Monthly Archives: octubre 2011

Fado con barretina

De la serie: Rugidos

Que los políticos de ahora sean unos rentabaja mentales, unos indocumentados, unos botarates, que hasta como corruptos sean unos perfectos inútiles, y que sean la escoria más deleznable de la historia de la cosa pública española (lo de española ya no sé si decirlo, a tenor de lo que seguirá) no hace forzosamente buenos a los de épocas anteriores, aunque tuvimos el espejismo de lo contrario. Y justo al día siguiente de escribir un artículo de aquellos en los que me da por meterme con lo más sagrado y ciscarme en el nacionalismo por donde más le duele, es decir, por sus mismas bases, por su propia partida de nacimiento, pataf, viene un españolarra y me deja cubierto de mierda. Bueno, no sé si me deja cubierto de mierda o cubierto de razón. Veámoslo.

Hablo del ínclito señor Peces-Barba, padre (que le dicen) de la Constitución, lo que explica muchas cosas de la Constitución, porque si todos sus padres fueron como don Gregorio (y todos no sé, pero muchos me da a mí que sí) no sorprende en absoluto el fiasco que hemos llevado a cuestas desde hace casi treinta y tres años.

Peces-Barba se descolgó ayer con un dicharacho, ja, ja, ja, qué gracioso, en el Congreso Nacional de la Abogacía que se está celebrando en Cádiz. No sé si ha sido por la mañana o por la tarde, lo que me impide establecer con cierto índice de racionalidad la sospecha de que se pasó con el carajillo al mediodía o es que cagó mal por la mañana, al levantarse. Porque el estreñimiento o el exceso carajillero son malos compañeros de un intelecto en regular estado de funcionamiento, y su manifestación debería obligar, en conciencia a excusarse: no, mire usted y disculpe sobre todo por los inconvenientes, pero esta mañana he cagado duro y mal (o este mediodía le he echado demasiado «Veterano» -con toro y todo- al café) y no estoy yo en condiciones de decir cosas serias.

Porque lo que dice nuestro héroe, en el contexto de la Guerra dels Segadors de 1640 es (según «El Periódico»): «Entonces se tomó una decisión, que fue dejar a los portugueses y quedarnos con los catalanes […] Y yo siempre digo en broma: ¿Y qué hubiera pasado si nos quedamos con los portugueses y dejamos que se vayan los catalanes? […] Igual nos hubiera ido mejor». Culmina el dicharacho (jaaaaa, ja, ja, qué risaaaaaa) declarando que si hubiera sido así «[…] Hubiera habido un problema gordísimo: que no habría habido los partidos de fútbol Madrid-Barcelona». He aquí el pegamento de la cohesión de España, hay que joderse…

Parece que ignora don Gregorio que la revuelta que dio lugar a la llamada Guerra dels Segadors la iniciaron mis antepasados catalanes no contra España (que entonces apenas pasaba de un enunciado, porque seguían existiendo totalmente diferenciadas dos coronas, la de Castilla y la de Aragón, y dos reinos, Navarra y Granada) sino contra la brutalidad de Olivares, contra su soldadesca, que andaba cometiendo impunemente mil tropelías, y contra la pretensión de que Catalunya pagara una guerra que no se llevaba a cabo en defensa de sus intereses, único caso en que la contribución económica era exigible. Parece ignorar el [tenido por] sapientísimo don Gregorio, que el concepto de nación no existía -al menos, tal como lo entendemos ahora- y, si hubiera leído el Tratado de los Pirineos -que fue el que puso fin a la guerra entre «España» y Francia, en la que se incardinó la de los Segadors, con la pérdida para Catalunya de comarcas queridísimas que aún hoy se añoran- se hubiera percatado que en él jamás se habla de Rey de España sino de Rey de Castilla, por elipsis de la larga carrerilla de títulos que andando el tiempo -digamos que a partir de la Constitución de 1812- iban a subsumirse en el jurídicamente (por constitucionalmente) declarado Reino de España. Parece que don Gregorio anda histórica, política y jurídicamente flojo de remos… seguramente por lo dicho antes del cagar o del beber, porque títulos y diplomas tiene para empapelar la Muralla china.

O sea que hasta en las coñas marineras anda don Gregorio mal de cuentas: a «España» no le hubiera ido ni mejor ni peor quedándose con los portugueses y dejando que se vayan (anda, que no tiene cojones la expresión) los catalanes, sencillamente porque los catalanes ya eran independientes (en rigor, independiente lo era la Corona de Aragón). La todavía inexistente «España» no podía, pues, otorgar ni impedir independencias de ningún tipo. La Corona de Aragón, sencillamente, tenía el mismo rey que la de Castilla, y todo ello se coordinaba con las capitulaciones que realizaron Isabel de Castilla y Fernando de Aragón doscientos años antes.

El Decreto de Nueva Planta de Felipe de Anjou establece políticamente lo que después en Cádiz se consagraría jurídicamente, pero lo hace al principio del siglo XVIII, lo que implica que a mediados del XVII no había tal nueva planta y el que, dicho sea de paso, fue, en palabras de Pérez-Casaux, el mejor régimen autonómico de la historia de los pueblos de España, estaba plenamente vigente. Mientras tanto, Olivares no era nadie en Catalunya: lo era el Rey y éste tenía que pasar por la Generalitat. Olivares quiso entrar como un elefante en una cacharrería y se encontró con una revuelta que era contra él -ni siquiera contra el Rey: ara el Rei, Nostre Senyor, declarada ens té la guerra– y, obviamente, no contra una España aún muy etérea.

Peces-Barba ha arreglado la cuestión empeorándola: ha pedido disculpas para luego añadir que los catalanes tenemos la piel muy fina. Pues mire usted, señor mío: no sé si tan fina como la tienen, sin ir más lejos, extremeños y andaluces, que han puesto en marcha nada menos que a sus parlamentos autonómicos para maldecir una caricatura de Duran i Lleida; y recordemos que una caricatura es una distorsión humorística o grotesca -pero perfectamente reconocible- de lo que, en definitiva, es una realidad. Y por más que fueran dichas en broma, me parecen muchísimo más graves las afirmaciones sobre algo tan serio como la cohesión del Estado (o de la Nación, si se quiere) pronunciadas por alguien con el perfil institucional de don Gregorio (aunque sea un perfil con el ex delante) que las no del todo exageradas diatribas sobre las más que presuntas corruptelas de una prestación social realizadas por un político en campaña sin más sustrato oficial que el de ser diputado de un parlamento ya disuelto.

Aquello de separatistas y separadores es muy recurrente, pero cuando suceden estas cosas, es inevitable. Porque lo peor no es la argumentación -y la razón dialéctica- que Peces-Barba viene a dar al nacionalismo independentista (que ayer no cabía en sí de gozo, porque, aunque frunciera el ceño de cara a la galería, se le notaba que se le iba la risa por debajo del bigote), lo peor -a la vista de los que le rieron la gracia en aquel momento y los que, después, lo excusaron diciendo que no hay para tanto, como hoy mismo el Lucas en RNE- es la constatación de nuevo de esa catalanofobia que cada día es más patente y evidente, que sabemos que da votos a quien la practica abiertamente y que, tradicional y de largo recorrido en el tempo histórico, viene experimentando un clarísimo y acentuado incremento en los últimos años.

Y cuanto más se niega esa catalanofobia acusándonos de victimistas, más clara la vemos aparecer cada dos por tres y con el menor pretexto. Que sigan así, que sigan, y los propios españolarras acabarán proporcionando razones para que se produzca una situación que sí les lleve a una catalanofobia aguda… con motivos.

¡Qué cutre y salchichera es la España que pintan algunos!

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La historia contada a los pasotas

De la serie: Esto es lo que hay

Leía en «El Periódico» la tarde del domingo y anteayer, lunes, sobre una tesis doctoral que demuestra que medio Barri Gòtic barcelonés es una completa falsificación. Me llama la atención -lo que no quiere decir que me sorprenda- que uno de los promotores del tinglado fuera el arquitecto modernista Domènech i Montaner.

Me llama la atención, pero no me sorprende, porque el modernismo es una exaltación sensorial, en oposición al neoclasicismo más racionalista del noucentisme, y la exaltación sensorial es una manifestación típica del romanticismo. Y de la mano del romanticismo llegamos a uno de sus más clásicos productos sociológicos: el nacionalismo político. ¿Se ve por dónde voy?

Exacto: el nacionalismo no es más que la proyección política de una mitología que, además, no es producto de una larga tradición sino de una edificación intelectual cuidadosa y relativamente reciente que, generalmente, intenta sobreponerse a la frustración o al fracaso (intentando, de paso, echarle la culpa a terceros o, a las peores, a lo cósmico, nunca a las carencias o defectos propios). Así, los nacionalismos catalán y vasco nacieron de la frustración carlista (y de su regionalismo implícito) y experimentaron un potente lanzamiento con la frustración colectiva del 98.

Evidentemente, el análisis del nacionalismo es mucho más complejo y tiene muchísimos matices -ni siquiera los nacionalismos son iguales entre sí: ni el catalán, ni el vasco ni, en definitiva, el español, son fenómenos estrictamente idénticos- pero como línea general para comprender la cosa grosso modo es suficiente. Pero por eso decía que me llama la atención pero que no me sorprende la intervención de Domènech i Montaner en un asunto, este de la falsificación del Barri Gòtic, que es típico y arquetípico del nacionalismo.

Incluso en pequeña escala sucede lo mismo. Yo vivo en un barrio barcelonés denominado El Congrés i els Indians. De esa misma denominación ya se deduce (y por eso he escrito un en cursiva sarcástica) que no se trata de un barrio, sino de dos; dos barrios que la burocracia municipal ha unido, probablemente, porque a alguien le ha parecido que cada uno por separado no tenía entidad suficiente para constituir una de esas estrambóticas divisiones administrativas que el achuntamén barcelonés se sacó de la manga hace unos pocos años. Sin embargo, son dos barrios completamente distintos, y no hace falta estudiar mucho para darse cuenta de ello: basta ir y verlo.

El barrio del Congrés es homogéneo, tiene un urbanismo peculiar y propio y una historia perfectamente conocida y documentada: la promoción inmobiliaria de impulso público-eclesiástico que tuvo lugar con ocasión de la celebración, en 1953, del Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona, ocasión que, en medio del desierto franquista de relaciones internacionales, fue algo, para los tiempos, en todo parecida a lo de los juegos olímpicos de 1992. El barrio de Indians es todo lo contrario: ni es homogéneo, ni tiene un urbanismo peculiar y propio, ni ¡ay! una historia perfectamente conocida y documentada. Quizá todo lo que, remotamente, podría definirlo es una cierta cohesión vecinal agrupada en torno a un sentido de pertenencia que se percibe en su zona más -podríamos decir- céntrica o nuclear. Que no está mal, ojo, para los tiempos que corren.

Y aquí viene el detalle nacionalista: como no tenemos una historia propia digna de mención, sencillamente nos la inventamos (¡algo hemos de hacer para caracterizarnos!) y para ello convertimos en consecuencia lo que, en definitiva, no ha sido sino causa. En Barcelona -como, supongo, en otras ciudades- el callejero guarda una cierta coherencia: el Eixample, por ejemplo, dedica los nombres de sus calles (en general, no en su totalidad) a las glorias, reales o presuntas, de la historia catalana, de sus conquistas y de sus posesiones, y así, tenemos ahí puestos a Aragón (en referencia a la Corona, claro), Valencia, Mallorca, Roger de Flor, Roger de Lauria, Nápoles, Sicilia y un larguito etcétera. Probablemente por idéntica tendencia, a un barrio que se formó hacia los años veinte o poco antes, fresca aún la añoranza de la joya de la corona española, Cuba, el achuntamén le adjudicó nombres como Manigua, Cienfuegos, Matanzas, Pinar del Río y demás. De ahí, y de un par de casas que tenían palmeras, creyó ver arquitectura indiana la gente que se diría que nunca ha recorrido el Maresme y no ha visto verdadera arquitectura indiana (que, obviamente, no se parece en nada) y con eso y un bizcocho se edificó el mito de que el barrio lo habían fundado indianos procedentes de Cuba que habían establecido ahí sus casas. Huelga decir que no existe la menor documentación sobre ese asunto de los indianos (ni de sus casas), lo cual sorprende un poco en un presunto episodio tan relativamente reciente; pero es más: ni siquiera en la memoria colectiva de la ciudad existe tal indianidad, más allá de la ideal edificación mitológica nacida en el propio barrio (e incardinada únicamente en él).

A continuación -y como pasa siempre en cuanto la máquina del sentimiento se pone en marcha- surge el aprovechamiento de la cuestión, y es entonces cuando un gobierno municipal, desesperadamente necesitado de votos (porque el ambiente olía a la catástrofe que, efectivamente, iba a producirse), decide integrar no sé si al barrio o a la entera ciudad por mor del barrio en la Xarxa de Municipis Indians (red de municipios indianos). Venga alegría y que no decaiga. Y así, como pocos se atreven a objetar la historia ya convertida en oficial (este humilde bloguero y tres o cuatro modestos ciudadanos más, o sea, casi nadie), dentro de cien años -o quizá sólo de cincuenta o aún de menos- la indianidad del barrio será artículo de fe porque, además, ya existirá documentación sobre esa indianidad: el ingreso en la Xarxa de Municipis Indians, tócate las narices, por no decir lo otro.

O sea: se construye la historia, se fabrican las pruebas y ya somos indianos (o góticos, o lo que haga falta).

El caso del Barri Gòtic no es tan flagrante (después de todo, sí que hubo -y hay aún- gótico auténtico allí) pero sí es un síntoma de esa característica tan romántica y tan nacionalista de construcción de la historia (a toro pasado, claro) y, ya en política más baja y reciente, del ansia municipal por convertir esta ciudad en un parque temático a beneficio de la pasta que la guirancia les deja a Gaspart y compañía. Pero es ilustrativo de cómo se fabrica una nación y de cómo puede lograrse que hayamos sido, desde la prehistoria misma, algo que se inventó hace poco más de siglo y medio.

Y, a partir de ahí, desarrolla.

Escenificaciones

De la serie: Esto es lo que hay
(al muy parecido modo de aquellas viejas «paellas»)

No se os puede dejar solos. Me voy una semana, una corta y escasa semana de vacaciones, y me ponéis el mundo al revés. Bueno, pues, como me gusta a mí, vamos a ir por partes…

Gaddafi

Que Gaddafi estaba liquidado en tanto que cabeza visible de un régimen, era algo sabido. Lo que no se sabía era cómo iba a terminar, materialmente, el propio Gaddafi. Había cuatro posibilidades: una, que lograra huir a uno de los no demasiados países africanos dispuestos a acogerle; dos, que fuera capturado y puesto a disposición del Tribunal Penal de La Haya; tres, que fuera muerto en combate o que él se suicidara antes de caer vivo en manos de sus enemigos; y cuatro -y, como se sabe, la que se ha materializado- que fuera capturado vivo y liquidado sin más.

Decir a toro pasado que entre la segunda y la cuarta -las otras dos eran puro imponderable- la cuarta estaba cantada, parece propio de listillos, pero, si lo miramos bien, no podía ser de otra manera. Entre el ya fallecido coronel y los líderes occidentales -unos cuantos de los nuestros incluidos- ha habido relaciones muy raras y, sobre todo, muy turbias: recordemos, sin ir muy lejos, que hace como quien dice cuatro días, Gaddafi era un terrorista peligrosísimo y casi nada después era recibido con todos los honores en los más suntuosos salones de las realezas y de las repúblicas europeas. Evidentemente no iba a permitirse que en medio de un proceso lleno de luz y taquígrafos, nuestro difunto héroe largara a pública exposición las abundantes y siniestras zurrapas de los más encumbrados calzoncillos (y alguna que otra braga) del mundo occidental, de modo que, aunque quede feo decirlo cuatro o cinco días después, que a Gaddafi le daban matarile por las buenas tan pronto le echaran la mano encima si aún coleaba, es algo que sabía hasta el potito.

Otra cosa ha sido la escenificación, macabra a más no poder, incluyendo linchamiento en directo (o casi) y exposición frigorífica con fotografías para la posteridad y todo el resto de la cutrada. Cutrada que, personalmente, me jode sobre todo por el hecho de que el hatajo de cerdos que la ha practicado y que sigue desfilando aún a estas horas para hacerse la foto con el fiambre, son unos putos matados, unos capones que han sido incapaces de labrarse su propia libertad, libertad que les ha sido regalada por los cazabombarderos de la OTAN, que si no, de qué. Una peña de arrastrados, unos desharrapados que daba grima hasta verlos empuñar el fusil, incapaces de quitarse de encima por sí solos ni siquiera a una lagartija, yendo por el mundo de héroes invictos como si hubieran hecho algo importante.

Y, obviamente, lo primero que han hecho es implantar la sharia. Los líderes occidentales, además de ser unos corruptos de tomo y lomo, son más cortos que el rabo de un conejo; ahí los tienes, apoyando con cazabombarderos una revolución integrista islámica justo en el frenillo de Europa (sólo tiene excusa nuestro CNI, que en esos días estaba entretenido negociando con MIcro$oft).

Con razón decían los soviéticos -aunque en flagrante visión de paja en ojo ajeno- que el día que hubiera que ahorcar al occidente capitalista, les vendería la cuerda un millonario norteamericano.

ETA

Ahí sí que puedo hablar a toro pasado porque ya lo había hecho -y prolijamente- mucho antes, como saben mis más bravos y antiguos asiduos. De todas maneras no es que yo goce de una inteligencia privilegiada, es que había que estar ciego (y el fanatismo suele cegar) o ser tonto para no verlo. El caso es que ETA se ha rendido. Obviamente ha tenido que escenificar su rendición montando el número ese de los pájaros especialistas en paces que vinieron aquí -suculentamente pagados- a no hacer nada, a decir cuatro tonterías innecesarias y, probablemente, a ponerse ciegos de montaditos y pochas de Tolosa. Pero puede decirse -solamente en lo que respecta a la comedia en cuestión- que bien está lo que bien acaba.

Ahora queda aquello de que ETA no se ha disuelto y no ha entregado las armas. Bueno, esto puede ser parte de la escenificación, pero, por más que haya querido dársele valor, significa bien poco: que se disuelva o no una organización que, además de bastante desorganizada, está en cuadro, es una cuestión puramente académica (salvo por una cosa a la que iré a continuación); y lo de la entrega de las armas, casi lo mismo: aunque entregara sus arsenales, poco le costaría reponerlos en caso de reincidencia, lo cual, por cierto, cabe decir también de la tan exigida disolución.

El tema de la disolución es complicado, por una sola razón: si ETA se disuelve, deja de haber interlocutores; su propio entorno no lo toleraría y, seguramente, se generarían réplicas, como en los terremotos. Cabe no olvidar que hay setecientos u ochocientos presos con los que algo hay que hacer; y setecientos u ochocientos presos es muchísimo para un territorio de poco más de dos millones de habitantes, la mitad de los cuales está próximo al nacionalismo. Es decir, que la mitad de la población tiene, con toda probabilidad y como mínimo- un pariente más o menos cercano en prisión. Claro, también hay que decir que la otra mitad llora un número similar de muertos, pero éstos no tienen ya remedio, desgraciadamente.

La papeleta es muy, muy complicada, lo he dicho muchas veces. Una cosa -importante, sustancial- es que ETA deje las armas (con una escenificación u otra) y otra cosa, muy distinta, es el proceso de reconciliación de esas dos mitades de la sociedad vasca. Y tengamos clara una cosa: esa reconciliación es absolutamente imposible con gente en prisión. Y pensemos que hay gente con penas larguísimas por delante, veinte, treinta años… ¿Puede el País Vasco mantener esa zanja durante veinte o treinta años sin resquebrajarse nuevamente en otro horror? Yo creo que no.

Comprendo perfectamente los deseos de justa vindicación por parte de las víctimas y de sus familiares. ¿Cómo no lo voy a comprender? Se me revuelven mis propias tripas cuando pienso que estoy hablando tan tranquila y distanciadamente de que las malas bestias que asesinaron a aquel concejal de Sevilla y a su esposa (buenos días, niños… ¿os acordáis de papá y mamá? Bueno, pues ya no tenéis ni papá ni mamá) podrían ver reducidas sus condenas quizá sustancialmente. Me diréis -y con razón- que vaya a decírselo a aquellos niños, que seguramente tendrán hoy edad suficiente como para reventarme los huevos a puntapiés y, probablemente, muchas ganas de hacerlo si llegan a leer esto.

Pero la pregunta, un tanto exclamativa, es inevitable: ¿alguien cree de verdad que la paz civil -y quizá, a la larga, la otra- pueden mantenerse en el País Vasco con centenares y más centenares de tíos encerrados con largas condenas? La víctima no quiere que liberen al asesino de su padre, es comprensible; pero supongo que también se comprenderá que el padre o el hijo del preso no quieran abrazarse con la víctima mientras su ser querido está entre rejas (y sobre todo, si está entre rejas sin la menor esperanza de remisión) por más mala bestia que haya sido el preso.

Yo no sé dónde estará ese término medio, ese punto en el que todos, absolutamente todos, van a sufrir, van a perpetuar una espina clavada, pero resignados a vivir para siempre con esa espina a cambio de poder arrancarse el puñal. No sé dónde está ese punto de sufrimiento tolerable, pero sí tengo claro que si no se encuentra, el jolgorio que se ha vivido esta semana, la celebración, el paz por fin, será un recuerdo amargo y sarcástico a la vuelta de pocos años. Porque ETA, así llamada o de otra manera, volverá a actuar, volverá a matar, volverá a ensanchar aún más una zanja por la simple conclusión de que resultó imposible rellenarla.

El final del conflicto -el verdadero final del conflicto- va a necesitar una tan enorme cantidad de generosidad por parte de todos, que no sé si habrá género humano capaz de contenerla.

Ojalá me equivoque.

Cinco bancos recapitalizados

Esto ya no es una escenificación, sino una comedia entera. Todos los fines de semana, igual: se reúnen frau Merkel, monsieur Bruni y unos cuantos comparsas, y hacen bueno aquello de reunión de pastores, oveja muerta. El lunes arde Grecia, las bolsas europeas se desploman y las agencias de calificación se dedican a amargar el futuro financiero de España e Italia a beneficio de los pingües ídem de los especuladores de deuda soberana; y de Portugal e Irlanda, pobres, ya ni se habla: se pregunta uno si todavía existen.

Una comedia macabra, sanguinaria, cruel y sarcástica, que describe la mayor estafa de la historia de la Humanidad, aquella en la que nos robaron nuestro dinero, el de todos los ciudadanos, para dárselo a los bancos, unos bancos que, ya para iniciar la estafa, habían hecho circular -a buen precio- signos de valor que no estaban respaldados por valor alguno. Es como cuando uno tiene tres tarjetas de crédito: saca dinero en efectivo de una (lo que devenga las correspondientes comisiones); cuando vence la deuda, la abona con el dinero en efectivo que obtiene de otra (al que hay que añadir las comisiones); al mes siguiente, lo mismo con la tercera. Hasta que, fatalmente, ya no queda saldo crediticio en ninguna tarjeta: la pelota, ha colapsado.

Pese a que hasta los más lerdos saben que las pelotas siempre acaban colapsando, nunca faltan tahúres que creen que las pérdidas son coyunturales, que la buena racha ya no puede tardar; y ponen en circulación aún más tarjetas para pagar lo que deben las otras. Hasta que por cada euro contante y sonante, circulan vete a saber cuántos en tarjetas. Entonces se coge la navaja, se va a la esquina y se emprende con la sirla contra todo el que pasa.

Es exactamente eso.

Los directivos forrándose pese a haber arruinado a sus entidades; los bancos repartiendo beneficios (que quizá hayan sido inferiores a los del año pasado, pero los ha habido, y no pocos, en algunos casos) y ahora resulta que han de recapitalizarse. Recapitalizarse aún más, porque cabe recordar que se han comido ya hace meses el fondo público de pensiones (¿recordáis la hucha de la Seguridad Social de la que con tanta fruición hablaba Aznar?) hasta el punto de que han tenido que congelar las que ya se están pagando y recortar las que se van a pagar (y ya veremos si se pagan) a base de incrementar la edad de jubilación y de incrementar el número de años de cotización necesario para el cálculo de la pensión. Paralelamente, se está desmantelando el sector público y cada vez con menos disimulo. La Espe ya privatizó la sanidad pública madrileña (esta va por delante: ahora ya está recapitalizando los colegios privados con los fondos de los públicos) y en Catalunya se planea una inmensa subasta de toda la sanidad a un par de docenas de empresas privadas, como no podía dejar de temerse desde que Mas colocó de conseller de Sanidad al líder de la patronal sanitaria privada. Lo de poner al zorro a cuidar las gallinas, vaya. Mientras tanto, los empleados públicos no funcionarios, teóricamente protegidos por un convenio, se ven periódicamente en la tesitura de elegir entre ver su sueldo rebajado o que un determinado porcentaje de la plantilla se vaya a la puta calle… Hasta que el sueldo ya llegue al extremo materialmente irrebajable y entonces despidan igualmente al porcentaje correspondiente de la plantilla. Y los empleados públicos estatutados nos vamos temiendo o bien otra reducción de sueldo, o bien una supresión de pagas extra, o bien ambas cosas (mucho más probablemente). Este año hubo amago en Catalunya, pero el 20-N y los presupuestos del 2011 obligaron a echarse atrás, aunque la advertencia fue clarísima: el año que viene no habrá 20-N y esperad, esperad a ver los presupuestos de 2012 (que ni los insinúan por miedo a las elecciones: en Catalunya ya está anunciada la prórroga de los del 2011 para que los del 2012 se impongan sin paliativo ni obstáculo alguno durante el primer trimestre del año).

Mientras tanto, continúa imparable el reguero de desahucios y de pillados por deudas imposibles. La economía está completamente estancada, me importan tres cojones lo que digan las cifras que, de todos modos, se acercan bastante a lo que estoy sosteniendo. Las empresas no obtienen financiación, luego no se genera actividad economómica; no habiendo actividad económica, a ver quién es el guapo que crea empresa (y empleo, de paso), con lo que los ingresos fiscales de las administraciones públicas descienden.

Hay quien dice que se está haciendo todo al revés, que lo que deberían hacer los poderes públicos es meter dinero a chorros en la caldera económica para subir la presión. No lo sé, pero intuyo que hacer eso no sería peor que lo que se está haciendo: regalar al sistema financiero cantidades ingentes de pasta que no vuelve a ver la luz del sol.

Nos están atracando. Nos están atracando descaradamente, ya no se molestan ni en disimular.

Cada fin de semana, esa Europa maravillosa que iba a atar los perros con longanizas, pergeña nuevas maneras -no sustitutivas de las viejas sino acumulativas a las mismas- de robarnos más y más, porque el agujero bancario -de los bancos franceses y alemanes, principalmente- es insaciable. Nos ha salido barata la España que iba bien y la champions económica en la que jugaba España…

Desde cierto punto de vista, ya nos lo merecemos, ya…

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Bueno, pues hasta aquí mi segunda rentrée de este año. De este año en que las chicas se me han hecho mayores y sus padres podemos diversificar las vacaciones en tramos más breves, pero mejor aprovechados (y, oye, que sientan mejor: si vuestros trabajos lo permiten, dividir las vacaciones en bloques semanales tipo 2-1-1, que es el que he hecho yo este año, o similares, es algo que os aconsejo calurosamente, no importa qué se haga en ellas).

En marcha de nuevo, pues…

Lo listos que son todos (ahora)

De la serie: Me parto el culo

Voy a poner por simple pero ilustrativo y generalizable ejemplo el editorial de «El Periódico» y un artículo de su mismísimo director. Todo ello, del aprovechamiento forestal correspondiente al día de hoy. Leedlos, por favor -son breves-, y una vez hayáis vomitado y os hayáis enjuagado la boca con cualquier elixir ad usum, prosigamos.

Anoche me entraban arcadas con la portada de «ABC» y con las cosas que pergeñaban los enfermos de «La Razón», pero incluso la carroña puede comprenderse. Los mexicanos, según me cuentan (nunca he estado en México y, en principio, no tengo ninguna intención, y menos según está el patio), son capaces de llevar a cabo en carretera maniobras de riesgo por no atropellar a un buitre, pero no por amor a los animales -los carroñeros cumplen una utilísima función en la naturaleza- sino por puro asco. Les da dentera que ese [para ellos] animalejo les ensucie las ruedas del carro. A mí me pasa igual con esos dos: son simples carroñeros al servicio de una… ni siquiera ideología… sino de un instinto bajo y más bien brutal, primario, en todo caso, al que basta ver ondear una bandera monárquica (y se ve que con eso ya tienen bastante España, salvo los que necesitan, además, añadirle a la cosa un toro coñaquero) y a esa chusma le hace falta pienso, o sea que prestan -digamos- un servicio agropecuario. La vida es así de dura y los hay que han nacido para follar y los hay que han nacido para palanganeros: hay que vender papel como sea y si para eso hay que halagar los más mierdosos instintos a la élite de la renta baja intelectual del país, pues ahí tienes un nicho de negocio. Pero estos, valga decirlo así, van de frente y por derecho.

A los que de verdad no sufro es a los que, como decimos en Catalunya, juegan a la puta i la Ramoneta, que es una expresión que ni en castellano ni en catalán significan nada en su literalidad, pero que es suficientemente ilustrativa de lo que se pretende decir con ello.

Y «El Periódico» y «El País», como más caracterizados, si bien no como únicos, son de esos.

Vuélvase sobre las muestras que he propuesto en el primer párrafo y vayamos al editorial. El medio que siempre había ignorado lo que significa, lo que pretende y a lo que aspira el 15-M (no sé si a partir de ahora 15-O), que siempre nos había considerado unos mindundis, el medio de la progresía catalana pero sin pasarse en lo de catalana, que la parroquia es la del casco de la obra, pero sin quedarse corto tampoco en la catalanitat políticamente correcta y de necesaria uniformidad reglamentaria (que es un difícil y habilidoso equilibrio), nos da ahora consejos. No sólo nos asume, sino que nos encabeza. Es como cuando nos echamos a la calle contra la guerra de Irak y los puercos de los partidos se colocaron, impúdicamente, a la cabeza de la mani. Y como nos encabeza, nos aconseja. Hijos míos, no se pueden esperar resultados de la noche a la mañana, hay que tener paciencia, templanza y contención. Se pide ética y democracia, pero no se conseguirá con el maximalismo. ¡Ah, eso no! No me rompáis el establishment, que eso está feo, que ya lo decía La Trinca (hoy enriqueciéndose, salvo el único honorable y coherente de sus miembros, con la televisión basura): la revolución es de mala educación. No nos pasemos, caramba. Daos cuenta de que cuando os portáis bien, no rompéis nada y ponéis el culo como es debido, hasta se os hace caso, y, fíjate, hasta hay un partido que ahora incluye en su programa electoral lo de la dación en pago… cuando hace unos poquitos meses votó en contra de ella, pero algo es algo y qué coño más queréis («El País» tiene más morro, y para ejemplificar que la bondad siempre tiene premio, nos ilustra con lo muy enfadada que está la Merkel porque Obama no quiere saber nada de la Tasa Tobin: ya ves cómo la civilizada lucha de ATTAC ha obtenido resultados; diez años después y no se sabe muy bien cuáles, pero resultados… ¿quién les iba a decir a esos rojos que tras diez cortos años de brega, la Merkel iba a querer -iba a desearla mucho, mucho, mucho- la Tasa Tobin?).

El director ¡ah, lo que es ver la luz! se nos cae del caballo. El caballo va al paso, pero el tío se cae, que todo tiene su mérito. Fíjate que el fulano -por morro no quedará- se pregunta: «¿Qué agudos observadores diagnosticaron que era una fiebre pasajera?». Y obsérvese cómo sigue produciéndose el pájaro en cuestión: «El absolutismo del siglo XXI respondió a este fenómeno sociológico con el desdén reaccionario que lo caracteriza: primero despreció su poder de movilización; luego tachó a los indignados de «antipolíticos»; a renglón seguido, llamó a disolverlos por la fuerza, y al fin, cuando la represión surtió el efecto contrario al deseado, criminalizó al conjunto del movimiento por la conducta, ciertamente execrable, de una minoría violenta ante el Parlament». O sea, tiene el morro (¡él!) de fustigar al presunto adversario ideológico a cuenta de algo en lo que su mismo medio no creyó -ni se hizo eco- hasta que fue mismamente ridículo ignorarlo (y que lo mismo hizo, además, su partenaire ideológico).

Pero, eso sí (ya llega el 7º de Caballería), los ciudadanos indignados somos salvos: «El Periódico», valiente y gallardamente, secunda nuestra lucha con un invento para ver si logra vender algo sin necesidad de hacerle la competencia al bazar chino de la esquina: el programa «Entre todos» cuyo objetivo, «ayudar a suturar esa brecha entre electores y elegidos es el reto que ha asumido EL PERIÓDICO al promover varios debates transversales sobre la reforma electoral». Suerte del programa «Entre todos», porque si no no sé qué haríamos los trescientos y pico mil indignados que ayer nos echamos a la calle solamente en Barcelona. Si no tuviéramos «El Periódico», mecachis…

Mierda, vómitos y todo tipo de humores corporales. Por eso es mejor tomárselo a coña, para no estropearse demasiado el hígado.

Antes que la hepatitis prefiero… partirme el culo.

Barcelona 15O

De la serie: Esto es lo que hay

Otra jornada… no quiero decir histórica (los cerdos que todos conocemos han quemado la palabra), pero que realmente marca un hito, como la del 15-M. Aquella supuso un despertar masivo; no lo esperaban, no esperaban una respuesta como la que hubo; no esperaban Sol, no esperaban plaza Catalunya, no esperaban las decenas y decenas de acampadas que, más grandes o más pequeñas, se establecieron por toda España; los medios de cadáver de árbol, los de la tertulianía y los del belenestebanismo fueron pillados con el culo al aire, porque los cuatro perroflautas previstos resultaron no ser ni cuatro ni perroflautas.

Hoy el desafío había sido elevado a lo internacional con el handicap postveraniego adicional. Y se han vuelto a quedar con la boca abierta. Medio mundo ha respondido a la llamada de los indignados españoles y en la propia España las manifestaciones han sido masivas; obviamente, en Madrid o Barcelona (hasta «El Periódico» se muestra escéptico con las cifras de los hijos de Puig) pero también en muchos otros lugares de España (leía que 15.000 en Mieres, Asturias, una de las capitales, con Langreo, de las cuencas mineras).

Huelga decir que no nos harán ni puto caso. Mientras el mundo entero se echaba a la calle, los gángsters del G-20 clamaban por mayores atornillamientos, así de fino tienen el intelecto. Es la historia de siempre. Luego, cuando llega lo luctuoso -porque inevitablemente acaba llegando lo luctuoso– entonces vienen las lamentaciones, los clamores por la democracia, y el quién lo iba a decir. Las calles abarrotadas no les detienen… pues algo habrá que inventar que les detenga.

Invento que, no seamos ilusos, no sucederá el 20-N. El número de gilipollas sigue contándose en este país por millones y el 20-N pasará lo de siempre, que ganará uno o ganará otro, con o sin mayoría absoluta. Y tendremos que salir a la calle una y otra vez… aunque desde el partido que aparece como cantado ganador (y por mayoría absoluta) ya están avisando de que les van a importar un rábano protestas y huelgas, que no les va a temblar la mano. El problema es que a los ciudadanos aún nos tiembla el pie; el día que lo pongamos, por fin, firme, veremos qué pasa.

Ahí dejo tres o cuatro fotos que significan, apenas, una visión personal de lo de hoy. No se ven grandes multitudes porque, a pie de calle, no se pueden distinguir. Pero centenares, quizá miles, de barceloneses nos han fotografiado desde sus casas, desde sus terrazas.

Ese será el testimonio de la Historia.

Frente a la Bolsa: «¡¡Este lugar, lo vamos a quemar!!»
Lo de los perroflautas tan caro a los gilipollas, nos lo ponemos por montera
Una buena idea: yo también quiero
Carlos Sánchez Almeida, en medio del mogollón… tirando del carro ;-)/a>
Elija cada cual su ruta preferida
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