Corrupción por doquier

De la serie: Esto es lo que hay

El viernes sonó la flauta con Pedro Farré, quien, a consecuencia de una acrobacia entre Intereconomía y la propia $GAE, acabó con sus muñecas en los grilletes (simbólicamente, supongo) y fue detenido por la Guardia Civil. Al parecer (presuntamente, supuestamente, igual no, y todas estas cosas tan cautelares) podría haberse dado unas alegrías con la tarjeta de crédito de la $GAE, asistiendo a importantes reuniones en una asesoría financiera durante varios días -bastantes días, dicen- entre las nueve de la noche y las cinco de la mañana, que es el horario normal de los asesores financieros, como todo el mundo sabe. O sea que, al parecer (presuntamente, supuestamente, igual no y todas estas cosas tan cautelares), se iba el tío de putas. A cuenta del canon, claro, hasta un importe que podría haber llegado a los 40.000 euros. Siempre al decir de varios medios, obviamente. Punto y aparte.

Leía también el sábado, que la junta directiva del Barça anda a la greña con su anterior presidente, el tal Laporta, porque también hizo de sus mangas capirotes con los dineros del club y cuentan (varios medios) cosas tan siniestras como que, al parecer (presuntamente, supuestamente, igual no, y todas estas cosas tan cautelares) sus cuentas de hotel sumaban más que las de todo el equipo de calzoncilleros, cuadro técnico, apoyo logístico y demás cortejo, y el tío se regalaba habitaciones de a 5.000 dólares por noche (no dicen si el desayuno estaba incluido); también dicen que, al parecer (presuntamente, supuestamente, igual no, y todas estas cosas tan cautelares), se regalaba mucho, a sí mismo y a sus invitados, en los descansos de los festivales estos de la patada, según se deduce del tenor cuantitativo de las facturas de catering, cuyas cifras no reproduzco porque debe haber una errata y se habrá escapado algún cero, porque es que no me lo puedo creer. Punto y aparte.

Ahora pensemos por un momento… Supuesto que todos estos datos sean ciertos, estaríamos ante dos elementos que han hecho la pirula a sendas entidades privadas, unas entidades en las que, por más apaño, chanchullo, camarillas y mandangas que se quiera que haya, no dejan de ser privadas y ahí hay unas asambleas en las que la gente dice cosas, cosas que, aunque en las asambleas no sirvan en un primer momento para nada (que se lo digan a Luis Cobo Manglis, al que, encima, le metieron un puro por decirlas) acaban teniendo consecuencias sonadas, como es notorio en el caso de la $GAE. Si estos u otros tíos hacen esto en este tipo de entidades… ¿qué sucederá en las administraciones públicas donde todo el mundo -todos los cargos, quiero decir- meten mano en el cajón a gusto y ganas no siempre plenamente justificadas?

Laporta, por ejemplo, está en un partido político con representación parlamentaria en Catalunya; por lo tanto, y aunque el transcurso político actual no hace la cosa previsible, no es tampoco materialmente imposible que, por una de aquellas cosas, apaño, alianzas y pasteleos, acabe coaligado con CiU y pille cacho de poder, de administración pública y de caja. Si (ojo al condicional) Laporta ha hecho en el Barça lo que dicen que ha hecho… ¿qué pasará si le dan la llave de un cajón público, que todos sabemos que tiene mucho de casa de putas en cuanto a su control?

Es para echarse a temblar.

Es para echarse a temblar porque la corrupción ya parece inherente a la acción política, por más que los presuntos inocentes clamen porque no todos los políticos son iguales. Pues bien, y para empezar, permitan que les diga a los presuntos inocentes que menos inocencia y menos cuento porque si de los que han robado a manos llenas (y la lista de éstos, con nombres y apellidos, es larga como para llenar un rollo de papel higiénico) no hay ni uno sólo en prisión (y es de temer que, cuando se acabe toda la cagarela procesal, vaya a seguir sin haberlo) es por culpa de ellos, de los presuntos inocentes, que se han lavado las manos, dentro y fuera del partido, dentro y fuera de los hemiciclos, so pretexto de la presunción de inocencia. Claro, todo el mundo es inocente. Si ellos mismos se colocan a la altura de los gángsters y en su mismo plano, no debe sorprenderles que la fusión (que no confusión) de sus famas, esté a la muy acertada orden del día. Y si no les gusta, que se jodan, pero es así.

Lo de los directivos de las cajas es otra que pide horcas y cuchilladas. Entidades semipúblicas, controladas por organismos públicos (y además -según se supone, aunque constar, no consta demasiado-, por el Banco de España), que han servido para la financiación privada de partidos políticos y de políticos (y eso lo sabemos todos, que hay montones de diputaciones pringadas hasta las cejas) y que encima se llevan dinerales de verdadero escándalo en concepto de indemnización por despido, por jubilación o pre-jubilación… ¿Esto qué es? ¿El pago de silencios? Porque, claro, si se tratara de señores que se han ido dejando esas entidades rebosantes de beneficios sobre unos volúmenes de negocio acojonantes, podríamos encontrarlo normal; pero es que, encima, para más cachondeo, para mayor burla al ciudadano en paro, desahuciado o, con suerte, solamente con el sueldo recortado y serias perspectivas de que se lo recorten aún mucho más, esos cabrones han dejado a tales entidades en la puta ruina.

Este fin de semana, nos enterábamos de la enésima reunión de Merkel y Bruni para salvar Europa (o no sé qué Europa); reunión de pastores, oveja muerta, pensé. Y no me equivoqué, pero atención al creativo enunciado: hay que modificar sustancialmente los tratados de la Unión. Ah, vaya… ¿para algo constructivo de futuro y a largo plazo? No: con el objetivo de recapitalizar los bancos europeos. Nuevo eufemismo, esto de recapitalizar: lo que quiere decir es confiscar nuevamente los ingresos, los ahorros y los derechos sociales del ciudadano para entregárselos a los ladrones que nos han estado estafando todos estos años. Joder, y cuando veíamos las tropecientas películas de Robin Hood sonreíamos por lo caricaturesco de esos malsines tan ladrones y tan felones de Guy de Gisborne y compañía. Como siempre suele suceder, la realidad ha acabado dejando al arte en una ridiculez infantil: si Robin Hood hubiera visto esto de ahora, se hubiera apuntado a la mesa del príncipe Juan Sin Tierra, que allí, al menos (y en comparación cuantitativa), eran pobres pero honrados.

No sé qué habremos de hacer. El próximo sábado me echaré a la calle, claro. Y seremos muchos miles, estoy seguro. Pero no lo digo desde el triunfalismo, al contrario, lo digo desde el más profundo y dolorido escepticismo. Por más miles que seamos (y ojo, que hemos de serlo o, de lo contrario, sí que ya podemos preparar el culo bien preparado) no nos harán caso. Oh, bueno, como estamos en época preelectoral dirán que toman nota y toda esa piara de cerdos se dedicará a arrimar el ascua a su sardina capitalizando el descontento y seguirán a lo suyo. Y el 20-N las proporciones electorales seguirán siendo más o menos las mismas, quizá con una abstención más crecida, acaso mucho más crecida, pero a ellos la abstención les sirve de orinal, la lamentan con no demasiadas lágrimas de cocodrilo en esa noche en la que todos han ganado (y ahora sabemos que es verdad, tontos de nosotros, que nos creíamos que unos habían ganado y otros perdido y, tal como coherentemente celebraban ante nuestro estupor, todos, efectivamente, habían ganado) y al día siguiente ni se acuerdan. Total, esos ciudadanos hijos de puta no volverán a votar hasta dentro de cuatro años.

Tras el 20-N nos espera un desierto electoral así de largo. No es que saquemos demasiado en temporadas preelectorales, pero, al menos, los vemos hacer gimnasia política; esta vez, salvo unas europeas que todos sabemos que no sirven para apenas nada (bah, para nutrir el cementerio de los elefantes, pensionar a algunos figurones y alejar a algunos discrepantes a donde no den mucho la tabarra) estaremos a tres larguísimos años de volver a las urnas. Cómo estaremos dentro de tres años con todos esos cabrones haciendo y deshaciendo a su antojo, sin freno alguno, es para no dormir de puro terror (da igual quien gane, por cierto, da absolutamente igual). Porque, además, tenemos todos los números para que el que gane alcance mayoría absoluta. No se me ocurre escenario más pavoroso.

El sábado, a la calle todos, sí. Pero si no radicalizamos el mensaje, si no radicalizamos los actos… Y no estoy hablando de quemar cosas (cuando se llega a ese punto, ya no hay arreglo), sino de hacerles llegar un mensaje parecido a este: primero sólo os pedimos limpieza y honradez; no queríamos grandes cambios, no queríamos revoluciones, ni nada parecido. Sólo queríamos que se respetaran las reglas del juego, que se respetara la Constitución, que se respetara la independencia judicial, que se acabara con la corrupción económica y política, que nos hiciérais un poco de caso, que atendiérais de cuando en cuando a nuestras necesidades y nuestros intereses, que fuérais de los nuestros, y no unos orangutanes babosos al servicio de quien vosotros sabéis (nosotros sólo podemos olérnoslo). Ahora os exigimos que os vayáis, ahora sí exigimos un cambio radical, ahora clamamos por un cambio constitucional completo que, además, se lo cuestione absolutamente todo: jefatura del Estado (sí: hablo de monarquía o República), organización territorial (sí: hablo de eso del Estado de las Autonomías), hablo de los principios económicos por los que habrá de regirse el Estado (o sea, la economía política) y, en general, de todo: los medios y modos de representación, los derechos políticos… Todo. Yo no sé si así lograríamos asustarles, pero está claro que con el sencillo y conformista mensaje anterior, sólo conseguimos hacerle el caldo gordo a Gaspar Llamazares, (que no llega, el pobre, ni a chocolate del loro).

En fin, queridos. Que esto pinta muy, muy mal. Pinta fatal.

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