Monthly Archives: septiembre 2011

A pagar por cojones

De la serie: Rugidos

El Canon es agua pasada, se paga y ya está, a quien no le guste que se aguante
(Teddy Bautista)

Me tiraría de los pelos por tantos años haciendo el canelo si no fuera porque:

a) Ya sabíamos que hacíamos el canelo, pero a la fuerza ahorcan
b) También nos olíamos algo parecido a lo que hay

Y mira si será gorda la que hay -eso también nos lo habíamos olido antes del 1 de julio y por eso lo denunciamos ya años atrás- que el juez ordena nuevamente no hacer ruido y decreta otra vez el secreto de sumario

Fidelidad a las redes

De la serie: Correo ordinario

Anteayer anuncié a mis amigos en Facebook (bueno, en realidad, muchos lo son, sí, o, cuando menos, amiguetes) que me largo de allí. Bueno, que me largo si el 30 de octubre Facebook no ha cambiado sus políticas y sus formas en materia de privacidad, pero como tengo claro que Zuckerberg no estará paralizado de terror ante mi ultimátum, igual me doy el bote antes o mucho antes. Ayer mismo ya me di de baja de todos los grupos, sólo me queda hacer lo propio con mis fotos y con los propios amigos y aire.

Era, de todos modos, algo fatal, aunque a plazo quizá más largo. La aparición de Google+ colmó todas mis necesidades en materia de redes sociales; no tengo ningún interés en tener presencia en un montón de ellas y, de hecho, hace unos días que Linkedin me viene bombardeando con gente -conocida y grata- que pretende que refrende su petición de amistad o como le llamen ahí a eso, cosa a la que me estoy negando, no por nada, sino porque no tengo tiempo, ni ganas, ni, como he dicho, necesidad, de estar en todas partes. Lo dicho pues: Google+ (complementado por Twitter al que, de todos modos, sólo accedo cuando hay movidas que me interesan o en las dos o tres ocasiones anuales en que tengo una o dos horas por delante sin otro quehacer que matar moscas con el rabo) es más que suficiente para mí.

Además, Google+ me gusta más, desde todos los puntos de vista. Me gusta su aspecto parco, que ahuyentará a los amigos del colorín, pero que a mí me va, como me va el de Gmail o el de Google Calendar precisamente por lo mismo. Y me gusta por el tipo, por el perfil de gente que usa habitualmente G+ de forma exclusiva o junto con otras redes sociales. Y me gusta -plenamente consciente, no obstante, de sus peligros- el universo Google la mayoría de cuyos recursos uso cotidianamente y, algunos de ellos, de forma intensiva.

Precisamente, una de las cosas que me está llamando la atención estos días es la reacción glorioso-despectiva que se está dando entre los usuarios -o entre muchos usuarios- de Google+ y que viene a ser aqui estamos los machotes [y machotas] de la pomada, los geeks de verdad, y que se quede Facebook con sus masas de canis, de chonis y de jessies y que les cante el Bisbal si quieren. Hombre, pues tampoco. En primer lugar, elevar a Google+ a los altares de lo tecnointelectualmente sublime es asaz imprudente: una simple moda, y en diez días tendríamos ahí a personal que vete tú a saber (lo mismo incluso el Consejo de Dirección de la $GAE, fíjate). Y, por otra parte, es verdad que en Facebook hay mucha chusma, pero tampoco cuesta tanto aislarse de ella: basta con no abrirle a saco la lista de amigos al primero que la pille. Mis 257 amigos (recuento de ayer por la tarde) son gente maja y presentable y aunque confío en que un número importante de ellos abrirá cuenta en Google+ (si no lo ha hecho ya), sé y asumo que habrá bajas, pérdidas, y me sabe realmente mal. Porque es cierto que con Facebook he recuperado contactos con personas que, de otro modo, no sé cómo hubiera hallado y Google+ aún no me ha dado ninguna alegría en este sentido: todo lo que hay en mis círculos o es gente procedente de Facebook o es gente nueva; pero de aquellos amigos o conocidos del año del petardo cuyo contacto le gustaría a uno recuperar, en Google+ nada de nada, las cosas como son. Quizá en el futuro Google+ sea más ventajoso que Facebook también en este aspecto; de hecho, confío en ello, pero, de momento, esto es lo que hay, las cosas como son.

Otras pérdidas que experimentaré serán mis hijas. La mayor está en Google+, pero no ejerce. A la pequeña la autoricé hace tres meses para que entrara en Facebook, cuando cumplió los catorce años. Tienen ahí su mundo, su gente, y no en Google+, con lo que nos perdemos de vista, y nos sabe mal a los tres. Ellas -será tontería, pero así son las cosas- se sentían protegidas si andaba yo por allí y yo -siempre con su consentimiento- iba marcando sus andanzas. Ahora irán solas (bueno, la pequeña será supervisada por la mayor), lo que las obligará (ejem, obligaré) a seguir mi personal ciclo de conferencias sobre lo que se puede y se debe hacer en Facebook y lo que no se puede y no se debe hacer en Facebook. Con instrucciones especiales para blindarse -en lo posible y hasta donde yo sepa llegar- de las artimañas del amigo Zuckerberg.

Me hace gracia también, en este orden de cosas de las redes sociales, la caída a plomo de Tuenti, justo cuando la acababa de comprar Telefoníca. Telefoníca parece compartir código genético con Micro$oft: las dos adolecen del mismo gafe en esto de meterse en Internet. Recordemos el tortazo que se pegó cuando compró el portal de éxito de entonces -era época de la moda de los portales-, Lycos, que le costó dos billones de pesetas (la fruslería de 12.000 millones de lo de ahora, y eso en dinero corriente; en valor constante sería muchísimo más porque eso pasó hacia el final de los 90, puede hacer trece o catorce años) y vendió casi materialmente por cuatro duros porque aquello fue cogerlo Telefoníca y hundirse como un barril de plomo en la fosa de las Marianas. Tuenti se había caracterizado como una red social especializada en el entorno adolescente, pero la invasión de Facebook por parte de los mayores de 14 años la dejó reducida a una red social más bien infantil, cosa que tiene poco futuro: los niños no son dueños de decisiones de consumo de mucho valor y, por tanto, aportan poco a quienes podrían invertir dinero en servicios publicitarios del portal social. Por qué los chicos listos de Telefoníca no cayeron en la cuenta de algo tan sencillo, es un misterio que sólo se explica por la vía del GM (es decir, el Gilipolla’s Management) abarrotado de cagarela de pichinglish y tecnicismo presuntuoso de Facultad de Empresariales de Guitarrita Alta, pero absolutamente incapaz de distanciarse un poco y mirar al mundo como las personas normales.

Lo cierto, en todo caso, es que Google+ ha dado un importante puntazo estos días al abrir su ingreso en él (hasta ahora se necesitaba invitación, que no era difícil de conseguir, pero había que conseguirla) y ha coincidido con una reacción muy airada de los usuarios de Facebook ante los últimos cambios, que afectan a la apariencia externa y a la privacidad del usuario. Negativamente, en términos absolutos, en el útlimo caso, y también negativamente, pero en términos mucho más subjetivos, en el primero. Los cambios en Facebook siempre han sido mal recibidos por sus usuarios y la verdad -en mi personalísima opinión- es que siempre han ido a peor, lo mismo que las condiciones de privacidad; pero también es cierto que, pasadas unas semanas de berrinche general, la gente se ha adaptado sin más y los abandonos han sido pocos. Esta vez parece que el berrinche ha sido mayor que en otras ocasiones y, como diría el Jesús Hermida de temporibus illis, «se dice…, se habla…, se comenta…» que el número de bajas podría ser en esta ocasión mucho más importante. Pero no hay constancia alguna de ello, de momento. Sí la hay de un tirón hacia arriba de Google+, pero eso no conlleva necesariamente un descenso parecido en Facebook.

Me imagino, pues, que con lo de irme de can Zuckerberg voy a ser una de las escasas excepciones, cosa que me importa tres pimientos choriceros y más en la Red. Hago lo que me da la gana, dentro de lo que me permita la tecnología y la Ley y los demás que hagan lo propio, cosa que será ante mi absoluta indiferencia como no sea para efectuar constataciones o valoraciones como las que han ocupado este post.

Y, por lo demás, está todavía por ver cuál es el futuro en lo que respecta a las redes sociales: si en la competencia feroz con el aislamiento inherente, o la interacción y los espacios comunes. La racionalidad abogaría por lo segundo, pero la racionalidad, en estos tiempos, es un mal farol al que agarrarse.

Habrá que estar, por tanto, a verlas venir.

El llanto de Boabdil

De la serie: Correo ordinario

Logré encontrar media hora para ver el vídeo de la charla de David Bravo en el III Foro Digital del Festival de Cine de San Sebastián, porque tenía curiosidad por ver el experimento de puenteo de la Ley Sinde que David propuso en pleno territorio apache. La cosa fue un tanto insulsa porque -que se aprecie en el vídeo- no hay reacción alguna en el público y sólo generó el cabreo del director del Festival, José Luis Rebordinos, aunque de esto sólo nos enteramos a toro pasado. Fue insulso -aunque útil e ilustrativo- el experimento, pero no la conferencia donde dijo cosas en absoluto inéditas -al menos en nuestros pagos- pero sobre las que conviene insistir de vez en cuando. Me tensó especialmente los tímpanos una afirmación que yo he hecho muchas veces -sin ser, por supuesto, el único- pero que siempre me da una cierta dentera hacer, que es el tema puramente fáctico, la rendición de los derechos económicos de autor a la realidad material insoslayable.

Porque queda muy duro decir algo así como, miren ustedes, pueden estar diez mil años discutiendo sobre si esto [las descargas] es moral o no es moral; el derecho, en puridad legal existe, puesto que está recogido en la Ley, pero es un derecho de ejercicio imposible. Esto es lo que dijo David y esto lo he dicho yo algunas veces en los medios, consciente de que, con ello, se queda mal. Queda uno como un frío y desalmado cínico. Sí, es verdad, tiene usted un derecho que sólo le sirve para metérselo por el culo. Queda feo. Como queda feo, pero no es menos real (no sólo en el mundo artístico, sino en todo el amplio espectro de la vida misma), decirle a alguien que sí, tiene usted todo el derecho a ganarse la vida… si puede. No nos rasguemos las vestiduras: basta tomar la Constitución y hojearla someramente para encontrarnos con una retahíla de derechos que todos tenemos pero que pille quien pueda y maricón el último y, si no, pensemos en el derecho al trabajo o a una vivienda digna. Sin ir más lejos.

Todo el mal, entendiendo como mal esto de un derecho que no se cumple, viene de la sacralización de lo que no es más que un método, de lo que es un modelo de negocio. Lo que sí digo a los artistas, sin cortarme un pelo, ahí sí, sin vergüenza y sin timidez que no tengo por qué tener es: ¿y a usted quién le ha vendido que la propiedad intelectual es una propiedad como cualquier otra? No lo es. Lo que se expresó inicialmente como una fictio iuris pasó a trocarse en un concepto material, lo que quiere decir en una falacia. No puede ser objeto de propiedad aquello que no es materialmente apropiable. Se ponga quien se ponga como se ponga. Y la prueba la tenemos aquí mismo en el fondo de la cuestión: nadie puede coger una idea (llámale novela, llámale canción, llámale película) metérsela en el bolsillo y excluir de ella a terceros. Podemos hacerlo con el piso, podemos hacerlo con un simple biolígrafo, pero no podemos hacerlo con una idea.

¡Oh, sí, hubo una época en que pareció que sí se podía! Al confundirse la idea con su contenedor material, pareció que sí, que la propiedad intelectual se materializaba, se equiparaba en todo a la propiedad común: si el piso o el bolígrafo lo tengo yo, no lo tienes tú; si el libro lo tengo yo, no lo tienes tú; si el disco lo tengo yo, no lo tienes tú; si yo tengo una localidad en el cine, puedo entrar yo, pero no tú (con esa misma localidad, se entiende). Pero llegó la digitalización, se cargó la necesidad de un soporte material y la idea volvió a refulgir como algo inmaterial e inapropiable. De pronto la idea pudo compartirse sin que, no habiendo previa posesión, pudiera producirse desposesión alguna. Y, claro, los autores (pero, sobre todo, los editores, los de la industria) se rebotaron.

Exigen, por lo demás, una protección a la que otros, con igual legitimidad (o sea, ninguna), no han accedido. ¿Quién ha indemnizado a los ya inexistentes fabricantes de máquinas de escribir por el derrumbamiento de su negocio debido a la extensión del uso del ordenador? ¿Acaso no tenían ellos derecho a su retribución? Todos vimos claro que no, porque ellos -con mucha más honradez intelectual que otros– habían basado su industria y su beneficio en unas máquinas, en unos medios materiales, no en el derecho a escribir a máquina. Si hubieran sido tan hábiles como para esto último, quizá ahora podrían estar viviendo tan ricamente, sin dar golpe y percibiendo un canon de los fabricantes de PC (o de todos los ciudadanos, por sospechosos de usar PC y, por tanto, de escribir a máquina).

Quieren vivir de su creación… Bueno, pero para ello ha de haber alguien que la compre. Es que no la compran porque la obtienen gratis. Pues está muy claro: dedícate a otra cosa (los fabricantes de máquinas de escribir lo han hecho, ahí tienes a Olivetti, sin ir más lejos). Cuando la gente quiera consumir creación y no la haya, será la propia gente la que ofrecerá modelos de negocio para que el autor pueda vivir de su creación. Lo que ocurre es que saben que nunca dejará de haber creación, saben que la creación es un modo de expresión y saben que siemrpe, siempre, habrá gente que esté disuesta (y gustosamente, además) a crear gratis. Y que no me vengan con la falacia de que la calidad sólo se obtiene con profesionalidad. Falso. Falso en la creación. Y también basta constatar la realidad: la cantidad de mierda que crean algunos profesionales y la muy alta calidad que crean algunos que lo hacen -nunca mejor dicho- por amor al arte. En la antesala de un programa en el que participamos en Barcelona Televisió, oí decir a Sisa, cuando se hablaba de creación bajo licencias libres, que ese mundillo del copyleft estaba lleno de mierda. Claro, será que el mundo del copyright no ha alumbrado nunca cosas como El Fary, Georgie Dann o Carlos Saura.

He dicho muchas veces en los medios -entre grandes protestas de los interesados- que las descargas han venido para quedarse, que siempre las habrá, que jamás las erradicarán y que sólo desaparecerán, en su día, sustituidas por otra tecnología más eficiente (y por tanto, más dañina aún para el negocio analógico), hoy aún ignota. Les he dicho en todas estas ocasiones, que su trabajo consiste en lograr -como es perfectamente posible lograr- que añadan a su creación propuestas de valor que hagan que la gente pague por ellas, que reduzcan las descargas a algo marginal que, sí, está ahí, pero que sólo usan algunos cutres. Todos -no me canso de insistir- pagamos por bienes que tenemos gratis o mucho más baratos: todos tenemos un grifo en casa y, sin embargo, todos (o casi todos) tenemos una botella de agua mineral en la nevera; mucha gente se gasta unas cuantas (a veces, muchísimas) decenas de miles de euros comprando automóviles que, legalmente, no van a poder circular a más de 120 Km/h y, sin embargo, ese mismo resultado puede obtenerse por nueve mil euros tranquilamente, sin más que ir al concesionario correspondiente. Todos, todos, todos, todos, pagamos cada día cantidades por cosas que en otros lugares o de otras maneras, pueden obtenerse por menos dinero o incluso gratis. ¿Somos tontos? No, simplemente pagamos por algo que lleva un valor adicional a aquello que obtenemos gratis o más barato: baja mineralización y nada de cloro, tracción 4×4, etc.

Lo que tienen que hacer los autores es masturbarse las meninges (desde luego, no voy a hacerlo yo por ellos) y encontrar ese valor añadido, asimilarlo a su producto y, hala, a ganarse la vida. Sin cánones, sin leyes Sinde y sin mandangas: de frente y por derecho.

Todo lo demás, es llorar la pérdida de Cuba y Filipinas.

El superagente 86

De la serie: Esto es lo que hay

Me parece tremendo lo que leo en este artículo de ABC. En la mayoría de foros y blogs que he visto comentarlo, se destacan los tejemanejes del tal Ramoncín con Neri, el principal imputado en la trama de la $GAE; y sí, es algo que tiene su importancia, aunque, en el fondo, nada nuevo: lo que no sabíamos, lo sospechábamos. Pero ha pasado desapercibido lo más importante, lo importantísimo. Ojo al dato, como decía el Butanito:

Premisa: el tal Ramoncín le dice a Neri que tiene un amiguete en el CNI que le ha avisado de que la $GAE está siendo investigada (siempre según ABC que, a su vez, se remite al sumario en cuestión)

A partir de ahí, rápidas conclusiones. Alternativamente:

1. O bien el tal Ramoncín se marca una fantasmada ante Neri, con objeto de vaya usted a saber y, una de dos, o le suena la flauta por casualidad o sí que sabe que la $GAE está siendo investigada, pero no por alguien del CNI sino por algún menor cuantía de alguna oficina administrativa, policial o judicial que ha podido acceder a la información y, para darle credibilidad a la misma, el tal Ramoncín se saca de la chistera al del CNI. Claro, no es lo mismo citar como fuente de una información a un agente judicial o a un cabo 1º de la Guardia Civil que a alguien del CNI (que vaya usted a saber, igual es la señora de los lavabos).

2. O bien el tal Ramoncín ni miente ni fantasmea y sí tiene un amiguete en el CNI que le pía cosas como la que acabamos de ver y que no es precisamente la señora de los lavabos.

Si es el primer caso, no pasa nada. Vamos, sí que pasa o sí que debería pasar, pero en este triste y cutre país las filtraciones judiciales o policiales son tan habituales que ya ni les hacemos caso por graves que sean (salvo que, como en el caso Faisán, tengan algúna implicación política de aprovechamiento partidista, que si no hay aprovechamiento partidista, tampoco hay atención sobre el asunto). Y, bueno, su señoría valorará la conducta del tal Ramoncín en lo que puede representar poner sobre aviso, a sabiendas, a un personaje investigado por la Justicia.

Pero si estamos en lo segundo, la cosa es gravísima.

En primer lugar, habría que averiguar quién es el amigo que tiene el tal Ramoncín en el CNI, para lo cual nada como preguntarle -judicialmente, por supuesto- al tal Ramoncín por la identidad del individuo en cuestión, apercibiéndole de todo lo que haya que aprecibirle si se niega a esa identificación. Y una vez identificado el individuo de marras, hacer caer sobre él todo el peso de la Ley y articular las correspondientes secuelas administrativas para la cadena de mando de la que él dependiera.

En segundo lugar, habría que preguntarse por qué alguien del CNI sabe que a la $GAE se la está investigando, por qué al CNI le interesa lo que pase con la $GAE y en relación a qué o a quién le interesa, porque aquí podría haber muy graves consecuencias políticas. ¿Los dimes y diretes de la $GAE están dentro de las competencias del CNI? ¿Quién, si tal fuera el caso, ha decidido que la $GAE es un asunto de interés para la seguridad del Estado? ¿Por cuenta y en interés de quién y de qué está la $GAE bajo la observación del CNI?

A mí me parece que si el tal Ramoncín no se ha marcado un farol y la información que da ABC responde exactamente a la realidad, estamos ante lo que debiera ser un gravísimo escándalo político y social. Aquí estaríamos ante un importante y muy serio organismo del Estado -no del Gobierno: del Estado-, vinculado nada menos que a la defensa nacional, pringado en un asunto que, se mire por donde se mire, no afecta a esa importante seguridad colectiva, y que podría estarse ante un supuesto de recogida y uso de información en beneficio de intereses partidistas o quizá incluso particulares. Desde luego, la filtración recaería en ese supuesto; habría que indagar de ahí para arriba.

El CNI es una institución que ha estado a menudo bajo sospecha, sobre todo cuando se denominaba CESID, algunos de cuyos miembros tuvieron intervenciones poco claras en algunos… episodios nacionales. Pero esto es algo que podría decirse -y, de hecho, se dice- de todos los servicios de inteligencia del mundo democrático; huelga comentario sobre los del otro mundo. La información es poder y la tentación de utilizarla y de utilizar sus fuentes de captación en beneficio propio (entendido lo de «propio» en el sentido partidista de la palabra) está ahí y sabemos que se cae en ella sitemáticamente. Y está por ver lo que no sabemos.

Pero la posibilidad de que el servicio de inteligencia estatal de un país como España pueda estar trabajando sobre los de la Zeja y en interés de no quiero pensar quién, es tan terrorífica que de lo dramático pasa a lo patético y de ahí a lo cómico, y la remisión a la TIA y a Mortadelo y Filemón llega a ser casi inevitable.

Aunque, en realidad, la cosa tenga muy poca gracia.

Aplastando al ciudadano

De la serie: Esto es lo que hay

Si no fuera porque en un país berroqueño y de olor a pies como este, la frase constituye una imprudencia, diría que lo que ocurrió esta semana en el consejo de administración de RTVE es la gota que colma el vaso. Pero ¡quiá! aquí el vaso es tan grande como las tragaderas del personal, o sea que más que vaso es un camión cisterna.

Porque, mira, que unos políticos -y más con la calaña de los actuales- intenten reactivar la censura previa, puede comprenderse en según qué claves, pero lo que pone los pelos de punta es lo indisimulado, el morro que le echan, el convencimiento de que la trapazada les saldrá gratis, el desprecio implícito hacia el ciudadano, el escupitajo a aquel a quien deberían servir. ¿Servir? Esa palabra les suena a camarero y ellos, por Dios, son gente de alcurnia y rancio abolengo, ¿cómo van a desempeñar una tarea servil?

Y, sin embargo, ellos son más serviles que el último limpiabotas. El limpiabotas, cuando menos, es honrado. Ellos se venden al mejor postor, y constatar quién es el postor la mayoría de las veces, les deja a ellos bien retratados. Chusma infecta y vil.

Que, oye, al final, censura nunca ha dejado de haberla, no seamos ingenuos. Y con estas palabras, repito casi textualmente las que un día le oí decir a Manuel Lara (padre) hace ya muchos años, bastantes antes de morir él. Decía que el que creyera que no había [hay] censura era [es] un perfecto pardillo; y algo sabría de eso precisamente él, el amo y señor del imperio Planeta. Por no extenderme con los ejemplos, simplemente haré referencia, como verbigracia, a la biografía del vigente monarca. A la biografía auténtica, la que va apareciendo como por fascículos de un tiempo a esta parte, no el tebeo de la campechanía con que han enredado a mucha gente desde 1969. Que ya ha llovido. Y de ahí, para abajo. O para arriba, como prefiráis.

Si queréis otro ejemplo menos… republicano… y más reciente, me basta con mencionar el tratamiento que dieron los medios a #nolesvotes, al 15M, a las acampadas, a las manifestaciones, sobre todo al principio, cuando tanto cada uno de los movimientos como el conjunto de los mismos era algo incipiente. O la intoxicación sobre Anonymous o incluso sobre el mismísimo Wikileaks. No seamos niños: en este país se amordaza a saco paco sin que desde el franquismo haya solución de continuidad en esta materia. Y se manipula, y se distorsiona, y se fabrican falsedades… ¡buf!

De hecho, una de las cosas que más locos les trae de Internet es que no dan con la manera de controlarla (a veces, hasta se les escapa la palabra y todo). ¿Y qué quiere decir «controlar» en el contexto de un medio de comunicación, en el ámbito de la libertad de expresión? Pues eso.

¿Puede caerse más bajo? Y ojo, que me estoy refiriendo a los que votaron a favor, a los que se abstuvieron, a los que se callaron y a sus respectivos partidos. A todos, en resumen.

Hace unos días, oí a Felipe González decir una cosa inteligente, lo cual no es tan frecuente, aunque la comparación con esa patulea de garrulos que sufrimos ahora lo eleva a los más insignes altares de la intelectualidad. Dijo que el PP, que Rajoy, no oculta su programa por miedo a perder votos sino que, en realidad, no tiene ni programa, ni ideas, ni nada. Sólo la idea fija de llegar como sea a La Moncloa y, una vez allí, Dios proveerá. Y me temo que es así, que tendremos una segunda versión (¿versión 2.0?) de ese desgraciado que ahora se larga -y ojalá desaparezca- que llegó a la Presidencia del Gobierno sin creérselo él mismo y sin saber qué cojones iba a hacer con ella. Y así nos ha acabado luciendo el pelo. Pues si no quisimos caldo, dos tazas. Y mi colega en la pilosidad facial (única cosa en la que coincidimos en materia de caras, entre otras muchísimas discrepancias) sí que se lo creerá, porque lleva ocho años, ocho, babeándolo, pero en lo demás va a ser en todo coincidente con el finado Rodríguez. Porque las fantasías eróticas que le da ahora por prometer a Rubalcaba, jurando por sus muertos que hará lo que no hizo en ocho años en el Gobierno, en un país que no fuera España serían de risa, de donde cabe esperar que no pille más cacho que, quizá, el de cascarle la mayoría absoluta al otro. Ahora que, en este país de ajo y cazalla, igual cuela, no te creas. Igual cuela la mayoría absoluta del PP como la victoria del PSOE. Ninguna de las dos cosas me extrañaría. No logro adivinar, sin embargo, cuál de las dos me jodería más.

Lo que ha ocurrido esta semana no es más que un signo, un signo no de lo que nos espera, sino de lo que hay, un signo de que los ciudadanos somos un perfecto cero a la izquierda en la política nacional que, de hecho, tampoco es ya política sino la ciega obediencia a los ukases que dictan corporaciones empresariales o colectivos de ellas, nacionales o multinacionales. Que el dinero constituye un poder fáctico es una realidad permanente a lo largo de la historia, pero nunca como ahora había desembarcado con tanta desfachatez en los mecanismos de poder civil.

Enrique Dans celebra en su columna de «Expansión» la rápida reconducción de la barbaridad gracias al maremoto montado en Twitter. Yo también lo celebro, pero no nos engañemos: la eficacia de la red social se ha visto multiplicada por el hecho de hallarnos en plena etapa preelectoral, que es un estupendo amplificador para estas cosas. Más dentro de seis o siete meses, las campañas en Twitter, por virulentas que sean, van a ser para los politicastros como quien oye llover. Y ojalá me equivoque, pero verás cómo no. El futuro que predice Dans es posible, pero no a corto ni a medio plazo. Y, nuevamente, ojalá me equivoque, pero verás cómo no.

¿Y el 15-M? ¿Qué ha pasado con el 15-M? Según todas las apariencias -quizá, y así lo espero, haya una realidad latente distinta bajo esas apariencias- ha perdido mucho gas. Quizá es porque la moral de los ciudadanos está por los suelos, quizá porque este septiembre se han alzado los señuelos favoritos de los políticos para torear a los atontados (la anticatalanidad fuera de Catalunya y el victimismo nacionalista dentro de ella), quizá porque la protesta general se ha dispersado en otras protestas más concretas contra recortes presupuestarios, quizá porque el 15-M ha decepcionado a muchos al ser capitalizado por movimientos antisistema que han arrimado vergonzosamente el ascua de la indignación ciudadana a su sardina asamblearia… No lo sé, pero el 15-M -repito, en apariencia- está de capa caída.

Nos esperan tiempos muy duros. Nos esperan grandes putadas. Gane quien gane el 20-N

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