Ellos y sus armas

De la serie: Correo ordinario

Mañana iremos a Zaragoza a recoger a mi hija menor que regresará de un campamento juvenil llevado a cabo en el término de Mosqueruela, en el Maestrazgo turolense, en una zona limítrofe a la provincia de Castellón. Hoy, por tanto, es el último día de campamento y de esos últimos días de campamento guardo, de mis propios años, un recuerdo melancólico. Lo que hace quince días fueron saludos y abrazos al amigo que no se veía desde hace un año -o más, incluso, en algún caso- se trocan hoy despedidas, nudos en la garganta, promesas de escribirnos… el see you de falso consuelo, volveremos a vernos el año que viene, pero el año que viene siempre acababa faltando uno u otro y, a veces, ya para siempre. No, no por nada luctuoso, sino porque la vida da estas vueltas y una amistad de años compartiendo vida bajo la lona quince días cada verano, de pronto se termina… y ya está. ¿Y Fulano? Pues este año se ve que no ha venido. Y como el finado Fernández.

Bueno, esto era antes. Para mi hija no es hoy, seguramente, un día alegre: el campamento se acaba, se acabaron aquellos días duros pero inmensamente felices, la vida dura pero vista como el yunque y el martillo que forjan una personalidad, la estrecha camaradería, las risas, las canciones, los juegos… Pero tampoco es un día tan melancólico, tan triste como lo ha sido para tantas generaciones antes que la suya. Hoy no hay promesas de correo… «oye, que me escribas ¿eh?». No: hoy hay intercambio de usuarios de Facebook, de Twitter, de Tuenti… No habrán de esperar hasta octubre -por lo menos- en que el amigo del alma habrá terminado su período vacacional con sus padres y habrá afrontado la vuelta al cole y, ya en plena rutina, recuerde tomar un papel y un boli y escribir unas líneas. No: mañana por la noche ya se estarán explicando unos a otros las incidencias del viaje a su respectivos pueblos ciudades, a sus casas, después de la dislocación de la actividad en la capital aragonesa. Se harán amigos unos de otros -si no lo eran ya antes- y su contacto va a seguir siendo, prácticamente, diario. Y si lo que se han intercambiado, por ejemplo, son usuarios de Skype o de Gmail (entre muchas otras posibilidades), podrán sostener verdaderas videoconferencias, verse y hablarse en tiempo real.

Internet, señores. Como he dicho tantas veces, la Red no es un medio de comunicación sino un modo de relación. Y eso es algo que les cuesta muchísimo asumir a muchos padres y aún incluso a algunos docentes.

«Este niño se pasa una cantidad de horas en el ordenador que no puede ser», es una queja recurrente de muchos padres, de muchísimos, no hablo de excepciones. Ni de minorías. Hay como una especie de superstición con la Red y de ella deriva una obsesión de los padres por limitar el número de horas de los chicos frente al ordenador. Ojalá esta misma preocupación se diera con las horas de televisión (que no, no se da). Todo son terrores ante Internet, gracias a los retrasados mentales y analfabetos tecnológicos que inundan las redacciones de prensa, radio y televisión, hablando un día sí y al siguiente también de los peligros de Internet, pero no tratando nunca de sus ventajas y beneficios. Y no hablan tampoco de los peligros de la televisión, muchísimo más reales y evidentes, un medio que entre belenes esteban, seriales sudamericanos, norias e intereconomías pueden convertir en subnormal, en cuestión de horas, al astrofísico más pintado. Y no digamos nada del fútbol.

Pocos -muy pocos- de estos padres llegan a tener el raciocinio suficiente como para establecer que el chico no está un montón de horas frente al ordenador sino llevando a cabo una rica vida de relación social y que la situación no pide, en realidad, mayor control que precisamente ese: que lleven una vida de relación social con gente de su edad y adecuada a su edad. Nada más. Cualquier otra prevención entra prácticamente en el reino de la superstición. Igual que las horas de estudio: nos cuesta mucho ver -a mí también- que los chicos de hoy son multitarea, que son capaces de realizar varios tipos distintos de actividad simultáneamente y de hacerlas todas bien. Yo, a veces, cometo el error de considerarme una excepción, que soy un cincuentón -ya más cerca de los sesenta que de los cincuenta- que se cree multitarea. Y no es verdad. Yo soy capaz de realizar simultáneamente varias tareas disntintas pero de naturaleza similar. Por ejemplo, puedo participar simultáneamente en tres o cuatro sesiones de chat, aunque sean de temas distintos. Pero no soy capaz de simultanear la redacción de un artículo, la participación en un chat y el visionado de una película (o ponle, para quien sea aficionado, un partido de fútbol). Ellos, nuestros chavales, los nativos digitales sí que pueden y, en realidad, lo hacen a todas horas.

Si el cambio de la máquina de escribir y la calculadora al PC ya supuso un incremento brutal de la productividad (que muchos empresarios, por cierto, no supieron ver, en su extrema cutrez -y que no pocos de ellos aún mantienen en su más pura esencia- hasta que hubo que decirles aquello de caga mierda por el culo), los jóvenes, aliados con la red, han llevado esa productividad al paroxismo. Y seguimos sin verlo y sin entenderlo.

Hace unas pocas semanas, hablando en una emisora de radio de la IPv6 y de su cantidad astronómica de combinaciones, uno de los participantes de la minitertulia se preguntaba, medio en coña medio en serio, que para qué queríamos tantas. Jugué al profeta explicándole la cantidad de cosas -incluso el frigorífico- que podríamos controlar a través de la red, sabiendo que, en este tipo de cosas, la más loca fantasía suele quedarse corta al lado de la realidad que acaba imponiéndose, y el tío aún me miró como si yo fuera una especie de Julio Verne medio loco.

La Red es todavía muy joven, prácticamente un bebé. Dentro de diez años veremos la Internet de hoy como una cosa incipiente, arcaica y limitada y nos preguntaremos cómo podíamos asombrarnos ante tan poca cosa. Por eso es importante combatir hoy con fuerza contra todas sus amenazas. El control de la Red está empezando a aparecer como un objetivo de primer orden para los poderes fácticos (no para los sucios mandriles de los partidos, que aún no se enteran de lo que es) y las amenazas empiezan a perfilarse claramente: ACTA, a nivel internacional, y leyes como HADOPI en Francia, o Sinde, en España, a nivel local.

Pero esta tecnología es mucho más disruptiva que ninguna otra en la historia. Todos estos chavales, todos estos nativos digitales, no van a permitir -no, al menos, fácilmente- que los coarten, que les recorten su modo de relación social por excelencia, que los capitidisminuyan, en nombre de ninguna propiedad intelectual sacrosanta. Y menos después de ver que sus derechos sacrosantos al trabajo, a la vivienda, al futuro, a la ilusión, les han sido hurtados y no los tendrán jamás… si ellos no los recuperan a viva fuerza.

Seamos conscientes de que esta tecnología, la digitalización, la red, va a ser su única arma, su única poibilidad de supervivencia, y no limitemos su acceso ni la adquisición de habilidades que van a necesitar para salir adelante en un medio que les va a ser muy hostil. Ya que nosotros, con nuestra estupidez, nuestra pereza y nuestro despreciable espíritu acomodaticio y gallináceo, hemos permitido que les robaran el futuro, no redoblemos nuestra imbecilidad negándoles el acceso a las armas que pueden permitirles recuperarlo.

Ya que no les hemos sido útiles, por lo menos no les estorbemos.

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Comentarios

  • JFA  On 29/07/2011 at .

    Michael Rothschild comparaba en ‘Bionomics’ el surgimiento de internet con las otras dos grandes revoluciones socio-económicas de la historia de la humanidad: la invención de la escritura y de la imprenta. Y no iba desencaminado el tío, no…

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