Centrando el 15M

De la serie: Esto es lo que hay

De nuevo ayer un éxito rotundo en las convocatorias del movimiento 15M, de los llamados -que no autodenominados- indignados. Más de sesenta ciudades españolas y un contagio, incipiente pero claro, a otras ciudades de Europa. No voy a hablar mucho de cifras porque nunca me ha gustado polemizar sobre cifras salvo para poner en su lugar exageraciones notorias. ¿Qué importa si ayer hubo en Barcelona las 75.000 personas que señala la Guàrdia Urbana o las más de 100.000 que otorgan varios medios, descartando las ridiculeces de la gentecilla de Puig, por lo bajo, y de la propia organización, por lo alto)? Lo cierto es que fuimos muchísima gente, en Barcelona, en Madrid, en toda España (asombroso Gijón, cabeza ayer del 15M asturiano, por poner un lugar entrañable para mí, con una cifra que no digo, pero que pinta el alma de colores) y lo cierto -y maravilloso- es que no hubo un sólo incidente digno de ser llamado tal.

Un movimiento que ya no puede ser ignorado, como se intentó hace un mes, y un movimiento que debe ser cuidadosamente atendido. Porque es un movimiento inaudito con características muy propias y sin antecedentes históricos.

Ayer estuve en la manifestación con Joan Coscubiela, el que fuera secretario general de CCOO en Catalunya (también asistió, y también a título puramente personal a la del 15M en la que, como ayer, hizo grupito con Carlos Sánchez Almeida, con Paco González -miembro de la Junta de la AI-, con otros varios y conmigo, claro) y dedicamos un ratito a cavilar sobre liderazgos, representaciones (no representatividades sino propiamente representaciones) y sobre varios aspectos del movimiento 15M y llegamos a coincidir en dos cosas: una, que la horizontalidad del movimiento hace muy difícil su caracterización y que, siendo difícil su caracterización, es prácticamente imposible predecir su desarrollo futuro; y otra, que si los políticos no empiezan a acusar recibo seriamente (y no en plan brindis al sol como han hecho estúpidamente hasta ahora, intentando arrimar el ascua a su sardina), si no empiezan a presentar soluciones efectivas y mínimamente satisfactorias (y ya dije el otro día que hoy, ahora no es tan difícil porque las peticiones básicas no son tan rupturistas e inasumibles), el 15M inevitablemente se radicalizará y es muy posible que se llegue a situaciones indeseables, pero esta vez no protagonizadas por una minoría, lo que haría mucho más difícil gestionarlas. La responsabilidad de los políticos es, ya, en estos mismos momentos, tremenda, quizá de proporciones históricas. Si no están a la altura de esa responsabilidad -y en la mayoría de los casos cabe temer que no lo estén- no quiero ni pensar a dónde puede llegar esto.

Dentro de esa difícil previsibilidad a la que me refería, me parece que hemos sobrepasado el punto de no retorno, la velocidad de decisión y, por tanto, hay que seguir adelante contra toda oposición, porque si el movimiento aborta ahora, la catástrofe es absolutamente segura: la moto a la que se subirían los políticos y los financieros sería aún de mayor cilindrada y nosotros estaríamos fritos.

Los políticos -yo no sé si por una táctica estúpida o por una estupidez intrínseca inherente al oficio, ellos mismos- se empeñan en tratar este movimiento como antisistema. Y no lo es. Y lo saben, o deberían saberlo. Una cosa es que la prensa del culo («La Razón», «El Mundo», «ABC» o «La Vanguardia»), temerosa de que el 15M le haga perder en noviembre de 2011 o en marzo de 2012 una mayoría absoluta que ya canta y baila, deambule por esos huertos tramposos y, otra, la realidad de que lo que quiere la gente es sencillísimo y para nada revolucionario, porque, salvo pequeños grupúsculos que van a su película, pero que tienen muy poco peso específico -aunque ellos también constituyen, del otro lado, otra suerte de prensa del culo-, la realidad es que el movimiento 15M no impugna la democracia parlamentaria y no impugna, siquiera, el propio capitalismo: lo que pretende es algo tan sencillo y tan natural como que las cosas se mantengan dentro de una medida racional.

Todo el mundo sabe que, como en los casinos, la banca siempre gana y los banqueros siempre serán ricos; y, aunque esto puede no gustar, todo el mundo se resigna a ello, como nos resignamos a la ley de la gravedad y nadie pretende lanzarse desde una ventana e ir hacia arriba en vez de hacia abajo. Lo que sí se pide es que los inmensos beneficios que acumula el sistema financiero no se obtengan a costa de las inmensas riadas de sangre que están derramando, tanto en un sentido real (el Tercer Mundo), como en un sentido figurado (paro enorme, desahucios masivos, recortes sociales drásticos…). Lo que se pide es un mínimo de limpieza y de honestidad en los políticos. Un mínimo. Somos humanos, la carne es débil y todos sabemos que unas pequeñas moléculas de corrupción -en las que, por lo demás todos hemos participado alguna vez, como en gestionar pequeños enchufes o recomendaciones en un aspecto u otro de nuestras vidas- son inevitables; todos sabemos y todos aguantamos, por poco que nos guste, que el poder, el cargo, conlleva una serie de prebendas, pero siempre que eso sea a niveles infinitesimales y no llevando una corrupción inaudita al extremo de imputados en las listas de prácticamente todos los partidos grandes, llegando la cifra a muchas decenas. Todos sabemos que siempre habrá quienes ganen más -a veces muchísimo más- que otros y nadie pide tabla rasa con los sueldos, solamente que el que gane menos pueda vivir con dignidad y que el esfuerzo y el trabajo que verdaderamente mejora las condiciones de vida de todo el mundo esté mejor retribuido y que no tengamos que ver -como hemos visto- a capataces medio analfabetos conduciendo automóviles no sólo lujosos sino casi lujuriosos mientras nuestros científicos van tirando con becas tan de miseria que hasta les gustaría ser mileuristas o que un empresariado cutre y salchichero se permita el lujo de tener ingenieros trabajando casi por lo que gana un becario. Todos sabemos que no se puede estirar más el brazo que la manga y que hay que vivir de acuerdo a las propias posibilidades, pero la presión consumista del sistema es brutal y el castigo por carecer de la presencia de ánimo y formación humana suficiente como para resistir una verdadera explosión de lujo aparentemente asequible a todos los niveles no puede ser, por pura proporción, la ruina eterna, quedarse en la puta calle, debiendo encima un cuarto de millón que se incrementa a cada día que pasa exponencialmente merced a unos bestialmente leoninos intereses de demora. Finalmente, vivimos en una democracia, lo que no se corresponde con ser máquinas de votar a quienes nos manden y ordenen; no valemos más que ese voto cuatrienal, emitido el cual pasamos a ser un perfecto cero a la izquierda; listas cerradas y no sólo eso, sino que no hemos tenido ninguna participación en la confección de estas listas; los votos no son iguales, tienen un valor distinto según donde se emitan; y una vez emitido el voto, no tenemos control ni siquiera sobre las promesas electorales libremente formuladas por los partidos, convirtiendo lo que denominan falsariamente fiesta de la democracia en una orgía de la estafa y de la tomadura de pelo sistemática.

Si esto les parece revolucionario a nuestros políticos, si son incapaces de afrontar algo tan sencillo, tan limpio y supuestamente tan inherente al sistema (léase el preámbulo de la todavía vigente Constitución de 1978), entonces sí que los ciudadanos habremos de pensar, vertical u horizontalmente -esto lo determinará el curso de la historia-, en un verdadero proceso revolucionario, en una ruptura total, en el alzamiento de la guillotina… esperemos que solamente virtual. Esperemos… pero no descartemos, que es lo que tiene de malo que las cosas se vayan de las manos y no me cansaré de decir que este país a mí me da mucho miedo.

A los políticos, está claro, les cuesta salir de su encastillamiento, les cuesta mirar al corrupto de al lado y pensar «si queremos sobrevivir, chaval, habrá que echarte a los leones»; les cuesta pensar -sobre todo a los llamados a ser los principales afectados- que llegó la hora de la jubilación (que ya se la han procurado ubérrima, además y no como a los ciudadanos del montón), que hay que dar paso a una generación que parta de cero y le confiera al sistema la credibilidad de su limpieza, y esa generación, en los partidos, existe y está ya pidiendo paso.

La pelota está en el tejado de los partidos. No desde ayer; ni siquiera desde hace un mes. Hace ya mucho tiempo que lo está. Lo que está haciendo el 15M es iluminar esa pelota con cada vez más focos y más potentes y clamar por su vuelta con altavoces cada día más sonoros. En manos de los políticos actuales está el coger una escoba y bajarla de ahí -aunque ello suponga el ostracismo o incluso la cárcel para algunos camaradas– o bien quedarse haciendo el Don Tancredo a la irresponsable espera de que la ciudadanía entre a saco y derrumbe el edificio entero. Que no es otra cosa que eso, lo que iba a pasar.

Porque el 15M no lo van a desactivar. De eso ya se pueden ir olvidando.

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