Fobias

De la serie: Esto es lo que hay

El diccionario de la RAE define xenofobia, en única acepción, como «Odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros». A la estricta luz de esta definición ¿puedo o debo considerarme xenófobo? Pues no sé qué decir. Los extranjeros no me molestan como tales, la verdad; al contrario, me gusta su trato, porque conversar con extranjeros es viajar un poco sin moverse de casa, y yo soy de aquellos apegados a su colchón y a su cuarto de baño. Pero, más allá de la estricta definición del diccionario, sí que es cierto que algunos colectivos de extranjeros -o una parte significativa de los mismos- me produce una aversión cierta. Pero no por el estricto hecho de su extranjería, ni tampoco por una cuestión étnica, sino por lo que significan como colectivo -concreto, ojo- o por sus propia actitudes, por sus propios méritos, como si dijésemos.

No es ningún secreto para el lector habitual de «El Incordio» que no trago a los guiris, por ejemplo, (sobre todo a los de los cruceros) y la mayoría de ellos son europeos cien por cien, puros arios de la Merkel, pichafrías nórdicos o súbditos de Su Chistosa; me molestan directa y lacerantemente al saturar, masivamente y sin contemplaciones, espacios urbanos que considero míos y de mis conciudadanos y de los que nos han expulsado brutalmente ante la miserable complacencia de la autoridad municipal al servicio de la mafia hotelera (las Ramblas, el Parc Güell, la Sagrada Família y su entorno…). No sufro que algunos sudamericanos se encastillen en su propio subdesarrollo -del que se supone que habían huido- y creen bandas de las que odio, más que el hecho delictivo -que también- su reivindicación de lo suyo contra lo nuestro (y ojo, que el detalle clave es esa contra, no el simple hecho de que intenten conservar sus referencias culturales); pero, en contraste, me encanta ver lo dulces que son con los ancianos (aún conservan el respeto reverencial hacia los mayores, veremos si les aguanta una generación aquí, en esta Europa gilipollesca que desprecia la sabiduría de los años) y me parece maravilloso que sus niños recuperen las calles, me entusiasma verles jugar en ellas; y les envidio también esa vida de vecindario y calle que saben hacer cuando el urbanismo es propicio, cómo los que viven en barriadas tranquilas o pasajes sacan sus sillas a la calle cuando el sol se pone y el calor del día cede un poco a la marinada, ese vientecillo fresco y húmedo que nos sopla de levante, y se dedican a charlar y a tomar cerveza con el compadre de al lado, eso que todavía se practica en los pueblos de la España rural, aunque también se va perdiendo.

Me fastidia la gente que no se integra. Sólo me fastidia, y eso si solamente se limitan a no integrarse. Los indios, en Barcelona, forman comunidades propias, que se montan su vida y no conviven con nosotros; pero tampoco muestran actitudes agresivas hacia nuestra forma de vivir y de ver la vida. Simplemente, pasan de todo y van a lo suyo. No me gusta, pero tampoco me corroe especialmente.

Los musulmanes. Ahí es a donde yo quería llegar porque ahí es donde hemos topado. Y conviene hacer una serie de aclaraciones previas, no a modo de justificación (no necesito justificarme de nada ni ante nadie: al que no le guste lo que pienso y escribo tiene todo el resto de la Red a su disposición) sino al exclusivo efecto de ubicar cada pieza en su casillero, porque cuando se toca lo políticamente correcto se arman zapatiestas con mucha facilidad.

En primer lugar, no respeto las religiones, en el sentido de que, simplemente, son fabulaciones más o menos estructuradas, más o menos antiguas, y me da igual, al respecto, una religión que otra, ninguna me parece mejor ni peor que otra, en general y como tales religiones. Otra cosa son los comportamientos sociales a los que induce una religión u otra. Luego iremos a ello, porque esta es la madre del cordero. Lo que yo sí respeto es a las personas, a las personas que se comportan honesta y civilmente, siendo igual para el caso, lo que crean o lo que no crean; y desprecio profundamente a las personas asociales tanto si su comportamiento se produce en contradicción con aquello en lo que dicen creer como si ese comportamiento resulta ser una consecuencia de esa creencia. Lo que ocurre con estos últimos es que esa creencia puede servir de marco adecuado para una generalización, y entonces es cuando el buenrollismo trata de xenófobo al que, simplemente, constata una realidad al alcance de cualquier observador o cuando el que constituye una excepción a esa posible regla se enfada o se ofende sin querer darse cuenta de que es, precisamente, algo excepcional, de que él y los que se comportan como él, no constituyen la regla general.

En segundo lugar, la palabra «musulmanes» no designa a un todo homogéneo. Entre otras muchas particularidades y especificidades, en Barcelona podríamos decir que existe una comunidad islámica africana (básicamente compuesta por marroquíes, pero también por argelinos y por negros del área ecuatorial, con lo que ya tenemos tres -o más- sub-comunidades, por así llamarlas, con diferencias bien marcadas) y una comunidad indostánica (en su casi totalidad, pakistaní). Y aún entre comunidades iguales se producen fenómenos curiosos. Ayer, sin ir más lejos, regresando por autopista de un viaje de fin de semana, coincidimos con el habitual tráfico de magrebíes que van de vacaciones a su tierra o vuelven de ella terminadas éstas; y, al caer en el detalle de que casi nunca se ven -ni ahora, ni en agosto, ni en ningún otro mes- magrebíes en coches matriculados en España, me preguntaba si la comunidad magrebí que tenemos aquí es de una pasta distinta de la que hay, por ejemplo en Bélgica o en Francia, por qué los marroquíes o los argelinos en España no progresan y en el resto de Europa sí. Se dirá que en otros países de Europa, sobre todo en Francia, la inmigración magrebí lleva muchos años de ventaja a la que hay en España, pero es que la nuestra no parece avanzar ni poco ni mucho y los hay que ya llevan aquí muchísimos años. Ayer también caía en la cuenta de otro detalle: los marroquíes y argelinos belgas y franceses ya no conducen carracas infectas de quinta o sexta mano que parecen rescatas del desguace, como hasta hace no muchos años: siguen llevando esos bultos enormes en el techo -peligrosísimos, por otra parte- pero muchos, no sé si una mayoría, pero sí un número significativo, llevan coches nuevos y de segmentos medios y medio-altos. Camino de Barcelona, unos cuantos me adelantaron bastante ligeritos -con esos bultos escalofriantes y el coche cargado de gente- y eso que yo iba sobre los 125-130 kilómetros por hora, medidos en GPS. Bien, también podría ser que la pasta distinta no fuera la de nuestros magrebíes sino la de nuestros empresarios, cosa que no me extrañaría nada.

Los ciudadanos occidentales -salvo los que miran para otro lado, que no son pocos, aterrorizados ante la perspectiva de ser considerados o, incluso, de autoconsiderarse (tal es la presión del sistema) xenófobos– tenemos una pecepción tremendamente negativa del Islam, percepción que empieza en nuestra cotidianidad urbana y que termina en la más amplia geopolítica. ¿Por dónde empezamos?

Por lo geopolítico. El Islam, hasta hace cosa de treinta años era -más allá del libro de historia- algo que considerábamos ajeno a nuestras vidas, algo pintoresco que vegetaba por esos desiertos y esos petrolillos de por allá. Ignorábamos -porque, en nuestro hedonismo, en la locura de nuestro consumismo desaforado, somos incapaces de darnos cuenta del daño que llegamos a hacer en nuestra inocencia, con nuestro simple comportamiento cotidiano-, ignorábamos, digo, que para ellos nosotros no éramos una particularidad folklórica de otro lado del mundo, sino algo mucho más lacerante que un incordio, algo que les explotaba brutalmente los recursos naturales y les privaba de su soberanía sobre ellos a base de mantener a una minoría corrupta, absolutamente degenerada, que toma el pelo a sus pueblos diciéndose líder en nombre de Dios o del Profeta o de quien se quiera. Nuestros gobiernos y nuestras empresas los han reventado bestialmente: les impusimos, para empezar, unas fronteras que no son las suyas; los dejamos sin sus primitivos, aunque propios y suficientes, recursos, les invadimos con costumbres para ellos ofensivas, les impusimos regímenes (tiránicos y sanguinarios), les impusimos nuestra política y los sumergimos a la fuerza en los vaivenes de nuestra geopolítica. Muchos de ellos, empezando -pero no terminando- por los palestinos, se entregaron al redentorismo marxista como una agónica alternativa a la opresión del mundo occidental, sin darse cuenta de que el marxismo soviético no era sino otra versión, otra forma de verlo, del propio mundo occidental, por lo menos desde su punto de vista. Cuando el socialismo soviético se derrumbó, su irredentismo sólo pudo acogerse a la religión, a una religión -o a una visión de la misma- anclada en lo medieval -en el tempo cristiano-, a una salvación consistente en combatir al infiel –combatir en el sentido literal- y en premiar el supremo sacrificio con un paraíso improbable que, como todos los paraísos religiosos, es imposible de constatar pero grato y consolador de creer. Pero es un planteamiento inteligente porque supuso, en primer lugar, una estructura de creencia fácil, al perfecto alcance de masas analfabetas que pueden comprender perfectamente las historias de huríes vírgenes, de leches, de dátiles dulces y de mieles y, en segundo lugar, una pauta de comportamiento que coincide con las pasiones más primarias del destinatario: liquidar al que nos está puteando de mala manera. Un mensaje fácil y primario, que promete un premio fantástico al que guarde un comportamiento en todo acorde a las apetencias; y un premio redoblado para el que perezca en el intento; un premio, además, que consiste en algo perfectamente sensorializable y definible (tías y no dar golpe; cosa que hay que reconocer que sólo puede mejorarse si se le añade cerveza, pero ahí sí que pincha la cuestión), nada de esas metafísicas cristianas que te definen el premio eterno como una beatitud perpetua al lado del Señor y que uno se pregunta por dónde se come esa beatitud o por dónde hay que meterle el pito.

Por supuesto que el Islam es mucho más complejo que eso y de ahí que haya una minoría intelectualmente refinada que no tiene nada que ver con los animales que se calzan un chaleco tejido con veinticinco kilos de dinamita y tiran de la anilla en medio de un mercado, pero esa minoría, cuya elegancia conceptual parece directamente heredera del refinamiento omeya, se hace notar muy poco en medio de noticias -de frecuencia semanal o aún mayor- que nos hablan de masacres de seres humanos de cien en cien, en mercados, en vías públicas… en cualquier lugar. Claro que nosotros -en tanto que acólitos de los norteamericanos- hacemos lo propio, aunque con instrumentos más refinados y corriendo menos riesgos, pero eso la tele nos lo dice con la boca pequeña y, además, hace aparecer a un general de quince estrellas jurando por su bastón de mando que el sargento culpable se la va a cargar con todo el equipo. En cambio, la tele nos ha enseñado prolijamente no la casquería de sus mercados (que también) que, bueno, en definitiva son esos sitios tan lejanos y esos tíos tan piraos, sino, ay amigo, la de nuestra propia casa: y así, vimos literalmente en directo cómo un par de comandos suicidas se cepillaban las torres gemelas aquellas, y, a pocos minutos de los respectivos sucesos, cómo volaban autobuses llenos en Londres o nos reventaban cuatro trenes en Madrid. Lo de Nueva York fue especialmente lacerante y no sólo por los tres o cuatro mil muertos, es que el mensaje era tan simple como el planteamiento religioso que lo inspiraba y, además, esa simplicidad hizo que, a su vez, fuera perfectamente comprendido incluso por las mentes más sencillas y analfabetas de nuestras sociedades: el Islam le declaraba la guerra a Occidente, una guerra a muerte, una guerra de exterminio y lo hacía -eso sí que fue inteligente de verdad, verdaderamente refinado- no reduciendo a escombros el foco fundamental de pensamiento original y fundamental, el Vaticano, ya achacoso y apenas capaz de causarle algunas molestias a algún percebe sufridor de una Conferencia Episcopal especialmente aguerrida, sino en el verdadero corazón del Occidente actual, en la vena aorta de sus negocios, en la cumbre de su orgullo tecnológico, en la materialización de su infinita soberbia. Cascaron los edificios más altos y emblemáticos de la ciudad de Nueva York.

Por otra parte, la cultura occidental digiere mal el suicidio ritual. La culpa teleológica de las dos bombas atómicas que cayeron sobre Japón fue el terror occidental ante los kamikaze, la capacidad de sacrificio sin alternativa de salvación que practicaban no sólo aquellos pilotos sino hasta los más humildes soldados pegándose al terreno (sobre todo en cuanto fue su terreno, el propio Japón). El cálculo del coste en vidas norteamericanas que se realizó sobre la ocupación de Japón arrojó un resultado de entre quinientos mil y un millón. Y ninguna táctica genial podría menguar la cifra porque no hay alternativa cuando centenares de miles de tíos deciden que el terreno sobre el que plantan sus tripas abarrotadas de munición va a ser su tumba. No es que estén dispuestos a que lo sea, es que ya se echan en él sabiendo que, sin otra alternativa posible y sin ganas de que la haya, lo va a ser. Y que muriendo por el emperador vivirán eternamente. Se decidió quemarlos. Primero, se arrasó Tokyo por medios convencionales. No fue suficiente, la voluntad de sacrificio de Japón no se torció. Entonces se procedió al bombardeo nuclear y se logró con él que el enemigo fuera víctima de un terror superior al propio. Al parecer había una tercera bomba prácticamente preparada y se calculó que, a partir de septiembre de 1945 y hasta febrero de 1946, la industria norteamericana podría asegurar entre uno y dos lanzamientos nucleares mensuales. No hizo falta: la vaporización instantánea de decenas de miles de personas y la larga y dolorísima secuela de la radiación fue suficiente para invertir el vector del pánico supersticioso. Harían bien algunos dirigentes islámicos en tomar nota de esto y poner mucho cuidado al elegir los objetivos de los ataques suicidas. Otro asuntillo como el de las torres gemelas podría poner punto final a la broma, radical y definitivamente, según de qué humor pillaran a la Casa Blanca.

Nuestra cotidianidad. Los inmigrantes musulmanes y, sobre todo, los indostánicos, tienen una especial habilidad en resultar extremadamente antipáticos, por no utilizar otra palabra aún más radical. No solamente se aislan, como los indios, sino que, además, guardan conductas total y pertinazmente antioccidentales. Su providencialismo islámico les hace creerse acreedores a todo lo que quieran aspirar por designio divino, a su derecho inalienable, en nombre de Alá, a hacerse los amos del terreno que pisan por encima de cualesquiera otras leyes y costumbres. Donde ellos están, sólo impera la sharia. Si no pueden imponerla en el país, la imponen en la ciudad, si no pueden imponerla en la ciudad, la imponen en su barrio, si no pueden imponerla en su barrio, la imponen en su vecindario y si no pueden imponerla en su vecindario, la imponen en su casa. Cosa, esta última, contra la que no habría nada que objetar, si no fuera porque violan nuestras leyes. Discriminan a la mujer, apartándola de la educación; si no pueden soslayar la obligatoria (que lo intentan, armando cacao, por ejemplo, con el trapo en el tarro), desaparece totalmente en el bachillerato y no digamos nada en la universitaria. Maltratan a sus esposas y a sus hijas, en la completa seguridad de la complicidad de las víctimas (Aido y Pajín, hasta ahi no llegan, bien es verdad que porque no pueden, todo hay que decirlo). Casan a sus hijas a la fuerza, habiéndose llegado en bastantes casos -desde luego demasiados- a agresiones brutales e incluso a asesinatos las escasísimas ocasiones en que éstas se han rebelado. Las represalias contra los miembros de su comunidad que se occidentalizan demasiado (y al grado de demasiado se llega muy pronto) son proverbiales. Sus asambleas religiosas son mítines antioccidentales, soflamas para combatir nuestra diabólica ideología cristiana o ¡abominación! nuestro laicismo (para estos tíos es mucho peor un ateo que un cristiano o un budista, pongamos por caso) y nuestro modo de vivir y de entender la vida. Los acontecimientos del 11-M y ocasionales detenciones posteriores en Madrid, Barcelona y otras ciudades, de comandos infiltrados para hacer sabe Alá qué trapazada, han indicado a las claras que gozan de protección y de omertà en los barrios islámicos (obviamente indostánicos: en Barcelona, expulsaron a los norteafricanos del Raval, de ahí que el barrio sea denominado por algunos Ravalpindi). También es del dominio público, porque la policía lo ha divulgado, que los imanes locales reciben y distribuyen dinero de sectas extremistas ubicadas -bajo protección oficial, obviamente- en Arabia Saudí.

Y resulta que no se puede describir todo este pastel porque ello resulta xenófobo. Pero después alguien se extraña y se santigua porque cuando se produce una barbaridad como la de Noruega y algún medio -o más de uno y más de diez- divulga la autoría islamista, de buenas a primeras muchos -¡¡muchísimos!!- nos lo creamos a pies juntillas. Y que cuando resulta que no, que no han sido los islamistas, muchos -¡¡muchísimos!!- digamos «Vaya, parece que no han sido los islamistas esta vez». Porque a los señores del buen rollo no les gusta que confiemos en nuestra experiencia -una experiencia bien contrastada, como es tristemente notorio- y en nuestra percepción cotidiana. La nuestra, no la de algunos columnistas de extremada y no menos notoria gilipollez que pretenden decirnos que lo que vemos cada día no es ni lo que vemos ni cada día. Que se vayan a tomar por el culo.

No hay derecho a que civiles inocentes mueran a puñados porque el mercenario de empresa privada ametrallador de un helicóptero norteamericano haya fumado cosas raras y la emprenda con un bautizo (o como se llame lo que hacen cuando nace un niño). No hay derecho a que porque cuatro talibanes medio pirados se hayan escondido en algún lugar indeterminado de un barrio, se lance a saco a una escuadrilla de bombarderos o de helicópteros de ataque y se asesine a cien, doscientas o trescientas personas, tanto si con ello se liquida a los cuatro talibanes como si -más probablemente- no. Cuéntese con mi apoyo, mi firma y lo que haga falta para que estos hechos sean perseguidos y castigados, sea cual sea la nacionalidad de su autor. Pero me niego rotundamente -y emplearé en ello todos mis modestos medios, es decir, mi pública opinión y, desde luego, mi voto- a que con la excusa del daño que les hacemos, y por más cierto que sea -que lo es- que les estamos haciendo mucho daño, se desista de defender nuestra sociedad, los principios básicos occidentales (sí, lo siento, son judeocristianos, qué le vamos a hacer; al que no le guste, si tiene la documentación en regla, puede tomar el primer avión para Islamabad y disfrutar de aquel paraíso terrenal) y que, en definitiva, se renuncie a cortar por lo sano y se dilapiden enormes cantidades de dinero en medidas de mera contención policial y de costosas tareas de insegura información, manteniendo en alto grado la posibilidad de que el día menos pensado haya otro baño de sangre del que quizá sean víctimas mis hijas.

En la humildísima y microscópica medida en que yo pueda evitarlo, por mí no va a quedar. Pese a quien pese y disguste a quien disguste.

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Comentarios

  • ifanlo  On 25/07/2011 at .

    Javier, ¿has visitado muchas mezquitas como para poder afirmar lo que afirmas?
    “Sus asambleas religiosas son mítines antioccidentales, soflamas para combatir nuestra diabólica ideología cristiana o ¡abominación! nuestro laicismo”
    Yo tengo una mezquita al lado de casa, y estoy pensando en hablar con el imán para ver de asistir a alguna de sus ceremonias, más que nada para no caer en afirmaciones tópicas como la que has expresado anteriormente. Por ahí comienza la xenofobia… por las generalizaciones más o menos fundamentadas: “los moros son terroristas”, “los gitanos, ladrones”, “los catalanes, tacaños” y así sucesivamente.

  • Juan Manuel  On 25/07/2011 at .

    Vivo en Lérida y aquí todos conocemos lo que públicamente dice el imán que tenemos. ¿Me he de creer que deje la moderación para cuando habla en la mezquita ante los suyos?

  • Javier Cuchí  On 25/07/2011 at .

    @Ismael, entre otras fuentes, con ocasión de aquel cachondeo del Comando Dixan, que si eran, que si no eran, los medios, en papel y audiovisuales, divulgaron bastantes reportajes in extenso, basados en entrevistas e informes policiales -frecuentemente con cita de procedencia- sobre lo que se cocía en muchos locales de culto islámico -no propiamente mezquitas en todos los casos- en Barcelona, y el tono general (el general, claro, lo que implica excepciones y alguna probable inexactitud o imprecisión) era el que reflejo yo en el artículo. No voy a mezquitas porque intento eludir los locales de cualquier culto (me ponen cada día más nervioso), salvo, ya sabes lo del todo imprescindible (bautizos, bodas, comuniones… esas cosas).

    Las generalizaciones (más o menos fundamentadas, como tú muy bien dices) son los únicos datos, las únicas bases con las que nos podemos guiar los ciudadanos en nuestra cotidianidad. Ante este problema y ante cualquier otro. No podemos, por pura lógica, afrontar doctoral, académica y documentadamente (se entiende, a fondo) cada problema que se nos plantea. Si yo salgo a la calle con unos pantalones ceñidos de raso fucsia (y logro que no me maten a pedradas, con toda la razón del mundo) por más que sea un prejuicio y [científicamente, en rigor] una estupidez, no podré evitar que me consideren homosexual (y de los de la pluma, además). Si no quiero que me consideren homosexual (de los de la pluma), lo primero que habré de hacer es no enseñar las plumas, porque nadie va a esperar que me tire a su parienta para comprender que estaba equivocado.

    La responsabilidad de los [eventuales, que no sistemáticos, ni mucho menos] errores de las generalizaciones es del colectivo que da pie a ellas. Si un colectivo se encierra en un ghetto impenetrable, es, por omisión, responsable en parte de que se generen suspicacias; si, encima, algunos congéneres de ese colectivo se comportan como bárbaros, el círculo se cierra. Y entonces, como esto es una sociedad y no un tribunal, la carga de la prueba pasa al colectivo. Esto es así en todas las sociedades. Incluso [o, quizá, sobre todo] en la de ellos.

    Si huele a mierda, alguien se ha cagado. Si hay tres y ninguno pía quién es el cagón y, al contrario, lo ocultan y lo protegen, la conclusión social obvia es que esos tres son unos guarros. Y la gente de a pie no podemos funcionar de otra manera. Porque de otra manera sería imposible ir por el mundo, ninguna experiencia serviría de nada ante la posible excepcionalidad de cualquier juicio de valor.

    La generalización no es per se ni un error ni una abominación intelectual. Es un recurso imprescindible y cotidiano al que todos tenemos que recurrir (y varias veces al día, además) porque no nos queda otra.

    —–

    @Juan Manuel, siento no captar el sentido de lo que quieres decir, no sé si dices una cosa o la contraria. Mi comprensión lectora, que debe andar averiada hoy, disculpa. ¿Te importa redactarlo de otra manera a ver si saco el agua clara?

    Abrazotes a ambos y gracias por vuestro tiempo y vuestra atención
    🙂

  • Carlos Zaragoza  On 25/07/2011 at .

    Los juicios de valor basados en prejuicios carecen precisamente de… valor.
    Abomino casi todas las cosas que comentas. Es decir, lejos de acallarlas o minimizarlas, lucho activamente contra ellas en la medida de mis posibilidades, pero lo hago DESDE DENTRO. EMHO, todas esas atrocidades que comentas, no tienen nada que ver con el Islam, sino todo lo contrario.
    Y la solución, difícil, como siempre radica en el conocimiento. De ambas partes y recíproco.

    Un abrazo.

  • Juan Manuel  On 26/07/2011 at .

    Me refería a @ifanlo y su intención de ir a una mezquita a escuchar al imán, como indicando que los que no lo hemos hecho no podemos opinar y que nos dejamos llevar por prejuicios. Lo que pretendía decir, aunque por la prisas lo escribí demasiado rápido, es que tampoco hace falta. Que, al menos en Lérida, todos conocemos las opiniones públicas y el comportamiento del imán de aquí y que dudo que, ante los suyos, se muestre moderado o razonable.

  • Javier Cuchí  On 26/07/2011 at .

    @Carlos, ya entramos en lo puramente semántico: tú calificas de prejuicios aquello que yo llamo experiencia. Y tú dices -y estoy perfectamente dispuesto a asumir- que aquello a lo que, en general, llamamos Islam no es, en puridad, Islam. Aunque, por otra parte, luchas desde dentro contra esas atrocidades que nada tienen que ver con el Islam. Pero ahora yo te pregunto: desde dentro ¿de dónde? ¿Del Islam que convenimos auténtico que nada tiene que ver con las atrocidades? Es absurdo: dentro de ese Islam no tienes que convencer a nadie para que no sea un bárbaro, porque ya suponemos -y, obviamente, admitimos- que nadie lo es. Y si los otros no son Islam, no podrías estar luchando contra la barbarie desde dentro por aquello de qué hace un chico como tú en un sitio como este. ¿Trabalenguas demagógico? No: es lo que pasa cuando se juega con la semántica.

    Nueva York, Londres, París, Marrakech, El Cairo, Islamabad, Bagdad, y el montón de lugares que aún olvido, no son prejuicios: constituyen la experiencia de masacres cometidas -según se enuncia- en nombre de Alá. Tú nos pides que distingamos entre un Islamismo auténtico y uno manipulado; si lees bien el artículo, verás que ya lo hago, por cierto. Pero, como he dicho aquí mismo otras veces, vale, bien, en vez de Islam, a la versión falsificada podemos llamarla Pepito, pero el problema del terrorismo y del antioccidentalismo sigue estando ahí y sigue siendo el mismo. Por cierto, para ellos, todos los occidentales somos iguales, somos infieles; da igual que seamos católicos, luteranos, calvinistas, agnósticos o ateos, ellos no se complican la vida ni pierden el tiempo intentando distinguir entre prejuicio y experiencia: van directamente al grano detonante, y así nos luce el pelo.

    —-

    @Juan: vale, ahora lo he captado perfectamente 😉

    Muchas gracias a todos.
    🙂

  • Carlos Zaragoza  On 26/07/2011 at .

    No voy a entrar a discutir sobre semántica. Pero convendrás en que, siguiendo tu razonamiento, la experiencia indica que la mayoría de las masacres y guerras del último siglo han sido provocadas por lo que conocemos como civilización occidental, que poco o nada tiene que ver con el Islam. Entonces, lo siento, pero tú y yo, también somos terroristas.

  • Javier Cuchí  On 26/07/2011 at .

    Claro, @Carlos, pero eso ya lo he dicho yo en el artículo. He hablado de helicópteros ametrallando [equivalentes de] bautizos, barrios enteros arrasados por las buenas, bombas atómicas… Pues claro que a Occidente déjalo correr ¡Si he empezado por ahí! Pero una cosa no quita la otra. Yo no voy a Marruecos o a Pakistán a hacer antiislamismo. Como no me gusta el Islam -o como quiera que sea lo que llamamos Islam-, me limito a quedarme en mi casa (ampliamente entendida, claro). De todos modos, no puedo montar una iglesia en Arabia Saudita o en Pakistán para poner a parir el modo de vida infiel, porque, para empezar, me prohíben construir templo alguno de religión distinta a la musulmana; y como diga algo contra el Islam, se me acusa de blasfemo y me espera un patíbulo y una cuerda. Justo igual que aquí.

    ¿Terroristas igual que ellos? Igual sí, pero parece que alguna diferencia sí que hay…

  • Jordi  On 26/07/2011 at .

    Las revoluciones en Egipto, Libia, Yemen, Siria, etc. poco tienen que ver con el Islam sino con un deseo de los ciudadanos de estos países de vivir en una democracia real. ¿Hay alguna esperanza real para esta gente que no pase por no encasquetarse el turbante?

  • Carlos Zaragoza  On 26/07/2011 at .

    Vale, admito que no te guste el Islam. Ningún problema. Pero ¿te gusta la libertad? Pues la libertad de culto está en NUESTRA Constitución. Si no te gusta, intenta cambiarla. Pero en el uso de NUESTRA libertad, que tenemos obligación de defender, el Islam es una opción tan plausible y criticable (pero también defendible) como las demás.
    Y sobre categorización de los terrorismos, claro, por supuesto, nosotros somos terroristas CON ESTILO, con mejor marketing. Esa es la única diferencia.
    Comparto plenamente las críticas a Arabia Saudi o Pakistán. Pero compararles conmigo por lo único que tienen conmigo en común me parece poco plausible. Es como si critico a Camps y ataco a Joserra (o a la paella) por el hecho de ser valenciano. Son prejuicios, por muchos colores conque los pintes.
    Y yo tengo el culo pelao de tanto sufrirlos. Como musulman, como ciberactivista, como miembro de la AI, como defensor de causas perdidas, como miembro de No les votes y el 15M, etc… llámame iluso, pero no me pidas que calle ante la injusticia, ni que comulgue con ruedas de molino.

    Si lo triste es que estamos, en el fondo, de acuerdo. Pero a tí te guía la animadversión, y a mí el instinto y, si me lo permites y no te ofende, un poquito más de conocimiento justo en esta materia que es la religión y el Islam, que no la historia de las religiones ni la actualidad (pues de hecho, hay datos de los que das que no son totalmente ciertos). Ya sabes el principio matemático ese de que, a partir del absurdo, se puede demostrar cualquier cosa. Pues eso.

    Un abrazo

  • Ryouga  On 26/07/2011 at .

    Al islam le hace falta un renacimiento,sigue anclado en al edad media y es un acultura machista y xenofoba que no quiere abrirse y permitir otras formas de vivir que las que impone.

    Bastante nos costo salir de la inquisicion y el oscurantismo cristiano pero ya lso tenemos medio civilizados, medio porque no paran de tratar de imponer su moral al resto de la sociedad creyente o no, sus opiniones acerca del aborto , las celulas madre…desde Galileo hemos avanzado quitando poder a la religion y apartandola al entorno personal lo que nos permitio un avance tanto cientifico como en derechos y calidad de vida como nunca en la historia de la humanidad.Esto es lo que le hace falta al islam es una religion medieval tratando de imponer sus costumbres a una civilizacion laica y moderna.

    p.d.

    Sr. Cuchi prefiero considerar la base de nuestra sociedad
    Greco-Romana.Filosofia, ciencia, derecho y lenguas proviene de ahi la cultura judeo-cristiana nos llevo a siglos de retraso y oscuridad, quien sabe cauntos avances y beneficios para nuestra sociedad disfrutariamos hoy de nos ser por esos siglos de ignorancia y represion!

  • Carlos Zaragoza  On 28/07/2011 at .

    No puedo sino recomendaros estos dos artículos de muy diversa ideología. Sin embargo, con ambos estoy absolutamente de acuerdo. Bueno, con el segundo, sólo con el artículo. Los comentarios son, casi todos, islamófobos.

    El primero: “Utoya: destino de la islamofobia”
    http://www.webislam.com/?idt=20094

    El segundo:
    http://www.libertaddigital.com/mundo/noruega-prohibe-a-arabia-saudi-financiar-mezquitas-si-no-respeta-la-libertad-religiosa-1276405095/

    Un abrazo

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