Monthly Archives: junio 2011

Víctimas

De la serie: Pequeños bocaditos

De un tiempo a esta parte, me da la impresión de que muchos aspectos -ya demasiados- de la vida pública están mediatizados por las víctimas de esto o de aquello. En política vasca, por ejemplo, no puede darse un paso, en ningún sentido, sin que las víctimas del terrorismo tengan algo que decir. Ahora con la cuestión de devolver el límite de velocidad en autopistas y autovías a 120 Km/h también parece que tienen algo que decir unas no sé qué víctimas de los accidentes en carretera, que, obviamente, ya tuvieron también algo que decir cuando la medida fue en sentido inverso.

Y, mira, lo siento, pero empiezo a estar hasta los cojones de tantas víctimas. De unas más que de otras, porque lo cierto es que mientras las víctimas del terrorismo son inocentes per se, no puede decirse lo mismo de las víctimas de la carretera, cuya inocencia o culpabilidad habría que revisar caso por caso. Porque manda huevos que un señor o señora que se dio la gran hostia circulando a 190 y/o pensando en las musarañas y/o con un exceso de priva en sangre y sufre ahora una paraplejia con pensión anexa a cargo de la Seguridad Social que va a costa de mis cotizaciones, pretenda hacerme admoniciones cuando exijo que el límite de velocidad regrese al punto del que nunca debió salir o cuando propugno que se alargue, como en otros países europeos, en 20 Km/h más. Me irritan tremendamente los sanpablos, los caídos del caballo, las putas arrepentidas que dedican su cutre vida -cuando ésta las retiró a la fuerza- a que no folle ni el potito. Habrá su sector inocente, qué duda cabe -viudas, huérfanos, afectados que no fueron culpables del trastazo que los hizo polvo…-, pero me subleva que nadie se constituya en lobby presuntamente cívico al simple y único efecto de pasar por encima de los demás ciudadanos, de tener una autoridad pretendidamente mayor que los demás.

A mí me parece muy bien que la AVT se ponga como una moto cada vez que excarcelan a un etarra (incluso aunque éste haya cumplido su condena de acuerdo con la ley) porque estos señores buscan una más que justificada venganza y por esto puedo comprender -y hasta simpatizar con ello- el que aún contra todo derecho y toda lógica pretendan que el cabrón en cuestión pase en presidio los mil o dos mil años a los que fue condenado. Hasta ahí. No soporto y no tolero, en cambio, que estos señores pretendan pontificar, en un plano superior al del común de los ciudadanos, qué debe hacerse y qué no debe hacerse en materia de política vasca o en relación al País Vasco. Que digan lo que quieran en tanto que simples y corrientes ciudadanos de número, que voten -no faltaba más- lo que les dé la gana y que nos dejen en paz. Porque la vida sigue, las cosas evolucionan, lo que estaba claro hace veinte años ha cambiado ahora (o cambió hace cinco, o diez), y no podemos estar funcionando perpetuamente en cerrazón total porque unos hijos de puta le pusieran al tío Fermín una bomba lapa en 1976. Descanse en paz el tío Fermín, ríndase tributo de dolor y de admiración a su memoria y al sufrimiento de sus familiares, paguen sus asesinos lo que tengan que pagar como en derecho sea procedente, indemnícese a sus deudos como es debido y hagamos la política de 2011 con la vista puesta en 2021, en 2031, en 2041 o hasta donde alcance la visibilidad… Si a los familiares de don Fermín no les gusta, quéjense en buena hora -como me quejo yo cuando me aprieta el zapato- y voten en consecuencia, pero no pretendan que por ser los sobrinos de don Fermín su voz haya de valer más que la mía cuando la cosa no va estrictamente de los hechos que llevaron al tío Fermín a la tumba. (Nota: el «tío Fermín» es un personaje genérico -más que «supuesto»- pero no específico; si resulta que hubo un Fermín víctima del terrorismo en 1976, disculpas a quien proceda: no me estaba refiriendo a ese concreto Fermín ni, de hecho, a ningún otro).

Ya he hablado alguna vez en esta bitácora del síndrome de Madres de la Plaza de Mayo (que pretendieron meter las narices en la política argentina como ciudadanas más cualificadas que los demás, incluso en aquellos aspectos que para nada tenían relación con su concreta circunstancia), hasta que la tía esa, Hebé de Bonafini -como se hace llamar sin el consentimiento del Bonafini que es su ex-marido-, se cargó el tinglado cocinando en él un pastel de estupidez, de mala fe y de corrupción.

Si así pienso en relación a las víctimas del terrorismo -que, por todo lo demás, son cosa muy seria-, calcúlese lo que puedo pensar de las víctimas de la carretera, ese empedrado de culpabilidades arrepentidas e inocencias irredentas, que pretenden imponerme a mí -y a millones de ciudadanos-, normas de comportamiento o limitaciones a nuestros derechos primigenios. Pues no. Quiero poder circular a 140 Km/h en autovía y autopista; entiendo que los trazados y los vehículos actuales -incluso los ya no tan actuales, si están bien mantenidos- lo permiten con un plus de riesgo mínimo (la prueba está en la muy inferior accidentalidad en autovías y autopistas en relación a otras vías, y en la marginalidad de la causa «velocidad» como motivo de esos accidentes en relación a otros fenómenos como las distracciones, el sueño, el alcohol u otras causas que provocaron el trastazo a 120 igual que lo hubieran provocado a 100 o a 140) y teniendo en cuenta, además, que circular a velocidad máxima no es obligatorio (siempre, al menos, que se recuerde la existencia del carril de la derecha) y que quien quiera levantar el pie del acelerador puede hacerlo sin más. Reconozco su derecho como ciudadanos -es decir, como el mío- a exigir que no se permitan esos 140 y, aún más, que el límite descienda por debajo de los actuales 120. Pero no reconozco -en modo alguno- que su silla de ruedas, su viudedad, su orfandad, su drama personal -que, desde luego, está claro como tal y lamento- confiera una mayor credibilidad o atendibilidad a sus reivindicaciones.

Hasta ahí podríamos llegar.

El precio del calzoncillo

De la serie: Rugidos

La mierda pelotera (el fútbol, por si alguien necesita que se lo digan así de claramente) debe a no sé quién más de 5.000 millones de euros, es decir, más de 830.000 millones de las viejas, por si algún cincuentón necesita un dimensionamiento a medida. O sea, relativamente poco menos de un billón -con «B»- de las aún no tan antiguas pesetas. De esos 5.000, 700 -bastante más de 100.000 millonesde abuelitas- se deben a la Tesorería de la Seguridad Social. Si me lee algún pequeño empresario con empleados, puede contarnos lo que le pasaría si debiera, con larga y reiterada morosidad, una millonésima parte de eso, 700 euros, a la Seguridad Social.

En condiciones normales de presión y temperatura, me importaría un carajo lo que pasara con los otros 4.300 millones de euros y allá películas quien fíe a esos gángsters (porque no otra cosa son los tipejos que gestionan -es un decir- el tema de la pelota), pero tengo mis temores sobre lo que puede pasar cuando esto colapse. Que es de temer que colapse pronto porque, en épocas de crisis, la gente es mucho menos dada a gastarse pastizaras en abonos a la grada o en paipervieus a las diversas cadenas que viven del cuento este, lo que quiere decir que esos 5.000 tienden más bien -mucho más bien- a ser 6.000 que 4.000.

Ya está bien de rodeos: esto huele a rescate. Esto huele a que vamos a acabar pagándolo todos los ciudadanos. Esto huele a que, con mayor o menor ingeniería financiera -cuatro mil bancos, doce mil subvenciones, doscientas mil partidas presupuestarias estatales, autonómicas y locales, camufladas en vete a saber qué estrambóticos conceptos- esos 5.000 (más los que rueden de aquí a allá) van a ser sufragados con dinero público. Mientras se recortan prestaciones sociales y asistenciales, mientras las PYMEs se asfixian por falta de financiación, mientras los desahucios -evitados o no por la gente de DRY, siguen a la orden del día, los sinvergüenzas de la pelota se están frotando las manos esperando el maná de dinero público para volver a empezar. De nada servirá que se les diga (suponiendo -que es mucho suponer- que se les diga) que es la última vez, porque eso ya se les dijo cuando nos estafaron a todos los españoles saneando los clubs para que se convirtieran en SADs: a partir de ahora, vosotros mismos, ya os apañaréis. Y una mierda.

No me extrañaría que algunos Frank Nitti estuvieran en estos mismos momentos comiéndole el coco a algún ministro o a algún consejero autonómico sobre lo poco casual de que el 15M empezara justo cuando la liga de fútbol ya era pescado vendido a punto de terminar. Y, ojo, que no lo admito de buenas a primeras pero tampoco me parecería raro que fuera así. Ya te lo contaré cuando la mierda de la pelota vuelva a ponerse en marcha en septiembre.

Por eso me cabrea lo irresponsable de algunos jolgorios, como el de pronto hará un año, cuando los once analfabetos oficiales -más suplentes- ganaron el mundial de fútbol y toda España se echó a la calle, quizá pensando que eso era gratis y que la ocasión era verdaderamente importante. Y una mierda. Para nosotros, los ciudadanitos de a pie, desde luego, no. El precio de la juerga son 5.000 millones.

Y los vamos a pagar euro sobre euro.

Enturbiando el panorama

De la serie: Esto es lo que hay

Me hace gracia -por decir algo- el montón de capullos que se dedican ahora a pontificar desde los medios sobre el 15M. Los que hace un mes estaban calladitos, ignorando -por puro analfabetismo mediático o por iniciativa propia, no actuando por órdenes superiores- la que se estaba cociendo en la red, ahora se ponen a dar lecciones sobre lo que hay que hacer: que si hay que definirse, que si hay que caracterizarse, que si hay que articularse, que si hay que hacer esto, que si hay que hacer lo otro… Resulta que un montón de tíos que todavía no se han enterado de nada le están diciendo a un movimiento horizontal lo que tiene que hacer, lo que es decimonónico y lo que es avanzado, como este relumbrón, sin ir más lejos.

Digo que no se han enterado de nada porque ellos siguen erre que erre con antisistemas y con que el 15M ofrezca alternativas políticas (la voz de su amo: es lo mismo mismito que piden los propios políticos afectados). ¿En qué idioma habrá que decir que todo es mucho más sencillo que eso? Ayer dejé bien claro lo que queremos, unánimemente, todos los que nos manifestamos el domingo y muchísimos más que no se manifestaron; hay quien pide más cosas y lo hace desde varios puntos de vista o desde distintos focos de interés. Muy legítimo, sin duda (y en más de una de estas cosas podría yo estar de acuerdo), pero discutible como reivindicación general. En lo único en lo que estamos todos de acuerdo es en lo que decía yo ayer (y no, obviamente, porque lo dijera yo, sino porque es lo que se ha invocado en las convocatorias: un sólo milímetro más allá ya es entrar en el mundo de las suposiciones).

Por tanto, me pregunto si entre políticos y plumíferos corporativos no están orquestando una ceremonia de la confusión debido, supongo, a que lo que está pidiendo el 15M, en su sencillez material, rasga por la mitad el tinglado bipartidista y la apropiación del Estado y de sus mecanismos por parte de la casta. Efectivamente, si todo el problema fuera crucificar a los chorizos, probablemente no hubiera hecho falta llegar al 19J: tras el 15M mismo ya hubieran defenestrado a todo el canasto del embutido, solamente para evitar que la cosa llegara a mayores. Lo que no les cuadra es tocar el sistema electoral. Porque tienen el pastel muy bien repartido: bipartidismo más bisagras en el Estado y bipartidismo más bisagra en Catalunya y el País Vasco, básicamente, y algo en Galicia (en el resto de comunidades autónomas, bipartidismo puro y duro, pese al granito, probablemente excepcional, de IU en Extremadura), y así se aseguran la preeminencia PSOE, PP, CiU y PNV (que, a raíz de no haberse mojado con la Ley Sinde ha salido excesivamente bien parado en el festival de justificadísimos improperios).

El espectáculo ha sido ilustrativo en Catalunya, única comunidad histórica (y de buena parte de las otras) que no tiene ley electoral propia, y tanto nacionalismo, tanto fet diferencial y tanta cagarela, para tener que regirse por la normativa del odiado Estado. ¿Y ello por qué? Pues porque cada cual -básicamente CiU y PSC-PSOE, en este caso- recortan sus demarcaciones electorales no de forma geográfica o demográfica coherente sino de acuerdo a sus milimétricos intereses. Lógicamente, como los intereses de uno son contrapuestos a los del otro, así estamos. La pretensión de algunos intérpretes del 15M de hacer de España una circunscripción única es de difícil plasmación en la realidad, no por problema técnico alguno (en las elecciones al Parlamento europeo, España es circunscripción única y no pasa nada) sino porque ello privaría a los partidos nacionalistas -especialmente CiU y PNV, con ERC y BNG como daños colaterales- de una importantísima cuota de poder: de hecho, los eliminaría fulminantemente como bisagra cuando PSOE y PP no vencieran con mayoría absoluta. Por tanto, el desafío de Duran retando a Chacón a que propusiera la circunscripción única en el Congreso sólo es tal en esta clave, no, desde luego, en clave técnica. Yo (yo, no el 15M) prefiero otra fórmula que sí es técnicamente difícil -no imposible, ojo- que es la circunscripción de candidato único: si España tiene 47 millones de habitantes, establecer un Congreso de 470 escaños y formar cinscuncripciones de cien mil habitantes para un sólo escaño: con eso sí que los ciudadanos tomaríamos claramente el poder sobre los partidos (sin detrimento necesario de éstos).

El caso, de todos modos, es que el modelo actual lo diseñaron en 1978 precisamente a los actuales efectos, y no van a deshacerlo fácilmente. Pero por una sola razón. porque no les da la gana, no porque otras fórmulas fueran más difíciles. Por tanto, no hay alternativas que los ciudadanos podamos aportar porque, en el sentido en que nosotros queremos formular el espacio electoral, a los de la casta no les interesa nada, nada, nada.

Tampoco se pretenden -dentro de lo que podríamos llamar consenso absoluto del 15M- revoluciones económicas. Nadie (bueno, casi nadie…) pretende poner en fila en la playa de Castelldefels a los miembros de los consejos de administración de los diecisiete principales bancos y pasarlos por la ametralladora. Se pretenden cosas como la dación en pago de aceptación obligatoria para liquidar el préstamo hipotecario; es algo tan poco revolucionario que -esto se dice muy poco, pero es así- España es casi la única nación del orbe occidental que no la contempla. No podemos -vaya, no queremos, siempre dentro de ese consenso- cambiar las bases de la economía, pero creo que sí podemos pretender que las PYMEs (que constituyen más del 90 por 100 de los empleos de este país) tengan un mejor y favorecedor acceso a la licitación pública y tengan algunos mecanismos financieros adicionales de defensa frente a la voracidad bancaria; y algunas pocas facilidades competenciales (o, por lo menos, que no se otorguen tantas ventajas a las grandes corporaciones). No parece revolucionario pedir que se putee a golpes de persecución fiscal y laboral contínuas a aquellas empresas -pequeñas y grandes, por igual- conocidas por su especulación laboral de carne humana. No parece tan revolucionario dificultar hasta lo imposible los ERE en empresas con beneficios y sin riesgos ciertos de perderlos. No es tan revolucionaria la efectiva protección al consumidor frente a los abusos en servicios de primera necesidad de muchas empresas: en vez de clientes, parecemos -quizá somos- siervos, en muchísimos casos. No es tan revolucionario pretender que se mantengan incólumes las tres patas del estado del bienestar (sanidad, educación y pensiones), en medio de un panorama de autopistas vacías, de tendidos de alta velocidad donde no hacen ni puta falta, o de mucho circo artístico y cultural pagado con dinero público para untar a los amiguetes (que, además, tenemos perfectamente identificados, manda carallo).

Los políticos -y sus turiferarios de los papeles pesebreros- exigen a los ciudadanos del 15M alternativas claras. No señor. Los ciudadanos estamos diciendo claramente lo que queremos: las alternativas tienen que plantearlas los políticos, que para eso cobran. Que los ciudadanos reclamemos el protagonismo de la política no significa que seamos o queramos ser políticos profesionales, sino que nuestro papel de ciudadanos sea preeminente frente al interés de los partidos y de la casta. La fórmula para llegar a eso es suya: los ciudadanos, sencillamente, aprobaremos o denegaremos.

Y todo lo demás es humo -y no siempre de colores- que nos ponen delante de las narices a ver si logran ponernos a discutir tonterías y consiguen romper el 15M. Nosotros, los ciudadanos, lo que tenemos que hacer es mantenernos firmes, y cada vez más firmes y en mayor número, en esos mínimos que exigimos; y ellos, la casta, que se busquen la vida, que discuten, que se insulten -ya no vendrá de ahí después de los bochornosos espectáculos que llevan años dando- y que lo arreglen.

O que sufran las consecuencias.

Centrando el 15M

De la serie: Esto es lo que hay

De nuevo ayer un éxito rotundo en las convocatorias del movimiento 15M, de los llamados -que no autodenominados- indignados. Más de sesenta ciudades españolas y un contagio, incipiente pero claro, a otras ciudades de Europa. No voy a hablar mucho de cifras porque nunca me ha gustado polemizar sobre cifras salvo para poner en su lugar exageraciones notorias. ¿Qué importa si ayer hubo en Barcelona las 75.000 personas que señala la Guàrdia Urbana o las más de 100.000 que otorgan varios medios, descartando las ridiculeces de la gentecilla de Puig, por lo bajo, y de la propia organización, por lo alto)? Lo cierto es que fuimos muchísima gente, en Barcelona, en Madrid, en toda España (asombroso Gijón, cabeza ayer del 15M asturiano, por poner un lugar entrañable para mí, con una cifra que no digo, pero que pinta el alma de colores) y lo cierto -y maravilloso- es que no hubo un sólo incidente digno de ser llamado tal.

Un movimiento que ya no puede ser ignorado, como se intentó hace un mes, y un movimiento que debe ser cuidadosamente atendido. Porque es un movimiento inaudito con características muy propias y sin antecedentes históricos.

Ayer estuve en la manifestación con Joan Coscubiela, el que fuera secretario general de CCOO en Catalunya (también asistió, y también a título puramente personal a la del 15M en la que, como ayer, hizo grupito con Carlos Sánchez Almeida, con Paco González -miembro de la Junta de la AI-, con otros varios y conmigo, claro) y dedicamos un ratito a cavilar sobre liderazgos, representaciones (no representatividades sino propiamente representaciones) y sobre varios aspectos del movimiento 15M y llegamos a coincidir en dos cosas: una, que la horizontalidad del movimiento hace muy difícil su caracterización y que, siendo difícil su caracterización, es prácticamente imposible predecir su desarrollo futuro; y otra, que si los políticos no empiezan a acusar recibo seriamente (y no en plan brindis al sol como han hecho estúpidamente hasta ahora, intentando arrimar el ascua a su sardina), si no empiezan a presentar soluciones efectivas y mínimamente satisfactorias (y ya dije el otro día que hoy, ahora no es tan difícil porque las peticiones básicas no son tan rupturistas e inasumibles), el 15M inevitablemente se radicalizará y es muy posible que se llegue a situaciones indeseables, pero esta vez no protagonizadas por una minoría, lo que haría mucho más difícil gestionarlas. La responsabilidad de los políticos es, ya, en estos mismos momentos, tremenda, quizá de proporciones históricas. Si no están a la altura de esa responsabilidad -y en la mayoría de los casos cabe temer que no lo estén- no quiero ni pensar a dónde puede llegar esto.

Dentro de esa difícil previsibilidad a la que me refería, me parece que hemos sobrepasado el punto de no retorno, la velocidad de decisión y, por tanto, hay que seguir adelante contra toda oposición, porque si el movimiento aborta ahora, la catástrofe es absolutamente segura: la moto a la que se subirían los políticos y los financieros sería aún de mayor cilindrada y nosotros estaríamos fritos.

Los políticos -yo no sé si por una táctica estúpida o por una estupidez intrínseca inherente al oficio, ellos mismos- se empeñan en tratar este movimiento como antisistema. Y no lo es. Y lo saben, o deberían saberlo. Una cosa es que la prensa del culo («La Razón», «El Mundo», «ABC» o «La Vanguardia»), temerosa de que el 15M le haga perder en noviembre de 2011 o en marzo de 2012 una mayoría absoluta que ya canta y baila, deambule por esos huertos tramposos y, otra, la realidad de que lo que quiere la gente es sencillísimo y para nada revolucionario, porque, salvo pequeños grupúsculos que van a su película, pero que tienen muy poco peso específico -aunque ellos también constituyen, del otro lado, otra suerte de prensa del culo-, la realidad es que el movimiento 15M no impugna la democracia parlamentaria y no impugna, siquiera, el propio capitalismo: lo que pretende es algo tan sencillo y tan natural como que las cosas se mantengan dentro de una medida racional.

Todo el mundo sabe que, como en los casinos, la banca siempre gana y los banqueros siempre serán ricos; y, aunque esto puede no gustar, todo el mundo se resigna a ello, como nos resignamos a la ley de la gravedad y nadie pretende lanzarse desde una ventana e ir hacia arriba en vez de hacia abajo. Lo que sí se pide es que los inmensos beneficios que acumula el sistema financiero no se obtengan a costa de las inmensas riadas de sangre que están derramando, tanto en un sentido real (el Tercer Mundo), como en un sentido figurado (paro enorme, desahucios masivos, recortes sociales drásticos…). Lo que se pide es un mínimo de limpieza y de honestidad en los políticos. Un mínimo. Somos humanos, la carne es débil y todos sabemos que unas pequeñas moléculas de corrupción -en las que, por lo demás todos hemos participado alguna vez, como en gestionar pequeños enchufes o recomendaciones en un aspecto u otro de nuestras vidas- son inevitables; todos sabemos y todos aguantamos, por poco que nos guste, que el poder, el cargo, conlleva una serie de prebendas, pero siempre que eso sea a niveles infinitesimales y no llevando una corrupción inaudita al extremo de imputados en las listas de prácticamente todos los partidos grandes, llegando la cifra a muchas decenas. Todos sabemos que siempre habrá quienes ganen más -a veces muchísimo más- que otros y nadie pide tabla rasa con los sueldos, solamente que el que gane menos pueda vivir con dignidad y que el esfuerzo y el trabajo que verdaderamente mejora las condiciones de vida de todo el mundo esté mejor retribuido y que no tengamos que ver -como hemos visto- a capataces medio analfabetos conduciendo automóviles no sólo lujosos sino casi lujuriosos mientras nuestros científicos van tirando con becas tan de miseria que hasta les gustaría ser mileuristas o que un empresariado cutre y salchichero se permita el lujo de tener ingenieros trabajando casi por lo que gana un becario. Todos sabemos que no se puede estirar más el brazo que la manga y que hay que vivir de acuerdo a las propias posibilidades, pero la presión consumista del sistema es brutal y el castigo por carecer de la presencia de ánimo y formación humana suficiente como para resistir una verdadera explosión de lujo aparentemente asequible a todos los niveles no puede ser, por pura proporción, la ruina eterna, quedarse en la puta calle, debiendo encima un cuarto de millón que se incrementa a cada día que pasa exponencialmente merced a unos bestialmente leoninos intereses de demora. Finalmente, vivimos en una democracia, lo que no se corresponde con ser máquinas de votar a quienes nos manden y ordenen; no valemos más que ese voto cuatrienal, emitido el cual pasamos a ser un perfecto cero a la izquierda; listas cerradas y no sólo eso, sino que no hemos tenido ninguna participación en la confección de estas listas; los votos no son iguales, tienen un valor distinto según donde se emitan; y una vez emitido el voto, no tenemos control ni siquiera sobre las promesas electorales libremente formuladas por los partidos, convirtiendo lo que denominan falsariamente fiesta de la democracia en una orgía de la estafa y de la tomadura de pelo sistemática.

Si esto les parece revolucionario a nuestros políticos, si son incapaces de afrontar algo tan sencillo, tan limpio y supuestamente tan inherente al sistema (léase el preámbulo de la todavía vigente Constitución de 1978), entonces sí que los ciudadanos habremos de pensar, vertical u horizontalmente -esto lo determinará el curso de la historia-, en un verdadero proceso revolucionario, en una ruptura total, en el alzamiento de la guillotina… esperemos que solamente virtual. Esperemos… pero no descartemos, que es lo que tiene de malo que las cosas se vayan de las manos y no me cansaré de decir que este país a mí me da mucho miedo.

A los políticos, está claro, les cuesta salir de su encastillamiento, les cuesta mirar al corrupto de al lado y pensar «si queremos sobrevivir, chaval, habrá que echarte a los leones»; les cuesta pensar -sobre todo a los llamados a ser los principales afectados- que llegó la hora de la jubilación (que ya se la han procurado ubérrima, además y no como a los ciudadanos del montón), que hay que dar paso a una generación que parta de cero y le confiera al sistema la credibilidad de su limpieza, y esa generación, en los partidos, existe y está ya pidiendo paso.

La pelota está en el tejado de los partidos. No desde ayer; ni siquiera desde hace un mes. Hace ya mucho tiempo que lo está. Lo que está haciendo el 15M es iluminar esa pelota con cada vez más focos y más potentes y clamar por su vuelta con altavoces cada día más sonoros. En manos de los políticos actuales está el coger una escoba y bajarla de ahí -aunque ello suponga el ostracismo o incluso la cárcel para algunos camaradas– o bien quedarse haciendo el Don Tancredo a la irresponsable espera de que la ciudadanía entre a saco y derrumbe el edificio entero. Que no es otra cosa que eso, lo que iba a pasar.

Porque el 15M no lo van a desactivar. De eso ya se pueden ir olvidando.

Carod-Rovira también se cabrea

De la serie: #nolesvotes

Pese a que nunca me han gustado -ni en lo que son, ni en lo que significan, ni en lo que pudieran representar- las ideas de Josep-Lluís Carod-Rovira, lo tenía por un hombre inteligente, culto y de recta intención, de aquellos que te hacen pensar que es digno de mejor causa, de los que te hacen observar una idea adversa desde un intento de comprensión: algo habrá en ese independentismo -me decía a mí mismo- cuando gente tan con cara y ojos como ese hombre siguen esa idea.

Ya antes de que un churro electoral catapultara su formación hacia un poder desmesurado, Carod-Rovira -él mismo, personalmente, ante mis narices- me había bajado unos cuantos puntos. Lo expliqué hace ya años en este mismo blog. Con ocasión de haber colaborado -junto con otras personas y entidades- con ERC en la elaboración de una proposición no de ley de implantación del software libre que ese partido presentó en el Parlamento catalán y que pocos días después presentó también en el Congreso de los Diputados (con una traducción mía al castellano, por cierto, para lo cual otorgué el permiso que, cortesmente -porque la divulgué bajo una licencia libre-, se me pidió, pese a que era una traducción muy mala realizada de urgencia para ser divulgada por la red), la formación me invitó más tarde, ya en la precampaña electoral de 2003, a un almuerzo en el que se presentó el programa electoral de ERC en materia TIC para aquellas entonces próximas elecciones. A los postres, Carod-Rovira tomó la palabra para demostrar que no se había enterado de nada y todavía no sé lo que en aquel momento se me desmoronó de aquel hombre: si su cultura -cualidad que comporta una cierta discreción y prudencia cuando no queda más remedio que hablar de algo que no se entiende- o su honorabilidad, al comportarse como un político profesional, en el peor y más deleznable sentido de la palabra. O ambas cosas.

Después, como decía, ERC accedió a una cuota de poder -una desproporcionada cuota de poder en relación a su representatividad electoral- y, en diversas ocasiones, anecdóticas unas y menos anecdóticas muchas más, Carod-Rovira se derrumbó ya completamente a mis ojos -incluso en lo concerniente a su cociente intelectual- y, con él, cualquier leve y mínima posibilidad de racionalidad o de seriedad que, aún bajo una simple presunción como de inocencia, hubiera yo podido otorgar en algún momento al independentismo catalán. Sumado, además, a la acción de gobierno, allá donde la tuvo en sus manos, del independentismo. Adiós, muy buenas, archívese en la «P».

Ahora carga contra el #15M (enlace en catalán). Bueno, está en su derecho. No es el único y, además, hay que considerarlo, desde cierto punto de vista, lógico, toda vez que el #15M ha nacido contra la actual clase política. Podríamos decir que el #15M es un fenómeno nacido contra gente como Carod-Rovira (entendiéndolo como parte de un colectivo, no como algo específicamente dirigido contra él mismo). En estas condiciones, no podríamos pretender, obviamente, que Carod-Rovira aplaudiera el #15M.

Lo que sí cabría esperar, si es que aún quedaba algo de lo que, a mis ojos, hubo antaño, es que esa crítica se produjera desde la inteligencia y no fuera, por las buenas, una simple concatenación de burradas. Y, en algún párrafo, una manifestación tan diáfana de estulticia y de ignorancia que ni siquiera pueda ser achacada a una maliciosa manipulación política de la historia.

Atribuir una orientación sexual al «Tanto monta, monta tanto» puede pasar como sarcasmo; estúpido y barato, pero, bueno, simple sarcasmo. Pretender que una hipotética nación catalana pudiera indignarse con los Reyes Católicos cuando, justamente, jamás la Corona de Aragón y la propia Catalunya llegarían tan alto como con ellos, cuando las tropas de Castilla, mandadas por un cordobés (quizá el único verdadero genio militar que ha dado la historia de España a la universal), conquistaban reinos enteros -Nápoles, por ejemplo- para el escudo de las cuatro barras, es simple y puro analfabetismo. Pretender una indignación catalana cuando Fernando II, desde la Corona de Aragón -que no la de Castilla, que andaba en sus cosas-, imponía su ley en toda Europa a entera satisfacción e interés de navegantes y comerciantes catalanes, es, además de signo de una mala fe tremenda, sencillamente no saber hacer una «O» con un canuto. Carod-Rovra debe ser de aquellos que cuando miran los artesonados del palacio de la Aljafería exclaman -como yo he oído exclamar, y más de una vez- aquello de «¡Hostia! ¡El yugo y las flechas! Pero ¿no se habían prohibido todos los emblemas de la Falange?»

La misma mala fe y la misma ignorancia supina que trasluce su pretensión de que el #15M es un fenómeno español; español, no como constatación geopolitica -en cuyo caso sería una afirmación exacta- sino por oposición a lo catalán. Claro: los españoles tienen muchísimas razones para estar indignados; los catalanes -debidamente segregados de los españoles no sé por quién- no. Los catalanes vivimos en el séptimo cielo, los catalanes vivimos en una Arcadia feliz y maravillosa de justicia y beneficencia a lo constitucional gaditano; el único grano en el culo que tenemos los catalanes, mecachis, es esto de tener que ser españoles. Hay que joderse. Porque la Catalunya libre y feliz de Carod-Rovira no estaría -¡qué va!- en manos de los mismos sinvergüenzas y agiotistas que España, no estaría en manos de los bancos (¿se cambiaría el Banco de Santander su razón social por la de «Banc de Vilanova i la Geltrú» en homenaje al nuevo régimen o seguiría haciendo beneficencia con su misma denominación?), no estaría en manos de los lobbys (obviamente los mismos, además), no sería una colonia norteamericana de segundo orden, no se impondría la contención salarial, si va bien para que vaya mejor y, si va mal, por eso mismo; no habría corrupción económica ni política (como si no la hubiera ahora y en perfecto catalán). ¡Anda ya!

Se duele de que la mayoría de los carteles y de la expresión del movimiento en la propia Catalunya sea en castellano, ignorando con ello -de mala fe- muchas realidades insoslayables: la primera, que el castellano es una lengua de comunicación muchísimo más potente que el catalán, cosa que tiene mucha importancia cuando se desea -y se desea, y se consigue- que el #15M sea recogido por los medios de comunicación internacionales; la segunda, que el castellano es la lengua materna de más de la mitad de los catalanes. Esto último es particularmente doloroso para los catalanohablantes, los más moderados de los cuales tememos por nuestra lengua a medio plazo histórico (un siglo, quizá dos, con suerte), pero que tampoco podemos, honradamente, propugnar imponerla a saco, lo que constituiría un genocidio cultural (o quizá del otro) y además, con toda seguridad, una estupidez. Siempre que sale este tema, recuerdo la queja nacionalista que surge, a la luz de la inmersión lingüística en catalán, cada vez que aparecen estadísticas que constatan el retroceso social del uso del catalán: «hemos ganado el aula, pero hemos perdido el patio». Por eso yo me hice voluntari lingüístic: porque se hace muchísimo más ofreciendo el catalán como algo amable y acogedor, como se ofrece una flor, que imponiéndolo con fusta de gestapo. Desde este punto de vista, Carod-Rovira (y quienes actúan como él) le hace mucho más daño al catalán que Intereconomía, TeleMadrid y la COPE juntos. Ni siquiera en una Catalunya independiente -y eso lo sabe Carod perfectamente- podría evitarse que el castellano fuera lengua cooficial. No segunda lengua ni lingua franca (papel reservado al inglés), sino lengua cooficial. Así que los fariseísmos, al culo.

En su ignorancia de la historia (como carencia cultural o como hecho deliberado), Carod-Rovira vuelve la cabeza al otro lado de algo que él vivió: la supervivencia del catalán frente a la inmersión lingüística en castellano, no como un ansia cultural sino como una manifestación de resistencia. Él y sus secuaces (o sus padrinos) están llevando exactamente a lo mismo con el castellano, lo que es un factor adicional contrario a la pervivencia del catalán.

Es por ello, por el hecho de que hay muchísimos catalanes castellanohablantes, más de la mitad de la población, que su queja más que implícita de que la plaza de Catalunya –centro simbólico del país, dice él- ha sido ocupada por la extranjería, se queda en un patético cacareo de frustración decimonónica a la salud de la osamenta de Valentí Almirall. En su ceguera, ignora -no sé si por estupidez o por pura mala fe- que en la plaza de Catalunya no hubo banderas catalanas, es cierto, pero tampoco españolas ni de ningún otro país o signo. La bandera es algo que, en el contexto del #15M, cada cual lleva en el corazón (la suya, lógicamente, sea ésta cual sea), pero que no se externaliza por un pacto implícito: interesa lo que nos une, no lo que nos diferencia. Nadie alardea de nacionalidades, ni de regionalidades, ni de partidos, ni de sindicatos: eso es algo que vendrá después, en la normalidad política a la que todos aspiramos. A la normalidad política, ya se entiende, en condiciones, no a ese chafarriñón que hay ahora y del que Carod-Rovira forma parte aún.

Así que, hala, don Josep-Lluís, a otro perro con ese hueso y siga durmiendo el sueño de los perdedores, que es lo que le corresponde.

Y no se me corone de espinas, que no cuela.

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