En jaque

De la serie: Esto es lo que hay

Hacía unas cuantas semanas que no leía el artículo habitual de Pérez Reverte en «El Semanal», cosa de la que tampoco estoy muy pendiente porque así, el día que me acuerdo, pillo tres, cuatro o cinco artículos de golpe y disfruto como becerro en prado verde.

Uno de los de la tanda de julio habla de ajedrez y lo pone en relación con la escuela.

A mí siempre me ha gustado el ajedrez, pero siempre he sido un jugador bastante mediocre, me pierde la impaciencia y la precipitación y soy incapaz de verle la yugular a una torre sin entrarle a degüello sin más y, claro, ahí está un alfil taimado para darme en todo el frenillo merendándoseme a la dama. Por otra parte, soy incapaz de leer (de leer libros de ajedrez, quiero decir) y para ser un buen jugador de ajedrez -no un crack, solamente un buen jugador- hay que leer mucho. Yo, para ejercitar la reflexión, prefiero leer a Julio Verne con un atlas en la mano -Google Maps también sirve- e intentar enmendarle la plana al buen Paganel o al coronel Strogoff intentando hallar rutas alternativas y mejores que las descritas, o, siempre sobre un mapa, ver si se le hubieran podido parar los pies a aquel genial cafre de Patton en su fulgurante cruce de Francia vaciando un almacén detrás de otro… hasta que se alejó demasiado de ellos.

Pero, a pesar de todo, me gusta jugar al ajedrez. Como en el chiste de Eugenio, a mí me encanta jugar al ajedrez y perder, porque ganar debe ser ya la hostia. Me entusiasma que algo tan sencillo -64 casillas, dos bandos con, respectivamente, dos piezas de cada uno de tres tipos, ocho piececitas de poco valor… inicial, más las dos piezas regias, nunca mejor dicho- sea capaz de producir tal cantidad de pensamiento, de reflexión, si puede hablarse de ello en términos cuantitativos. Las reglas son puro ingenio, aunque, contra lo que solemos creer, no responden a un estampido de genialidad originaria, sino que son producto de una evolución: el ajedrez no nació tal como lo conocemos hoy; y los desarrollos del juego, sus posibilidades, sus humanamente infinitas variables, son asombrosos y apasionantes.

Me hace gracia la alusión de don Arturo al tema del colegio, porque yo lo he experimentado en propia carne. En el cole de mis hijas -bueno, ahora ya de una sola, la mayor está en la universidad- intenté integrarme, cuando éramos familia recién llegada, en las tareas de la APA, asistiendo, para empezar, a la primera asamblea anual que se convocó, de la que salí absolutamente decepcionado. No porque a esa asamblea asistieran, sin contar a la propia directiva de la APA, apenas veinte personas (en un colegio de, me parece que somos, cuatrocientas familias), porque ese es el pan de cada día en el asociacionismo español y, en las APAs, aún más; mi decepción vino de que esa APA parece no tener más ocupación que la de regular el tema de las actividades extraescolares, mayoritariamente -hasta lo abrumador- de carácter deportivo. Con el calzoncillo hemos topado. Tomé simbólica venganza fiera proclamando en voz alta y clara mis severísimas dudas sobre los presuntos y nada claros valores educativos del deporte competitivo (otra cosa son los de superación individual, como el montañismo), afirmación que fue -tras la sorpresa inicial ante tamaña osadía- objetada y protestada (que no refutada, por cierto); minutos después, dicho sea de paso, se comentaba que ante el comportamiento poco ético y, en algún caso, incluso canallesco, de algunos padres en el curso de las competiciones, quizá habría que crear una suerte de comité de disciplina deportiva. Toma valores educativos.

A lo que iba: intenté que se creara -ya que no existía- un equipo de ajedrez. Me respondieron que eso ya se había intentado en otros tiempos pero que no había dado resultado. Insistí, diciendo que en una época en la que es tanta moda la cosa esa de la inteligencia emocional, no sería mala idea intentar que hubiera -porque de eso sí que andamos socialmente muy escasos- inteligencia racional, para la cual el ajedrez es la más excelente gimnasia. Bueno, pues hay que decir en honor de aquella APA (hoy hay otro equipo dirigiéndola, aunque los parámetros de actividad son básicamente los mismos) que, finalmente, se acordó que para aquel curso el pescado ya estaba todo vendido, pero que para el siguiente se pondría en marcha una actividad ajedrecística. Y nada. Hubo la voluntad y hubo el intento, pero fracasó de buenas a primeras por falta de interés de los alumnos (y/o de los padres).

También es verdad lo que dice Pérez Reverte, que estas cosas tampoco se levantan por arte de birlibirloque, ea, vamos a crear un equipo de ajedrez y preparando el autocar para llevar a nuestros chavales a la final del campeonato mundial. No. Una cosa como el ajedrez, que, así de sopetón y sin anestesia, les entra mal a los chavales, necesita de una preparación ambiental, de un clima. Algo que sólo saben hacer bien los ajedrecistas que están en la pomada pero, ya dice el propio don Arturo, esos pasan del mambo. También eso es algo hispánicamente frecuente: todo el mundo se queja de lo mal que está la respectiva fiesta, de que no vienen jóvenes, de que cada vez somos menos y más viejos, de que nadie nos hace caso, pero nadie se preocupa de la tarea -no siempre tan ingrata como a primera vista parece- de divulgación, de captación, de proselitismo.

Como se suele decir, Dios da pan al que no tiene hambre. Hay áreas de actividad cuyos miembros andan locos por trabajar en su divulgación; pienso, por ejemplo, en la simulación de vuelo. Si un colegio se dirigiera a -pongo por caso- la Federació Aèria Catalana, que tiene una sección de simulación, habría tiros, bombas y puñaladas entre los miembros de la sección por ir al colegio a ofrecer charlas y demostraciones divulgativas; intentas lo mismo con la Federació Catalana d’Escacs y me huelo que los bueno-sí-pero serían la canción del verano. A ninguna APA se le ocurre lo del vuelo virtual; claro que tampoco lo del ajedrez pero, como en el caso del colegio de mi hija, por aburrimiento, después de haberlo intentado un determinado número de veces.

Es triste y es dramático. Estamos en un país en que las matemáticas constituyen el primer factor de fracaso escolar y uno de los déficits que causan el fracaso en esa materia es el de la capacidad de reflexión. El ajedrez podría jugar un papel muy importante para que este problema se superara en menos de una década. Tanto es así, que yo creo que su promoción no debería estar en manos de las APAs sino de los propios claustros escolares e incluso de la autoridad educativa, aunque de ésta no cabe esperar mucho, la verdad… El fracaso en las matemáticas cierra las puertas de acceso a las especialidades técnicas y científicas, otro importante déficit español que es el lodo que trae el polvo matemático.

Mientras tanto, nuestros imberbes, atontados por la playesteichon o ensordecidos por los auriculares conectados al MP4 o al móvil, son incapces de caer en la simple cuenta de algo tan sencillo, por ejemplo, como que, en un autobús o un vagón de metro abarrotados, el lugar de la voluminosa mochila escolar es el santo suelo sujeta entre las piernas, en vez de llevarla a la espalda golpeando con ella al vecino a cada movimiento y atorrando, en general, al personal.

Por eso es mejor que nada de ajedrez. Que si el personal se pone a reflexionar es cuando se montan los 15-M, las acampadas, las resistencias a los desahucios y otras inconveniencias.

Los de arriba nos prefieren idiotas.

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Comentarios

  • alegret  On 26/07/2011 at .

    Su reflexión me parece acertada. pero siempre me acuerdo de Unamuno cuando decía que “el ajedrez procura una suerte de inteligencia que sólo sirve para jugar al ajedrez”

    Preferiría que los alumnos estudiaran latín, griego, y a mayores, oratoria y retórica.

    La estrategia del ajedrez no está al alcance de todos como la gimnasia o el dibujo.

    Un saludo.

    alegret

  • miguelc  On 26/07/2011 at .

    Me tocas la fibra sensible Javier.

    Como ya he comentado alguna vez soy profesor de FP, con alumnos de todas las edades.

    También me interesa todo lo que tiene que ver con ciencia y tecnología y, en la medida de mis posibilidades, intento mantenerme tan al día como puedo.

    Reconozco que soy un poco malo. Me aprovecho de que mis alumnos son una audiencia cautiva para darles, de vez en cuando y durante un ratito, la vara con algo de lo que voy leyendo, ya sea lo último sobre Marte, nanotecnología, etología y psicología comparadas, medicina, energías (verdes o no), etc.

    Esta misma mañana estuvimos comentando durante 10 minutos sobre avances en el control y tratamiento de la diabetes.

    A donde quiero ir a parar es a que percibo interés por parte de mis alumnos. No son pasivos. Aportan, especulan, opinan. En otras palabras, no lo rechazan, todo lo contrario.

    Pero pasa algo muy curioso. Fuera del aula, y no siendo yo quien abre el fuego, PRÁCTICAMENTE NUNCA sale de ellos sacar uno de estos temas en la conversación (informática aparte, que es el objeto principal de mis clases).

    ¿Por qué?

    Sólo se me ocurre una explicación: La psicología social humana. Tendencia y presión.

    La tendencia dicta que: “Si otro no lo hace primero, no es que yo rechace el comportamiento, es que ni siquiera se me ocurre su posibilidad”.

    La presión se percibe como: “Ni de coña pienso hacer algo que podría llevar a que mis pares me tomen por raro”.

    Ojalá pudiéramos crear en nuestros centros de enseñanza clubs como lo que se ven en algunas películas americanas. De ajedrez, de matemáticas, de química, etc., pero me temo que en España hay una resistencia social evidente. A los alumnos ni siquiera se les pasa por la cabeza. En cuanto a profesores y padres existe una oposición, muchas veces activa, a la idea (por razones distintas pero que puede resumirse en pereza).

    Es un puñetero desperdicio de talento potencial.

    Cada día estoy más convencido de que el ser humano sólo es inteligente tomado de uno en uno. En grupos somos mucho, pero mucho más estúpidos. ¿Cómo demonios habremos conseguido llegar hasta aquí?

  • Ryouga  On 27/07/2011 at .

    A menudo pienso que en los centros educativos deberia existir una figura algo asi como un “divulgador” un profesional que se dedicara no a impartir temario y corregir respuestas sino a tratar de despertar el interes del alumnado por el arte o las ciencias.Hoy en dia gracias a internet han despertado en mi aficiones de lo mas diverso, desde la simulacion aerea pasando por la paleoantropologia, la informatica y la biologia hasta una reciente y sorprendente admiracion por las obras de Shakespeare.

    Creo que estamos olvidando algo fundamental y es que sino despertamos el interes de los alumnos es muy dificil que se esfuercen por aprender o vayan mas alla de memorizar datos.

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