Anatomía del 15-M

De la serie: Esto es lo que hay

Me interesa mucho el movimiento 15-M, más allá de mi participación entusiasta en él y de mi adhesión a sus fines o, más bien, a aquella parte de sus fines a las que respondemos los ciudadanos en gran mayoría o con cierta unanimidad. Me interesa por su naturaleza, me interesa su evolución, me interesa intentar prever a dónde puede ir a parar, en qué puede acabar, como siempre que adquiero la clara conciencia de que estoy ante un hecho o un fenómeno que va a ser histórico (aunque aún por determinar si va a hacer Historia con mayúsculas o irá a parar a la pequeña historia de los anecdotarios del siglo XXI o quizá ni eso, a los resúmenes del año 2011 y para de contar).

En consecuencia, me interesan también las opiniones independientes. Favorables o contrarias, pero independientes. Y solventes: no esoy pensando para nada en gilipollas a sueldo mediático, en botarates de partidos, o en advenedizos y tuercebotas que llevan ya tres meses masturbándose las meninges barruntando cómo pueden mojar pan en el invento.

Hoy he pillado una de las interesantes en La pastilla roja de Sergio Montoro, en la que, como es de ver (porque recomiendo su lectura muy calurosamente), se formula algunas preguntas en torno al pensamiento individual proyectado sobre el comportamiento colectivo. Entre otras cosas. No es ninguna idea nueva el que el comportamiento de las personas cambia en función del entorno en que se mueve. Los que hemos trabajado en el mundo infantil y juvenil, sabemos perfectamente que un niño no es uno sino tres: el de casa, el del cole y el del campamento de verano. Tantas veces habré oído a unos padres responder a mis comentarios sobre su hijo: «Oye, pero… ¿No te equivocas de niño? ¿Estamos hablando de mi hijo? ¿De Juanito?». Y el mundo adulto también parece funcionar en esa especie de compartimentos estancos.

Es una observación interesante, la de Sergio. Atención a este párrafo:

«No quiero, sin embargo, detenerme mucho en abordar la gobernanza de los movimientos populares, porque lo que me interesa aquí es el proceso colectivo de generación de ideas. Particularmente en si la suma de los errores individuales de la gente tenderá a cancelarse en promedio o si por el contrario el efecto masa hará como amplificador de ideas erróneas por aquel fenómeno de sugestión hipnótica que describía Freud en su Psicología de las masas según la cual el individuo sufre una disminución de la actividad intelectual por el hecho de su disolución en la masa hasta un punto en el que pierde el sentido crítico y lo inverosímil no existe para el.»

A partir de ahí, enumera los posibles vicios del pensamiento generado desde (no por) la multitud, para llegar a una interesante conclusión con la que coincido plenamente:

«Mi conclusión es que que el crowdsourcing funcionará, y muy bien, sólo si se fomenta en la máxima medida posible el que cada persona realice sus aportes individuales de forma independiente sin estar influenciada por otros individuos

Esto, en román paladino, quiere decir que mucho ojito con las asambleas y que las redes sociales, como forma de aportación colectiva manteniendo la individualidad de cada cual, son el instrumento óptimo -al menos, al presente- para gestionar el 15-M y para decidir su rumbo. Y es que no hay que inventar la sopa de ajo: el 15-M nació y se expandió en Twitter (bueno, hay una historia precursiva con #nolesvotes, con #democraciarealya y tal, pero podemos darle, no obstante, una biografía autónoma al 15-M) y, atendiendo a los razonamientos de Montoro -con los que, repito, comulgo plenamente-, en Twitter debe seguir.

El artículo de Sergio y -y sus excelentes referencias documentales- son la mejor sistematización de las razones por las que a mí me dan tanto miedo las asambleas y de por qué en alguna ocasión he tenido que prevenir sobre ellas en términos bastante secos, por no decir duros. Porque en las asambleas se produce toda esa fenomenología descrita pero es que, además, son más fácilmente manipulables. Yo, para estas cosas, tengo una novela de cabecera, Un enemigo del pueblo, de Ibsen, que describe milimétricamente cómo puede manipularse el pensamiento general manipulando el comportamiento colectivo, los esquemas gregarios, es decir, cómo se fabrica el pensamiento políticamente correcto. Porque, además, lo políticamente correcto no es una constante sino, al contrario, una variable, distinta en cada ambiente. No es lo mismo lo políticamente correcto en el tinglado del sistema que lo políticamente correcto en el esquema asambleario de los mediáticamente llamados indignados. Porque, ojo, que en las asambleas del 15-M lo políticamente correcto existe y está ahí, que nadie vaya a ser tan panoli como para pensar otra cosa.

¿Puede decirse lo mismo en un entorno Twitter? Pues yo creo que no. Para empezar, en Twitter no existe lo que podríamos llamar un juicio colectivo y, si existiera, no llegaría a ser público, nadie puede ser -más allá de una muy pequeña medida- ensalzado o abochornado (salvo que merezca un hashtag que, encima, llegue a trending topic, como les ha sucedido a Bisbal y a Sanz, pero son dos casos muy concretos y muy excepcionales) y, por lo tanto, a priori todo el mundo puede desplegar con más libertad su propio pensamiento individual. Compárese con otra plataforma de opinión distribuida, como podría ser Menéame, donde la mecánica del karma sí que facilita linchamientos y abochornamientos -o adhesiones no pocas veces exageradísimas- pero, en todo caso, comportamientos típicamente gregarios.

La gobernanza del 15-M -que es la materia en la que no quiere entrar, aunque lo hace de pasada, Sergio- es otro problema. El instinto -el institnto tradicional y no me importa reconocer que analógico– me hace esperar estructuras jerárquicas, organización y proyección política regular, esto es, un partido. Sería decepcionante, la verdad, pero parecería que es el único camino operativo. ¿O… no?

La verdad es que también en este tema me queda la esperanza de que el 15-M alumbre otras posibilidades. Veamos: hasta hoy, y en la parte en que podríamos decir que la ciudadanía se adhiere sin reservas (es decir, dejando aparte inventos nacidos al calor, a veces tórrido, de las asambleas), el 15-M no es un movimiento antisistema. Pretende cambiar una serie de cosas y de comportamientos, para las cuales habría que realizar modificaciones, acaso profundas, de enjundia, en la legislación; alguna de esas modificaciones podría afectar a leyes orgánicas o, incluso, a algún aspecto constitucional. Pero lo que se espera desde el 15-M es que esa reconducción, esas modificaciones, esa reestructura de la política española, la protagonicen y la impulsen los propios políticos. Será ilusorio o no, pero no es inviable: forzarlos a que ellos mismos modifiquen partes importantes de la estructura política actual. Y quizá no sea tan ilusorio: aunque el proceso no tuvo absolutamente nada que ver, ni en la forma ni en el fondo, con lo de ahora, recordemos que el régimen franquista, con la aprobación por parte del Consejo Nacional del Movimiento de la Ley de Reforma Política (que implicó su obvio suicidio institucional), se auto-reformó (teóricamente) hasta el punto constitucional más profundo: de ahí acabó naciendo la actual achacosa de 1978. Lo que hoy se está pidiendo desde el 15-M no es tanto, ni mucho menos y, por tanto, yo no sé si será imposible o será improbable, viable o inviable, pero antecedentes, haylos.

Entramos ahora, de lleno, en el período vacacional por excelencia (en declive, como tal excelencia, pero que aún puede considerarse así). Desde luego, lo es en el mundo político. No sé qué hará el 15-M en este mes de agosto. Supongo que, salvo esa marcha a Bruselas, no habrá mucho movimiento; en un mes en el que los jueces, previsiblemente, no emitirán órdenes de lanzamiento -vulgo, desahucios– es improbable que se produzca un exceso policial, única causa que se me ocurre para encrespar los ánimos en agosto.

Cabe esperar a la rentrée de septiembre, en la que la política va a venir caliente. Parece cantado un adelanto electoral y es incluso probable que ese adelanto sea extremo, convocándose para octubre. De un modo u otro, el clima político será intenso. Habrá que arrancar de nuevo, imagino, el movimiento #nolesvotes, ahora integrado en y cabe esperar que motorizado por el 15-M, y que habrá de contar -ya hablaré extensamente de ello- con que se trata de la última oportunidad electoral; después, habrá cuatro años prácticamente sin urnas -las europeas, a lo sumo, que nadie valora- y que lo que no se consiga en las próximas generales sólo podrá arreglarse, durante los próximos cuatro años, en la calle. Pero se necesita muchísima calle -realmente muchísima- para romperles a estos políticos el inmenso morro que tienen, así que con #nolesvotes habrá que emplearse a fondo, porque estamos ante un auténtico Armagedón político..

A ver qué somos capaces de hacer, todos a una.

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.
A %d blogueros les gusta esto: