El llanto de Boabdil

De la serie: Correo ordinario

Logré encontrar media hora para ver el vídeo de la charla de David Bravo en el III Foro Digital del Festival de Cine de San Sebastián, porque tenía curiosidad por ver el experimento de puenteo de la Ley Sinde que David propuso en pleno territorio apache. La cosa fue un tanto insulsa porque -que se aprecie en el vídeo- no hay reacción alguna en el público y sólo generó el cabreo del director del Festival, José Luis Rebordinos, aunque de esto sólo nos enteramos a toro pasado. Fue insulso -aunque útil e ilustrativo- el experimento, pero no la conferencia donde dijo cosas en absoluto inéditas -al menos en nuestros pagos- pero sobre las que conviene insistir de vez en cuando. Me tensó especialmente los tímpanos una afirmación que yo he hecho muchas veces -sin ser, por supuesto, el único- pero que siempre me da una cierta dentera hacer, que es el tema puramente fáctico, la rendición de los derechos económicos de autor a la realidad material insoslayable.

Porque queda muy duro decir algo así como, miren ustedes, pueden estar diez mil años discutiendo sobre si esto [las descargas] es moral o no es moral; el derecho, en puridad legal existe, puesto que está recogido en la Ley, pero es un derecho de ejercicio imposible. Esto es lo que dijo David y esto lo he dicho yo algunas veces en los medios, consciente de que, con ello, se queda mal. Queda uno como un frío y desalmado cínico. Sí, es verdad, tiene usted un derecho que sólo le sirve para metérselo por el culo. Queda feo. Como queda feo, pero no es menos real (no sólo en el mundo artístico, sino en todo el amplio espectro de la vida misma), decirle a alguien que sí, tiene usted todo el derecho a ganarse la vida… si puede. No nos rasguemos las vestiduras: basta tomar la Constitución y hojearla someramente para encontrarnos con una retahíla de derechos que todos tenemos pero que pille quien pueda y maricón el último y, si no, pensemos en el derecho al trabajo o a una vivienda digna. Sin ir más lejos.

Todo el mal, entendiendo como mal esto de un derecho que no se cumple, viene de la sacralización de lo que no es más que un método, de lo que es un modelo de negocio. Lo que sí digo a los artistas, sin cortarme un pelo, ahí sí, sin vergüenza y sin timidez que no tengo por qué tener es: ¿y a usted quién le ha vendido que la propiedad intelectual es una propiedad como cualquier otra? No lo es. Lo que se expresó inicialmente como una fictio iuris pasó a trocarse en un concepto material, lo que quiere decir en una falacia. No puede ser objeto de propiedad aquello que no es materialmente apropiable. Se ponga quien se ponga como se ponga. Y la prueba la tenemos aquí mismo en el fondo de la cuestión: nadie puede coger una idea (llámale novela, llámale canción, llámale película) metérsela en el bolsillo y excluir de ella a terceros. Podemos hacerlo con el piso, podemos hacerlo con un simple biolígrafo, pero no podemos hacerlo con una idea.

¡Oh, sí, hubo una época en que pareció que sí se podía! Al confundirse la idea con su contenedor material, pareció que sí, que la propiedad intelectual se materializaba, se equiparaba en todo a la propiedad común: si el piso o el bolígrafo lo tengo yo, no lo tienes tú; si el libro lo tengo yo, no lo tienes tú; si el disco lo tengo yo, no lo tienes tú; si yo tengo una localidad en el cine, puedo entrar yo, pero no tú (con esa misma localidad, se entiende). Pero llegó la digitalización, se cargó la necesidad de un soporte material y la idea volvió a refulgir como algo inmaterial e inapropiable. De pronto la idea pudo compartirse sin que, no habiendo previa posesión, pudiera producirse desposesión alguna. Y, claro, los autores (pero, sobre todo, los editores, los de la industria) se rebotaron.

Exigen, por lo demás, una protección a la que otros, con igual legitimidad (o sea, ninguna), no han accedido. ¿Quién ha indemnizado a los ya inexistentes fabricantes de máquinas de escribir por el derrumbamiento de su negocio debido a la extensión del uso del ordenador? ¿Acaso no tenían ellos derecho a su retribución? Todos vimos claro que no, porque ellos -con mucha más honradez intelectual que otros– habían basado su industria y su beneficio en unas máquinas, en unos medios materiales, no en el derecho a escribir a máquina. Si hubieran sido tan hábiles como para esto último, quizá ahora podrían estar viviendo tan ricamente, sin dar golpe y percibiendo un canon de los fabricantes de PC (o de todos los ciudadanos, por sospechosos de usar PC y, por tanto, de escribir a máquina).

Quieren vivir de su creación… Bueno, pero para ello ha de haber alguien que la compre. Es que no la compran porque la obtienen gratis. Pues está muy claro: dedícate a otra cosa (los fabricantes de máquinas de escribir lo han hecho, ahí tienes a Olivetti, sin ir más lejos). Cuando la gente quiera consumir creación y no la haya, será la propia gente la que ofrecerá modelos de negocio para que el autor pueda vivir de su creación. Lo que ocurre es que saben que nunca dejará de haber creación, saben que la creación es un modo de expresión y saben que siemrpe, siempre, habrá gente que esté disuesta (y gustosamente, además) a crear gratis. Y que no me vengan con la falacia de que la calidad sólo se obtiene con profesionalidad. Falso. Falso en la creación. Y también basta constatar la realidad: la cantidad de mierda que crean algunos profesionales y la muy alta calidad que crean algunos que lo hacen -nunca mejor dicho- por amor al arte. En la antesala de un programa en el que participamos en Barcelona Televisió, oí decir a Sisa, cuando se hablaba de creación bajo licencias libres, que ese mundillo del copyleft estaba lleno de mierda. Claro, será que el mundo del copyright no ha alumbrado nunca cosas como El Fary, Georgie Dann o Carlos Saura.

He dicho muchas veces en los medios -entre grandes protestas de los interesados- que las descargas han venido para quedarse, que siempre las habrá, que jamás las erradicarán y que sólo desaparecerán, en su día, sustituidas por otra tecnología más eficiente (y por tanto, más dañina aún para el negocio analógico), hoy aún ignota. Les he dicho en todas estas ocasiones, que su trabajo consiste en lograr -como es perfectamente posible lograr- que añadan a su creación propuestas de valor que hagan que la gente pague por ellas, que reduzcan las descargas a algo marginal que, sí, está ahí, pero que sólo usan algunos cutres. Todos -no me canso de insistir- pagamos por bienes que tenemos gratis o mucho más baratos: todos tenemos un grifo en casa y, sin embargo, todos (o casi todos) tenemos una botella de agua mineral en la nevera; mucha gente se gasta unas cuantas (a veces, muchísimas) decenas de miles de euros comprando automóviles que, legalmente, no van a poder circular a más de 120 Km/h y, sin embargo, ese mismo resultado puede obtenerse por nueve mil euros tranquilamente, sin más que ir al concesionario correspondiente. Todos, todos, todos, todos, pagamos cada día cantidades por cosas que en otros lugares o de otras maneras, pueden obtenerse por menos dinero o incluso gratis. ¿Somos tontos? No, simplemente pagamos por algo que lleva un valor adicional a aquello que obtenemos gratis o más barato: baja mineralización y nada de cloro, tracción 4×4, etc.

Lo que tienen que hacer los autores es masturbarse las meninges (desde luego, no voy a hacerlo yo por ellos) y encontrar ese valor añadido, asimilarlo a su producto y, hala, a ganarse la vida. Sin cánones, sin leyes Sinde y sin mandangas: de frente y por derecho.

Todo lo demás, es llorar la pérdida de Cuba y Filipinas.

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Comentarios

  • asmpredator  On 29/09/2011 at .

    Siempre resulta mas comodo darle la culpa al vecino que reconocer los propios errores y en el mundo del ocio/cultura/arte se esta haciendo justamente eso darle la culpa a los clientes de que el negocio no funcione.
    Quiero hacer constar que muchas veces NO HAY DISPONIBLE el producto que buscas en el mercado y en cambio en descarga gratuita si esta porque alguien ha querido compartirlo.
    Yo mismo me encotré con este caso, acabé descargando el libro que quería,lo reedité para poderlo regalar pasandolo por un OCR, haciéndole las portadas, imprimiéndolo y encuadernándolo, como mínimo me costó el doble que comprarlo, entre le tiempo que empleé para todo ese proceso y el gasto de material, lo habría comprado pero no existia ya ni de segunda mano.

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