La perla de Mariona

De la serie: Correo ordinario

En mis búsquedas, tan afanosas como aún novatas, de libros digitales que echar a las fauces de mi e-reader precursor (habiéndome adaptado fácilmente a la lectura electrónica, pronto será sustiuido por otro de mayor enjundia), he hallado una verdadera perla. Bueno, he hallado muchas perlas: ediciones descatalogadas, otras que, sin constar como tales, lo están realmente; libros que en algún momento de mi vida me deleitaron y que había olvidado… De verdadera bulimia. De verdad que tengo que hacer un esfuerzo para no descargar más de lo que prudencialmente puedo leer, aún incluyendo en esa potencialidad un futuro razonablemente previsible a medio plazo.

Estando en estas, descubro la verdadera joya a la que me refería: la pentalogía La ceniza fue árbol, de Ignacio Agustí. Las cinco obras que la componen son «Mariona Rebull», «El viudo Rius», «Desiderio», «19 de julio» y «Guerra civil». Esta última, notoriamente tardía respecto a las demás y publicada uno o dos años, escasamente, antes de la muerte del autor, Ignacio Agustí.

Leí por primera vez algunos párrafos de esta pentalogía -concretamente de «Mariona Rebull»– cuando a unos escasísimos diez años (iba uno adelantado, según se decía entonces) encaré el primero de Bachillerato de la época (plan de estudios de 1957, quien lo hubiera para mis hijas, lo digo sin remilgos) con la evidentemente inevitable asignatura de Educación para la Ciu… ay, perdón, Formación del Espíritu Nacional (la vieja FEN que tantos aún recordamos). Quizá algún joven, imbuido en el cagallón zapateril que nos aqueja, pueda pensar que la FEN era una especie de adoctrinamiento falangista, franquista o cosa parecida. Bueno, pues no. O, vale, quizá sí, a partir del Bachillerato superior (lo que se solapaba -más o menos- con el actual sin apellidos), pero más por los profesores -oficiales instructores del Frente de Juventudes- que por los propios libros de texto; precisamente uno de los del Bachillerato superior tenía por autor a un tal Gonzalo Torrente Ballester 😉 y hasta recuerdo el título: «Aprendiz de hombre». Realmente los textos -en casi todos los cursos- consistían básicamente en una selección de lecturas ejemplares (no siempre explícitas: eran, como «La Codorniz», para el lector inteligente) cuyos autores solían ser clásicos de la literatura española y universal o intelectuales de fuste. Mis primeras armas con Cervantes, con Shakespeare, con Galdós y con tantos otros, no fueron a través de las soporíferas clases de literatura-listín-telefónico de la época sino de los párrafos seleccionados de los libros de FEN, que me iban de película para las tediosas horas de estudio en aquel cutre colegio de sucedáneos de cura -cuyo director, muy afecto a la Generalitat y al Barça y a otras cosas socialmente menos elegantes, parece que todavía no ha reventado, por desgracia- en las que podía dedicarme a algo entretenido -sólo mucho después supe que, además, era muy formativo y creador de sanos hábitos- en la total impunidad, sabiendo que ningún bujarrón de los que se hacían llamar, impropia e inapropiadamente, profesor (menuda tropa), pudiera decirme esta boca es mía.

Pero estoy divagando.

En el libro de FEN de 1º de Bachillerato leí varios párrafos de «Mariona Rebull» en los que describía la vida de la burguesía barcelonesa pero describiendo, al mismo tiempo, aquella Barcelona -cuyo recuerdo aún se conserva y que yo he vivido y, a ratos, vivo todavía- y aquella historia a su vez fuertemente incardinada en la ciudad. Una ciudad a la que Ignacio Agustí llama -como llamo yo mismo, quizá en una reminiscencia subconsciente- mi ciudad, desde el prólogo de la primera novela hasta el mismísimo epílogo de la quinta y última (he leído por ahí que existe una sexta secuela inédita pero, aún admitiendo que pueda ser cierto, no la tomo en consideración… hoy por hoy). Describía cómo Joaquín Rius caminaba con rumbo a o procedente de su fábrica por la calle de la Palla. Y hoy, todavía hoy, esa calle -y otras aledañas-, conservan tanto el sabor de aquellas épocas, y aún de las anteriores, que me resulta imposible pasar por ella sin evocar al que, desde el final de la primera novela y hasta su muerte, sería conocido no sólo por los personajes de las sucesivas novelas, sino por los propios lectores, como «el viudo Rius». «La ceniza fue árbol» es una total comunión con la ciudad de Barcelona a través de la cual me parece descubrir en Agustí una especie de relación de amor y odio no idéntica pero sí de un orden parecido a la que le guardo yo a… mi ciudad.

La menos barcelonesa de las novelas es, quizá, la última. Que no desmerece en nada a las anteriores, cuidado, pero que juega ya con distintos escenarios a los desgraciadamente largo y asquerosamente ancho de una guerra civil. Una guerra civil -lo digo sin el menor apasionamiento- impecablemente descrita en cada uno de los personajes y aconteceres que en ella aparecen. Quizá por ello, Agustí, junto con tantos otros excelentes escritores (pienso, por ejemplo, en Rafael García Serrano), han pasado a ser, con el régimen este democrático (que le llaman), malditos. Al parecer, ser franquista o falangista o carlista o algo así incapacita, a modo genético, para hacer nada bien. Claro que tampoco me extraña: la memoria histórica que refleja «La ceniza fue árbol» no es del gusto zapateril ni del de muchos gilipollas que pretenden escribirla sin haber vivido ni leído nada de ella. O, lo que es peor, del de muchos gilipollas que sí han osado escribir, no cuelgues…

A principios de los setenta, Televisión Española produjo una serie titulada «La saga de los Rius», basada en la pentalogía, aunque excluyendo su cuarta y quinta obra, esencialmente porque la quinta estaba aún inédita o apenas recién publicada (Agustí murió en 1974) o, en el caso de la cuarta («19 de julio»), porque, en sus últimos años, el régimen de Franco huía del recuerdo de la guerra civil como de un cagallón y prácticamente todos los argumentarios, tanto documentales como narrativos solían terminar -como tarde- con la caída de la monarquía de Alfonso XIII. Parece que había una cierta consigna de que era mejor no meneallo. «La saga de los Rius», no obstante esa carencia, fue una serie dignísima, muy bien realizada por Vila-San Juan y protagonizada, también con muchísima credibilidad, por Fernando Guillén. Recuerdo que durante el verano que siguió a la emisión de la serie, mis amigos asturianos me preguntaban si todo eso había sucedido de verdad. Y, claro, mi respuesta era que, bueno, los personajes no -quizá no, vaya usted a saber- pero las situaciones, los escenarios y la ambientación eran del todo auténticos. Impresionó mucho esta producción fuera de Catalunya.

No muchos años más tarde leí la pentalogía completa que obraba -y obra aún, obviamente- en las estanterías de mi padre y mi entusiasmo por la obra creció. Nunca hubo una relectura de la misma, aunque su recuerdo se mantiene intacto cada vez que paseo por la ciutat vella barcelonesa. O en otras circunstancias: cuando ardió el Liceo, a principios de los noventa, me pregunté si los bomberos sacarían de allí el cadáver de alguna Mariona Rebull que guardara casualmente recogida alguna perla en los pliegues de su vestido. Pero no, no hubo Mariona y tampoco el incendio nació de la truculencia de una bomba, como en 1911. Fue una cosa tan prosaica como la churrera del hotel «Corona de Aragón»: un soplete que se le escapó a un operario. Lo dijeron los jueces y yo me lo creo, que sí, de verdad, palabrita… No, del soplete elíptico de un operario no podía salir algo tan literariamente glorioso como lo fue a la postre el cadáver de Mariona Rebull.

Ahora, la tecnología me ha permitido recuperar estas cinco importantes y valiosas novelas, aunque la visión de la historia que se encierra en ellas no guste a la mierdosidad imperante y aunque su autor contemporizara con el franquismo. Cuarenta y muchos años después de leer por primera vez algnas líneas, cuarenta después de leer lo que entonces era tetralogía, quizá treinta y cinco después de tener en mis manos su final y su epílogo, volveré a leer «La ceniza fue árbol» y volveré a reconocer a mi ciudad en su propia y más genuina esencia.

Y, quizá, quién sabe, llegue a oir, igual que vio brillar Desiderio en el sepelio de su padre, el tenue tintineo de una perlita rodando por el suelo.

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