¿Y mañana?

De la serie: Correo ordinario

El fin de semana está resultando apasionante pese a que, en el fondo, no está pasando nada o que lo que pueda estar pasando está aconteciendo muy lejos del alcance de nuestro conocimiento, en remotas comisarías madrileñas o, quizá a estas horas ya, en un juzgado de la Audiencia Nacional. Pero es evidente -y notorio, y palpable- que los acontecimientos del viernes, el registro en el palacio de Longoria y la detención de Teddy Bautista y de ocho más, entre directivos de la $GAE y parientes (la esposa y la cuñada de uno de ellos) han llevado a una especie de catarsis acojonante, a un estado de júbilo general. En la red, desde luego: las redes sociales son un hervidero de expresiones de alegría, de venganza, de clamores justicieros y de brindis; y omito decir -por obvia discreción, por otra parte- lo que se está leyendo en las listas de la Asociación de Internautas que no será muy distinto, imagino, del caudal de otras listas del ámbito Todos contra el Canon. Pero también fuera de ella; ayer, cenando en una cervecería de mi barrio, dos conversaciones que me llegaron -y ello sin prestar especial atención- trataban del tema y lo hacían con esa al parecer inevitable y explosiva alegría. La constatación de que la ira contra la $GAE y contra lo que y quienes la representan no está sólo en la red sino también en la calle (por no ir a la obviedad de que la red y la calle van siendo cada vez más lo mismo a cada día que pasa) es inevitable y sólo se les oculta -en lo que dicen, más que en lo que creo que piensan- a impresentables como Víctor Manuel o Alejandro Sanz.

Hace unos días… No, perdón, hace unas horas (la adrenalina provoca confusión en el sentido cronométrico…). Bueno, decía que hace unas horas leía un muy apreciable post de Stéphane Grueso del que destaco un gran párrafo que dirige a los autores y que resume no el post en sí mismo pero sí su sentido: amigos, reflexionad sobre la reacción del público en general ante estas noticias de hoy. ¿No os aterra la alegría y fiesta de la gente? ¿Qué tipo de sociedad de autores queréis tener?.

Esta es una clave importante sobre la que he hablado muchas veces en mis arrebatos conciliatorios, frustrados sistemáticamente por alguna nueva ominosidad autoral o, mejor dicho, $gaesca. Si comparamos, por ejemplo, con el caso Palau, que en Catalunya tiene unas carácterísticas muy similares al de la $GAE, por estar incardinado en el mundo de la cultura, por sus relaciones con el sistema político -y, especialmente, con algunos partidos políticos- y por tratarse, en definitiva, de un saqueo, llama la atención la diferencia de la reacción del público: ante el caso Palau, se produce indignación y se exige justicia para que los implicados paguen ese saqueo con la cárcel, con su patrimonio…; en el caso $GAE, parecería que la indignación estaría ya amortizada tras diez años de ejercerla incansablemente, y la reacción es de un júbilo derivado de un sentimiento de vindicación extremo: no se pretende que los hasta ahora solamente detenidos paguen por un saqueo sino por diez años de opresión y de ignominia. Nadie, en Catalunya, ha dado el Palau por muerto, en ningún sentido: es una institución arraigada en el sentimiento popular y a nadie se le ocurriría propugnar ni su transformación (otra cosa sería su control) ni mucho menos aún su desaparición. En el caso de la $GAE, en cambio, todo el mundo da por hecho, apenas cuarenta y ocho horas después de que el primer guardia civil entrara en el palacio de Longoria, que la entidad está acabada; quizá no nominalmente, pero sí en la esencia misma con la que venía siendo conocida hasta ahora. Incluso IU ha pedido que la $GAE sea disuelta y sus funciones asumidas por la Administración pública; no va a ninguna parte, pero es sintomático. Sobre esto es sobre lo que deberían reflexionar los autores de una vez por todas, en vez de encastillarse en una legalidad (fabricada, además, por sus propias élites) de la que hacen derivar principios, en vez de lo contrario, que sería lo normal.

Los acontecimientos, mucho más allá de su gravedad, deberían, como dice Grueso y como he dicho yo muchas veces (con mucha menor potencia que Grueso, por supuesto), llevar a una reflexión profunda, profunda hasta lo re-fundacional, a los autores. Y si los autores no fueran capaces de desarrollar esa reflexión y llevarla hasta consecuencias prácticas de alcance fundamental, entonces sí, entonces sería ya cuestión de exigir la mano gubernamental. La $GAE tiene que democratizarse profundamente: ese tinglado censitario que la regía -y que tantísimas veces hemos denunciado sin que ni desde dentro ni desde fuera de la $GAE se nos haya hecho el menor caso- es lo que ha llevado a lo que ha sucedido este fin de semana. Y si la $GAE no se democratiza a través de un proceso interno autoinducido, deberá ser el Gobierno quien lo induzca o, si es, en definitiva, necesario, quien lo imponga. Y de esa democracia interna debería nacer una nueva forma de actuar más democrática -o mejor dicho, democrática a secas, sin el más– en un movimiento de reconciliación con la ciudadanía que es absolutamente necesario para ambas partes. Lo he dicho muchas veces: que los pueblos anden a palos con sus poetas es algo que va contra natura, aunque también va contra natura que los poetas -un minúsculo y autoencumbrado reducto de poetas, si así puede llamárseles- se dediquen a esquilmar y saquear a la ciudadanía.

¿Hay indicios de que esto pueda llegar a ser así? Hay que esperar. En primer lugar, hay que esperar a ver qué pasa en el Juzgado de Instrucción nº 5 de la Audiencia Nacional entre hoy y mañana; hay que esperar a ver cómo continúan las investigaciones policiales y las diligencias judiciales (ya que hemos comparado con el caso Palau, recordemos que éste ha constituido, y sigue constituyendo, un goteo incesante de elementos nuevos y de nuevas imputaciones); hay que esperar -no mucho, en este caso- a ver qué movimientos se dan en el Gobierno y en el Parlamento; y hay que esperar, en definitiva, a ver cómo reacciona la gran masa de miembros de la $GAE sin derechos sociales, los siervos de la gleba sin voz ni voto, a la luz de los acontecimientos.

Por de pronto, los movimientos de la beautiful -aunque alguno resulte incluso cómico- no son nada esperanzadores, pero tampoco cabía albergar muchas esperanzas de esa banda. Todo parece indicar algo parecido a que las ratas abandonan el barco; si Teddy Bautista logra salir más o menos crudo de ésta, va a tener clara constancia de la calaña de muchos de los que le hacían el caldo gordo y que ahora reclaman cabezas e indemnizaciones. En el sector fiel al sistema que ahora se tambalea, apenas puede contarse con seguridad a los dos citados antes: Víctor Manuel, quien anda venteando a diestro y siniestro la palabra gilipollas (de la que él, recordemos, se autoexcluyó en su sorprendente autoproclamación de comunista), aunque es comprensible: ya se veía sustituyendo -estaba cantado y bailado- al ancianito de los centimillos y ahora ve ese cargo comprometido. Comprometido porque, aunque teóricamente nada debería perturbar, en términos de estricta legalidad estatutaria, los resultados de las elecciones del pasado jueves, lo cierto es que va a ser muy difícil que ese proceso electoral pueda culminar como si tal cosa: lo que ha sucedido es muy grave y, por más que se empeñen, nadie, ni de dentro ni de fuera, vería normal que prosiguiera, ni siquiera en apariencia, la normalidad; y ello por no hablar de las posibilidades de que la $GAE sea intervenida judicial o gubernamentalmente, que no sé si son muchas o pocas, pero que están ahí. Los nervios de Víctor Manuel pueden, por tanto, comprenderse perfectamente. No compartirse, obviamente, pero sí entenderse. Y luego está el otro nota, Alejandro Sanz que, bueno… ése brilla con luz propia, así que lo dejamos estar. Como tampoco voy a hablar de la Bardem y del llamado Ramoncín -en el papel de traicionados– por lo mismo: esos dos se califican solos.

No queda otra que esperar, pero no mucho. Aunque se llegara a dar el alucinante supuesto de que todo lo sucedido desde el viernes quedara judicialmente en agua de borrajas (que, ojo, estamos hablando de la $GAE y con estos las hemos visto muy gordas) está claro que ya nada podrá ser como antes y esto debe tenerse claro tanto en la Moncloa como en la Carrera de San Jerónimo, tanto por parte de sus ocupantes actuales como de quienes les sucedan en noviembre o en marzo, que vete a saber… La $GAE debe entrar, sí o sí, en un profundo proceso de reestructuración en el que prevalezcan, más allá de todo privilegio, más allá de toda contemplación, la democracia (igualitaria, hay que especificarlo por si las moscas) y la auditoría pública de las cuentas, así como un sistema de recaudación que abandone de una vez por todas el método confiscatorio.

Y si no se hace así… Bueno, si no se hace así, la lucha continuará. Continuará en la red y continuará en las calles, más enconada aún si cabe, porque el ejercicio de cinismo que supondrá por parte de la $GAE y por parte del Gobierno el hecho de que todo siga como si tal cosa después de lo que ha pasado, y acabe judicialmente como acabe, no será sino otra razón más -clara, exhuberante, radiante, incontestable- para que el 15M continúe tomando las calles.

Porque, efectivamente, no hay pan para tanto chorizo.

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