Pendientes de un hilo

De la serie: Correo ordinario

La súbita, destemplada y dura filípica que el editorial de «El País» de hoy le propina a Zapatero en nombre de alguna ignota corriente socialista bastante potente, parece que quiere llevar a que las elecciones se adelanten, pero no a finales de noviembre, como estaba ya cantado y bailado sino incluso a antes. Vaya, yo no sé si va a poder ser a mucho antes porque, con todo lo que les hace falta a esos caimanes para montar una fanfarria electoral, veo complicado que pueda celebrarse nada antes de finales de octubre. A no ser, claro está, que, en una postrera excentricidad, a Zap El Amortizao le dé por disolver las Cortes ya mismo y salga el sol por Antequera. De todos modos, creo que ya comenté hace algún mes que otro que un pajarito me había dicho que las empresas de artes gráficas habían recibido recomendaciones de no cerrar por vacaciones este mes de agosto, lo que es un síntoma importante de que va a haber meneo otoñal, más cerca del verano o más cerca del invierno, pero otoñal.

En realidad, a mí y a la mayoría de los ciudadanos, todo esto nos importa una hortaliza, en términos generales. Como a las campañas pre-electoral y electoral no les vamos a hacer más caso que sufrirlas a nuestro pesar porque ya se sabe que a la fuerza ahorcan, y como, según está el patio, nos importa también una gónada simiesca quién vaya a salir vencedor en la comedia resultante, porque la única consecuencia que va a haber es que a los ciudadanos nos van a crujir bien crujidos de todos modos (#nolesvotes no nació por casualidad), pues eso, sus abominables maniobras para repartirse ese pastel pringoso, caducado y, bueno, bastante putrefacto, nos traen bastante al pairo.

Pero siempre queda un elemento de curiosidad por ver qué pasará con algunos temas pendientes… si es que llega a pasar algo y no se quedan colgados como una longaniza en el limbo entre legislaturas que, frecuentemente, supone el cementerio (nunca he entendido por qué los temas pendientes de una legislatura no son automáticamente continuados por la siguiente, aunque sea con una composición parlamentaria nueva: estupideces del sistema este…). Otros temas no dependen del Parlamento, pero sí de un Gobierno a cuya caducidad parece haberle puesto «El País» el código de barras con la fecha y todo.

Por ejemplo, para este verano esperábamos la puñalada trapera del reglamento made in Olcese que iba a suponer el desarrollo de la triste Ley Sinde. Por supuesto, no cabe descartar que la puñalada se produzca de todos modos; es más, yo estoy convencido de que se va a producir contra viento y marea. Existen al respecto, sin embargo, dos importantes circunstancias que podrían desmentir mi seguridad: por una parte, los acontecimientos que se están produciendo alrededor de la $GAE, desencadenados hace algo más de dos semanas; y, por otra, una maliciosa tentación por parte del PSOE de dejarle esa patata caliente al PP. Efectivamente, para el PP lo bonito sería que el PSOE se comiera ese postrer marrón y le dejara la cuestión limpia de polvo y paja para exhibirla después con gesto cariacontecido como un hecho consumado. La putada por parte del PSOE sería dejar correr la legislatura sin el reglamento aprobado y poner al PP entre la espada de la ira ciudadana -ya mucho más organizada que cuando se promulgó la ominosa Ley Sinde– y la pared de la presión de los lobbys. Aunque también Zap sufrirá presión para dejar el asunto zanjado antes de dejar la Moncloa rumbo al basurero de la historia; quizá de ello dependa incluso su propia supervivencia material: los opíparamente retribuidos enchufes de los que gozan Felipe González y Aznar no les han sido dados, precisamente, por guapos.

Otra cuestión que, como la anterior, no es moco de pavo, y que, encima, se está ventilando estos días, es la de la neutralidad en la red, que colea de nuevo. Una de las cosas que más desgasta mentalmente a los activistas es ese batallar incesante por la misma cosa, cuando ya se creía resuelta. Nos pasó con las patentes de software y no está en absoluto descartado que aún haya que volver a batallar sobre ese tema. Es como en esas películas [malas] de psicópatas o asesinos en serie que, después de que el chico le haya vaciado tres cargadores en la barriga al malo, le haya metido dos granadas de mano en la bragueta y le haya propinado cuatro cuchilladas en la yugular, justo cuando el espectador ya está relajado y recogiendo los trastos para levantarse de la butaca porque el chico ya se está tirando a la chica, el malo resurge ensangrentado y hecho polvo como Ave Fénix renacida dispuesto a volver a las andadas y el bueno tiene que emplear cinco o seis cargadores más, entre la taquicardia del pobre espectador y los alaridos de los más incontinentes de la sala, para rematar al bicho de una pajolera vez. Y que la película no tenga secuela.

La neutralidad de la red -como mis lectores creo que saben, pero, por si acaso, lo explico un poco- responde a aquel concepto de que todos los bits son iguales, es decir, que los contenidos no deben ser discriminados por su propia naturaleza salvo en aquellos casos -siempre excepcionales- en que la ley los considere nocivos y un juez, de acuerdo con ella y juzgando sobre el fondo de la cuestión, los someta a dicha discriminación. La cosa viene de que las compañías telefónicas, tan voraces como cualesquiera otras que formen un monopolio o un reducido oligopolio y tengan la sartén de las líneas de comunicación por el mango de sus consejos de administración, pretenden comercializar el propio tráfico, es decir, hacer pagar a los titulares de los contenidos por su uso de la red, aparte de lo que hacen pagar a los propios usuarios. La cosa vendría a ser como si en una autopista de peaje, la concesionaria, además de hacer pagar a los vehículos particulares por transitar por la vía, obligara a los camiones y autocares a pagar un canon específico por transportar su mercancía, y en función del tipo de mercancía que fuera. La consecuencia cívica más importante de todo ello sería que los datos propios de los ciudadanos, sus conversaciones y demás, irían a velocidad de caracol, mientras que los contenidos comerciales y políticos (de gobiernos, partidos del sistema y demás) circularían a toda velocidad gracias al pago por el tráfico privilegiado. En otras palabras, se terminaría la red como vehículo eficaz de comunicación y de relación entre ciudadanos para pasar a ser un vulgar escaparate político y comercial, como si fuera un vulgar televisor.

Tanto la Unión Europea (Directiva 2009/136/CE) como el propio Senado Español han apostado por la neutralidad en la red, pero el proyecto de Ley por el que se modifica la 32/2003, de 3 de noviembre, General de Telecomunicaciones parece que no va por ese camino y me imagino que no es precisamente por despiste de sus señorías (pese a una no menguada cantidad de diputados bastante distraídos) sino por presión de las telecos. Ya sabemos que en un país con un sistema al que le importan tres pimientos sus ciudadanos y en el que mandan los grupos de presión de esto y de lo otro (incluso cuando, en algún caso, los grupos de presión sean incluso cutres y salchicheros) es normal que las leyes se hagan a medida del que paga (y, aunque el ciudadano es quien verdaderamente paga, no hablo de él, en este caso), pero la neutralidad de la red constituye nuestro futuro mismo. De ahí que diversos ciudadanos promovieran hace un año una serie de enmiendas (enlace a Google Docs), naturalmente (¿?) desoídas y que y la FFII haya lanzado al respecto una nota de prensa llena de contenido.

¿Estamos perdiendo el tiempo en un proyecto de ley que seguirá la biografía del salchichón entre legislaturas? Es posible. De hecho, las vacaciones parlamentarias están ya muy próximas y si el editorial de «El País» logra el efecto de anticipar las elecciones anticipadas, el Parlamento será disuelto sin que vuelva a reunirse ya. O prácticamente. Con lo cual ¡ay! la modificación de la Ley General de Telecomunicaciones quedará en manos del PP y de sus amiguetes del pupitre, porque esta sí que sobrevivirá en la legislatura siguiente (otra cosa es que lo haga el trámite actual que, probablemente, empezaría desde cero nuevamente). No sé si alegrarme o lamentarlo porque, al final, unos y otros, PP-PSOE, Cánovas-Sagasta, Daoíz-Velarde, siempre andamos en las mismas y con el culo escaldado.

En fin, confiemos en que #nolesvotes, al no partir ya de cero y tener precalentada a la ciudadanía, logre resultados palpables y la próxima legislatura tengamos los ciudadanos una mayor capacidad de presión a través de una constelación de pequeños partidos bisagra que estén más atentos a nuestra necesidades y obliguen a los grandes a pasar por el aro.

Por el nuestro, el de los ciudadanos.

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