Burraes y tontaes

De la serie: Correo ordinario

Leo hoy en «La Vanguardia» una entrevista que le hacen a una señora que se llama Raquel Andrés Durà, alicantina, que ha escrito un libro sobre redes sociales y, principalmente, sobre Facebook, titulado, precisamente, Los ángeles no tienen Facebook. Obviamente, no he leído el libro. Digo obviamente porque justamente hoy me he enterado de su existencia y, por tanto, me guío exclusivamente por la entrevista que se le hace. Dicho sea con las debidas reservas, porque algunos ya sabemos lo que es que te tengan una hora, dos horas o tres horas haciéndote preguntas, para luego un corte de quince segundos -cuando van sobrados- o para que reproduzcan en prensa escrita, frecuentemente mal y descontextuados, los dos párrafos más comerciales (y probablemente menos interesantes, en términos de contenido real) de todo lo que has dicho. Pongo un ejemplo y todo (ficticio en su literalidad, pero real en lo conceptual). A uno le preguntan: «¿Cree usted que Fulano de Tal es un canalla?» y uno va y responde: «Mucha gente lo cree, pero lo cierto es que, en tal aspecto, ha realizado una labor encomiable». Y este es el titular: «Javier Cuchí: pese a alguna que otra eventual labor positiva [ahora vienen grandes caracteres] la mayoría está de acuerdo en que Fulano de Tal es un canalla». ¿Vale?

Hecha esta salvedad y yendo a la entrevista tal y como se publica, mi primera impresión es que o esta señora o yo, uno de los dos, no conoce en absoluto ni la red, ni las redes sociales, ni siquiera Facebook.

Para empezar, ni Facebook ni ninguna otra aplicación de red social puede juzgarse unívocamente. Esto ya cae por su propio peso: la pretensión de que casi ochocientos millones de usuarios tengan unos comportamientos uniformes, impulsados por idénticas motivaciones y que responden a una modelización psicológica o psicosocial idéntica, no sólo es de locos sino que es ridículo. Tanto como la estúpida pretensión de que el carácter de las personas se agrupa en torno a doce criterios que dependen de unas constelaciones. Si todos los amigos de esa señora responden a la misma tipología que ella enuncia, una de dos, o bien tendría que hacerse mirar para ver por qué atrae a ese tipo de gente o bien simplemente ha montado un perfil ficticio con la santa intención de atraer a ese tipo de personas y predeterminar el resultado de su… ¿estudio? Bueno, digamos que «experiencia sobre la que escribir».

Yo tengo en Facebook -os recuerdo que a Facebook le tengo tanta simpatía que lo voy a abandonar muy pronto, antes de que termine este mes y ahora mismo ya no interactúo en esa red- algo menos de doscientos sesenta amigos (me quedo justo a mitad de camino del límite que, no sabemos de acuerdo a qué criterios técnicos o científicos, establece esta señora que es síntoma de soledad) y, de todos ellos, no sé si llegarían a tres los que, de alguna manera, pueden coincidir con el cuadro que pinta la dama en cuestión. Por otra parte, si 500 amigos determinan un solitario, imagino que Enrique Dans, que tiene miles y más miles de ellos, debe ser poco menos que un ermitaño de la Patagonia. La ridiculez empieza a acercarse peligrosamente a la divisoria de la imbecilidad.

Exhibicionismo, mentiras, simulación… Toda una letanía. Incluso establece una fenomenología nueva: los chats están sustituyendo al encuentro en el bar (el artículo dice lo contrario, pero imagino que es debido a un error de transcripción; de otro modo, la frase no tendría sentido en su contexto). Dejo al lector que juzgue por sí mismo: el negocio de la cervecita arruinado (otro más) por la Red. Hay que joderse.

De Twitter dice nada menos que transmite el valor de no saturar a la gente, cuando es más que evidente lo inverso, que somos muchísimos miles los usuarios de Twitter que sólo entramos a él en busca de una información en particular o con ocasión de un acontecimiento concreto e importante (las manifestaciones del 15-M, por ejemplo) o por otra razón de natural específicamente interesante ya que, de lo contrario, su propia morfología lo hace tan absorbente que hace perder una gran cantidad de tiempo (y ojo que tampoco en Twitter sigo ni soy seguido por tanta gente: no llegan a trescientos los que sigo y pasan poco de cuatrocientos los que me siguen a mí). Por tanto, esa señora tiene un poco retorcida alguna antena de su sistema de percepción de la realidad o bien algo falla en su aplicación de interpretación de la misma.

Y sigue: solemos tener contactos con los que no hablamos en la vida real. Quizá porque están en la otra punta del mapa, añado yo. No, en la vida real hablo más bien poco con mis amigos asturianos o con mis colegas de la AI en Andalucía o con los compinches de ‘spotting’ que abundan por decenas en Madrid. Lo que ocurre es que si no existieran estas tecnologías, hablaría en la vida real con ellos lo mismo que hablo ahora, pero no tendría un canal de comunicación tan estupendo y tan eficiente que me permitiera la conversación cualquier día y a cualquier hora del largo ínterin entre botellitas de sidra o cervecitas. El hecho de que esa señora hable de vida real en contraposición a la vida virtual, como si en ésta no hubiera personas -y muchas veces las mismas, además, que en aquella- me hace empezar a pensar que esa señora no sólo sabe más bien poco lo que se pesca, sino que ya tenemos con ella otro ejemplar -y sin demasiadas peculiaridades con respecto al común de los demás- de la especie de los neoluditas, de esa gente que le tiene pánico a lo digital simplemente porque adolece de un complejo de inferioridad que le hace verse incapaz de desarrollar las necesarias competencias -y mira que son sencillas, hoy día- para desenvolverse en ese ámbito que, entrados ya en el segundo decenio del siglo XXI, envuelve toda la vida cotidiana, hasta el más pequeño detalle, del transcurrir ciudadano del orbe noroccidental.

Se explaya la damisela, asegurando, sin despeinarse, que las redes sociales son una adicción porque mucha gente (¿cómo la ha computado?) entra por inercia a Twitter o a Facebook apenas conectado el ordenador. ¡Toma! Y al correo electrónico, y a las páginas de los principales centros de interés de cada cual… Pero ¿qué entiende por adicción esta jovencita? ¿Es consciente de que está aplicando a una verdadera fruslería sin apenas significado una palabra que se utiliza para describir verdaderos y dramáticos enganches al alcohol, al tabaco o a diversos tipos de estupefacientes? ¿Es esta su responsabilidad como comunicadora? Porque habrá que decirle a la damita esta que la práctica totalidad de los psiquiatras desdeñan la palabra «adicción» para su aplicación a Internet, ubicándola en el mismo plano que la coloquial adicción de muchos al coche, que hace que lo cojan hasta para ir a comprar tabaco al bar de la esquina.

En fin, que la autora de la cosa esta -que ya he decidido que no voy a comprar ni a leer salvo que alguna persona confiable me asegure que a la entrevista le han dado la vuelta al modo como he escenificado en el primer párrafo- se explaya concatenando burradas una sobre otra a lo largo de toda la interviú, en medio de la indisimulada meada de colonia del redactor, que no vacila en azuzarla para que largue más en el sentido interesado. En el enlace tenéis la entrevista completa.

Eso sí, os recomiendo que no os perdáis otra cagada impagable: cuando dice que el 15-M no hubiera sido nada con Facebook o Twitter por sí solos. Ignora -no sé si de mala fe o por simple estulticia- que los medios convencionales se esforzaron hasta lo indecible en ocultar lo que estaba pasando y que fueron las calles mismas -motorizadas desde las redes sociales- las que obligaron a los medios a seguir el arrastre. Medios que no han cesado de manipular y distorsionar constantemente los hechos y que aún lo hubieran hecho en mucha mayor medida si no supieran que esas mismas redes sociales podrían, no sólo compensar las mentiras sino llevarlos, además, a un desprestigio aún mayor (aún mayor que el que sufren ahora) si se hubieran pasado excesivamente de la raya.

Denle a esa señora un cohete y que regrese al planeta Marte, que, de lo de aquí, se entera más bien poco.

Y mal.

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