Fidelidad a las redes

De la serie: Correo ordinario

Anteayer anuncié a mis amigos en Facebook (bueno, en realidad, muchos lo son, sí, o, cuando menos, amiguetes) que me largo de allí. Bueno, que me largo si el 30 de octubre Facebook no ha cambiado sus políticas y sus formas en materia de privacidad, pero como tengo claro que Zuckerberg no estará paralizado de terror ante mi ultimátum, igual me doy el bote antes o mucho antes. Ayer mismo ya me di de baja de todos los grupos, sólo me queda hacer lo propio con mis fotos y con los propios amigos y aire.

Era, de todos modos, algo fatal, aunque a plazo quizá más largo. La aparición de Google+ colmó todas mis necesidades en materia de redes sociales; no tengo ningún interés en tener presencia en un montón de ellas y, de hecho, hace unos días que Linkedin me viene bombardeando con gente -conocida y grata- que pretende que refrende su petición de amistad o como le llamen ahí a eso, cosa a la que me estoy negando, no por nada, sino porque no tengo tiempo, ni ganas, ni, como he dicho, necesidad, de estar en todas partes. Lo dicho pues: Google+ (complementado por Twitter al que, de todos modos, sólo accedo cuando hay movidas que me interesan o en las dos o tres ocasiones anuales en que tengo una o dos horas por delante sin otro quehacer que matar moscas con el rabo) es más que suficiente para mí.

Además, Google+ me gusta más, desde todos los puntos de vista. Me gusta su aspecto parco, que ahuyentará a los amigos del colorín, pero que a mí me va, como me va el de Gmail o el de Google Calendar precisamente por lo mismo. Y me gusta por el tipo, por el perfil de gente que usa habitualmente G+ de forma exclusiva o junto con otras redes sociales. Y me gusta -plenamente consciente, no obstante, de sus peligros- el universo Google la mayoría de cuyos recursos uso cotidianamente y, algunos de ellos, de forma intensiva.

Precisamente, una de las cosas que me está llamando la atención estos días es la reacción glorioso-despectiva que se está dando entre los usuarios -o entre muchos usuarios- de Google+ y que viene a ser aqui estamos los machotes [y machotas] de la pomada, los geeks de verdad, y que se quede Facebook con sus masas de canis, de chonis y de jessies y que les cante el Bisbal si quieren. Hombre, pues tampoco. En primer lugar, elevar a Google+ a los altares de lo tecnointelectualmente sublime es asaz imprudente: una simple moda, y en diez días tendríamos ahí a personal que vete tú a saber (lo mismo incluso el Consejo de Dirección de la $GAE, fíjate). Y, por otra parte, es verdad que en Facebook hay mucha chusma, pero tampoco cuesta tanto aislarse de ella: basta con no abrirle a saco la lista de amigos al primero que la pille. Mis 257 amigos (recuento de ayer por la tarde) son gente maja y presentable y aunque confío en que un número importante de ellos abrirá cuenta en Google+ (si no lo ha hecho ya), sé y asumo que habrá bajas, pérdidas, y me sabe realmente mal. Porque es cierto que con Facebook he recuperado contactos con personas que, de otro modo, no sé cómo hubiera hallado y Google+ aún no me ha dado ninguna alegría en este sentido: todo lo que hay en mis círculos o es gente procedente de Facebook o es gente nueva; pero de aquellos amigos o conocidos del año del petardo cuyo contacto le gustaría a uno recuperar, en Google+ nada de nada, las cosas como son. Quizá en el futuro Google+ sea más ventajoso que Facebook también en este aspecto; de hecho, confío en ello, pero, de momento, esto es lo que hay, las cosas como son.

Otras pérdidas que experimentaré serán mis hijas. La mayor está en Google+, pero no ejerce. A la pequeña la autoricé hace tres meses para que entrara en Facebook, cuando cumplió los catorce años. Tienen ahí su mundo, su gente, y no en Google+, con lo que nos perdemos de vista, y nos sabe mal a los tres. Ellas -será tontería, pero así son las cosas- se sentían protegidas si andaba yo por allí y yo -siempre con su consentimiento- iba marcando sus andanzas. Ahora irán solas (bueno, la pequeña será supervisada por la mayor), lo que las obligará (ejem, obligaré) a seguir mi personal ciclo de conferencias sobre lo que se puede y se debe hacer en Facebook y lo que no se puede y no se debe hacer en Facebook. Con instrucciones especiales para blindarse -en lo posible y hasta donde yo sepa llegar- de las artimañas del amigo Zuckerberg.

Me hace gracia también, en este orden de cosas de las redes sociales, la caída a plomo de Tuenti, justo cuando la acababa de comprar Telefoníca. Telefoníca parece compartir código genético con Micro$oft: las dos adolecen del mismo gafe en esto de meterse en Internet. Recordemos el tortazo que se pegó cuando compró el portal de éxito de entonces -era época de la moda de los portales-, Lycos, que le costó dos billones de pesetas (la fruslería de 12.000 millones de lo de ahora, y eso en dinero corriente; en valor constante sería muchísimo más porque eso pasó hacia el final de los 90, puede hacer trece o catorce años) y vendió casi materialmente por cuatro duros porque aquello fue cogerlo Telefoníca y hundirse como un barril de plomo en la fosa de las Marianas. Tuenti se había caracterizado como una red social especializada en el entorno adolescente, pero la invasión de Facebook por parte de los mayores de 14 años la dejó reducida a una red social más bien infantil, cosa que tiene poco futuro: los niños no son dueños de decisiones de consumo de mucho valor y, por tanto, aportan poco a quienes podrían invertir dinero en servicios publicitarios del portal social. Por qué los chicos listos de Telefoníca no cayeron en la cuenta de algo tan sencillo, es un misterio que sólo se explica por la vía del GM (es decir, el Gilipolla’s Management) abarrotado de cagarela de pichinglish y tecnicismo presuntuoso de Facultad de Empresariales de Guitarrita Alta, pero absolutamente incapaz de distanciarse un poco y mirar al mundo como las personas normales.

Lo cierto, en todo caso, es que Google+ ha dado un importante puntazo estos días al abrir su ingreso en él (hasta ahora se necesitaba invitación, que no era difícil de conseguir, pero había que conseguirla) y ha coincidido con una reacción muy airada de los usuarios de Facebook ante los últimos cambios, que afectan a la apariencia externa y a la privacidad del usuario. Negativamente, en términos absolutos, en el útlimo caso, y también negativamente, pero en términos mucho más subjetivos, en el primero. Los cambios en Facebook siempre han sido mal recibidos por sus usuarios y la verdad -en mi personalísima opinión- es que siempre han ido a peor, lo mismo que las condiciones de privacidad; pero también es cierto que, pasadas unas semanas de berrinche general, la gente se ha adaptado sin más y los abandonos han sido pocos. Esta vez parece que el berrinche ha sido mayor que en otras ocasiones y, como diría el Jesús Hermida de temporibus illis, «se dice…, se habla…, se comenta…» que el número de bajas podría ser en esta ocasión mucho más importante. Pero no hay constancia alguna de ello, de momento. Sí la hay de un tirón hacia arriba de Google+, pero eso no conlleva necesariamente un descenso parecido en Facebook.

Me imagino, pues, que con lo de irme de can Zuckerberg voy a ser una de las escasas excepciones, cosa que me importa tres pimientos choriceros y más en la Red. Hago lo que me da la gana, dentro de lo que me permita la tecnología y la Ley y los demás que hagan lo propio, cosa que será ante mi absoluta indiferencia como no sea para efectuar constataciones o valoraciones como las que han ocupado este post.

Y, por lo demás, está todavía por ver cuál es el futuro en lo que respecta a las redes sociales: si en la competencia feroz con el aislamiento inherente, o la interacción y los espacios comunes. La racionalidad abogaría por lo segundo, pero la racionalidad, en estos tiempos, es un mal farol al que agarrarse.

Habrá que estar, por tanto, a verlas venir.

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