Monthly Archives: julio 2011

Ellos y sus armas

De la serie: Correo ordinario

Mañana iremos a Zaragoza a recoger a mi hija menor que regresará de un campamento juvenil llevado a cabo en el término de Mosqueruela, en el Maestrazgo turolense, en una zona limítrofe a la provincia de Castellón. Hoy, por tanto, es el último día de campamento y de esos últimos días de campamento guardo, de mis propios años, un recuerdo melancólico. Lo que hace quince días fueron saludos y abrazos al amigo que no se veía desde hace un año -o más, incluso, en algún caso- se trocan hoy despedidas, nudos en la garganta, promesas de escribirnos… el see you de falso consuelo, volveremos a vernos el año que viene, pero el año que viene siempre acababa faltando uno u otro y, a veces, ya para siempre. No, no por nada luctuoso, sino porque la vida da estas vueltas y una amistad de años compartiendo vida bajo la lona quince días cada verano, de pronto se termina… y ya está. ¿Y Fulano? Pues este año se ve que no ha venido. Y como el finado Fernández.

Bueno, esto era antes. Para mi hija no es hoy, seguramente, un día alegre: el campamento se acaba, se acabaron aquellos días duros pero inmensamente felices, la vida dura pero vista como el yunque y el martillo que forjan una personalidad, la estrecha camaradería, las risas, las canciones, los juegos… Pero tampoco es un día tan melancólico, tan triste como lo ha sido para tantas generaciones antes que la suya. Hoy no hay promesas de correo… «oye, que me escribas ¿eh?». No: hoy hay intercambio de usuarios de Facebook, de Twitter, de Tuenti… No habrán de esperar hasta octubre -por lo menos- en que el amigo del alma habrá terminado su período vacacional con sus padres y habrá afrontado la vuelta al cole y, ya en plena rutina, recuerde tomar un papel y un boli y escribir unas líneas. No: mañana por la noche ya se estarán explicando unos a otros las incidencias del viaje a su respectivos pueblos ciudades, a sus casas, después de la dislocación de la actividad en la capital aragonesa. Se harán amigos unos de otros -si no lo eran ya antes- y su contacto va a seguir siendo, prácticamente, diario. Y si lo que se han intercambiado, por ejemplo, son usuarios de Skype o de Gmail (entre muchas otras posibilidades), podrán sostener verdaderas videoconferencias, verse y hablarse en tiempo real.

Internet, señores. Como he dicho tantas veces, la Red no es un medio de comunicación sino un modo de relación. Y eso es algo que les cuesta muchísimo asumir a muchos padres y aún incluso a algunos docentes.

«Este niño se pasa una cantidad de horas en el ordenador que no puede ser», es una queja recurrente de muchos padres, de muchísimos, no hablo de excepciones. Ni de minorías. Hay como una especie de superstición con la Red y de ella deriva una obsesión de los padres por limitar el número de horas de los chicos frente al ordenador. Ojalá esta misma preocupación se diera con las horas de televisión (que no, no se da). Todo son terrores ante Internet, gracias a los retrasados mentales y analfabetos tecnológicos que inundan las redacciones de prensa, radio y televisión, hablando un día sí y al siguiente también de los peligros de Internet, pero no tratando nunca de sus ventajas y beneficios. Y no hablan tampoco de los peligros de la televisión, muchísimo más reales y evidentes, un medio que entre belenes esteban, seriales sudamericanos, norias e intereconomías pueden convertir en subnormal, en cuestión de horas, al astrofísico más pintado. Y no digamos nada del fútbol.

Pocos -muy pocos- de estos padres llegan a tener el raciocinio suficiente como para establecer que el chico no está un montón de horas frente al ordenador sino llevando a cabo una rica vida de relación social y que la situación no pide, en realidad, mayor control que precisamente ese: que lleven una vida de relación social con gente de su edad y adecuada a su edad. Nada más. Cualquier otra prevención entra prácticamente en el reino de la superstición. Igual que las horas de estudio: nos cuesta mucho ver -a mí también- que los chicos de hoy son multitarea, que son capaces de realizar varios tipos distintos de actividad simultáneamente y de hacerlas todas bien. Yo, a veces, cometo el error de considerarme una excepción, que soy un cincuentón -ya más cerca de los sesenta que de los cincuenta- que se cree multitarea. Y no es verdad. Yo soy capaz de realizar simultáneamente varias tareas disntintas pero de naturaleza similar. Por ejemplo, puedo participar simultáneamente en tres o cuatro sesiones de chat, aunque sean de temas distintos. Pero no soy capaz de simultanear la redacción de un artículo, la participación en un chat y el visionado de una película (o ponle, para quien sea aficionado, un partido de fútbol). Ellos, nuestros chavales, los nativos digitales sí que pueden y, en realidad, lo hacen a todas horas.

Si el cambio de la máquina de escribir y la calculadora al PC ya supuso un incremento brutal de la productividad (que muchos empresarios, por cierto, no supieron ver, en su extrema cutrez -y que no pocos de ellos aún mantienen en su más pura esencia- hasta que hubo que decirles aquello de caga mierda por el culo), los jóvenes, aliados con la red, han llevado esa productividad al paroxismo. Y seguimos sin verlo y sin entenderlo.

Hace unas pocas semanas, hablando en una emisora de radio de la IPv6 y de su cantidad astronómica de combinaciones, uno de los participantes de la minitertulia se preguntaba, medio en coña medio en serio, que para qué queríamos tantas. Jugué al profeta explicándole la cantidad de cosas -incluso el frigorífico- que podríamos controlar a través de la red, sabiendo que, en este tipo de cosas, la más loca fantasía suele quedarse corta al lado de la realidad que acaba imponiéndose, y el tío aún me miró como si yo fuera una especie de Julio Verne medio loco.

La Red es todavía muy joven, prácticamente un bebé. Dentro de diez años veremos la Internet de hoy como una cosa incipiente, arcaica y limitada y nos preguntaremos cómo podíamos asombrarnos ante tan poca cosa. Por eso es importante combatir hoy con fuerza contra todas sus amenazas. El control de la Red está empezando a aparecer como un objetivo de primer orden para los poderes fácticos (no para los sucios mandriles de los partidos, que aún no se enteran de lo que es) y las amenazas empiezan a perfilarse claramente: ACTA, a nivel internacional, y leyes como HADOPI en Francia, o Sinde, en España, a nivel local.

Pero esta tecnología es mucho más disruptiva que ninguna otra en la historia. Todos estos chavales, todos estos nativos digitales, no van a permitir -no, al menos, fácilmente- que los coarten, que les recorten su modo de relación social por excelencia, que los capitidisminuyan, en nombre de ninguna propiedad intelectual sacrosanta. Y menos después de ver que sus derechos sacrosantos al trabajo, a la vivienda, al futuro, a la ilusión, les han sido hurtados y no los tendrán jamás… si ellos no los recuperan a viva fuerza.

Seamos conscientes de que esta tecnología, la digitalización, la red, va a ser su única arma, su única poibilidad de supervivencia, y no limitemos su acceso ni la adquisición de habilidades que van a necesitar para salir adelante en un medio que les va a ser muy hostil. Ya que nosotros, con nuestra estupidez, nuestra pereza y nuestro despreciable espíritu acomodaticio y gallináceo, hemos permitido que les robaran el futuro, no redoblemos nuestra imbecilidad negándoles el acceso a las armas que pueden permitirles recuperarlo.

Ya que no les hemos sido útiles, por lo menos no les estorbemos.

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Anatomía del 15-M

De la serie: Esto es lo que hay

Me interesa mucho el movimiento 15-M, más allá de mi participación entusiasta en él y de mi adhesión a sus fines o, más bien, a aquella parte de sus fines a las que respondemos los ciudadanos en gran mayoría o con cierta unanimidad. Me interesa por su naturaleza, me interesa su evolución, me interesa intentar prever a dónde puede ir a parar, en qué puede acabar, como siempre que adquiero la clara conciencia de que estoy ante un hecho o un fenómeno que va a ser histórico (aunque aún por determinar si va a hacer Historia con mayúsculas o irá a parar a la pequeña historia de los anecdotarios del siglo XXI o quizá ni eso, a los resúmenes del año 2011 y para de contar).

En consecuencia, me interesan también las opiniones independientes. Favorables o contrarias, pero independientes. Y solventes: no esoy pensando para nada en gilipollas a sueldo mediático, en botarates de partidos, o en advenedizos y tuercebotas que llevan ya tres meses masturbándose las meninges barruntando cómo pueden mojar pan en el invento.

Hoy he pillado una de las interesantes en La pastilla roja de Sergio Montoro, en la que, como es de ver (porque recomiendo su lectura muy calurosamente), se formula algunas preguntas en torno al pensamiento individual proyectado sobre el comportamiento colectivo. Entre otras cosas. No es ninguna idea nueva el que el comportamiento de las personas cambia en función del entorno en que se mueve. Los que hemos trabajado en el mundo infantil y juvenil, sabemos perfectamente que un niño no es uno sino tres: el de casa, el del cole y el del campamento de verano. Tantas veces habré oído a unos padres responder a mis comentarios sobre su hijo: «Oye, pero… ¿No te equivocas de niño? ¿Estamos hablando de mi hijo? ¿De Juanito?». Y el mundo adulto también parece funcionar en esa especie de compartimentos estancos.

Es una observación interesante, la de Sergio. Atención a este párrafo:

«No quiero, sin embargo, detenerme mucho en abordar la gobernanza de los movimientos populares, porque lo que me interesa aquí es el proceso colectivo de generación de ideas. Particularmente en si la suma de los errores individuales de la gente tenderá a cancelarse en promedio o si por el contrario el efecto masa hará como amplificador de ideas erróneas por aquel fenómeno de sugestión hipnótica que describía Freud en su Psicología de las masas según la cual el individuo sufre una disminución de la actividad intelectual por el hecho de su disolución en la masa hasta un punto en el que pierde el sentido crítico y lo inverosímil no existe para el.»

A partir de ahí, enumera los posibles vicios del pensamiento generado desde (no por) la multitud, para llegar a una interesante conclusión con la que coincido plenamente:

«Mi conclusión es que que el crowdsourcing funcionará, y muy bien, sólo si se fomenta en la máxima medida posible el que cada persona realice sus aportes individuales de forma independiente sin estar influenciada por otros individuos

Esto, en román paladino, quiere decir que mucho ojito con las asambleas y que las redes sociales, como forma de aportación colectiva manteniendo la individualidad de cada cual, son el instrumento óptimo -al menos, al presente- para gestionar el 15-M y para decidir su rumbo. Y es que no hay que inventar la sopa de ajo: el 15-M nació y se expandió en Twitter (bueno, hay una historia precursiva con #nolesvotes, con #democraciarealya y tal, pero podemos darle, no obstante, una biografía autónoma al 15-M) y, atendiendo a los razonamientos de Montoro -con los que, repito, comulgo plenamente-, en Twitter debe seguir.

El artículo de Sergio y -y sus excelentes referencias documentales- son la mejor sistematización de las razones por las que a mí me dan tanto miedo las asambleas y de por qué en alguna ocasión he tenido que prevenir sobre ellas en términos bastante secos, por no decir duros. Porque en las asambleas se produce toda esa fenomenología descrita pero es que, además, son más fácilmente manipulables. Yo, para estas cosas, tengo una novela de cabecera, Un enemigo del pueblo, de Ibsen, que describe milimétricamente cómo puede manipularse el pensamiento general manipulando el comportamiento colectivo, los esquemas gregarios, es decir, cómo se fabrica el pensamiento políticamente correcto. Porque, además, lo políticamente correcto no es una constante sino, al contrario, una variable, distinta en cada ambiente. No es lo mismo lo políticamente correcto en el tinglado del sistema que lo políticamente correcto en el esquema asambleario de los mediáticamente llamados indignados. Porque, ojo, que en las asambleas del 15-M lo políticamente correcto existe y está ahí, que nadie vaya a ser tan panoli como para pensar otra cosa.

¿Puede decirse lo mismo en un entorno Twitter? Pues yo creo que no. Para empezar, en Twitter no existe lo que podríamos llamar un juicio colectivo y, si existiera, no llegaría a ser público, nadie puede ser -más allá de una muy pequeña medida- ensalzado o abochornado (salvo que merezca un hashtag que, encima, llegue a trending topic, como les ha sucedido a Bisbal y a Sanz, pero son dos casos muy concretos y muy excepcionales) y, por lo tanto, a priori todo el mundo puede desplegar con más libertad su propio pensamiento individual. Compárese con otra plataforma de opinión distribuida, como podría ser Menéame, donde la mecánica del karma sí que facilita linchamientos y abochornamientos -o adhesiones no pocas veces exageradísimas- pero, en todo caso, comportamientos típicamente gregarios.

La gobernanza del 15-M -que es la materia en la que no quiere entrar, aunque lo hace de pasada, Sergio- es otro problema. El instinto -el institnto tradicional y no me importa reconocer que analógico– me hace esperar estructuras jerárquicas, organización y proyección política regular, esto es, un partido. Sería decepcionante, la verdad, pero parecería que es el único camino operativo. ¿O… no?

La verdad es que también en este tema me queda la esperanza de que el 15-M alumbre otras posibilidades. Veamos: hasta hoy, y en la parte en que podríamos decir que la ciudadanía se adhiere sin reservas (es decir, dejando aparte inventos nacidos al calor, a veces tórrido, de las asambleas), el 15-M no es un movimiento antisistema. Pretende cambiar una serie de cosas y de comportamientos, para las cuales habría que realizar modificaciones, acaso profundas, de enjundia, en la legislación; alguna de esas modificaciones podría afectar a leyes orgánicas o, incluso, a algún aspecto constitucional. Pero lo que se espera desde el 15-M es que esa reconducción, esas modificaciones, esa reestructura de la política española, la protagonicen y la impulsen los propios políticos. Será ilusorio o no, pero no es inviable: forzarlos a que ellos mismos modifiquen partes importantes de la estructura política actual. Y quizá no sea tan ilusorio: aunque el proceso no tuvo absolutamente nada que ver, ni en la forma ni en el fondo, con lo de ahora, recordemos que el régimen franquista, con la aprobación por parte del Consejo Nacional del Movimiento de la Ley de Reforma Política (que implicó su obvio suicidio institucional), se auto-reformó (teóricamente) hasta el punto constitucional más profundo: de ahí acabó naciendo la actual achacosa de 1978. Lo que hoy se está pidiendo desde el 15-M no es tanto, ni mucho menos y, por tanto, yo no sé si será imposible o será improbable, viable o inviable, pero antecedentes, haylos.

Entramos ahora, de lleno, en el período vacacional por excelencia (en declive, como tal excelencia, pero que aún puede considerarse así). Desde luego, lo es en el mundo político. No sé qué hará el 15-M en este mes de agosto. Supongo que, salvo esa marcha a Bruselas, no habrá mucho movimiento; en un mes en el que los jueces, previsiblemente, no emitirán órdenes de lanzamiento -vulgo, desahucios– es improbable que se produzca un exceso policial, única causa que se me ocurre para encrespar los ánimos en agosto.

Cabe esperar a la rentrée de septiembre, en la que la política va a venir caliente. Parece cantado un adelanto electoral y es incluso probable que ese adelanto sea extremo, convocándose para octubre. De un modo u otro, el clima político será intenso. Habrá que arrancar de nuevo, imagino, el movimiento #nolesvotes, ahora integrado en y cabe esperar que motorizado por el 15-M, y que habrá de contar -ya hablaré extensamente de ello- con que se trata de la última oportunidad electoral; después, habrá cuatro años prácticamente sin urnas -las europeas, a lo sumo, que nadie valora- y que lo que no se consiga en las próximas generales sólo podrá arreglarse, durante los próximos cuatro años, en la calle. Pero se necesita muchísima calle -realmente muchísima- para romperles a estos políticos el inmenso morro que tienen, así que con #nolesvotes habrá que emplearse a fondo, porque estamos ante un auténtico Armagedón político..

A ver qué somos capaces de hacer, todos a una.

En jaque

De la serie: Esto es lo que hay

Hacía unas cuantas semanas que no leía el artículo habitual de Pérez Reverte en «El Semanal», cosa de la que tampoco estoy muy pendiente porque así, el día que me acuerdo, pillo tres, cuatro o cinco artículos de golpe y disfruto como becerro en prado verde.

Uno de los de la tanda de julio habla de ajedrez y lo pone en relación con la escuela.

A mí siempre me ha gustado el ajedrez, pero siempre he sido un jugador bastante mediocre, me pierde la impaciencia y la precipitación y soy incapaz de verle la yugular a una torre sin entrarle a degüello sin más y, claro, ahí está un alfil taimado para darme en todo el frenillo merendándoseme a la dama. Por otra parte, soy incapaz de leer (de leer libros de ajedrez, quiero decir) y para ser un buen jugador de ajedrez -no un crack, solamente un buen jugador- hay que leer mucho. Yo, para ejercitar la reflexión, prefiero leer a Julio Verne con un atlas en la mano -Google Maps también sirve- e intentar enmendarle la plana al buen Paganel o al coronel Strogoff intentando hallar rutas alternativas y mejores que las descritas, o, siempre sobre un mapa, ver si se le hubieran podido parar los pies a aquel genial cafre de Patton en su fulgurante cruce de Francia vaciando un almacén detrás de otro… hasta que se alejó demasiado de ellos.

Pero, a pesar de todo, me gusta jugar al ajedrez. Como en el chiste de Eugenio, a mí me encanta jugar al ajedrez y perder, porque ganar debe ser ya la hostia. Me entusiasma que algo tan sencillo -64 casillas, dos bandos con, respectivamente, dos piezas de cada uno de tres tipos, ocho piececitas de poco valor… inicial, más las dos piezas regias, nunca mejor dicho- sea capaz de producir tal cantidad de pensamiento, de reflexión, si puede hablarse de ello en términos cuantitativos. Las reglas son puro ingenio, aunque, contra lo que solemos creer, no responden a un estampido de genialidad originaria, sino que son producto de una evolución: el ajedrez no nació tal como lo conocemos hoy; y los desarrollos del juego, sus posibilidades, sus humanamente infinitas variables, son asombrosos y apasionantes.

Me hace gracia la alusión de don Arturo al tema del colegio, porque yo lo he experimentado en propia carne. En el cole de mis hijas -bueno, ahora ya de una sola, la mayor está en la universidad- intenté integrarme, cuando éramos familia recién llegada, en las tareas de la APA, asistiendo, para empezar, a la primera asamblea anual que se convocó, de la que salí absolutamente decepcionado. No porque a esa asamblea asistieran, sin contar a la propia directiva de la APA, apenas veinte personas (en un colegio de, me parece que somos, cuatrocientas familias), porque ese es el pan de cada día en el asociacionismo español y, en las APAs, aún más; mi decepción vino de que esa APA parece no tener más ocupación que la de regular el tema de las actividades extraescolares, mayoritariamente -hasta lo abrumador- de carácter deportivo. Con el calzoncillo hemos topado. Tomé simbólica venganza fiera proclamando en voz alta y clara mis severísimas dudas sobre los presuntos y nada claros valores educativos del deporte competitivo (otra cosa son los de superación individual, como el montañismo), afirmación que fue -tras la sorpresa inicial ante tamaña osadía- objetada y protestada (que no refutada, por cierto); minutos después, dicho sea de paso, se comentaba que ante el comportamiento poco ético y, en algún caso, incluso canallesco, de algunos padres en el curso de las competiciones, quizá habría que crear una suerte de comité de disciplina deportiva. Toma valores educativos.

A lo que iba: intenté que se creara -ya que no existía- un equipo de ajedrez. Me respondieron que eso ya se había intentado en otros tiempos pero que no había dado resultado. Insistí, diciendo que en una época en la que es tanta moda la cosa esa de la inteligencia emocional, no sería mala idea intentar que hubiera -porque de eso sí que andamos socialmente muy escasos- inteligencia racional, para la cual el ajedrez es la más excelente gimnasia. Bueno, pues hay que decir en honor de aquella APA (hoy hay otro equipo dirigiéndola, aunque los parámetros de actividad son básicamente los mismos) que, finalmente, se acordó que para aquel curso el pescado ya estaba todo vendido, pero que para el siguiente se pondría en marcha una actividad ajedrecística. Y nada. Hubo la voluntad y hubo el intento, pero fracasó de buenas a primeras por falta de interés de los alumnos (y/o de los padres).

También es verdad lo que dice Pérez Reverte, que estas cosas tampoco se levantan por arte de birlibirloque, ea, vamos a crear un equipo de ajedrez y preparando el autocar para llevar a nuestros chavales a la final del campeonato mundial. No. Una cosa como el ajedrez, que, así de sopetón y sin anestesia, les entra mal a los chavales, necesita de una preparación ambiental, de un clima. Algo que sólo saben hacer bien los ajedrecistas que están en la pomada pero, ya dice el propio don Arturo, esos pasan del mambo. También eso es algo hispánicamente frecuente: todo el mundo se queja de lo mal que está la respectiva fiesta, de que no vienen jóvenes, de que cada vez somos menos y más viejos, de que nadie nos hace caso, pero nadie se preocupa de la tarea -no siempre tan ingrata como a primera vista parece- de divulgación, de captación, de proselitismo.

Como se suele decir, Dios da pan al que no tiene hambre. Hay áreas de actividad cuyos miembros andan locos por trabajar en su divulgación; pienso, por ejemplo, en la simulación de vuelo. Si un colegio se dirigiera a -pongo por caso- la Federació Aèria Catalana, que tiene una sección de simulación, habría tiros, bombas y puñaladas entre los miembros de la sección por ir al colegio a ofrecer charlas y demostraciones divulgativas; intentas lo mismo con la Federació Catalana d’Escacs y me huelo que los bueno-sí-pero serían la canción del verano. A ninguna APA se le ocurre lo del vuelo virtual; claro que tampoco lo del ajedrez pero, como en el caso del colegio de mi hija, por aburrimiento, después de haberlo intentado un determinado número de veces.

Es triste y es dramático. Estamos en un país en que las matemáticas constituyen el primer factor de fracaso escolar y uno de los déficits que causan el fracaso en esa materia es el de la capacidad de reflexión. El ajedrez podría jugar un papel muy importante para que este problema se superara en menos de una década. Tanto es así, que yo creo que su promoción no debería estar en manos de las APAs sino de los propios claustros escolares e incluso de la autoridad educativa, aunque de ésta no cabe esperar mucho, la verdad… El fracaso en las matemáticas cierra las puertas de acceso a las especialidades técnicas y científicas, otro importante déficit español que es el lodo que trae el polvo matemático.

Mientras tanto, nuestros imberbes, atontados por la playesteichon o ensordecidos por los auriculares conectados al MP4 o al móvil, son incapces de caer en la simple cuenta de algo tan sencillo, por ejemplo, como que, en un autobús o un vagón de metro abarrotados, el lugar de la voluminosa mochila escolar es el santo suelo sujeta entre las piernas, en vez de llevarla a la espalda golpeando con ella al vecino a cada movimiento y atorrando, en general, al personal.

Por eso es mejor que nada de ajedrez. Que si el personal se pone a reflexionar es cuando se montan los 15-M, las acampadas, las resistencias a los desahucios y otras inconveniencias.

Los de arriba nos prefieren idiotas.

Fobias

De la serie: Esto es lo que hay

El diccionario de la RAE define xenofobia, en única acepción, como «Odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros». A la estricta luz de esta definición ¿puedo o debo considerarme xenófobo? Pues no sé qué decir. Los extranjeros no me molestan como tales, la verdad; al contrario, me gusta su trato, porque conversar con extranjeros es viajar un poco sin moverse de casa, y yo soy de aquellos apegados a su colchón y a su cuarto de baño. Pero, más allá de la estricta definición del diccionario, sí que es cierto que algunos colectivos de extranjeros -o una parte significativa de los mismos- me produce una aversión cierta. Pero no por el estricto hecho de su extranjería, ni tampoco por una cuestión étnica, sino por lo que significan como colectivo -concreto, ojo- o por sus propia actitudes, por sus propios méritos, como si dijésemos.

No es ningún secreto para el lector habitual de «El Incordio» que no trago a los guiris, por ejemplo, (sobre todo a los de los cruceros) y la mayoría de ellos son europeos cien por cien, puros arios de la Merkel, pichafrías nórdicos o súbditos de Su Chistosa; me molestan directa y lacerantemente al saturar, masivamente y sin contemplaciones, espacios urbanos que considero míos y de mis conciudadanos y de los que nos han expulsado brutalmente ante la miserable complacencia de la autoridad municipal al servicio de la mafia hotelera (las Ramblas, el Parc Güell, la Sagrada Família y su entorno…). No sufro que algunos sudamericanos se encastillen en su propio subdesarrollo -del que se supone que habían huido- y creen bandas de las que odio, más que el hecho delictivo -que también- su reivindicación de lo suyo contra lo nuestro (y ojo, que el detalle clave es esa contra, no el simple hecho de que intenten conservar sus referencias culturales); pero, en contraste, me encanta ver lo dulces que son con los ancianos (aún conservan el respeto reverencial hacia los mayores, veremos si les aguanta una generación aquí, en esta Europa gilipollesca que desprecia la sabiduría de los años) y me parece maravilloso que sus niños recuperen las calles, me entusiasma verles jugar en ellas; y les envidio también esa vida de vecindario y calle que saben hacer cuando el urbanismo es propicio, cómo los que viven en barriadas tranquilas o pasajes sacan sus sillas a la calle cuando el sol se pone y el calor del día cede un poco a la marinada, ese vientecillo fresco y húmedo que nos sopla de levante, y se dedican a charlar y a tomar cerveza con el compadre de al lado, eso que todavía se practica en los pueblos de la España rural, aunque también se va perdiendo.

Me fastidia la gente que no se integra. Sólo me fastidia, y eso si solamente se limitan a no integrarse. Los indios, en Barcelona, forman comunidades propias, que se montan su vida y no conviven con nosotros; pero tampoco muestran actitudes agresivas hacia nuestra forma de vivir y de ver la vida. Simplemente, pasan de todo y van a lo suyo. No me gusta, pero tampoco me corroe especialmente.

Los musulmanes. Ahí es a donde yo quería llegar porque ahí es donde hemos topado. Y conviene hacer una serie de aclaraciones previas, no a modo de justificación (no necesito justificarme de nada ni ante nadie: al que no le guste lo que pienso y escribo tiene todo el resto de la Red a su disposición) sino al exclusivo efecto de ubicar cada pieza en su casillero, porque cuando se toca lo políticamente correcto se arman zapatiestas con mucha facilidad.

En primer lugar, no respeto las religiones, en el sentido de que, simplemente, son fabulaciones más o menos estructuradas, más o menos antiguas, y me da igual, al respecto, una religión que otra, ninguna me parece mejor ni peor que otra, en general y como tales religiones. Otra cosa son los comportamientos sociales a los que induce una religión u otra. Luego iremos a ello, porque esta es la madre del cordero. Lo que yo sí respeto es a las personas, a las personas que se comportan honesta y civilmente, siendo igual para el caso, lo que crean o lo que no crean; y desprecio profundamente a las personas asociales tanto si su comportamiento se produce en contradicción con aquello en lo que dicen creer como si ese comportamiento resulta ser una consecuencia de esa creencia. Lo que ocurre con estos últimos es que esa creencia puede servir de marco adecuado para una generalización, y entonces es cuando el buenrollismo trata de xenófobo al que, simplemente, constata una realidad al alcance de cualquier observador o cuando el que constituye una excepción a esa posible regla se enfada o se ofende sin querer darse cuenta de que es, precisamente, algo excepcional, de que él y los que se comportan como él, no constituyen la regla general.

En segundo lugar, la palabra «musulmanes» no designa a un todo homogéneo. Entre otras muchas particularidades y especificidades, en Barcelona podríamos decir que existe una comunidad islámica africana (básicamente compuesta por marroquíes, pero también por argelinos y por negros del área ecuatorial, con lo que ya tenemos tres -o más- sub-comunidades, por así llamarlas, con diferencias bien marcadas) y una comunidad indostánica (en su casi totalidad, pakistaní). Y aún entre comunidades iguales se producen fenómenos curiosos. Ayer, sin ir más lejos, regresando por autopista de un viaje de fin de semana, coincidimos con el habitual tráfico de magrebíes que van de vacaciones a su tierra o vuelven de ella terminadas éstas; y, al caer en el detalle de que casi nunca se ven -ni ahora, ni en agosto, ni en ningún otro mes- magrebíes en coches matriculados en España, me preguntaba si la comunidad magrebí que tenemos aquí es de una pasta distinta de la que hay, por ejemplo en Bélgica o en Francia, por qué los marroquíes o los argelinos en España no progresan y en el resto de Europa sí. Se dirá que en otros países de Europa, sobre todo en Francia, la inmigración magrebí lleva muchos años de ventaja a la que hay en España, pero es que la nuestra no parece avanzar ni poco ni mucho y los hay que ya llevan aquí muchísimos años. Ayer también caía en la cuenta de otro detalle: los marroquíes y argelinos belgas y franceses ya no conducen carracas infectas de quinta o sexta mano que parecen rescatas del desguace, como hasta hace no muchos años: siguen llevando esos bultos enormes en el techo -peligrosísimos, por otra parte- pero muchos, no sé si una mayoría, pero sí un número significativo, llevan coches nuevos y de segmentos medios y medio-altos. Camino de Barcelona, unos cuantos me adelantaron bastante ligeritos -con esos bultos escalofriantes y el coche cargado de gente- y eso que yo iba sobre los 125-130 kilómetros por hora, medidos en GPS. Bien, también podría ser que la pasta distinta no fuera la de nuestros magrebíes sino la de nuestros empresarios, cosa que no me extrañaría nada.

Los ciudadanos occidentales -salvo los que miran para otro lado, que no son pocos, aterrorizados ante la perspectiva de ser considerados o, incluso, de autoconsiderarse (tal es la presión del sistema) xenófobos– tenemos una pecepción tremendamente negativa del Islam, percepción que empieza en nuestra cotidianidad urbana y que termina en la más amplia geopolítica. ¿Por dónde empezamos?

Por lo geopolítico. El Islam, hasta hace cosa de treinta años era -más allá del libro de historia- algo que considerábamos ajeno a nuestras vidas, algo pintoresco que vegetaba por esos desiertos y esos petrolillos de por allá. Ignorábamos -porque, en nuestro hedonismo, en la locura de nuestro consumismo desaforado, somos incapaces de darnos cuenta del daño que llegamos a hacer en nuestra inocencia, con nuestro simple comportamiento cotidiano-, ignorábamos, digo, que para ellos nosotros no éramos una particularidad folklórica de otro lado del mundo, sino algo mucho más lacerante que un incordio, algo que les explotaba brutalmente los recursos naturales y les privaba de su soberanía sobre ellos a base de mantener a una minoría corrupta, absolutamente degenerada, que toma el pelo a sus pueblos diciéndose líder en nombre de Dios o del Profeta o de quien se quiera. Nuestros gobiernos y nuestras empresas los han reventado bestialmente: les impusimos, para empezar, unas fronteras que no son las suyas; los dejamos sin sus primitivos, aunque propios y suficientes, recursos, les invadimos con costumbres para ellos ofensivas, les impusimos regímenes (tiránicos y sanguinarios), les impusimos nuestra política y los sumergimos a la fuerza en los vaivenes de nuestra geopolítica. Muchos de ellos, empezando -pero no terminando- por los palestinos, se entregaron al redentorismo marxista como una agónica alternativa a la opresión del mundo occidental, sin darse cuenta de que el marxismo soviético no era sino otra versión, otra forma de verlo, del propio mundo occidental, por lo menos desde su punto de vista. Cuando el socialismo soviético se derrumbó, su irredentismo sólo pudo acogerse a la religión, a una religión -o a una visión de la misma- anclada en lo medieval -en el tempo cristiano-, a una salvación consistente en combatir al infiel –combatir en el sentido literal- y en premiar el supremo sacrificio con un paraíso improbable que, como todos los paraísos religiosos, es imposible de constatar pero grato y consolador de creer. Pero es un planteamiento inteligente porque supuso, en primer lugar, una estructura de creencia fácil, al perfecto alcance de masas analfabetas que pueden comprender perfectamente las historias de huríes vírgenes, de leches, de dátiles dulces y de mieles y, en segundo lugar, una pauta de comportamiento que coincide con las pasiones más primarias del destinatario: liquidar al que nos está puteando de mala manera. Un mensaje fácil y primario, que promete un premio fantástico al que guarde un comportamiento en todo acorde a las apetencias; y un premio redoblado para el que perezca en el intento; un premio, además, que consiste en algo perfectamente sensorializable y definible (tías y no dar golpe; cosa que hay que reconocer que sólo puede mejorarse si se le añade cerveza, pero ahí sí que pincha la cuestión), nada de esas metafísicas cristianas que te definen el premio eterno como una beatitud perpetua al lado del Señor y que uno se pregunta por dónde se come esa beatitud o por dónde hay que meterle el pito.

Por supuesto que el Islam es mucho más complejo que eso y de ahí que haya una minoría intelectualmente refinada que no tiene nada que ver con los animales que se calzan un chaleco tejido con veinticinco kilos de dinamita y tiran de la anilla en medio de un mercado, pero esa minoría, cuya elegancia conceptual parece directamente heredera del refinamiento omeya, se hace notar muy poco en medio de noticias -de frecuencia semanal o aún mayor- que nos hablan de masacres de seres humanos de cien en cien, en mercados, en vías públicas… en cualquier lugar. Claro que nosotros -en tanto que acólitos de los norteamericanos- hacemos lo propio, aunque con instrumentos más refinados y corriendo menos riesgos, pero eso la tele nos lo dice con la boca pequeña y, además, hace aparecer a un general de quince estrellas jurando por su bastón de mando que el sargento culpable se la va a cargar con todo el equipo. En cambio, la tele nos ha enseñado prolijamente no la casquería de sus mercados (que también) que, bueno, en definitiva son esos sitios tan lejanos y esos tíos tan piraos, sino, ay amigo, la de nuestra propia casa: y así, vimos literalmente en directo cómo un par de comandos suicidas se cepillaban las torres gemelas aquellas, y, a pocos minutos de los respectivos sucesos, cómo volaban autobuses llenos en Londres o nos reventaban cuatro trenes en Madrid. Lo de Nueva York fue especialmente lacerante y no sólo por los tres o cuatro mil muertos, es que el mensaje era tan simple como el planteamiento religioso que lo inspiraba y, además, esa simplicidad hizo que, a su vez, fuera perfectamente comprendido incluso por las mentes más sencillas y analfabetas de nuestras sociedades: el Islam le declaraba la guerra a Occidente, una guerra a muerte, una guerra de exterminio y lo hacía -eso sí que fue inteligente de verdad, verdaderamente refinado- no reduciendo a escombros el foco fundamental de pensamiento original y fundamental, el Vaticano, ya achacoso y apenas capaz de causarle algunas molestias a algún percebe sufridor de una Conferencia Episcopal especialmente aguerrida, sino en el verdadero corazón del Occidente actual, en la vena aorta de sus negocios, en la cumbre de su orgullo tecnológico, en la materialización de su infinita soberbia. Cascaron los edificios más altos y emblemáticos de la ciudad de Nueva York.

Por otra parte, la cultura occidental digiere mal el suicidio ritual. La culpa teleológica de las dos bombas atómicas que cayeron sobre Japón fue el terror occidental ante los kamikaze, la capacidad de sacrificio sin alternativa de salvación que practicaban no sólo aquellos pilotos sino hasta los más humildes soldados pegándose al terreno (sobre todo en cuanto fue su terreno, el propio Japón). El cálculo del coste en vidas norteamericanas que se realizó sobre la ocupación de Japón arrojó un resultado de entre quinientos mil y un millón. Y ninguna táctica genial podría menguar la cifra porque no hay alternativa cuando centenares de miles de tíos deciden que el terreno sobre el que plantan sus tripas abarrotadas de munición va a ser su tumba. No es que estén dispuestos a que lo sea, es que ya se echan en él sabiendo que, sin otra alternativa posible y sin ganas de que la haya, lo va a ser. Y que muriendo por el emperador vivirán eternamente. Se decidió quemarlos. Primero, se arrasó Tokyo por medios convencionales. No fue suficiente, la voluntad de sacrificio de Japón no se torció. Entonces se procedió al bombardeo nuclear y se logró con él que el enemigo fuera víctima de un terror superior al propio. Al parecer había una tercera bomba prácticamente preparada y se calculó que, a partir de septiembre de 1945 y hasta febrero de 1946, la industria norteamericana podría asegurar entre uno y dos lanzamientos nucleares mensuales. No hizo falta: la vaporización instantánea de decenas de miles de personas y la larga y dolorísima secuela de la radiación fue suficiente para invertir el vector del pánico supersticioso. Harían bien algunos dirigentes islámicos en tomar nota de esto y poner mucho cuidado al elegir los objetivos de los ataques suicidas. Otro asuntillo como el de las torres gemelas podría poner punto final a la broma, radical y definitivamente, según de qué humor pillaran a la Casa Blanca.

Nuestra cotidianidad. Los inmigrantes musulmanes y, sobre todo, los indostánicos, tienen una especial habilidad en resultar extremadamente antipáticos, por no utilizar otra palabra aún más radical. No solamente se aislan, como los indios, sino que, además, guardan conductas total y pertinazmente antioccidentales. Su providencialismo islámico les hace creerse acreedores a todo lo que quieran aspirar por designio divino, a su derecho inalienable, en nombre de Alá, a hacerse los amos del terreno que pisan por encima de cualesquiera otras leyes y costumbres. Donde ellos están, sólo impera la sharia. Si no pueden imponerla en el país, la imponen en la ciudad, si no pueden imponerla en la ciudad, la imponen en su barrio, si no pueden imponerla en su barrio, la imponen en su vecindario y si no pueden imponerla en su vecindario, la imponen en su casa. Cosa, esta última, contra la que no habría nada que objetar, si no fuera porque violan nuestras leyes. Discriminan a la mujer, apartándola de la educación; si no pueden soslayar la obligatoria (que lo intentan, armando cacao, por ejemplo, con el trapo en el tarro), desaparece totalmente en el bachillerato y no digamos nada en la universitaria. Maltratan a sus esposas y a sus hijas, en la completa seguridad de la complicidad de las víctimas (Aido y Pajín, hasta ahi no llegan, bien es verdad que porque no pueden, todo hay que decirlo). Casan a sus hijas a la fuerza, habiéndose llegado en bastantes casos -desde luego demasiados- a agresiones brutales e incluso a asesinatos las escasísimas ocasiones en que éstas se han rebelado. Las represalias contra los miembros de su comunidad que se occidentalizan demasiado (y al grado de demasiado se llega muy pronto) son proverbiales. Sus asambleas religiosas son mítines antioccidentales, soflamas para combatir nuestra diabólica ideología cristiana o ¡abominación! nuestro laicismo (para estos tíos es mucho peor un ateo que un cristiano o un budista, pongamos por caso) y nuestro modo de vivir y de entender la vida. Los acontecimientos del 11-M y ocasionales detenciones posteriores en Madrid, Barcelona y otras ciudades, de comandos infiltrados para hacer sabe Alá qué trapazada, han indicado a las claras que gozan de protección y de omertà en los barrios islámicos (obviamente indostánicos: en Barcelona, expulsaron a los norteafricanos del Raval, de ahí que el barrio sea denominado por algunos Ravalpindi). También es del dominio público, porque la policía lo ha divulgado, que los imanes locales reciben y distribuyen dinero de sectas extremistas ubicadas -bajo protección oficial, obviamente- en Arabia Saudí.

Y resulta que no se puede describir todo este pastel porque ello resulta xenófobo. Pero después alguien se extraña y se santigua porque cuando se produce una barbaridad como la de Noruega y algún medio -o más de uno y más de diez- divulga la autoría islamista, de buenas a primeras muchos -¡¡muchísimos!!- nos lo creamos a pies juntillas. Y que cuando resulta que no, que no han sido los islamistas, muchos -¡¡muchísimos!!- digamos «Vaya, parece que no han sido los islamistas esta vez». Porque a los señores del buen rollo no les gusta que confiemos en nuestra experiencia -una experiencia bien contrastada, como es tristemente notorio- y en nuestra percepción cotidiana. La nuestra, no la de algunos columnistas de extremada y no menos notoria gilipollez que pretenden decirnos que lo que vemos cada día no es ni lo que vemos ni cada día. Que se vayan a tomar por el culo.

No hay derecho a que civiles inocentes mueran a puñados porque el mercenario de empresa privada ametrallador de un helicóptero norteamericano haya fumado cosas raras y la emprenda con un bautizo (o como se llame lo que hacen cuando nace un niño). No hay derecho a que porque cuatro talibanes medio pirados se hayan escondido en algún lugar indeterminado de un barrio, se lance a saco a una escuadrilla de bombarderos o de helicópteros de ataque y se asesine a cien, doscientas o trescientas personas, tanto si con ello se liquida a los cuatro talibanes como si -más probablemente- no. Cuéntese con mi apoyo, mi firma y lo que haga falta para que estos hechos sean perseguidos y castigados, sea cual sea la nacionalidad de su autor. Pero me niego rotundamente -y emplearé en ello todos mis modestos medios, es decir, mi pública opinión y, desde luego, mi voto- a que con la excusa del daño que les hacemos, y por más cierto que sea -que lo es- que les estamos haciendo mucho daño, se desista de defender nuestra sociedad, los principios básicos occidentales (sí, lo siento, son judeocristianos, qué le vamos a hacer; al que no le guste, si tiene la documentación en regla, puede tomar el primer avión para Islamabad y disfrutar de aquel paraíso terrenal) y que, en definitiva, se renuncie a cortar por lo sano y se dilapiden enormes cantidades de dinero en medidas de mera contención policial y de costosas tareas de insegura información, manteniendo en alto grado la posibilidad de que el día menos pensado haya otro baño de sangre del que quizá sean víctimas mis hijas.

En la humildísima y microscópica medida en que yo pueda evitarlo, por mí no va a quedar. Pese a quien pese y disguste a quien disguste.

El Gugle Plus

De la serie: Avisos y varios

Aunque todavía no lo tengo como red social de cabecera (será pronto, pero aún no), cada día estoy más encantado con las posibilidades de Google+ pese a que todavía es claramente incipiente. Aparte de que sus políticas de privacidad y de titularidad de contenidos son muchísimo más racionales y justas que las de Facebook. ¿Digo más racionales y justas? No: simplemente, racionales y justas, porque las de Facebook no lo son en absoluto.

Dicho esto, cada día me encuentro con una larga lista de gente que me mete en sus círculos. Esto me halaga muchísimo, pero me confunde no poco, porque buena parte de toda esta gente tiene pocos puntos de afinidad conmigo. Algunos, pese a todo, me parecen interesantes y los incluyo en mis propios círculos a ver qué pasa, pero otros, quizá la mayoría, no. Lo digo porque no desearía que nadie se ofendiera si ve que pasan los días después de añadirme a sus círculos y yo no hago lo propio. Porque en las redes sociales no juzgo lo interesantes que sean o no las personas sino lo coincidentes que sean o no sus propios centros de interés. Por poner un ejemplo, diré que el teatro es una manifestación cultural estupenda a la que asisto muchísimo menos de lo que me gustaría, pero no está dentro de mi propio ámbito de actividades; por tanto, una persona cuyo único eje de actividad sea el teatro, probablemente no será añadida a mis círculos. En cambio sí que estará en ellos un perfecto plasta cuyos ejes sean el ciberactivismo, el software libre o similares. Lo dicho: no es nada personal.

Y lo mismo vale decir para Twitter. Aunque Twitter es un invento al que sólo accedo cuando hay movida gorda, para estar al corriente en tiempo real, pero nada más. Lo he explicado muchas veces: es demasiado absorbente y, aunque preveo adquirir próximamente un smartphone, no pienso estar todo el día tuiteando. Ni mucho menos.

Únicamente una cuestión: los que en el «Sobre mí» apenas incluyen como dato el del sexo o lo llenan de parrafadas surrealistas, en lo que a mí respecta, están liquidados, esos sí que sin remisión. No entiendo muy bien por qué entran en redes sociales: una cosa es ser discreto con datos íntimos y otra es no decir ni pío de quién eres ni de lo que haces. ¿Qué sentido tiene? Pero, en fin, cada cual es cada quien y todo el mundo es muy libre de hacer lo que le dé la gana.

Yo también.

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