Putas con ensaimada

De la serie: Esto es lo que hay

¿En qué se parecen un hipotecado en paro y una prostituta? En que los dos están encadenados a un macarra por causa de una deuda que, de hecho, no podrán pagar nunca. ¿Y en qué se parece la prostitución al agua? ¡Ah, esto ya tiene más miga!

Hace unos años tuvimos en casa una muy mosqueante humedad en la pared del pasillo; llamamos a los del seguro y vino un presunto técnico que arrugó el morro diciendo que con los escapes de agua no se sabe nunca, que el agua no busca la salida más cercana sino la más fácil y que no había otra que abrir pared y seguir abriendo hasta encontrar el punto exacto del escape en la tubería (de ahí, incidentalmente, la supina estupidez de empotrar las conducciones por una cuestión puramente estética).

Si combinamos el asunto del macarra con lo del agua, llegamos a la conclusión de que si a la prostitución se le cierra una vía urbana, lo único que se consigue es que se vaya a otra, porque es como el agua, tiene que salir por alguna parte; y tiene que salir por alguna parte porque detrás hay un cabrón amenazando a la familia que está en Rumania o haciendo vudú a la que está en Senegal, si no se abre de piernas hasta liquidar una deuda absolutamente leonina, de todo punto inenjuagable. Es lo que pasa con la prostitución hoy día: se puede discursear todo lo que se quiera sobre la dignidad de la mujer, pero es que antes de llegar ahí, mucho antes, ya hay que empezar por considerar que se trata de esclavas, sin más. Antes, cuando los yogures sabían a yogur, al decir del cascarrabias del anuncio, sí había que llegar al asunto de la dignidad porque las prostitutas eran objetivamente libres (la fuerza de las circunstancias, del destino o del sino, ya es otro discurso al que siempre podía objetarse -y no sin razón, al menos en parte- que muchísimas mujeres, en vez de bajarse las bragas, fregaban suelos). Pero para la que no tiene alternativa ni elección porque está impulsada por algo muy jodido que se llama miedo -miedo de verdad, del duro, no de lo que siente tanto cagón urbano y burguesito doscientas veces cada día-, no hay más tu tía que hacerse equis tíos cada día. Y si le cierras los meublés, se los hace en plena calle y, como dijo Teddy Bautista, al que no le guste, que se aguante.

Viene todo esto a cuento del sempiterno achuntamén, que expulsó a las prostitutas de las Ramblas y, además, cerró los meublés de Ciutat Vella, o llama como quieras a establecimientos pseudohoteleros, habitualmente bastante chungos, que se alquilan por horas o por fracciones de hora, incluso, con el implícito destino de ser usados como cobijo del fornicio. Como era de esperar por todos menos por quien debiera esperarlo, las prostitutas, mayoritariamente senegalesas, se fueron con la música a otra parte, pero no dejaron de tocar (aquí pon, si quieres, el chiste fácil). Lo que me parte los hígados -aparte de la problemática en sí- es que han ido a elegir la calle Petritxol como instalación alternativa.

Para un no barcelonés, la calle Petritxol es una calle más del casco antiguo, en la zona del Barri Gòtic, y es, en principio, tan lamentable que las prostitutas se instalen en ella como en la del Pi o la de la Palla (nuevamente, chiste fácil para los amantes del género). Pero, para un barcelonés nato, de socarrel, la calle de Petritxol es mucho, muchísimo más. La calle Petritxol es la trasposición urbana de la infancia misma; y no para los niños de la época del señor broncas del anuncio, sino incluso para los actuales y muy probablemente para los futuros. La imagen de la tieta o de la iaia (no raramente, pero sí más infrecuentemente los propios padres) llevando de la mano a los sobrinos o a los nietos a merendar opíparamente en una de las tipiquísimas granjas (así llamamos los catalanes a los establecimientos de merendolas con base en lácteos) un riquísimo «suizo» con melindros, pa de pessic o ensaimada o el suculento y tentador mató del Pallars, pertenece al paisaje barcelones actual -y al de hace cien años- tanto como la mismísima Sagrada Família. Además, es una imagen familiar, propia, nuestra, sin nada que ver con el turismo, ni con nacionalismos, ni con tonterías: es pura y genuina tradición sin aditivos, sin conservantes y sin colorantes.

La calle de Petritxol es, además, una calle señorial, de anticuarios y galerías de arte (ahí tienes la Sala Parés, una de las más importantes de la ciudad y quizá de Catalunya) y cuna de muchos hombres ilustres, entre los cuales siempre me gusta destacar la figura de Francesc Salvà i Campillo que, pese a su formación y ejercicio como médico, fue conocido como precursor del telégrafo, ya en 1786. Una graciosa placa lo recuerda aún hoy día; debajo de la cual quizá se practiquen ahora cada noche franceses a destajo.

La ocupación de la calle Petritxol por la prostitución lumpen es una mancha infamante -atribuible al ciento por ciento al achuntamén– que debe ser lavada de manera urgente y a toda costa. No importa que la prostitución sólo funcione de noche (si es el caso); no importa que las brigadas municipales se den prisa limpiando la calle de preservativos y de otras marranadas a punta misma de alba (si es el caso). Hay que sacarla de allí ya. El achuntamén no puede consentir que la memoria colectiva de la calle Petritxol quede diluida para pasar a ser una calle de ambiente. Ni hablar. De hecho, ya no debiera haber sucedido: la reacción municipal debería haber sido mucho más rápida que la mediática, sobre todo porque imagino que la Asociación de Vecinos y Comerciantes de la calle (muy activa y muy considerada) hará días que habrá dado la voz de alarma. Imagino que la tradicional incuria municipal ante las verdaderas necesidades de la ciudadanía habrán provocado que los vecinos y los dueños de establecimientos hayan tenido que recurrir a la prensa, a ver si venteando el problema el responsable de solucionarlo se pone las pilas. Maldita ciudad, que siempre hay que ir a golpes de escándalo y a gritos para que se solucione un problema, cuando hay medios -aunque no, al parecer, ganas- para que ni siquiera hubiese ocurrido.

Y, en lo que se refiere a la prostitución, a ver si se le pone cara de verdad al fondo de la cuestión y se empieza a regular, vista la imposibilidad, cuando menos a corto plazo, de evitarla. A ver si en la plaza de Sant Jaume -sea cual sea el lado afectado, aunque, de hecho, lo están los dos- dejan ya de cogérsela con papel de fumar y le plantan cara a la situación en vez de ponerle parches a cada fait accompli.

De una puta vez, nunca mejor dicho.

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