Cayó el primero

De la serie: Esto es lo que hay

Desde hace más de veinte años, estoy bastante vinculado a Moià, una población catalana de la comarca del Bages, capital de la comarca natural (y posiblemente oficial en una futura re-territorialización de Catalunya) del Moianès, que quedaria a caballo entre las actuales comarcas del Bages, Osona y Vallès Occidental. Allí, la familia de mi mujer tiene una vivienda en la que pasan mis suegros algunos tramos del verano y en el que nosotros hemos pasado también algunas pequeñas temporadas, tipo fines de semana o alguna que otra semana de las vacaciones veraniegas.

Moià es una población que me encanta y que no me importaría en absoluto que fuera el lugar que acogiera mi jubilación (en su caso, que cada vez está más por ver). Situada a 700 metros de altura sobre el nivel del mar, en la Catalunya central (en el corazón mismo de la Catalunya antigua), tiene un clima razonable en verano y bastante fresquito en invierno y sus 5.700 habitantes de derecho pueden llegar incluso a triplicarse -típicamente en el mes de julio- merced a una colonia turística de tipo residencial; ésta, precisamente por estas características (sedentaria, familiar, apegada al lugar), se adapta bien a las esencias del pueblo sin haberlo llegado a revolucionar más de lo inevitable y tolerable. Claro que eso habría que preguntárselo a los vecinos de Moià, pero realmente me da esa impresión. Por lo demás, esta pequeña gran población tiene una vida cultural inaudita (más de un centenar de entidades culturales propiamente dichas, cívicas, sociales, deportivas, etc.) en relación a su volumen de población y la cantidad de asociaciones e instituciones proyectadas en diversos temas (excursionismo, espeleología, música, literatura, arte, historia, etc.) en tanto por mil habitantes debe ser, probablemente, de las más altas de Catalunya y quizá incluso de España; ni siquiera la aportación -seguramente importante- de su colonia veraneante, tanto en medios como en participación personal, desmerecen este hecho. Hecho que, además, ha sido así prácticamente desde siempre; desde luego, por muchísimo antes de poner yo pie en Moià por primera vez.

Pues bien: Moià asume hoy el triste título de ser la primera población catalana -y no sé si española- en declararse en quiebra técnica. El otro día hablaba yo de Sitges, que por ahí le anda, y mira por dónde tenía al enfermo más grave prácticamente en casa.

No sorprende, ojo. Moià tuvo el mismo alcalde, Josep Montràs, durante más de un cuarto de siglo (28 años o poquísimo menos). Todavía no diré de qué partido era. Baste ver que eso es una barbaridad, que es absolutamente imprescindible limitar los mandatos políticos -en todas las administraciones- porque esas permanencias inacabables sólo traen estos males. Dicho esto, ahora ya puedo especificar que era de CiU. Además, se veía venir: desde hace tiempo, algunos años, quien quiso saberlo, sabía que los números del Ayuntamiento eran de verdadero pánico, con déficits presupuestarios y aumento del volumen de la deuda bestiales.

La gestión de Montràs fue pasando poco a poco de la ambición a la megalomanía y, de una cosa a otra, llegó la burbuja del ladrillo y se rompió la olla. Hoy, Moià, 5.700 habitantes, repito, tiene una deuda de 25,5 millones de euros, con déficits presupuestarios que saltaron de un 2% en 2005 a un 27% en 2006 (casi 14 veces más de un año para otro), a un 19% en 2007, a un 22% en 2008 y a un 9% en 2009, gracias a que se aumentó el IBI una auténtica barbaridad (se paga en Moià bastante más que en la propia Barcelona). Precisamente ese aumento del IBI en 2009 provocó la bronca general y la rebelión popular como consecuencia de la cual Montràs decidiría jubilarse y no presentarse a las elecciones de 2011; después de todo -imagino que pensaría- ya había hecho carrera. Total, que del 2005 al 2010, la deuda de Moià se incrementó en un 430%, pasando de los 5,9 MEUR que se debían en 2005 (y que ya no eran moco de pavo, ojo, sobre todo porque 1,5 era déficit de caja, siendo el resto de deuda a largo plazo) a los 25,5 actuales mencionados.

Lo dicho en el párrafo anterior: demasiados años en el poder generan napoleoncillos en cualquier nivel, pero en los niveles grandes la cosa está [relativamente] más profesionalizada y más controlada. El achuntamén de Barcelona se tiró treinta años de socialistas y, bueno, en el contexto general de la situación, no parece [a día de hoy] que haya habido catástrofe financiera específica (incluso se diría que al contrario, que, dentro de lo que cabe y dentro de la que está cayendo, la economía municipal barcelonesa casi podría describirse como saneada y todo); y Jordi Pujol se tiró 28 años de gobierno y tresporcientos, pero lo que ha esquilmado las arcas de la Generalitat han sido siete años de tripartit (y ahora, échales un galgo). Pero en los pequeños e incluso medianos municipios, los napoleoncillos -que abundan más que las setas venenosas- son lo más corrosivo que puede concebirse para el dinero público: sobre su ignorancia y su inmensa cutrez, esa dichosa y mil veces maldita autonomía municipal que no permite poner coto a sus desmanes. Hasta que hay que llamar a los bomberos, claro, y entonces todo son ays y uys.

Pero no solamente eso: además, está la habitual cochambre de los partidos poniendo sus pringosas manos en todo el asunto: durante a anterior legislatura, ERC pidió llevar a la Sindicatura de Comptes el asunto de Moià, junto con el de otra población de mano socialista. El mejunje estuvo claro: uno por ti, otro por mí, PSC y CiU bloquearon ambas investigaciones. Ahora ha intervenido el Tribunal de Cuantas y probablemente lo haga también la fiscalía, pero el mal, que ya estaba hecho, ha empeorado notoriamente.

Llama la atención -y esto es gravísimo- que Montràs no sólo permaneció 28 años en el poder en legislaturas, en general, bastante cómodas, sino que, además, obtuviera en 2007, últimas elecciones a las que se presentó, la mayoría absoluta. Esto da una idea de la irresponsabilidad con que la gente emite su voto únicamente en función de simpatías o antipatías que, además, no vienen dadas por razones objetivas. Es lo mismo que pasa en la Comunidad Valenciana: con el mejunje que hay allí, en teoría el PP no debiera rascar poder hasta el tercer milenio y, sin embargo, ahí tienes al mismísimo Camps, imputado hasta las cejas, echándole un morro que intrínsecamente indigna (¿cómo es posible aguantar que te tomen materialmente por tonto?) y obteniendo mayoría absoluta. Pues sí: en la mentalidad de muchos españoles, es mejor votar a un corrupto flagrante que a ese otro tío antipático que siempre lo encuentra todo mal. Así funcionamos y así nos luce el pelo. Desde luego, nada nos sucede por casualidad; tampoco en Moià.

Obviamente, las cosas empeorarán. Moià ha sido el pistoletazo de salida: hay muchísimos otros municipios -en Catalunya y en el resto de España- puestos en fila esperando turno para apuntarse al rescate. Y si de aquí a noviembre, aunque inevitablemente surgirán algunos, la cosa aún será moderada, espera a que pasen las elecciones para que se ponga de total manifiesto la catástrofe municipal que vive este país, que todos sabemos y conocemos pero que hacemos ver que no. El año 2012 va a ser durísimo (si no se le pone remedio por donde verdaderamente lo hay) y no va a ser un factor pequeño el hundimiento de las finanzas municipales españolas.

Un motivo más para este cambio constitucional que, además de imprescindible, es ya urgente. La Constitución de 1978 está absolutamente putrefacta y es incapaz de todo punto de regular la vida política, económica y social de los españoles y hace falta una nueva. Pero lógicamente: nueva. Hay que dar la vuelta al forro de prácticamente toda la política, la economía y la territorialización que se ha hecho hasta ahora y ahí es de temer que una nueva Constitución, en vez de solucionar estos problemas, los agravará aún más, dado su procedimiento de promulgación: es evidente que los mismos no van a hacer cosas distintas, a menos que éstas perpetúen o incrementen el actual estado de cosas.

Hay que radicalizar el 15-M o vamos todos al vertedero.

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Comentarios

  • Jordi  On 01/08/2011 at .

    Moià tiene una escuela y una casa de colonias de los Escolapios. Disfruté un par o tres de veces de Moià cuando era un zagalín y estudiaba bajo la batuta de Sant Josep de Calassanç. También guardo mis simpatías a este pueblo.

    No sólo de obras faraónicas viven los caciques locales. Leía anteayer que el Ayuntamiento tiene un centenar de trabajadores. Es evidente que no llegan a los extremos de nuestros amigos de las Españas, pero para un pueblo de menos de seis mil habitantes tamaña plantilla suena a risa. Decía el actual alcalde que era imprescindible la creación de un Consell Comarcal del Moianès (nueve o diez pueblos) para unificar gastos y servicios. Me parecería estupendo, siempre y cuando se supriman previamente los ayuntamientos (ojo al dato, que Granera, uno de los pueblos integrantes del Moianès, tiene una cincuentena de habitantes).

    Con criterios de racionalidad, se tendrían que suprimir gran parte de los ayuntamientos, aparte de todas las diputaciones provinciales. La concatenación de niveles administrativos en España es hilarante.

  • Xavier Ciscar  On 01/08/2011 at .

    A ti te toca de cerca Moià, y a mí me toca de cerca la Comunidad Valenciana. La primera pregunta que se me viene a la cabeza tras leer tu texto es: ¿cómo se va a obligar al tal Josep Montràs a asumir las responsabilidades de su gestión?. No, Cuchí, no lances tus carcajadas todavía, que tengo una segunda pregunta: ¿quién o quienes son los responsables de vigilar las cuentas municipales en este país?, o caso de no existir tal figura, ¿quiém o quienes son los responsables de que esa figura auditora no exista?. Porque por mí, podríamos destinar la misma celda a todos ellos, para “recortar gastos”, que tan de moda está últimamente salvo en lo que a visitas del Papa se refiere.

    No hay un solo culpable, y la responsabilidad comienza desde el mismo momento que una persona deposita su voto en una urna, o decide no hacerlo.

  • Javier Cuchí  On 01/08/2011 at .

    Esto que dices, Xavier, es, en primera instancia -no en última, pero sí en primera- la madre del cordero. La famosa «Educación para la ciudadanía» tendría que consistir en facilitar a los chavales hábitos de valoración objetiva a la hora de votar; no, por supuesto, de cara a que todos voten al mismo, sino de que, voten a quien voten, lo hagan por razones lógicas y estructuradas; las suyas, pero lógicas y estructuradas. Por se lado, tienes toda la razón: la responsabilidad empieza en la propia papeleta (o en su ausencia). Y por eso decía en el antepenúltimo párrafo: Desde luego, nada nos sucede por casualidad; tampoco en Moià.

  • Jordi  On 01/08/2011 at .

    En Catalunya, contamos con una intervención municipal, una Sindicatura de Comptes y, en última instancia, con un Tribunal de Cuentas. Seguro que estos funcionarios hacen bien su trabajo pero el problema es que el resultado de su trabajo va a parar sobre la mesa de un político. Lo primero que hizo la nueva alcaldesa de Santa Coloma de Gramenet al ocupar el cargo fue poner de patitas en la calle a la interventora que había destapado toda la mierda del caso Pretoria. Esta alcaldesa vuelve a ocupar el cargo desde Mayo, votada por amplia mayoría de los ciudadanos del municipio. Y así nos va.

  • asmpredator  On 04/08/2011 at .

    Parece que los ciudadanos no aprendemos nunca la lección y seguimos a pies juntillas el dicho de que el hombre es el único animal que tropieza dos (o mas veces) con la misma piedra, es una pena perder todo ese dinero y recursos de una manera tan estúpida dejando que quien lo hace mal siga haciéndolo mal con nuestro beneplácito.
    Algún dia nos despertaremos del sueño de los tontos en el que estamos metidos por esa maldita comodidad de cerrar los ojos para no ver que nos la meten cruzada.

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