Bochorno mediático

De la serie: Me parto el culo

Hay pocas cosas que me diviertan más que ver a los medios con el rabo entre patas víctimas de su propia soberbia, de su propia estupidez. Explicaré una anécdota.

El 20-N de 1985 me pilló en Italia. 1985 fue un año un tanto especial porque se cumplían los primeros diez años de la muerte de Franco y porque en su mes de junio se firmó el tratado de adhesión de España a lo que entonces se llamaba Comunidades Europeas, el tan ansiado «Mercado Común», expresión que sonará a chino a los menores de treinta y pico años, pero que hizo suspirar mucho a muchos españoles en los últimos años de la noche franquista. Quedaos con las dos claves.

A partir de la muerte de Franco, cada año, el día del aniversario de su fallecimiento, se llevaban a cabo en Madrid (primero frente al Palacio de Oriente, hoy llamado nuevamente Real, su nombre originario, y después en la Castellana) unas macromanifestaciones acojonantes en su memoria y reivindicación. Acojonantes (aunque la hemeroteca os dirá justamente lo contrario y a eso voy), de centenares de miles de personas, no se si tres centenares de miles u ocho centenares de miles; pero centenares de miles.Obviamente, a medida que transcurrían los años y, sobre todo, a partir de 1981, en que el 23-F acaó de sacudir muchos miedos, el volumen y la importancia de la manifestación fue decreciendo, aunque mantuvo una cuantía numértica de participantes nada desdeñable.

Pero en 1985 la manifestación recuperó el volumen de sus primeros años. No sé exactamente por qué, porque me da la impresión de que el efecto llamada del décimo aniversario (un número redondo) no justificaba plenamente ese subidón en la participación. Quizá la frustración o la ira de la constatación por parte de la derecha española más rupestre de que, tras dos años de gobierno socialista muy estable y muy encarrilado, no iba a haber nuevos treintayseises y que los militares, la esperanza blanca del ultramontanismo, estaban muy tranquilitos en plena reconversión profesional que había mandado a casa a todos los chusqueros (con una más que ubérrima pensión de jubilación) y estaba modernizando a paso ligero a todas las Fuerzas Armadas y, sobre todo, al vetusto Ejército de Tierra.

Sea como fuere, los medios de comunicación, ya tan pesebreros como ahora, ocultaron por orden de vete a saber -aunque es fácil de sospechar- qué superioridad la magnitud del acontecimiento, limitándose a cortos sueltos en el que se daba noticia de que un puñado de nostálgicos se había manifestado en la Castellana al mando de la duquesa de Villaverde -la hija del difunto dictador- y que, como fin de fiesta, diversos alborotadores fascistas habían roto unos cristales aquí y allá. Aún no podían apalear negros, porque no los había.

Pero claro, aquel domingo -la mani del 20-N siempre era el domingo más cercano a la fecha en cuestión-, la RAI ofreció amplias panorámicas aéreas de una Castellana totalmente abarrotada -daba cifras, sin duda algo exageradas, de más de un millón (joder con el millón dichoso) de manifestantes, aunque de hecho sí que se veían muchos centenares de miles- y colijo que en el resto de Europa sus periódicos y televisiones hicieron lo mismo. Claro, convencidos -porque así se lo habíamos contado- de que el franquismo estaba irreversiblemente liquidado, quedaron aterrorizados y preguntándose qué habían metido en la Comunidad Europea seis meses antes.

A mí me preguntaron otros huéspedes -mayormente italianos- en el propio hotel. Yo les dije que, bueno, que se trataba de un franquismo ciertamente real, pero sociológico, no político; que sí, que en un momento dado eran capaces de montar números como este pero esa manifestación no tenía ninguna proyección electoral: los partidos más próximos al franquismo quedaban reducidos a la marginalidad extraparlamentaria y toda esa masa votaba centrismo o Alianza Popular (así se llamaba entonces lo que hoy es el PP). No sé si quedaron muy convencidos.

Pero cuando sí que me partí el culo fue al ver el «Informe Semanal» del sábado siguiente. Lo medios españoles -particularmente la Televisión Española- cogidos a contrapié por la alarma europea tuvieron que hacer lo que, en mi microscópica medida, hice yo en aquel hotel de Milán; sólo que yo hablé desde una absoluta independencia política -o, mejor dicho, partidista- pudiéndome permitir el lujo de ser absolutamente realista y, por tanto, veraz, y la tele española se había visto pisando la cagada de, en primer lugar, su silencio verdaderamente canalla y, en segundo lugar, de la obligación de dar una explicación a beneficio europeo sin que el consumo interno acusara mayor recibo de la cosa (y del sucio culo que se le quedó al aire a la chusma mediática local). Una obra de arte de la estupidez más supina. No hicieron la menor alusión a cifras, como dejando que las imágenes hablaran por sí solas (como los europeos ya habían visto las cenitales y no necesitaban más, a los españoles sólo nos dejaron ver la primera fila de la manifestación, sin la menor panorámica); hecho esto, se dedicaron a buscar todos los subnormales que pudieron, que fueron muchos porque entre esa multitud ya me dirás; y era grotesco ver como la locutora -no voy a llamar periodista a esa imbécil cuya identidad prefiero no recordar- menipulaba al pobre desgraciado:

– Y usted ¿por qué está aquí?
– Yo, por la memoria del Caudillo y porque España está muy mal
– ¿Y usted quiere una España mejor?
– Sí señora, sí
– Y que se instaure de nuevo la devoción a la Virgen ¿verdad?
– Eso es, sí señora, la devoción a la Virgen

Más cutre y más burdo -por parte de la plumífera, más que del otro desgraciado- no podía ser. Y así con media docena más de brontosaurios de distinto pelaje. Para «Informe Semanal» -que en aquella ocasión se cubrió de mierda hasta arriba- parece que en la manifestación no debía haber catedráticos, ni abogados, ni ingenieros, ni doctores en filología germánica (uno de sus principales promotores, Blas Piñar, es notario, si todavía vive). Pero supongo que a los pichafrías centroeuropeos la cosa les coló, que era de lo que se trataba, y aquí la gente que no estuvo en Madrid siguió sin enterarse de la que se había liado en Madrid. Y aquí paz y después gloria.

Pues ayer tuve las mismas sensaciones, incluyendo la de partirme el culo de risa. Hablo, ya os lo podéis imaginar, de las manifestaciones convocadas por el colectivo #DemocraciaRealYa. Especular con las cifras es recurrente y muy difícil, pero la verdad es que en Barcelona -y yo estuve ahí– había una multitud, una multitud tan acojonante que su único precedente, la que convocó en Madrid, frente al Ministerio de Cultura, la Asociación de Internautas hace dos o tres años -y que en aquel entonces se consideró, con razón un pequeño éxito- quedó reducido a un banquete de bodas. Me remito a mi entrada de ayer. La de Madrid, si hacemos caso a gente muy fiable, como Dans, fue aún más numerosa y realmente impresionante, por si la de Barcelona no lo había sido bastante. También parece que fue cosa importante la de Sevilla y, en fin, en las demás ciudades de España, siempre salvando la proporción en el número de habitantes y otros factores secundarios, la cosa fue realmente muy, muy bien.

Ya dije también ayer que la convocatoria se había realizado exclusivamente a través de la Red, sin ayuda de ningúnotro medio; incluso pequeñas encarteladas muy localizadas fueron claramente saboteadas. Pues bien: contábamos también con ese silencio canalla y tocinesco de los medios. Pero… ¡ay amigo! Resulta que la prensa mundial (nada menos que «The Washington Post» inaugurando la traca) empieza a hablar de que hay meneo en España, que a ver si va a pasar como en morolandia (que, a su modo de ver, no nos pilla tan lejos) y que ay, ay, ay. Y, claro, a nuestro pesebre mediático no le queda sino ponerse a mascar alfalfa, joderse y empezar a hacerse eco del asunto. Disimuladamente y sin alharaca, claro. Y devaluando la cuestión: bueno, cuatro chavales, unos parados, nada, poca gente, perroflautas, chorizos y macarras, anarquistas. okupas… gentuza así, los de siempre. Además, en Madrid hubo graves incidentes y es que, claro, estos chicos son unos violentos, nada dialogantes y muy poco democráticos. Lo importante, naturalmente, son las estupideces que dijo Rajoy o las belloteces que soltó Zap, en esas catarsis de fanáticos -ya previamente convencidos- que se llaman mítines y en los que reparten cosas a los que van (la técnica del bocata mortadela es vieja).

Hoy, la cosa ha tenido una cierta cola, y ya hay algo más que noticias, hay comentarios -más o menos conciliadores, más o menos tóxicos, alguno razonable- supongo que al rebufo de las preguntas de los corresponsales extranjeros, ávidos de ver si aquí montamos la de Egipto, que ya sabe todo el mundo que cuando los españoles montamos el número lo montamos a lo bestia y eso siempre llama la atención.

Veremos. Veremos qué continuidad tiene todo esto, veremos hasta dónde llegamos, veremos qué secuelas deja -y cuan largas- lo que ayer creo y espero que no hicimos más que empezar.

Pronto, prontito, habrá más. Oído al parche

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Actualización – Me escribe por correo electrónico un lector que me dice que no es exacto lo que explico sobre el «Informe Semanal». Que sí, que el programa fue tal como yo digo pero que esa entrevista -ni ninguna de las que hubo- fue tal como yo la describo y que me estoy confundiendo probablemente con una entrevista de parecido estilo realizada por aquella época por la revista «Interviú».

Es cierto que la memoria juega, a veces, malas pasadas. El problema es que en cosas tan antiguas no puedes acudir a Google para acabar de contrastar fuentes. Yo hubiera jurado -y de hecho, aunque lo sostengo mucho menos radicalmente, lo sigo sosteniendo- que aquella entrevista salió en el «Informe Semanal» al que hago referencia. Si no fue así, sirva esta actualización como rectificación. Porque, dicho lo cual, tampoco me sorprendería ni un pelo que esa entrevista hubiera sido, efectivamente, realizada por «Interviú», ya son -o fueron, hace mil años que no la leo y ni siquiera entonces la leía mucho- gente de esa calaña, ciertamente…

Bueno, pues ahí queda eso.

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Comentarios

  • JP Clemente  On 16/05/2011 at .

    salu2 Javier, desde la parte positiva (yo pensaba que había sido por la mañana y me las paso, ya llevo tiempo buscando cómplices Piratas por Leganés y esta zona, pero na) yo también estoy francamente sorprendido por la respuesta; en conversaciones con Víctor he dicho hasta ahora que lo que sea Internet (um, me encanta Twitter, he de reconocerlo y lo puse a prueba en la operación Goya que sí participé a tope) está por demostrar; ahora diremos estaba, claro, pero sigo pensando que la prueba de fuego es el 22M; en fin, debemos estar contentos, no?

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