ha tenido nunca con los pesados tochazos de Proudhon, de Bakunin, de Koprotkin, de Marx, de Engels, de Lenin y de la Biblia en pasta, pero que sufre su ninguneo político como el que más y, sobre todo, las consecuencias de esta crisis brutal, brutal tanto por su intensidad como por lo inmoral de su origen y de sus causas. Pero en ningún caso he pretendido representar a nadie; he expresado, simplemente, unas opiniones personales derivadas de la percepción de mi entorno o, si se quiere, del entorno general. Por tanto, no, no represento al común de los ciudadanos. ¿Lo representan, acaso las asambleas? Decidme que sí y hacedme reir un poquito, anda…

En segundo lugar, se me reprocha el tono paternalista. Bueno, como es evidente y está ahí, no cabe discutirlo. Naturalmente: no he pretendido ser amable ni he tenido la menor intención de buen rollo; al contrario, mi única pretensión, en lo que se refiere al tono del post era, precisamente, el sarcasmo. Que, si os molestáis en pasear un poco por ella, veréis que es el registro propio de esta bitácora, no en vano titulada como se titula. Porque como -contrariamente a lo que alguien ha parecido insinuar- esta bitácora no es comercial -no veréis en ella publicidad de ningún tipo- ni vivo de ella (de hecho, me cuesta dinero; poco, pero me cuesta), y como tampoco pretendo -¡válganme los cielos!- ser político ni tengo la menor aspiración en ese sentido, ni soy ni pretendo ser gurú de nada, me puedo permitir el lujo de cantar las verdades del barquero o, por lo menos, mis verdades, tal como me salen del teclado y de las narices, por no decir otra cosa. ¿Queda claro? El tono -sobre todo teniendo en cuenta que no he insultado a nadie, ni individual ni colectivamente- es una simple y pura manifestación de la libertad de expresión. Si a alguien no le gusta, tengo otros, pero no me da la gana de utilizarlos (salvo, obviamente, cuando a mí me parece, que para eso soy el amo de este espacio: aquí no hay más autogestión que la mía).

Hay varios que, antes o después de hacer sus observaciones, me sugieren que me pase por las asambleas. Ya lo he hecho. No he intervenido ni he llegado a ver ninguna completa -los horarios no son los más adecuados para los que tenemos que «fichar»-, pero sí lo suficiente para constatar cómo funcionaban y oir muchas cosas, las cuales me permiten ratificarme en lo dicho. Pero, de hecho, tampoco hace ninguna falta asistir: ahí están los documentos con sus… llamémosles… conclusiones

Y, vamos a ver: conclusiones las hay de todo tipo. Supongo que os habréis percatado de que no he entrado a juzgarlas en sus propios contenidos. Es más, no me importa decir que con algunas de ellas podría estar hasta de acuerdo. Pero el problema no es este: el problema es el intrínseco hecho de que se hayan montado asambleas para diseñar alternativas políticas. ¡No, señor!. Las alternativas políticas tenemos que diseñarlas los ciudadanos en el normal transcurso de la cotidianidad cívica y política y a través de los cauces políticos normales y habituales. Nadie ha pedido cauces asamblearios; nadie ha pedido alternativas al sistema sino cambios en el mismo que favorezcan una mayor diversidad de opciones políticas y una mayor participación del ciudadano. Reformismo, sí. Quizá ni eso: simple depuración. ¿Que otros queréis otras cosas? #19 #25 #73 y #76 decían o venían a decir -ahí están sus intervenciones- que si no se cambia el sistema, volverá a salir el cáncer. Es posible, pero ubicad esas aspiraciones en su propio contexto, no en otro. Como ellos, hay quien me ha dicho que la reforma es inútil, que hay que cambiar el sistema de arriba a abajo; bueno, no voy a discutirlo, a lo mejor sí, a lo mejor es verdad, quién sabe, pero esa no es la cuestión en estos momentos. Miles de ciudadanos han respondido a la convocatoria de #democraciarealya en base a unos principios muy básicos y vosotros habéis salido por peteneras y habéis revestido todo esto de historias en las que esa masa de ciudadanos que participaron el domingo y que han llenado espacios el resto de los días ni tiene ni quiere tener arte ni parte. Y no lo digo yo: leed el noventa por ciento de los comentarios al post de marras y leed lo que se está diciendo hoy en las listas #nolesvotes y leed muchos post de diversas bitácoras que os están criticando por este mismo lado. Lo que habéis hecho -aún admito que de buena fe, pero hecho de todos modos- es secuestrar el sentido de un movimiento y estafar a la mayoría de los ciudadanos que han participado en la movida dándoles gato por liebre: no acudieron a la llamada de revoluciones, ni de asambleas, ni de alternativas al sistema; acudieron a la llamada de mostrar el cabreo por la corrupción, por la apropiación de la política por minorías y lobbys, por la gestión de la crisis económica, pero nadie acudió a llamada alguna que propugnara el cambio de sistema político, por la sencilla razón de que no la hubo.

Y si con todo esto fracasárais vosotros, allá películas, ja us ho fareu, como decimos en Catalunya, pero lo malo es que habéis puesto en riesgo crítico todo lo que pudo haberse ganado estos días, habéis puesto una iniciativa política cívica y limpia al mismo nivel que el modo de hacer política que estamos criticando y habéis sembrado el escepticismo y la duda en muchos miles de ciudadanos que han seguido este movimiento de entera buena fe. Enhorabuena.

Podíais haber dedicado las acampadas a manifestaciones culturales, a debates -sin necesarias conclusiones y menos aún de orientación política-, a promover charlas y conferencias, a mil cosas, pero no, había que perder rápidamente el culo por montar asambleas y organizar vectores ideológicos y políticos que nadie os ha pedido. Que sí, que tenéis derecho a hacerlo, pero en su propio contexto, insisto, en un contexto en el que, el que asista, asista a ello sabiendo a lo que va, y no tomando un contexto que no os pertenece más allá de lo que pertenece a cualquier otro ciudadano y montar en él vuestro chiringuito.

Habéis hecho exactamente lo mismo que se hizo en Barcelona -por lo menos en Barcelona, en otros sitios no sé o no recuerdo- después de la gran manifestación contra la guerra de Irak: montaron acampadas y empezaron a montar sus propias películas, películas que a la gente le importaban tres absolutos pimientos, porque la gente se manifestó por un deseo muy sencillo: no quería la guerra, es así de simple y fácil. Allí estuvieron languideciendo las tales acampadas entre masturbaciones mentales de diversa índole hasta que, llegada la Semana Santa (vaya, hombre, vacaciones) y ya casi desiertas, la policía las levantó en medio de la indiferencia general. Cosa que, por cierto, es el riesgo que se corre ahora también, pero de eso ya hablaré más específicamente en otro post dedicado al day after.

Cambiamos de tema. Algunos habéis planteado mi post como una especie de batalla más entre una supuesta lucha entre pragmatismo e idealismo. Vale: ubicar así las cosas, habla por sí solo. Como siempre, algunos se van de un extremo al otro: o se es idealista o se es pragmático. Al parecer no es posible evolucionar con un ideal e ir comprendiendo que el que lo quiere todo o nada, además de acabar con nada, corre el severo riesgo no sólo de terminar él a hostias sino, además, de hacer que toda la sociedad vaya a hostias a poco que unos cuantos más piensen como él. Hay que aprender a renunciar no a las ideas -esas se tienen para siempre (con su lógica evolución, que para eso crecemos)- sino a su realización; porque el de al lado frecuentemente tiene otras y si los dos queremos cada cual las suyas a tope, la cosa acaba como digo: a hostia limpia. Se nos llena la boca con la palabra «compartir»: lo guapo, lo chupiguay es compartir. Compartámoslo todo. Todo, menos, al parecer, el espacio social común. Ahí ya no hay que compartir. Ahí lo que toca -por cojones, porque lo dice el evangelio según san Durruti- es la autogestión y la asamblea. Todo el mundo debe ser libre y, el que no quiera, debe ser obligado. Hay que joderse con el idealismo (según algunos lo entienden, por supuesto).

En fin, hay otras cuestiones sobre las que no me extiendo porque, aunque algún pinito que otro he visto, no he podido constatar por mí mismo algunas acusaciones de jacobinismo asambleario que aparecen no sólo en los comentarios sino en diversos posts y en las listas de correo. Mi opinión es que… Bueno, nada, ya digo que no me extiendo y que más vale dejarlo así. Me consolaré pensando que la misma guillotina que decapitó a un rey se cargó a un jacobino (bueno, a unos cuantos, el número no es importante). Soñar es gratis.

No quiero terminar sin algunas dedicatorias específicas: por ejemplo, a #34 #35 #46 y #91 que me dicen -uno literalmente y otros en versión libre- aquello de «tú no te enteras de na». Como dice otro de mis comentaristas, beati pauperes spiritu. Pues ahí queda dicho, porque no hay nada que añadir.

O como #54. Bueno, había escrito un párrafo verdaderamente sanguinario sobre #54, hasta que he recordado que a alguien que te hace el honor -lo digo sin el menor recochineo- de leerte y de molestarse en comentar lo que has escrito, aún cuando sea para ponerte a parir, se le debe un respeto casi sagrado, incluso desde la discrepancia. Por lo tanto me envaino el párrafo, pero también me privo de responderle, más que nada porque no sé por donde coger todo lo que dice desde una postura de tan sagrado respeto, así que aquí paz y después gloria. Eso sí: me apunto cuidadosamente algunas expresiones como «madurez desde el bunker de la tecla», «empotrados en el batallón» o «pantallazos de irrebatibles latigazos de sentido común» (dicho peyorativamente) porque son gloriosas, gloriosas, gloriosas…

Y bueno, aquí cierro el hilo. Quedan abiertos -no faltaría más- los comentarios por si aún queréis darle más vueltas, pero yo no voy a duplicar ya. Lo que digáis quedará ahí escrito sin más respuesta -salvo que sea una barbaridad tan insufrible que no pueda contenerme- pero yo ya sigo mi camino, que es largo.

Sobre los comentarios, por cierto: en primer lugar, agradeceros la mesura que en ellos habéis demostrado; no he tenido que borrar ni uno solo por aquello de cubrirme ante ciertos elementos, secundados por cierto tipo de jueces, que prefieren atizarle al blogger antes que al responsable de una expresión presuntamente injuriosa; en segundo lugar, algunos (tres o cuatro) os habréis dado cuenta de que vuestro comentario ha pasado por moderación antes de subir: no ocurre nada, salvo que he configurado WordPress para que ponga en la vitrina los comentarios que contienen enlaces, como una medida adicional antispam, como refuerzo del Captcha. Creo que todos han subido con absoluta normalidad. Si alguien ha insertado un comentario y no lo ha visto publicado, que me lo diga y me lo envíe de nuevo, porque ha debido haber un error o un fallo técnico: ya digo que no he tenido que borrar ninguno por ninguna razón.

Y, nuevamente, gracias a todos por vuestra atención.

Flipando

De la serie: Anuncios y varios

Absolutamente apabullado por la incidencia y la cantidad de comentarios que ha tenido mi post «Acción, no revolución». Creo que ha batido todos los récords de esta humildísima bitácora casi familiar y, encima, trending topic en Twitter (hasta he hecho capturas de pantalla para que mis nietos -el día que los haya- no piensen que es una batallita de abuelo Cebolleta).

Gracias a todos. Muchísimas gracias. A los que me habéis leído, a los que habéis rebotado el post y a los que habéis escrito comentarios, incluso -o, quizá, sobre todo- a los que me habéis puesto verde. La única forma de compensaros que se me ocurre es contestando. No uno por uno, claro. Con casi un centenar de comentarios, me resulta absolutamente imposible, pero lo voy a intentar porque Internet es conversación, creo que es algo que os debo y, además, aunque no uno por uno, pero, aunque sea en general, voy a intentar no dejar ningún argumento sin respuesta, sobre todo, claro, los contrarios.

Pero dadme algo de tiempo, que, pese a lo que diga alguno, esta bitácora me cuesta tiempo y dinero. No mucho dinero, no soy un potentado, pero sí mucho tiempo, y ése da todo lo que da de sí quitarse horas de sueño. A ver si esta noche o, si no, mañana, que este domingo, tanto en lo particular como en la jornada que es y en lo que representa para todos, está un poco complicado. Pero palabra que contesto.

Reitero: muchísimas gracias. Aún no salgo de mi asombro.

Acción, no revolución

De la serie: Esto es lo que hay

Las acampadas se están llenando de asambleas. Y las asambleas, de propuestas. No hablaré de propuestas razonables o irracionales, sino, simplemente, de ubicadas y atrevidas. Y lo vamos a dejar ahí, de momento.

Cuando se montan estas movidas -la más parecida que recuerdo a lo de ahora fueron las acampadas que siguieron a las grandes manifestaciones contra la guera de Irak- los jóvenes o, seamos justos, muchos jóvenes, se lanzan a un delirio asambleario. Es algo que me enternece: me recuerda a cuando yo era joven y era como ellos. Pero hoy tengo casi cincuenta y seis años; y mantengo la ilusión y las ganas de dar guerra -en sentido político-, que ya es mucho; sigo estando próximo a un cierto extremismo -lejos del conformismo burgués- pero logro, creo, permanecer con la vista fija en el horizonte de la realidad y con los pies en el suelo. Ya no levito con consignas de ardor guerrero.

Y, en este sentido, creo que habría que hacer descender a los jóvenes de su nube. Cosa que me sabe muy mal, pero que va a ser necesaria si no queremos cargarnos todo el invento. Y, para ello, habrá que decirles tres o cuatro cosas que quizá suenen un poco duras, pero ya conocéis lo que bien podría ser el lema de esta bitácora: la verdad jode, pero curte.

En primer lugar, queridos, este es un movimiento cívico, no juvenil. Que no os engañe el hecho de que, a la hora de la acción, el activismo sea mayoritariamente joven: apañados estaríamos si no fuera así; iríamos arreglados si a estas alturas, con mis años, con mis kilos y con mis manías, tuviera que ser yo quien montase acampadas (he gastado muchos sacos de dormir en mi vida, pero hace veinte años que no me meto en uno). Pero, si me permitís el parangón bélico (ya sé que no os gusta), aunque seáis los soldados, los bombardeos del enemigo los aguanta también la población civil y la población civil contribuye también con su esfuerzo al buen fin de la guerra. Por tanto, la victoria, si llega, será de todos, no exclusivamente vuestra.

En segundo lugar, hijos míos, meteos en la cabeza que esto no es una revolución. Lo de spanishrevolution es muy gracioso como hashtag de Twitter, pero no es el artículo 1º de nada. Como dije el otro día -y afirma hoy el propio Enrique Dans– a lo que vamos, a lo que deberíamos llegar (y ya veremos si llegamos, que no es tan fácil) es a iniciar un proceso constituyente, a sustituir la achacosa y putrefacta Constitución de 1978 por otra nueva y más arregladita que confiera a la ciudadanía un peso específico real más allá del voto cuatrienal. Y eso es algo que no va a salir de las asambleas sino de un proceso político muy complejo que ya veremos cómo llega a reflejar lo que queremos los ciudadanos, porque ese proceso político habrá de hacerse con la Constitución del 78 en la mano y con los mismos partidos políticos que hay ahora y con parlamentarios elegidos como hasta ahora, sin que los ciudadanos tengamos más arma que un referéndum para el que nos van a poner delante un tocho lleno de trampas y nos van a decir -como hicieron en el 78- que esto son lentejas y que o esto o el diluvio. Y así tragamos con la monarquía y con no sé cuántas barbaridades más.

En tercer lugar, muchachos, a ver si os olvidáis de delirios autogestionarios y de tomas del palacio de Invierno. Oigo cosas en las asambleas que me ponen los pelos de punta: a mí, que a estas alturas me asustan muy pocas cosas. Cielos: esta movida no ha sucedido para que vosotros os lancéis al delirio de meter vuestras utopías roussonianas en el túrmix y untar la pasta resultante en el pan; esta movida la hemos montado los ciudadanos –todos los ciudadanos, repito, no solamente los jóvenes- porque estamos hartos de una casta política y de unos lobbyes que se han hecho los amos y que nos traen a todos, jóvenes y mayores, como putas por rastrojo. Ciudadanos que responden a todas las ideologías: de izquierdas y de derechas. Porque esto se está haciendo también por y para los ciudadanos de derechas. ¿U os creéis que el monopolio del hartazgo es de la izquierda? Si no se construye para toda la ciudadanía y no se escucha a toda la ciudadanía expresándose en sus propios cauces -quizá os sorprenda, pero la mayoría de los ciudadanos no somos asamblearistas o, cuando menos, no sistemáticamente- esto se irá al guano por la misma razón que lo creó: porque se habrán apropiado de ello unas presuntas élites que ningunean a la ciudadanía.

El común de los ciudadanos, chavales, no es antisistema. El común de los ciudadanos -no sólo vosotros, no me cansaré de insistir- no se ha levantado estos días para fabricar una especie de Icaria decimonónica, no se ha levantado para romper el sistema sino para ciscarse en quienes lo han corrompido. Que es muy, pero que muy, distinto. El común de los ciudadanos no quiere cepillarse lo que vosotros denomináis -no sin cierta razón, las cosas como son- democracia burguesa, sino que quieren limpiarla de ladrones, de sinvergüenzas, de traidores y de hijos de la gran puta. Que no es lo mismo. El común de los ciudadanos quiere seguir con una democracia al clásico estilo occidental, sólo que limpiando los vicios en que ha derivado la nuestra al presente.

Lo ciudadanos, así en general y sin sectorizar, no nos hemos lanzado a la calle a hacer revolución alguna. El intento de transformar esto en un intento revolucionario llevaría al fracaso seguro. Absolutamente seguro. Pero, además -y esto es muy importante- constituiría una estafa. Una estafa idéntica, absolutamente idéntica, a la que nos ha puesto en pie, con la única diferencia respecto de la otra de que esta nacería de un idealismo limpio y de una pura buena fe.

Pero ya dicen que el infierno está empedrado de buenas intenciones.

A %d blogueros les gusta esto: