Funcionarios TICqueantes

De la nueva serie: La cueva del burócrata

Cuestión incidental previa: este artículo es larguísimo. El que avisa, no es traidor

Desde nuestro ámbitos habituales estamos muy atentos -y somos muy críticos, y con razón- a los movimientos o las inmovilidades tecnológicas de las administraciones públicas, más sobre la base del equipamiento que sobre otra cuestión. No es la primera vez -ni la segunda, ni la tercera… ni la décima- que hablo de TIC y administraciones públicas, pero casi siempre centrándome -como la inmensa mayoría de mis colegas blogosféricos- en los enormes bocados que nuestros corruptos políticos propinan a los presupuestos a beneficio del monopolio, esto es, de MIcro$oft. Clamamos por el software libre, nos indignamos por la entrega vergonzosa de nuestros datos públicos al monopolio norteamericano…

Pero, cuando utilizo esta primera persona del plural… ¿a quién me estoy refiriendo? ¿A los funcionarios? No. En todo caso, a unos pocos concienciados, muy pocos. ¿A los usuarios y ciudadanos en general? Menos aún. Entonces… ¿de quién hablo?

La triste respuesta es que, prácticamente, de nadie. A la inmensa mayoría de los funcionarios y de los ciudadanos se la trae absolutamente floja el uso de las TIC en las administraciones públicas, y sólo prestamos atención al asunto una exigua minoría de empleados públicos -de base, o sea, sin cargos, en la mayor parte de los casos- y otra exigua minoría de ciudadanos compuesta, en su práctica totalidad, o por activistas del software libre o por profesionales (gestores, abogados, etc.) que también son, a su vez y dentro de sus especialidades, minoría.

Nadamos en un lago de indiferencia total, lo cual, curiosamente, contrasta con las polémicas que se montan a la hora de reducir gastos. Y como en las administraciones públicas -como en cualquier otro ente público o privado dedicado no a la producción de bienes sino a la prestación de servicios- el gasto principal es el de capítulo 1, es decir, personal, y, por tanto, cuando vienen las vacas flacas y hay que recortar el presupuesto en porcentajes sensibles, se la carga el capítulo 1: recortes de sueldo, despido de interinos, amortización de vacantes…

Pero, mientras tanto, las administraciones públicas españolas seguimos funcionando como hace no veinte años, sino setenta. Los flujos de trabajo son idénticos, los procedimientos administrativos son idénticos -por más que hayan vestido a la mona de seda tres o cuatro veces- y la esclerosis, por tanto, es idéntica. ¡Oh, sí, estamos abundantemente dotados de material TIC! Todos -literalmente no pero coloquialmente sí- tenemos ordenador y, además, bastante potente (debe serlo, para poder correr, aunque sea lastimeramente, con los chafarriñones de Micro$oft, tradicionalmente tan exigentes con la máquina); nuestros jefes van por el mundo con espléndidas Blackberry o cualesquiera otros smatphones… que sólo usan como teléfono; y tenemos unas impresoras así de grandes (no es un pourparler, son enormes) porque, con la llegada de las TIC, el volumen de papel utilizado (en un 98 por 100, y me quedo corto, malgastado) ha aumentado exponencialmente desde los viejos tiempos: ni siquiera las ya maduritas tecnologías gráficas, el guaysiguay, aquello de ver en pantalla lo mismo que va a salir en papel, han servido, ni remotamente, para frenar ese consumo disparatado.

Un ejemplo que yo vivo a diario de cómo la cultura administrativa está en los años cuarenta. En todas partes -también en la empresa privada- se ha puesto de moda el pogüerpoin. El pogüerpoin, la diapositiva, es un auxiliar interesante, tanto más interesante cuanto más auxiliar sea, es decir, cuando apoye gráficamente la palabra hablada, exactamente de la misma manera que se utiliza un gráfico en una publicación básicamente de texto. Tampoco es nada nuevo, antes se hacía con diapositivas clásicas o con trasparencias de metacrilato. Pero lo que está ocurriendo actualmente es que las presentaciones (ejem, los pogüerpoins) constituyen el argumentario entero de tal forma que el que habla no está sino redundando en lo mostrado en el gráfico… o al revés, mírese por dónde se quiera. Cada vez es más frecuente y más habitual que cuando recibe uno el pogüerpoin de una charla a la que no ha podido acudir, mirándolo simplemente, adquiere ya todos los datos que ha adquirido un asistente, de donde, en obvia conclusión, huelga asistir a nada: que te pasen el pogüerpoin y ahorras una cantidad de tiempo acojonante. Pero, hasta aquí, no estamos diferenciando la administración pública de la empresa privada: la cretinez no distingue tal matiz y se siente a gusto en cualquier parte. El item adicional de la administración pública es que hay que imprimir tantos ejemplares del pogüerpoin como asistentes acudan a esa charla. Porque igual son tontos y no se enteran. O porque igual son tan lerdos que no saben bajarse el contenido de una página web. O porque tienen tantísimo trabajo que ni sus secretarias tienen tiempo para esas fruslerías de bajarse 4 o 5 megas de datos (bueno, si no son 70, porque resulta que tampoco hay mucha gente que sepa comprimir las imágenes de una presentación para que ésta ocupe un volumen razonable). En el más pijo de los casos, igual se les entrega la presentación en un CD o ¡asombro! en una memoria flash USB.

En las administraciones públicas se desconoce totalmente el recurso de las videconferencias y se pierden horas y más horas en reuniones en las que no se sintetiza o, cuando menos, no tanto como en un chat (sí, sí, un vulgar, puto y marujo chat). Yo no digo que las reuniones sean prescindibles en todos los casos, es verdad que hay algunos -que no son ni todos ni la mayoría- en que la presencia de los interesados es necesaria, pero la mayor parte de las veces, las cosas podrían solucionarse fácil y rápidamente habilitando salas de chat o incluso videoconferencias (¡hay recursos gratuitos en Red para celebrarlas con muchísima calidad), o bien abriendo espacios de debate permanente en los que cada cual colgara su opinión y sus documentos y el resto de los interesados fueran subiendo a recogerlos y a dejar los suyos (porque el modelo «reunión» obliga a una inmediatez que no siempre es per se necesaria) estableciéndose un flujo constante de información muy práctico.

¿Qué decir sobre las publicaciones? Ha costado muchísimo, pero muchísimo, lograr convencer a los barandas de que las suban a la red en formato PDF (otra guerra será lograr que suban con licencias libres o que, cuando menos, permitan la libre copia y divulgación y de eso sí que hay muy poco) y es verdad que ya hay muchísimas (también sigue habiendo no pocas que no) pero lo grave es que esta puesta a disposición general de las publicaciones, no impide su publicación en papel. Como, por otra parte, la inmensa mayoría de las publicaciones que se pergeñan en las administraciones públicas le importan a la gente un cojón de mico y hay que hacer tiradas largas para que el coste del ejemplar sea razonable (otra estupidez, mirar el coste por ejemplar y no el coste total de la tirada porque, en la inmensa mayoría de los casos, la publicación no va a venderse… aunque se quiera), las administraciones públicas acaban tirando a la basura (tal como suena: tirando a la basura) millones y millones de ejemplares de publicaciones de lo más variopinto y, en casos nada excepcionales, en ediciones muy costosas (total, paga el ciudadano de mierda ¿para qué vamos a privarnos?). Recuerdo que una vez me interesó un determinado libro que ya llevaba algunos años publicado y que era muy caro. Aprovechando que fui destinado al departamento que lo editaba, bajé a Publicaciones con la santa y corrupta intención de hacerme regalar un ejemplar o de obtenerlo a precio de coste, por lo menos. La respuesta que obtuve del amabilísimo y cordial (lo digo sin segundas) responsable del servicio es que estaba desolado, pero el libro estaba agotadísimo y no les quedaba ni un sólo ejemplar. Qué le vamos a hacer: renuncié a la empresa y me olvidé del libro. Cuatro años después, el departamento se trasladaba de ubicación y, bueno, lo del traslado generó la cantidad de basura que es de suponer (papeles mil veces fotocopiados innecesariamente, listados que ya nadie recordaba de qué eran ni para qué servían, expedientes muertos y podridos cuya documentación original ya estaba en el archivo central y un etcétera tan largo que no os podríais imaginar). Como la cantidad de basura que es de suponer era acojonante, los ordenanzas no daban el abasto, así que todos arrimamos el hombro en bajar papelorios al espacio del garage del edificio que provisionalmente se habilitó para ello hasta que los recogiera la empresa especializada (los documentos que genera la Administración no pueden tirarse a la basura en términos literales: hay que destruirlos de manera garantizada). Y en una de estas, vi un montón de paquetes perfectamente cerrados apilados en un rincón; le pregunté al subalterno (ya sé que parece peyorativo, pero en la Generalitat catalana se llaman así: Cuerpo Subalterno) si esos paquetes había que subirlos -y así aprovechar el viaje- y me respondió que no, que era material de publicaciones para tirar. Como a mí me basta oler a libro para perder la compostura, me precipité sobre uno de aquellos paquetes a ver qué podía pillar (no os creáis: la mayoría de las veces, nada interesante) y ¿qué vi? Si, señor: el libro que yo había intentado conseguir cuatro años antes. Cinco ejemplares por paquete y decenas de paquetes. Me llevé tres ejemplares no por mesura (eran para tirar: hubiera podido arrambar con todos) sino porque eran muy gruesos y no podían cargarse demasiados, así que tomé tres: uno para mí, y otros dos para obsequiar a mi padre y a mi suegro. Y, claro, avisé a mis compañeros del hallazgo, por si alguien quería aprovecharlo (era un libro verdaderamente de éxito, de los pocos de verdadero éxito que ha editado la Generalitat).

¿Hablamos de formación TIC? Hablemos de formación TIC.

Todos los funcionarios tenemos una cantidad variable de cursillos informáticos. Depende de lo ubérrimo de su administración en materia de formación y depende del interés de cada funcionario por formarse. Yo tengo un mogollón de cursos… que no me han servido para nada. Me explico.

En primer lugar, la naturaleza de los cursos. Cursos de guor, cursos de exel y mandangas similares. Bueno, yo tengo por ahí, de temporibus illis, cursos de informática administrativa (o cómo manejar cuatro comandos de DOS), de DisplayWrite 4 e incluso ¡no cuelgues! un curso de iniciación a Window$ (3.1, of course) que empezaba enseñando cómo funciona el ratón. En la inmensa mayoría de estos cursos -luego haré una referencia a las excepciones- la mayor parte de lo que te explican no hace ni puñetera falta y la mayor parte de lo que te hace falta no te lo explican. ¿Qué pasa? Pues que con demasiada frecuencia -en la Generalitat es sistemático- estos cursos se externalizan, los imparten señores y señoras que trabajan para empresas externas y cuya cualificación profesional es un absoluto misterio. En mis épocas de miembro de una Junta de personal, desplegué ímprobos esfuerzos para averiguarlo, pero toda la respuesta que obtuve fue que la empresa contratista ya garantizaba el nivel necesario. Jódete, patrón. Claro que tampoco hace falta tener ninguna ingeniería para explicar lo que es un rango en exel. Lo que sucede es que el profe en cuestión tampoco tiene ni puta idea de lo que se hace ni en las administraciones públicas, en general, ni en las unidades de los integrantes de ese curso concreto en particular, de modo que va soltando a su aire todo lo que hace el dichoso exel (siempre a nivel superbásico aunque el curso se intitule pomposamente Nivel avanzado) y a la calle, todos felices con un certificado de 20 horas de formación.

En mis primeros tiempos funcionariales y siempre en la Generalitat (y concretamente, en su Departamento de Agricultura), las cosas funcionaban de una manera muy parecida a como deberían funcionar hoy: los cursos no los impartía un informático (o lo que quiera que sean esos tíos que nos traen ahora) sino un funcionario veterano en tanto que funcionario y ducho en materia informática. Quizá no lo sabía todo sobre la hoja de cálculo (Lotus 123, en aquella época que ahora recuerdo con feliz nostalgia), pero sí lo sabía todo sobre su verdadera profesión, que era la nuestra, la función pública, y sabía perfectamente cómo implementar nuestras tareas en una hoja de cálculo. Que es de lo que se trataba y de lo que aún se trata, aunque ya no lo parezca. El aprovechamiento del curso debería haber sido cercano al 90 por 100 (después explico por qué digo debería haber sido en vez de era). O sea que vamos para atrás, como el cangrejo. Lo que ocurre es que lo que verdaderamente interesa a todas las partes es cubrir el expediente y ya está (hablo en general, claro). A la Administración, cumplir con lo acordado con los sindicatos en materia de formación y con lo prometido políticamente; a los funcionarios (repito lo de en general) tener el certificado correspondiente para ir amontonando puntos en el curriculum de cara a un concurso de traslados o a un concurso para pillar una determinada plaza (cuando sea).

Hace un par de semanas fui a hacer un curso de pogüerpoin. Lo pedí yo porque ando flojo de remos en la materia. El problema es que mi flojedad no reside en el manejo de la aplicación sino en la comunicación mediante presentaciones propiamente dicha; dicho de otro modo: lo de hacer diapos, chico, no es lo mío, no acabo de acertar con unas presentaciones elegantes, discretas y bien estructuradas y no acabo de complementar óptimamente el mensaje, el texto, con esas presentaciones. No me hacía ilusiones: sabía que iba a un curso de informática impartido por un [presunto] informático y no a un curso de comunicación audiovisual -que es lo que me hace falta- pero te arrimas a lo que puedes a ver si sacas algo en limpio, aunque sea un poquito, porque es lo que hay y son lentejas. Pues nada, 12 horas, 12, para aprender a hacer rótulos que se mueven y bailan el rock, lucecitas que se encienden y se apagan, fotos que suben, que bajan, que se funden a negro, y negro estaba yo, porque lo único que nos estaban enseñando era la tecnología necesaria para pergeñar todas esas imbecilidades con las que cuatro mil subnormales inundan cada día nuestros buzones de correo electrónico pretendiendo hacernos la vida más bella o que seamos justos y benéficos con nuestros semejantes. O sea, justo lo que hace falta para diseñar diapositivas que han de ser expuestas en un entorno administrativo o empresarial y, frecuentemente, en ámbitos de alta dirección. Cojonudo.

En segundo lugar, la oportunidad de los cursos. Uno necesita un curso de guor, pongamos por caso, por la inaudita razón de que ha de manejar guor. Ha de esperar a que en su departamento o unidad se produzca una oferta de formación, ha de elegir el curso, ha de ser seleccionado para realizarlo y, bueno, hace el curso. Pero, claro, entre que detecta la necesidad y realiza el curso, se ha tirado tres, cuatro o cinco meses manejando guor, con lo cual, para cuando llega el curso, ya conoce el 80 por 100 de la materia que se va a impartir (y probablemente el 140 por 100 de la materia administrativamente útil que se va a impartir). Para solventar esto hay un ya viejo truco: solicitar de entrada el nivel avanzado. Pero no siempre funciona: siempre hay un celoso compañero en el servicio correspondiente de Recursos Humanos que detecta que no has cursado el nivel básico y que, por tanto, no puedes realizar el avanzado, luego te quedas sin curso. También puede ocurrir que cuele, por las buenas o porque has tenido una conversación con el compañero, hombre, no me jodas, que sé más informática que Richard Stallman, y logres ir de buenas a primeras al avanzado; lo que suele ocurrir en estos casos es que el avanzado sea una mierda de avanzado y acabes igualmentre abrasado vivo en un mar de horas de palo absolutamente inútil e improductivo. Para que veáis un ejemplo, una fusión de base de datos en un documento de texto, para personalizar circulares, pongamos por caso, es materia de un curso avanzado. Esto sucede, entre otras cosas, porque mucha gente pide cursos para aplicaciones que no ha utilizado nunca (cosa que es lo deseable, pero si cuando se llega a un curso, tal como están las cosas, no se ha utilizado nunca una aplicación, probablemente no vaya a utilizarse jamás) y los cursos básicos han de serlo tanto y tan masticados, que los avanzados terminan donde casi deberían empezar los básicos. Un ejemplo de esto: hace un par de años fui a hacer un curso de otluc (no me preguntéis por qué, no me acuerdo) y tras las palabras de salutación de la profe, entró en materia diciendo: «abrid todos una carpeta nueva en el escritorio»; se levantó una mano: «¿qué pasa?». «¿Cómo se abre una carpeta en el escritorio?» (y esta no es la peor: un compañero mío me contó que en su curso alguien preguntó qué era el escritorio).

Pero lo que más llama la atención es lo que no se enseña. En términos generales (siempre, siempre hay excepciones, pero yo me refiero a un panorama general):

1. Doctrina informática. Es decir, incardinar todo el trabajo en un entorno TIC de manera que los flujos funcionales coincidan con flujos digitales.

2. Seguridad TIC. Buenas prácticas para evitar fugas de información -en la medida de las posibilidades de un funcionario medio- y para evitar -también en proporción a las posibilidades- invasiones malignas.

3. Privacidad y protección de datos. Tanto propios como del ciudadano. Por ejemplo, la mayoría de los funcionarios ignoran que, de acuerdo con reiterada jurisprudencia, sus comunicaciones de correo electrónico no pueden ser interceptadas, si no es por orden judicial. Al mismo tiempo, muy pocos funcionarios, de los muchísimos que manejamos o hemos manejado datos sensibles han recibido formación en materia de protección de datos y de derechos del ciudadano al respecto.

4. Administración electrónica. ¿Cuántos funcionarios han sido formados, siquiera mínimamente, en la importante (o que debiera ser importante) Ley 11/2007, de 22 de junio (que ya ha llovido), de acceso electrónico de los ciudadanos a los servicios públicos? Poquísimos. Incluso en niveles altos como la Intervención, se dan al respecto carencias verdaderamente bochornosas.

5. Formatos estándar. La mayoría de los funcionarios no saben lo que es eso. Y los que lo sabemos, no lo hemos aprendido en la Administración pública.

Esto último, por cierto, me lleva a recordar que el funcionario o empleado público que ha desarrollado -prácticamente siempre por su cuenta, claro- algunas habilidades o capacitación en materia TIC no recibe reconocimiento por ello, sin perjuicio de ser utilizado constantemente como un atajo – a modo de pringao how to, para entendernos- a fin de puentear a los del helpdesk (al menos, en la medida en que se pueda).

Finalmente, el problema del mando intermedio. Al político, las TIC le importan tres cojones, pero son útiles para salir en la foto. O sea que acaba encargando una auditoría -externa, por supuesto- para modernizar casi siempre la maquinaria y nunca los flujos de trabajo asociados a ella. Esta auditoría, nunca se hace preguntando a los usuarios, sino al mando intermedio (nivel de servicio, más o menos); al jefe de servicio, los juguetitos le importan un cuerno (eso cuando no los ve como una lacra: migraciones que se llevan por delante mucho tiempo), sobre todo porque no los conoce y no suele tener ni pajolera idea de lo que se puede llegar a hacer con ellos con una adecuada doctrina de uso; hay que tener en cuenta que a estos niveles aún no han llegado -por lo general- nativos digitales. Por lo tanto, incluso aunque -milagrosamente- emane un impulso positivo desde la acción politica, este impulso tropieza en ese nivel intermedio que parece intrínsecamente cortoplacista.

Termino. Termino dejándome cosas, muchísimas cosas. Los que conozcáis el percal, seguro que me llenaríais los ocmentarios -si estuviérais de humor para hacerlo- con todas estas carencias. Pero es que este tema da para escribir un libro y gordo. Y no sé si pensármelo. Pero sí que vamos a ir hablando de todo esto en este nuevo epígrafe de esta bicácora porque vale la pena que los ciudadanos sepan qué pasa en sus administraciones públicas y por qué pasa lo que a veces pasa. Que, ojo, muchas veces es por culpa de los propios ciudadanos.

Ahí lo dejo…por hoy.

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.

Comentarios

  • ovetus  On 10/05/2011 at .

    ¡Lo he leído completo!
    No te quejes que al menos te dan cursos. Los cursos son para coger cuatro ideas y saber lo que puede llegar a hacer la herramienta; desgraciadamente, para aprender de verdad hay que meter muchas horas de estudio personal. No hay otra.

    En mi empresa se has puesto de moda las PPT de ¡3 hojas máximo!. No entiendo ni una; o son acertijos o son como las letras pequeñas de los seguros. Yo hago mis presentaciones en texto plano -cuando me dejan-, metiendo alguna gráfica o dibujo. Da igual, soy el friki de Sistemas…

    Gracias y un saludo.

  • Ángel Bacaicoa  On 10/05/2011 at .

    Tengo amigos en el Tribunal de Cuentas. Son los pocos que han logrado que se imponga en su subdireción (dedicada a la auditoría) el trabajo sin papeles. Todo se digitaliza vía scaner molón y se guarda en disco duro. La cosa es que mientras los técnicos y jefes de grupo solo mueven bites al llegar a los altos jefes se trasladan los informes a papel y así continúan hasta las Cortes. Y estoy hablando de tres o cuatro subD de las quizás cincuenta del TCu. Eso si dan mogollón de cursos y no tienen wifi que es muy peligroso.

  • alegret  On 10/05/2011 at .

    Conozco a conferenciantes “profesionales” que siempre utilizan la misma plantilla de Powerpoint.

    Estoy de acuerdo con un amigo docente que dice que el powuerpoint es una herramienta para vagos. Y es verdad, te basta una para dar siempre la misma brasa. Así lo hacen prestigiosímos conferenciantes como Valentín Fuster, Calatrava, Moneo y demás usuarios de “first class” pagada por Consistorios, Universidades y demás entidades públicas.

    Un saludo

  • Jorge Delgado  On 11/05/2011 at .

    Un ejemplo más de mal uso de las TIC:
    mi mujer trabaja para una administración autonómica, en la ventanilla de recogida de avales para ofertas de obra pública. Cuando recoge la documentación, amén de hacer de correctora de errores en el rellenado de los formularios (en papel, of course, debe de introducir una serie de datos en una ficha para poder imprimir unas etiquetas adhesivas con el nº de expediente y otros datos, a pegar al formulario. Este trabajo, que le lleva entre 5 y 10 minutos por expediente (a veces le caen hasta 10 juntos), luego NO VALE PARA NADA, porque para grabar el expediente en la base de datos se coge el formulario en papel Y SE EMPIEZA DE CERO. Luego tienen un retraso de meses en la grabación de datos que hay que solucionar con horas extras (pagadas) o con refuerzos externos (también pagados). Por supuesto, el programa de creación de etiquetas ha sido confeccionado “a medida” y ha costado una pasta. ¿Tanto trabajo costaba el hacer que el “etiquetador” se conectara con la base de datos (también hecha a medida) y usando el nº de expediente, los datos introducidos en primera instancia no hubiera que introducirlos de nuevo?

    ¿Qué mente privilegiada fue la que “parió” semejante absurdo?

    Si es que de donde no hay no se puede sacar…

A %d blogueros les gusta esto: