Presagios negros… o algo menos

De la serie: Esto es lo que hay

Aprovechando que he podido hacerme con ellas en formato digital -las había leído hace años gracias a la útil institución del préstamo bibliotecario- estoy revisando -empezando a hacerlo- las enjundiosas memorias de Otto Skorzeny. Valdría la pena hablar de este hombre, una de las personalidades más interesantes de la Historia del siglo XX, junto con T.E. Lawrence, Douglas McArthur y una docenita más entre civiles y militares. Pero quedará para otro día porque hoy voy a otra cosa.

Leo en el primer capítulo esta frase: «Aquellos tiempos, objeto de admiración de dichas gentes, precedieron a la primera guerra mundial, cuyas consecuencias provocaron en el mundo un gran estado de inquietud que todavía late. En aquella “época dorada” cada cual tenía el convencimiento de que sólo debía de asegurar su propio futuro y el de su familia, que “el mundo era una balsa de aceite” que nunca podría perder lo que poseía…». Y casi nada la que se estaba cociendo.

Esta sensación de paz y tranquilidad irreversible que, a la más o menos larga, acaba no siendo tan irreversible, es recurrente y ha sucedido en muchas épocas históricas. Por no alejarme de la memoria de muchos de los que me estáis leyendo, baste recordar a Sarajevo, aquella ciudad hermosa, turística, próspera, sede de aquellos magníficos Juegos Olímpicos de Invierno de 1984… ¿Quien podía sospechar, a la vista de aquel maravilloso espectáculo deportivo -que le dicen-, que ocho años después la ciudad iba a ser testigo de tantos horrores? ¿Puede uno pasear por una ciudad alegre, luminosa y feliz, contemplarla embriagado de sensaciones maravillosas, y pensar acaso que la inmensa mayoría de sus habitantes van a convertirse en asesinos o, sobre todo, en asesinados? ¿Quiénes? ¿Aquel ciudadano que bebe pacíficamente su cerveza mientras lee un periódico deportivo? ¿Esa señora con su cesta de la compra? ¿Ese muchacho con sus libros y cartapacios de estudiante? Pues sí, todos ellos: víctimas, la mayoría -en el concreto caso de Sarajevo-, aunque no todos, que los bosnios tampoco fueron mancos cuando tuvieron ocasión; lo que ocurre es que no tuvieron tantas ocasiones como otros.

Me pregunto si no estaremos viviendo en Europa un largo período de paz y de prosperidad que es sólo la calma que precede a la tempestad, el preludio de la debacle. Me pregunto si esas noticias alarmantes (muy alarmantes) con que desayunamos cada mañana y que esta vez son mucho más inquietantes que las de otras crisis de otras épocas… Yo era muy pequeñito, siete años, cuando la crisis de los misiles cubanos, pero recuerdo a mi padre cagado de miedo y a mi madre muy inquieta. Paco, no serán estos tan animales como para meternos en otra… No lo sé, Mari, no lo sé… Y como los niños son así de instintivos, yo también pasé mi canguelo aún sin saber ni comprender por qué. Pero eso duró una o dos semanas. La cosa volvió a repetirse cuando asesinaron a Kennedy (Dios, rezaba mi padre, que no hayan sido los rusos), pero la tensión duró también poco, unos muy pocos días. Lo de ahora lleva ya tres largos años y a cada día que pasa las noticias son peores. Y las cifras ya hace tiempo que van siendo tremendas: un paro próximo a los cinco millones; dos millones de niños (oía yo esta mañana en Radio Nacional)… dos millones ¿eh? que se dice pronto… más allá del límite de la pobreza; deshucios por decenas, acaso centenares, cada día y manteniendo esa deuda tremenda que impide no sólo levantar cabeza sino siquiera tener la esperanza de poderla levantar algún dia; y los que tenemos suerte -mucha suerte, tanta que hasta parece que nos quieran culpabilizar por ello- vemos nuestros sueldos recortados, nuestras prestaciones sociales cercenadas y nuestro futuro muy, muy comprometido. Bien, quizá esto sea una coyuntura más o menos larga, y después pase y podamos dedicarnos a reparar los daños. Quizá. Quizá y ojalá. Pero también podría ser que no.

También podría ser que la pretendida (y jamás real) unidad europea se resquebraje incluso en su simple apariencia; quizá los dirigentes de algunos países -de los más apurados, obviamente- empiecen a pensar que igual se están jugando el cuello -puede que materialmente, según vayan las cosas- para salvar a los bancos alemanes y franceses (porque eso es lo que hay y no otra cosa) y que, oye, que cada palo aguante su vela, pero yo no voy a aguantar la mía y la de otros; quizá eso provoque que los alemanes y los franceses se enconen porque, no habiendo para todos, quieran preservar, antes que nada, lo suyo (lo suyo no quiere decir sus pueblos, sino sus bancos). Y, bueno… Suma y sigue a partir de ahí, que no es difícil: basta con coger el libro de Historia y echarle un repasito.

O podría venir de otro modo.

El sábado que viene, en más de 300 700 ciudades de medio centenar de 75 países, los ciudadanos, muchos ciudadanos, nos vamos a echar a la calle. Puede que seamos muchos miles, pocos miles o mediopensionistas; puede que en tal lugar asuste la cantidad de gente participante y puede que en tal otro sea ridícula. No importa. Nada de eso importa. Si este sábado somos muchos, en la próxima convocatoria seremos muchísimos; si somos pocos, en la próxima seremos más. Lo que sí es importante es que se constate que el volumen de los llamados (por no sé quién) indignados no para de crecer, que es como una ola, apenas una ínfima protuberancia en el mar cuando empieza a levantarse y una masa de agua tremenda a medida que va avanzando… hasta su ruptura.

Los que tienen el poder -el económico, el político- creen que esta situación de protesta puede ser indefinida sin que pase nada y que siempre la tendrán, de un modo u otro, bajo control. Esa creencia la jalean también los tontos útiles de los papeles, algunos de ellos, particularmente los más atontados, convencidos de que son oráculos listísimos: «el 15-M no llegará nunca a nada porque no tiene alternativas». Supina inteligencia. El enano tiende a creer que el bebé no crece. Pero el bebé crece. El bebé crece y no sólo en tamaño sino en ánimo, en determinación. Primero serán los poetas. Primero alguien pintará de belleza -quizá de belleza dramática- lo que ahora sólo sabe expresarse con simplismos materiales y alguien buscará palabras nuevas, palabras que no se habían usado nunca, palabras de valor, de sacrificio, de fe, de esperanza… de victoria. Primo de Rivera dijo una vez que a los pueblos sólo los movían los poetas. Y no se equivocaba. Se equivoca precisamente quien desprecia esa capacidad de movilización de lo simplemente épico.

Y después de los poetas vendrán, quizá, los ideólogos, los encargados de añadir razón y argumentación a la belleza. Y después, surgirá, inevitablemente, matemáticamente, el líder. Un líder, supongo, de nuevo cuño, al nuevo estilo, que aún no podemos adivinar. No será el bondadoso y paternalista demócrata burgués ni será el temible héroe fascista; no, su diagnóstico -aunque pronto será etiquetado por sus enemigos de cualquier manera- no será nada fácil. Pero ahí estará.

Y cuando los pueblos tengan una poesía, un pensamiento y un líder, entonces sí, entonces ya nada, nada en absoluto, será como antes, entonces el proceso será irreversible y entonces sí se habrá entrado verdaderamente en una nueva era de la Humanidad. Lo único que falta por saber es el precio. El precio en sangre, sudor y lágrimas.

Pero será caro. Muy caro.

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Comentarios

  • carlosues  On 11/10/2011 at .

    Muy cierto y hace reflexionar, si esa es nuestra dirección, debemos cambiar el rumbo ya.
    Saludos

  • ovetus  On 11/10/2011 at .

    Es posible que el poeta surja, pero lo haría después de un largo periodo de caos que convenza a la mayoría de las barrigas agradecidas. El poeta escribirá los nuevos versos de la historia con la sangre previamente derramada.
    Soy pesimista.

    Muy buen artículo.

    Un saludo.

  • yomismo  On 12/10/2011 at .

    Te lo explico.

    Mis reccuerdos igual me engañan, pero fue hace más de 10 años y menos de quince.

    Hablando con un pariente político en un pueblo turístico de la costa de Tarragona, no se por qué hablabamos del futuro de España y yo le dije que:

    “El futuro de España es ser la Florida de Europa, cuidar a los jubilados europeos ricos, seremos camareros y limpia culos por muchis años”

    No me supo responder.

    Y sabes qué.

    El era el director de la sucursal de la Caixa del pueblo.

  • Angel Estévez  On 13/10/2011 at .

    Muy buen artículo. He de decir que hay partes del mismo que me han emocionado y, en concreto, el último párrafo me gustaría poder publicarlo a mi vez en un grupo privado de amigos en tu ya semiabadonado Facebook (o carallibru como decimos en Gijón), así como en el Google+. Citando por supuesto tu autoría y si no deniegas tu permiso. Gracias de antemano.

  • Carlos Zaragoza  On 13/10/2011 at .

    Aquí mi pequeño aporte de poesía: http://www.youtube.com/watch?v=wpOx5Tt2-is

    Saludos

  • noexisto  On 13/10/2011 at .

    No sabría que decirte, sé lo que dice la historia en grandes convulsiones, espero que esta no lo sea tanto:
    Tras las guerras napoleónicas y una Europa destrozada, ni siquiera el campesinado empobrecido no quería ni oir hablar de todo lo que representara revolución o libertad, puesto que eso solo les hacía ver su pobre condición, aun peor de lo que había sido.

    Mientras las calles no estallen en revueltas como #londonriots, no habrá problemas, a su vez, mientras la presión no sea suficientemente fuerte, de forma que los políticos entiendan que no es un movimiento temporal, sino una realidad insatisfecha con deseos de cambios estructurales no habrá tampoco nada que hacer.
    Es un equilibrio casi imposible.

    La realidad de la calle me dice (y me gusta oirla como sabes en bares, poligonos) que el mensaje de lo que se quiere no está o no es comprendido en la calle, Solo son/somos algunos con tiempo libre y sin peticiones concretas, Mas claro no puedo ser amigo, Un abrazo

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  • By Barcelona 15O « El Incordio on 15/10/2011 at .

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